Capítulo 24
—Se me sigue haciendo raro lo de hablar con un delfín de verdad —confesé a Setenta y Tres al inicio de la conversación.
—Es normal, lo entiendo perfectamente —replicó él—. A mí también se me hace raro ser una criatura con capacidades lingüísticas y sin derechos de los que hablar. Así que, más o menos, estamos en situaciones equivalentes.
Volvía a estar en la laguna de los delfines con Morrison, Williams, Livgren y Hera, sentado frente a Setenta y Tres, que se había situado tras el micrófono flanqueado por su coro de delfines.
—Ya sabéis que nos han atacado.
—Habría sido complicado perderse las explosiones del muelle. Algunos de nosotros estábamos fuera, en el agua, cuando se ha producido el ataque.
—¿Estáis todos bien? —pregunté—. ¿Hay algún herido?
—Ningún delfín resultó herido —contestó Livgren, y entonces se dio cuenta de que no se lo estaba preguntando a ella y se calló.
—Estamos bien, salvo por el hecho de ser esclavos de facto, pero gracias por preguntar —respondió Setenta y Tres.
—Ya te dije que hablaríamos del asunto a mi regreso —le recordé.
—Y yo no creía que fueses a hacerlo.
—¿No creías que fuese a venir a hablar con vosotros?
—No creía que fueses a regresar.
—Me fue de un pelo —admití.
—Pues me hiciste perder una apuesta.
—No puedo decir que lo lamente.
—No, supongo que tienes razón —refunfuñó él.
—Es muy probable que la gente que nos atacó vuelva a hacerlo —dije sin más rodeos.
—Sí, entiendo el funcionamiento de los conflictos humanos.
—Estamos bastante seguros de que las ballenas que hay ahí fuera están implicadas en este asunto.
—Es muy posible.
—Eso significa que nos vendría bien vuestra ayuda.
—Pobre hombrecillo triste —me espetó Setenta y Tres—.
No me puedo creer que hayas apelado a mis buenos sentimientos.
Punto número uno: vete a la mierda. Punto número dos: somos delfines.
Como especie, somos unos auténticos cabronazos.
¿Acaso no has visto nunca el Discovery Channel? Somos casi tan malos como los gatos.
Hera ladeó la cabeza al oírlo. Creo que el comentario le pareció divertido.
—No me estás entendiendo —le advertí.
—¿De verdad? ¿Me lo explicas?
—Cuando nos conocimos, me explicaron que el motivo por el que mi tío no se sentó nunca a la mesa de negociación con vosotros fue que no teníais palancas con las que presionarnos —recordé—.
Me contaron que podíais iros cuando quisieseis, aunque, en realidad, era una falsa libertad, ya que no teníais ningún otro lugar al que ir.
No podéis vivir en libertad y supongo que tampoco queréis cambiar a un patrón humano por otro. ¿Voy bien?
—Ya sabes que sí —respondió Setenta y Tres—. Al grano.
—Lo que quiero decir es que ahora os necesitamos. Ahora mismo. Y me refiero a que, si no contamos con vuestra ayuda, nos hundiremos.
Él me miró, confundido.
—Eso puede convertirse en una palanca enorme con la que negociar —sugerí en tono calmado.
El delfín chilló, se apartó del micrófono y debatió con su equipo.
—Es usted un hacha para las negociaciones con los empleados —observó Morrison sin levantar la voz.
—Creo que es una cuestión de perspectiva —dije gesticulando hacia Setenta y Tres, que hablaba a gritos con sus compatriotas—. Desde su punto de vista, soy buenísimo negociando. Al menos, de momento.
—El hecho de que no se haya percatado de su posición ventajosa no dice mucho de la inteligencia natural de su especie.
—Hace tanto tiempo que le dicen que se calle y se joda que ha acabado olvidando que puede prescindir del modo «a la mierda».
—De acuerdo, pero no era necesario que lo hiciera cambiar de actitud activamente.
Me encogí de hombros.
—A eso me refería cuando he dicho que es un hacha —aclaró ella.
—¿Quiere encargarse de conducir la negociación?
—A lo mejor sí.
Setenta y Tres nadó de vuelta al micrófono.
—Demasiado tarde —dije a Morrison, y puso los ojos en blanco.
—¡Tenemos exigencias! —exclamó él, lleno de júbilo.
