Capítulo 25
El carguero de la Asamblea, una embarcación tan vieja como enorme que el grupo había alquilado en Granada, no estaba anclado muy lejos de las ruinas del muelle de la Bahía de Jenny.
Otro barco más pequeño, pensado para hacer las funciones de su barcaza de servicio, lo había acompañado en el trayecto desde Santa Genoveva y, una vez asentado el carguero, rompió la formación y se dirigió, como le habían ordenado, a la laguna de los delfines, en la que en ese momento no había ningún animal.
La barcaza no era impresionante, pero compensaba la falta de belleza con practicidad; tenía una cubierta amplia y plana perfectamente diseñada para almacenar cargamento, como las cajas del almacén.
La barcaza maniobró para amarrar en la laguna; los dos tripulantes arrojaron sogas a Williams y Morrison, que estaban en el embarcadero provisional que habíamos instalado para recibirla.
Una vez amarrado el vehículo, el piloto apagó los motores y los tripulantes tendieron una pasarela.
Poco después, desembarcaron los pasajeros: los seis miembros supervivientes de la Asamblea y Tobias el Acuchillador.
Se acercaron a Williams, Morrison y a mí mismo, que los esperábamos en tierra firme.
Gratas encabezaba el grupo, con Tobias pisándole los talones, y el resto de la Asamblea ocupaba la retaguardia.
—Pensaba que vendría más gente —dije a Gratas en cuanto bajó del embarcadero.
—Bueno, el capitán del Patrick Etoile nos ha dicho que no pensaba consentir que su tripulación desembarcase en la isla hasta que le pudiésemos garantizar la seguridad de su personal viniendo y regresando al barco ilesos —explicó él—.
Por lo visto, los locales son supersticiosos sobre Santa Genoveva.
Al parecer, los barcos pesqueros que se acercan demasiado tienden a desaparecer, y cualquiera que intenta desembarcar en la isla sin permiso acaba siendo arrojado al volcán. ¿Hay algo de cierto en todo eso?
—Desde mi llegada no hemos sacrificado a nadie a los dioses del volcán —contesté.
—Pero el día es joven, ¿verdad? —replicó Gratas.
Como estaba claro que le había hecho gracia su propio chiste, sonreí levemente.
Se dio la vuelta para presentarme al resto de los integrantes del grupo que había desembarcado junto a él—.
Supongo que recuerda a los demás miembros de la Asamblea. Thomas, Joakim, Ji-Jong...
—Me debe un satélite nuevo, cabrón —me espetó este.
—Tranquilo, hombre —lo aplacó Gratas levantando una mano y mirándolo directamente—. Si todo va bien, cuando acabe el día tendrá dinero suficiente para reemplazar el satélite con todos los nuevos que le plazca. Hasta entonces, intentemos ser civilizados, ¿quiere?
Ji-Jong le lanzó una mirada asesina, pero se calmó. Gratas me presentó a los otros dos miembros de la Asamblea, Jean Arcement y Deiter Weiss, cuyas familias habían amasado su fortuna en el sector de la comunicación y el farmacéutico, respectivamente.
—Y también recordará a Tobias, por supuesto.
—¿Cómo iba a olvidarlo? —repliqué, y este esbozó una sonrisa orgullosa.
Gratas sopesó con la mirada al trío que formábamos Williams, Morrison y yo.
—¿Ustedes tres son toda la población actual de la isla?
—Nosotros y los bichos —aclaré, y la afabilidad del hombre se disipó ligeramente—. Además de los gatos que tenemos para cazarlos.
—Ah —dijo él, y recuperó la sonrisa—. Un gato más nunca viene mal.
—A mí me han resultado muy útiles —coincidí.
—¿Y el resto de su plantilla?
—He alquilado el Sandals de San Jorge. Están disfrutando de una semana de vacaciones con todo incluido. Gracias por hacer esto en temporada baja.
—Vaya, me alegro de haberme ajustado a sus necesidades —dijo Gratas.
—Roberto, ¿cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí plantados? —preguntó Thomas Harden.
—¡Es una muy buena pregunta! —Él me miró—. ¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí plantados?
—Tengo una camioneta esperándonos en el camino —contesté—. Tiene ocho asientos, así que caben todos. A menos que quieran dejar atrás a su acuchillador.
—No me importaría quedarme atrás —dijo Tobias mirando a Morrison, que parecía vagamente asqueada ante esa posibilidad.
—Yo conduciré y los llevaré al almacén para que puedan comprobar que todo se corresponde con la descripción del producto —continué—.
Luego podrán traer a todo el personal que necesiten.
Podrán usar nuestros camiones y el resto de nuestro equipo.
Tenemos carretillas elevadoras a punto en el almacén para que puedan cargarlo todo en los camiones deprisa.
