Villano en prácticas Capítulo 26
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Capítulo 26

Tobias y Gratas me miraron, planteándose sus opciones.

—Hay una bomba en su barcaza —dije mirando al villano—. La ha puesto Morrison mientras yo los traía hasta aquí. Si regresan al embarcadero sin mí vivo, enviará su barca al fondo de la laguna.

Gratas miró al matón.

—¿Y bien?

—Creo que dice la verdad —contestó Tobias—. Es muy del estilo de Til.

—Entendido —me dijo él—. Usted puede seguir vivo.

—¿Se supone que debo darle las gracias? —pregunté.

—Entiendo que no quiera hacerlo. —Se volvió hacia Tobias—. Compruebe si hay herramientas en la camioneta o en la cueva para poder abrir las cajas. Quiero hacerme una idea del inventario.

—Nos hará perder tiempo —le advirtió el hombre.

—No necesito abrirlas todas —dijo Gratas—. Solo unas cuantas para tener una idea del material con el que estamos trabajando.

Tobias me miró con desconfianza.

—Si fuese Til, no los dejaría solos —advirtió a su jefe—. Til le partiría el cuello en cuanto los dejase solos. Con él está a salvo.

—Gracias —dije.

—No era un cumplido. Y, si al volver sospecho que trama algo, no lo mataré, pero me aseguraré de que el resto de su vida sea muy incómoda. ¿Me cree?

—Ya es incómoda.

—No, nada comparable a lo que me refiero —prometió Tobias—. Y tampoco huya o le pegaré un tiro en las rodillas —me amenazó, y se marchó a por las herramientas.

—Es muy directo —comentó Gratas en cuanto se hubo ido.

Miré el cadáver de Harden en el suelo.

—Es una manera de expresarlo.

El hombre se dio cuenta de lo que miraba.

—¿Le molesta?

—¿Se refiere al hecho de que haya matado literalmente a todos los demás miembros de la Asamblea?

—Exacto.

—Había pasado tres décadas de mi vida sin ver cómo asesinaban a nadie —contesté—. No me habría importado alargar la racha.

—En ese caso, no debería haberse hecho cargo de los negocios de su tío —replicó.

—Por lo menos tuvo razón al no permanecer en la Asamblea.

—Tampoco le sirvió de mucho. Él sigue estando muerto, y yo sigo aquí, listo para recuperar todo lo que nos ocultó.

—Y ahora no tiene que compartirlo con nadie.

—Es lo mejor —opinó Gratas—. Dobrev siempre decía que la Asamblea no llevaba bien sus finanzas. Tenía razón. Todos nosotros tomamos malas decisiones e hicimos inversiones equivocadas. Tratamos de extraer dinero al mundo de formas que no funcionaban.

—Usted incluido —apunté.

Él se rio.

—Sobre todo yo, Charlie. Desgraciadamente.

—Hizo un gesto hacia las cajas—. Lo que hay dentro de estas cajas es muy valioso.

Son objetos de un valor inimaginable. Sin embargo, si lo hubiésemos repartido entre seis personas, todas ellas ahogadas en deudas apremiantes, habríamos tenido el mismo problema que si simplemente hubiésemos transferido capitales.

Habría habido demasiado material, moviéndose demasiado deprisa.

Alguien se habría dado cuenta. Todo esto se puede vender en el mercado negro o en la red oscura, pero solo muy poco a poco.

Las piezas tienen que llegar al mercado como un goteo, no como una inundación.

Bastan para resolver los problemas de una persona, no los de seis.

—Y decidió que usted sería esa persona —deduje.

—Lo decidí antes de que pudiera hacerlo el resto, sí. —Gratas señaló el cadáver de Harden—. Estoy seguro de que Petersson o él planeaban hacer algo parecido una vez que hubiésemos recogido todo el cargamento. Simplemente eran un poco más precavidos que yo.

—Bien por ellos.

—Bueno, ya sabe lo que dicen: «La fortuna sonríe a los valientes». Yo he sido valiente. Y ahora tengo una fortuna.

—Todavía debe resolver el asunto de los cinco cadáveres —objeté.

—Resolveré el problema del mismo modo que resolví el de los seis cadáveres anteriores —explicó Gratas—. Se los endosaré a usted.

—Preferiría que no lo hiciese.

Él sonrió.

—Me temo que es algo tarde para eso, Charlie.

Al fin y al cabo, están en su isla. No se preocupe, estoy seguro de que con suficientes sobornos a la policía granadina conseguirá que lo declaren una cuestión de defensa propia.

O también dispone de todo un océano en el que hundirlos, ¿sabe?

¡O un pozo de lava! —exclamó entusiasmado—.

Aquí tiene un montón de lava. Húndalos en el volcán.

—La lava no funciona así —objeté.

—¿Por qué no?

—Es demasiado densa —contesté, recordando la explicación de Morrison—. Los cadáveres no se hunden en ella.

—Menuda decepción. Le quita mucha diversión a lo de tener una guarida en un volcán.

—No es el único que lo piensa.

—Solucione el asunto como quiera, ahora es problema suyo —repitió Gratas, y en ese momento Tobias regresó con una palanca en la mano—. ¡Ah! Ya lo tenemos aquí.

Él le entregó la palanca, centró su atención en mí y me hizo un gesto para que me alejase del cadáver de Harden y me colocase más cerca de las cajas.

—Siéntese —me ordenó.

—Prefiero quedarme de pie.

