Capítulo 24 #3
—Esa petición se aplica a ambas partes, Charlie.
Negué con la cabeza.
—Si no pueden competir con mis empresas, no pueden competir y se acabó. Sin embargo, competiré con ustedes lealmente y retiraré a todos mis espías de sus negocios.
—¿Cuál es la tercera exigencia?
—Bueno, que dejen de intentar matarme, obviamente.
—Ya le he mantenido vivo hasta ahora —observó Gratas, que ya no se molestaba en negar la autoría de la pesadilla del Grand Bellagio ahora que miles de millones iban a pasar a sus manos.
—Usted o uno de sus compinches de la Asamblea voló mi casa —le recordé—. Estoy bastante convencido de que antes de eso atentaron más veces contra mí.
—Su tío nunca lo perdía de vista.
—Cuando todo esto termine, no me entrometeré en el camino de la Asamblea —sentencié—. La venganza de mi tío contra ustedes se acaba aquí. Así que no tienen ningún motivo para matarme.
—¿Hay una cuarta petición?
—Necesito una semana para despejar la isla. Su último ataque ha herido a varios miembros de mi plantilla, y no quiero que corran más riesgos. Como usted voló nuestro muelle y dos de nuestros ferris, necesitaremos varios días para sacar a la gente de la isla.
—Una semana es mucho tiempo —valoró Gratas.
—También es por su propia seguridad.
—¿A qué se refiere?
—A la quinta exigencia —respondí—. Tienen que venir a la isla a buscar el material. Usted y el resto de los miembros de la Asamblea supervivientes.
—No creo que sea necesario.
—Lo que usted piense es irrelevante. El almacén tiene dos puertas.
La exterior se abre con la huella de la palma de mi mano.
La puerta interior está custodiada por seis escáneres manuales.
Supongo que lo hicieron así para asegurarse de que cualquiera de la Asamblea que abriese el almacén tuviera el amparo de un quorum de sus miembros.
Es una suerte que no matase a ninguno más de sus socios, o se habría complicado muchísimo la vida.
El caso es que deben venir todos para poder abrir la puerta, por lo que estoy seguro de que preferirán que en la isla no haya nadie que pueda atacarlos.
—Estará usted.
—Como ya le he dicho, quiero este tesoro nazi manchado de sangre fuera de mi isla.
Necesito una semana para prepararlo todo.
Puede aprovechar ese tiempo para organizar su propia logística, porque aquí está la sexta y última condición: solo tendrán una oportunidad para llevárselo todo de la isla.
Todo lo que no puedan llevar con ustedes en un único viaje se quedará aquí.
—¿Pretende obligarnos a cargar con el material en brazos?
—En la isla tenemos camiones que pueden usar para cargar su botín.
Podrán transferir el cargamento a barcazas que lo transporten a un carguero más grande.
Evidentemente, habría sido más eficiente amarrar el carguero en el muelle de la Bahía de Jenny, pero, como lo voló, usted mismo se ha privado de esa posibilidad.
Todo el material del almacén está guardado en cajas de madera, así que lo podrán cargar en los camiones y las barcazas sin problemas.
Si trabajan duro, lo podrán sacar todo en un solo día. El resto acabará en el fondo del mar.
—Sería un despilfarro.
—Sé que lo piensa —dije—. Así que ya conoce el trato.
—Lo pensaré.
—No —me opuse—. Mi oferta está sobre la mesa y expira en cuanto cierre la tapa de este ordenador portátil.
—¿Y si me niego?
—Por el amor de Dios, Roberto, no lo sé.
No tengo un plan B para esto. Solo quiero acabar con esta mierda.
Como he dicho al principio de esta conversación, usted gana.
Venga de una vez a recoger su puñetero premio.
O no venga. Decida lo que decida, he terminado de hablar.
—Hice el ademán de cerrar la tapa del portátil.
—Acepto —se apresuró a decir Gratas.
—Estupendo —contesté—. Que Tobias el Acuchillador se ponga en contacto con Morrison para acabar de organizar el encuentro. Nos vemos dentro de una semana.
—Me alegra que hayamos logrado alcanzar un acuerdo beneficioso para am... —empezó a decir él, pero yo ya había cerrado la tapa porque estaba harto de tantas gilipolleces.
—De verdad piensa permitir que venga y se lleve todo lo que hay en el almacén —me dijo Morrison en cuanto cerré la tapa del portátil.
—El tío Jake no usaba ese material para nada —constaté—. No es algo que hubiese podido usar nunca. Además, me quitará de encima a la Asamblea.
—Hasta que vuelvan a quedarse sin dinero o decidan que ya no compite con ellos lealmente. Y no tardarán mucho en llegar a ese punto, por cierto.
—Eso ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo ha hecho?
—Porque para cuando se queden sin dinero o decidan que ya no compito lealmente con ellos, conoceré el negocio mucho mejor que ahora y tendré mucho más claro lo que debo hacer.
—En otras palabras, está comprando algo de tiempo.
—Y lo único que debo pagar a cambio son cosas que no podía usar y que tampoco quiero —dije.
—Entre el asunto de conceder derechos a los delfines y el de librarse del botín nazi manchado de sangre, ha tenido un par de días muy ajetreados —opinó Morrison.
—Nada mal para un maestro suplente.
—Muy mejorable para un villano.
—¿Sabe una cosa? —pregunté—. Ahora mismo, puedo vivir con ello.