Una vez que hayan traído el cargamento hasta aquí, tendrán que llevar las cajas a pie hasta el embarcadero de la laguna para subirlas a la barcaza.
Gratas agitó la mano.
—Sí, sí, mi gente ya ha cerrado la logística de la operación con su hombre, aquí presente —dijo refiriéndose a Williams. Me di cuenta de que él se tensaba un poco al oírlo; creo que no le gustó que hablasen de él como un ayudante—.
Ya tenemos todos los flecos zanjados. Solo nos falta ir a ver el almacén.
—Gratas miró a Tobias—. Usted nos acompañará.
Para gestionar cualquier problema que pueda surgir.
—Eso es lo que hago —replicó Tobias.
—Aunque no habrá problemas —añadió el nuevo líder de la Asociación, mirándome.
—No tengo pensado causar problemas —advertí.
—Me alegra oírlo. Supongo que comprenderá que tengamos un plan en la recámara por si se presentase algún conflicto.
—Sí, entiendo que hayan traído a su asesino a sueldo con ustedes.
—No me refería a Tobias —puntualizó Gratas—. O, mejor dicho, no me refería solo a él.
—Pensaba que había dicho que íbamos a ser civilizados —dije.
—¡Es todo muy civilizado! —exclamó, riendo—. Solo quiero que recuerde que lo ocurrido en el muelle no fue más que un disparo de aviso.
—Ya lo entiendo, volará la isla entera —dije.
Gratas negó con la cabeza.
—No solo volaré la isla, Charlie. También el Sandals.
—Lo miré pasmado. Por supuesto, era exactamente la reacción que él buscaba—.
Ya sabía que estaban allí, por supuesto.
Permítame un consejo para la próxima, amigo mío: si no quiere convertir a su gente en rehenes, no concentre a todo el mundo en el mismo lugar. Aunque esté todo incluido.
El trayecto hasta el almacén era corto, pero me aseguré de que no faltasen baches.
—Charlie, usted está valorado en miles de millones —me dijo Gratas frotándose la espalda al salir de la camioneta—. Debería construirse una carretera mejor.
—Solo llevo un par de semanas en mi puesto —me defendí—. Y estuve en Italia la mitad de ese tiempo. Lo añadiré a mi lista de cosas por hacer.
Los miembros de la Asamblea contemplaron boquiabiertos la cueva que contenía el almacén.
—¿Qué había antes aquí? —preguntó Harden.
—¿Además de una cueva? Según Williams, la CIA usaba el espacio para investigar armamento —respondí.
—¿Así fue como abatió mi satélite? —intervino Kim.
—No, eso lo financió el Departamento de Agricultura de Estados Unidos —repliqué, y él me miró como si quisiera asesinarme, una reacción muy comprensible.
Nos acercamos unos pasos a la caverna y llegamos a la primera puerta. Me adelanté.
—Esta es mi parte —anuncié, y apoyé la mano en el escáner. La puerta se desbloqueó y se abrió lentamente, desvelando la segunda puerta, con sus seis escáneres manuales—. Esa es su parte. Ustedes primero.
Los miembros de la Asamblea titubearon y parecían reacios a entrar.
—¿Cuál es el problema? —pregunté.
—No confiamos en usted —contestó Petersson.
—¿Creen que los voy a encerrar dentro de la cueva?
—Es una idea que hemos barajado —admitió Harden.
—Por el amor de Dios —mascullé, y señalé a Tobias—. Si sospecha que estoy pensando en jugársela, él está aquí para volarme la tapa de los sesos.
—Es una valoración muy precisa —corroboró Tobias.
Ignoré el comentario y señalé a Gratas.
—Y él ha dejado muy claro que volará varias cosas si cree que intento engañarlos. ¿Qué más quieren?
—Que usted entre primero —respondió Gratas, y los demás miembros de la Asamblea esperaron.
Suspiré, entré en la cámara que separaba ambas puertas, me coloqué tan alejado de las puertas como era humanamente posible, y levanté las manos, exasperado, como diciendo: «¿lo ven?».
—No lo pierda de vista —ordenó Gratas a Tobias.
—¿Qué cree que he estado haciendo hasta ahora? —replicó Tobias.
Los miembros de la Asamblea entraron en el espacio que separaba ambas puertas.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Harden.
—Tienen que apoyar la mano en los escáneres —expliqué.
—¿Qué mano?
—Yo he usado la derecha.
—Yo soy zurdo —comentó Petersson.
—De acuerdo —dije—. ¿Y qué?
—¿Debería usar la mano izquierda?
—¿Tenemos que seguir un orden concreto? —preguntó Kim.
—¿Apoyamos la mano todos a la vez o de uno en uno? —preguntó Harden.
—Oigan, que yo no soy del servicio técnico —les advertí.