—Si está sentado, tardará más en poder escapar —explicó Tobias—. Y si se queda de pie, le pegaré un tiro en cada rodilla y acabará en el suelo de todos modos.

—Es la segunda vez que amenaza a mis rótulas —protesté.

Él sonrió.

—Me gustan los clásicos.

Me senté.

Mientras tanto, Gratas se paseaba por la pared de cajas tratando de decidir cuál iba a abrir primero.

—Hay demasiadas entre las que elegir. —Me miró—. ¿Me recomienda alguna en concreto?

—La verdad es que no —contesté.

—Deme el capricho, Charlie.

Puse los ojos en blanco y señalé la que tenía justo delante.

—Esa.

—Una elección excelente —dijo Gratas.

Se acercó a la caja, incrustó la palanca en la juntura entre la tapa y los laterales y empezó a hacer fuerza para abrirla.

—¿Necesita ayuda? —pregunté un par de minutos más tarde al oírlo respirar pesadamente.

—Cierre el pico —me acalló, y continuó trabajando hasta que por fin logró separar la tapa lo suficiente para levantarla y echar un vistazo al interior.

Frunció el ceño.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Tobias.

—Está vacía —respondió Gratas.

—¿Está seguro?

—Sé distinguir una puta caja vacía de una llena, Tobias —gruñó, y cerró la tapa bruscamente.

Escogió una nueva caja al azar. También estaba vacía.

Como las cuatro siguientes.

Gratas chilló de frustración y se perdió de vista por el pasillo del almacén.

Oí un estrépito y un golpe seco, que sonaron a una caja que había bajado de su lugar y había arrastrado unas pocas más a su paso, seguidos de un grito.

Tobias frunció el ceño y me miró; intentaba decidir si debía seguir vigilándome o ir a ver cómo estaba Gratas.

El dilema se resolvió solo cuando su jefe volvió a aparecer por el pasillo y corrió hacia mí con la palanca en alto.

—¿Esto es una puta broma? —chilló enloquecido.

Levanté las manos en un acto reflejo para protegerme de la palanca.

—¿Cómo quiere que lo sepa? —pregunté—. Es la primera vez que entro en este almacén.

—¡Y una mierda! —rugió Gratas, y se dispuso a golpearme en la cabeza con la palanca.

—No pueden estar todas vacías —intervino Tobias.

Él detuvo el golpe que iba a lanzar y miró a su empleado con una expresión salvaje.

—Ah, ¿no? —Le lanzó la palanca—. Pues vaya a comprobarlo usted mismo. Deme la pistola y yo vigilaré a Charlie mientras usted abre todas las putas cajas que quiera.

—No voy a hacerlo —replicó Tobias, demostrando una sensatez considerable para un hombre que había disparado a cinco seres humanos en la última hora.

Gratas soltó un alarido de desesperación y arrojó la palanca a las cajas. La herramienta golpeó una de ellas y cayó al suelo con un estrépito metálico estéril.

—¡En las cajas no hay nada! ¡Nada! ¡Todas están... vacías!

Tobias me dio un golpecito con la punta del zapato.

—Usted no ha tenido nada que ver con esto —dijo.

—¿Acaso cree que soy gilipollas? —repliqué—.

¿De verdad piensa que habría invitado a toda la Asamblea a mi isla para que se llevasen todo lo que hay en este almacén si hubiese sabido que no había nada?

¿Especialmente después de que Gratas amenazase con arrasarlo todo y a todos con ataques de misiles?

—Dice la verdad —dijo el villano mientras regresaba a mi lado—.

Carece de la creatividad necesaria para hacer algo así.

No tiene bastantes pelotas. Tampoco tiene la experiencia suficiente.

Solo es un... —empezó a gesticular frenéticamente— un villano en prácticas, no alguien capaz de maquinar todo esto.

—O sea, que todo ha sido cosa de Jake —determinó Tobias.

—¡Exacto! ¡El puto Jake Baldwin!

—No tiene sentido. Está muerto. Él no saca nada de esta historia.

Gratas lo miró como si fuese corto de entendederas, algo que yo no habría hecho. A continuación, señaló los cadáveres que había en la cámara.

—¡Saca el fin de la Asamblea! Lo único que siempre quiso. El hecho de que esté muerto no significa que no pueda alzarse con la victoria. Y consiguió derrotarnos engañándonos para que nos destruyéramos entre nosotros.

—Usted se ha encargado de llevar a cabo la mayor parte de la destrucción —observé.

—Cállese. —Gratas me dio la espalda un momento, pero giró de nuevo con la misma brusquedad—. ¿Cómo se siente sabiendo que es la marioneta de su tío? ¿Qué le parece haber ejecutado su plan sin saberlo? ¿Nota cómo mueve sus hilos la mano de un muerto?

—Yo no soy el que ha matado a todos sus amigos por una recompensa inexistente —repliqué—.

Si es que eran sus amigos. Empiezo a aprender que las personas como usted no tienen amigos, solo tienen a otras personas a las que consideran que pueden utilizar.

Y eso es lo que le ha ocurrido a usted. Mi tío lo usó justo como quería.

En toda esta historia, los hilos de los que tiraba mi tío no eran los míos.

Gratas entrecerró los ojos.

—Puede que no —aceptó—, pero todavía está a tiempo de pagar por los actos de su tío.

—Miró a Tobias—. Levántelo de ahí. Volvemos a la Bahía de Jenny.

Él conduce. Si supera los treinta kilómetros por hora o hace el más mínimo ademán de intentar estrellarnos contra una palmera, péguele un tiro en la cabeza.