Capítulo 24 #2
—Interferirá con el programa de clonación de su tío —me advirtió Livgren—. Si crían entre ellos o con otros delfines, no hay ninguna garantía de que conserven los mismos rasgos, incluida la inteligencia. Y con los gatos sucederá lo mismo.
—Me da igual —repliqué—. Estos delfines y estos gatos son inteligentes. Tienen derechos, y si no los tienen, deberían tenerlos. Por lo que a mí respecta, deberían tener tantos como usted o como yo.
—Yo... —Livgren dejó la frase en el aire y miró a Morrison.
—¿Por qué me mira? —preguntó ella—. Ahora está hablando con Charlie.
—Es que supondrá un cambio enorme —contestó la mujer, y finalmente suspiró—. Lo siento. Sí, de acuerdo. Adelante. Tiene razón, ahora lo veo. Una parte de mi cerebro piensa en ellos como simples delfines y no como individuos racionales, ¿sabe?
—Si piensas llegar tan lejos, podrías considerar que todos los animales tienen derechos —añadió Setenta y Tres—. Tanto si pensáis que son inteligentes como si no.
—Oye, que vosotros coméis peces —le recordé.
—Es verdad —dijo él—. Los peces que se jodan.
—¿Algo más? —le pregunté.
—No —respondió él—. Francamente, no esperaba que llegásemos tan lejos.
—Entonces te diré lo que necesito que hagáis —comencé—.
Hemos cortado la comunicación entre las ballenas y la Asamblea, pero no sabemos cuánto durará la desconexión.
Necesito que descubráis todo lo que podáis sobre ellas, incluyendo si son inteligentes como vosotros o no.
Necesito que descubráis si son las responsables de abrir fuego contra nosotros y, en caso contrario, quién lo ha hecho.
Y, sea quien sea quien nos ha disparado, necesito saber cómo podemos detenerlo.
—¿Y para cuándo lo necesitas?
—Ojalá lo supiese ya.
—¿De cuánto margen de maniobra disponemos? —preguntó Setenta y Tres.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, nos has dado mucho trabajo y muy poco tiempo para llevarlo a cabo. ¿Confías en nosotros para completar la misión o piensas pedir a Livgren que supervise al milímetro cómo movemos el culo por el agua?
—Ahora mismo ninguno de nosotros tiene tiempo para eso —respondí—.
Hacedlo a vuestra manera. —Señalé a Sesenta y Cinco—.
Asegúrate de que tiene a Livgren al tanto de las operaciones.
Ella me informará de cómo lo lleváis cuando sea necesario.
Aparte de eso, confío en vosotros para completar la misión.
A la carga, Asociación Cetácea de las Américas, hacednos sentir orgullosos.
Setenta y Tres me miró un momento y se alejó de nuevo del micrófono para unirse con sus nuevos compañeros del sindicato. Todos emergieron e hicieron algo que no esperaba.
Se pusieron a cantar. O al menos canturrearon una canción.
Morrison frunció el ceño.
—¿Qué están cantando?
—«Look for the Union Label» —contesté—. Es una canción sindicalista de los años setenta.
—¿Y dónde coño la han aprendido?
—Ven mucho YouTube —le recordó Livgren—. Allí hay vídeos de la canción.
Acabaron de cantar y se alejaron nadando, supuestamente hacia las ballenas.
—Bueno, ha sido bastante surrealista —comenté.
—Enhorabuena, Charlie —dijo Williams, sonriente—. Se ha convertido en el primer humano que negocia un convenio sindical con miembros de otra especie.
—Puede estar seguro de que lo añadiré a mi perfil de LinkedIn. Suponiendo que dentro de una semana siga vivo, claro —añadí.
—¿Se le ocurre alguna otra idea además de permitir que los mamíferos acuáticos se sumen oficialmente al proletariado? —preguntó Morrison.
—¿Hasta qué punto cree que Gratas me quiere ver muerto? —le pregunté a ella.
—¿En una escala del uno al diez en la que uno es «vive y deja vivir» y diez es «asesinarlo lentamente, enterrar su cadáver en el bosque, y desenterrarlo para cagarse en su cráneo»? Tal vez un ocho.
—Entendido, estupendo.
—No es estupendo ni por asomo, Charlie.
—Puede que no lo sea, pero significa que queda espacio para cosas que desea todavía más.
Gratas volvió a olvidarse de activar el micrófono, pero sí recordó encriptar la llamada sin que tuviera que decírselo, así que supuse que íbamos progresando pasito a pasito.
—Sus cuarenta y ocho horas han terminado —me advirtió una vez que hubo encendido el micrófono—. Será mejor que me diga lo que espero oír, Charlie.
—Entendido —repliqué—. Aquí tiene mi respuesta: usted gana.
—¿Qué significa eso?
—Significa que usted gana. No quiero luchar contra usted, y apostaría a que usted tampoco quiere pelear contra mí, así que le daré lo que quiere.
—Bien.
—Una parte.
—Charlie —dijo él en tono de advertencia.
—Roberto —respondí en el mismo tono, y al muy gilipollas de Gratas le sorprendió que lo llamase por el nombre de pila—.
Esa tontería que pasa por transferir cientos de miles de millones de dólares de las cuentas de mi tío a las suyas no podía funcionar de ninguna forma.