—Usted debería saberlo —intervino Gratas.
—¿Se puede saber por qué debería saberlo? Yo sé cómo funciona la primera puerta, pero nada más. Tendrán que apañárselas solos. Deberían habérselo preguntado a Dobrev antes de que este tipo le volase el cerebro —dije señalando a Tobias.
Harden se volvió hacia Gratas.
—¿Se lo ha contado?
—Lo dedujo —aclaró el líder.
Harden me miró.
—Tuvimos buenas razones para hacerlo —comenzó.
—Joder, Tom, ¿quiere darle explicaciones precisamente ahora? —lo interrumpió Gratas—. ¡A Charlie le da igual!
—De hecho, es cierto —confirmé.
—¡Gracias, Charlie! —exclamó él—. Y, ahora, ¿podríamos concentrarnos todos durante un puto segundo y abrir esta maldita puerta?
—Bien, ¿cómo quieren hacerlo? —preguntó Harden.
—Nos situaremos todos delante de un escáner y apoyaremos la mano a la vez.
—¿Qué mano? —insistió Petersson.
—¡Da igual, joder! —rugió Gratas.
Petersson murmuró algo en sueco, pero se colocó delante de uno de los escáneres.
—Ahora —dijo el líder—. A la de tres.
—Entonces, ¿apoyamos ya la mano o a la cuenta de tres? —dijo Harden.
Gratas cerró los ojos, respiró hondo y respondió con los dientes apretados:
—Voy... a... contar... hasta... tres.
Contó hasta tres. Todos apoyaron la mano derecha en su escáner salvo Petersson, que usó la mano izquierda mientras miraba a Gratas con una expresión que decía claramente: «Que te jodan».
No sucedió nada durante varios segundos. Todo el mundo permaneció allí de pie, con la palma derecha apoyada en el panel del escáner, mirando a Petersson, que seguía empeñado en usar la mano izquierda.
—Se pueden ir todos al mismísimo carajo —les espetó.
Se oyó un ruido neumático y la segunda puerta se abrió.
Luces fluorescentes parpadearon y cobraron vida en una sala de, como mínimo, cincuenta metros de profundidad y treinta de ancho.
Un amplio pasillo transcurría por el centro del almacén con altas pilas de cajas amontonadas a ambos lados del paso.
—Me recuerda a aquella película... —comentó Harden maravillado.
— En busca del arca perdida —repliqué recordando la descripción de Dobrev.
—No, no es esa —dijo, y lo miré divertido.
Los miembros de la Asamblea entraron en la cámara para examinar las cajas y estuvieron unos minutos simplemente contemplándolas.
—Es muy real —dijo Petersson riendo—. Todo es real.
—Todas y cada una de las cajas —añadió Gratas—. Arte. Joyas. Libros y mapas únicos. Estatuas. Tesoros que se creían perdidos.
El sueco volvió a mirar las cajas.
—Y ahora son nuestros.
—Bueno, más bien son míos —lo corrigió el líder.
Petersson se giró hacia él.
—¿Qué? —preguntó, y entonces le apareció un agujero en la frente. Los ojos se le cruzaron mirando hacia arriba, como si quisiera ver la nueva cavidad que le habían abierto en el cráneo, y acto seguido se desplomó, muerto.
Tobias, que le había disparado, miró el cadáver con ojo clínico para asegurarse de que era un cadáver y a continuación disparó a Arcement y a Weiss, que se habían quedado de piedra tras presenciar el asesinato. Ambos estaban muertos antes de caer al suelo.
Harden y Kim intentaron huir, Harden hacia la puerta y Kim por la ancha avenida del almacén, hacia el fondo de la cámara.
Tobias disparó al primero, le acertó en la columna y le desconectó las piernas.
Sabedor de que Harden no iba a ir a ninguna parte, el matón caminó por el pasillo central hacia Kim.
Tras unos segundos de negociaciones en inglés, seguidas de gritos en coreano, se oyó un disparo y luego se hizo un silencio, que solo quebraba la respiración cada vez más elaborada de Harden.
Gratas, que había presenciado toda la escena con cierta satisfacción apreciable, se acercó a Harden y se arrodilló a su lado para que ambos pudieran mirarse.
—¿Por qué? —preguntó el herido con un hilo de voz.
—¿A usted qué le parece? —preguntó el líder—. ¡Por dinero, por supuesto! Doscientos mil millones son muchos millones, amigo mío.
—Pero... la Asamblea... —susurró Harden.
Gratas dio unas palmaditas en la mejilla.
—La Asamblea me ha permitido entrar en la cámara. Para eso ha servido. —Miró a Tobias, que ya había regresado tras matar a Kim, y asintió—. Adiós, Tom —se despidió, y retrocedió unos pasos.
Tobias acabó con el sufrimiento de Harden.