Para empezar, no tenía tanto capital líquido ni por asomo, un detalle que no debería sorprenderlo porque usted tampoco cuenta con ese grado de liquidez, que es la causa de sus problemas.
En segundo lugar, aunque el tío Jake tuviese un banco en un país aliado, es imposible que un par de centenares de miles de millones cambien de manos sin que nadie se dé cuenta.
Además, como la Asamblea está sin blanca, tanto a escala organizativa como cada uno de sus miembros por separado, esos miles de millones no permanecerán discretamente resguardados en cuentas bancarias.
Los desparramarán por todas partes de un modo que, sin lugar a dudas, llamará la atención de las agencias tributarias y los servicios de inteligencia.
—Hay formas de sortearlos.
—Sé que piensa que hay formas de hacerlo, pero se equivoca —repliqué—. Y ese es el motivo por el que ordenó el asesinato de Anton Dobrev.
—¿Cómo dice?
—Ya me ha oído —insistí—. Sí, Dobrev tenía un banco.
Sí, yo podría transferirle dinero. Sin embargo, como casi con total seguridad ya le dijo él, para hacerlo de un modo discreto, el capital debería haber permanecido inactivo durante mucho tiempo.
No obstante, usted no disponía de tanto tiempo porque, tanto usted como otros miembros de la Asamblea, tenían deudas que saldar.
Incluyendo deudas con Dobrev. Él mismo me contó que les había prestado cantidades considerables de dinero.
De su dinero personal, no procedente del capital del banco.
Si ordenaba su asesinato, la deuda que había contraído con Dobrev moriría con él, junto con las deudas del resto de los miembros de la Asamblea.
—Es ridículo —protestó Gratas.
—Es posible —concedí—, pero apostaría a que, si tuviese una lista de los miembros de la Asamblea que debían más dinero a Dobrev, cuadraría fantásticamente bien con los supervivientes de la noche del incendio del Grand Bellagio.
—¿Y para qué íbamos a querer matar al resto de los miembros de la Asamblea?
—Para sembrar la confusión, para que pareciese que Dobrev no era el único objetivo, para cargarme el mochuelo y luego tratar de chantajearme y sacarme una indemnización (que es el motivo por el que Tobias mató a Jacobs en lugar de dejar que me matase, porque usted me necesita vivo) y porque así, cuando me extorsionasen y me birlasen miles de millones de dólares, solo tendrían que repartirlo en seis partes, no entre doce.
No han tenido ninguna prisa por reemplazar a los miembros de la Asamblea asesinados por sus hijos, ¿me equivoco?
Al menos no hasta que acaben conmigo. Y también apostaría a que después intentará atraer a nuevos miembros para tratar de colarles el timo de la «cuota de ingreso».
Gratas sonrió.
—Es ridículo —repitió, aunque con menos entusiasmo que antes—. Y, de todos modos, no puede demostrar ninguna de esas acusaciones.
—Tiene razón, no puedo demostrarlo —coincidí—, pero le agradezco el patinazo que acaba de cometer al preguntarme: «¿Para qué íbamos a querer matar al resto de los miembros de la Asamblea?», en plural, en lugar de formular la pregunta en singular. Eso ensancha un poco el anillo de culpables.
—El dinero —gruñó Gratas para reconducir la conversación.
—El dinero —repetí—. Como no me voy a unir a la Asamblea, no recibirá dinero por mi parte por esa vía.
Tanto si usted está de acuerdo como si no, el tío Jake abandonó la Asamblea, así que yo no he heredado su asiento y usted no percibirá los ridículos atrasos que pretendía cobrarme.
Además, no tiene forma de conseguir ese dinero sin desencadenar nuestra destrucción mutua asegurada, que acabaría con todos nosotros encerrados en varias prisiones por delitos financieros y de otro tipo, una situación que entorpecería su capacidad de gobernar el mundo, o al menos de ganar dinero.
—De momento no veo qué gano en el escenario que describe, Charlie —dijo Gratas.
—Gana porque hay otro tesoro acumulado, ¿verdad?
Todos los objetos encerrados en el almacén que mi tío tenía aquí, en Santa Genoveva.
Objetos que valen miles de millones. Decenas de miles de millones.
Puede que centenares de miles de millones.
Todo el material saqueado por los nazis y todo lo que la Asamblea pudo arramblar del continente europeo y de China mientras ambas regiones ardían.
Son piezas cuyo origen es imposible rastrear y que se pueden vender en el mercado negro, donde escaparán a la vigilancia de la Agencia Tributaria y de la Interpol.
El dinero de mi tío no es su dinero, Roberto, pero este se lo puede quedar todo.
No quiero ni un puñetero artículo de ese almacén, y tampoco quiero tener ese material en mi isla. Ya puede venir a llevárselo.
—¿Todo? —preguntó Gratas con incredulidad.
—Pienso hundir en el océano todo lo que no se lleven —le advertí—. Ahora bien, si quieren el tesoro, deberán aceptar mis condiciones.
—¿Cuáles son?
—Para empezar, que con eso saldo mi deuda con ustedes. Ni la Asamblea ni usted conseguirán nada más de mí. En segundo lugar, quiero que no se entrometan en mis negocios de ahora en adelante.