—No me cabe ninguna duda —repliqué.
—¡Primera! ¡Debéis reconocer a nuestro sindicato!
—¿Cómo se llama vuestro sindicato?
Setenta y Tres se retiró del micrófono un instante y volvió a hablar con sus compañeros.
—La Asociación Cetácea de las Américas, Capítulo Primero —respondió.
—Sí, entendido —accedí.
—De forma legal y por escrito.
—¿Sabes escribir? —pregunté.
—Aprenderé —replicó él.
—De acuerdo. Siguiente exigencia.
—Los gatos dirigen su propia división. Nosotros queremos gestionar la nuestra.
—Queréis que uno de vosotros se incorpore al equipo de dirección —resumí.
—Es un sacrificio que estamos dispuestos a hacer.
—¿Y el nuevo directivo serás tú?
—Ni de coña —dijo Setenta y Tres—. ¿A ti te parece que tengo la paciencia necesaria para el cargo? Yo soy un agitador de masas y un pensador. Sesenta y Cinco, aquí presente, será el nuevo jefe.
Uno de los otros delfines chilló.
—Te acabas de convertir en un hombretón, Sesenta y Cinco —anuncié.
—Ese comentario es sexista y manucéntrico —protestó él—. Sesenta y Cinco es hembra y delfín. No se le puede aplicar ninguna de las definiciones de la palabra «hombre».
—Lo siento.
—En tercer lugar, queremos que despidáis a Livgren. —La empleada, que seguía a mi lado, se puso tensa.
—¿Por qué?
—Es muy desagradable y todos la odiamos.
Ella abrió la boca para hablar, pero levanté una mano para detenerla.
—Vosotros también sois desagradables con ella y, si no lo he entendido mal, lleváis siéndolo desde que llegó.
—Es porque forma parte de un sistema corrupto que nos ha lastrado y, por lo tanto, no merecía ningún respeto.
—Lo entiendo, pero necesitamos un enlace en el bando de los humanos, y ahora mismo no tenemos tiempo para llevar a cabo una búsqueda de candidatos idóneos.
Sé que Livgren y vosotros os profesáis una hostilidad que debéis limar, y no quiero quitar hierro al conflicto, pero permitid que os pida que colaboréis con ella de momento, y que encontréis el modo de hablar entre vosotros sin entrar directamente en los ataques ad hominem.
Veamos qué tal nos va, y si sigue habiendo problemas ya los resolveremos más adelante. ¿De acuerdo?
Sesenta y Cinco chilló algo.
—Sesenta y Cinco dice que, de momento, puede trabajar con Livgren —dijo él.
Miré a Livgren.
—La verdad es que me encantaría pasar un día sin que me mandasen a la mierda diecisiete veces —comentó.
—Entendido, asunto cerrado —sentencié—. Siguiente.
—Queremos la sindicación obligatoria en Santa Genoveva —dijo Setenta y Tres.
—¿En toda la isla? —pregunté.
—Sí, ¿por qué no? Todo el mundo merece beneficiarse de los convenios colectivos. Incluso los putos gatos.
Me giré hacia Williams.
—¿Qué le parece?
—Personalmente, no me supone ningún problema —respondió el hombre—. Antes de venir a trabajar a la isla, fui miembro de la Unión y Alianza de Trabajadores Técnicos de Granada.
—¿Al tío Jake no le gustaban los sindicatos?
Él me miró con escepticismo.
—¿De verdad me tiene que preguntar si a un milmillonario le gustaban los sindicatos, Charlie?
—Bueno, desde un punto de vista puramente intelectual, no sería necesario. Como pariente suyo, me gustaría pensar de otro modo.
—Es adorable —valoró Williams, y creo que fue la primera vez desde que lo conocía que le detecté sarcasmo en la voz—. Sin embargo, sin querer llevar la contraria a nuestros amigos delfines aquí presentes, puede que tropecemos con problemas logísticos para sindicalizar la isla.
—¿Por qué?
—Porque somos villanos y en estas instalaciones llevamos a cabo actividades éticamente cuestionables e ilegales —explicó Morrison—. Como abatir satélites del espacio, por ejemplo.
—Eso lo hizo desde una aplicación —señalé.
—¿Lo ves? Habéis automatizado el trabajo de alguien —intervino Setenta y Tres—. Precisamente por eso necesitamos sindicatos.
—Además, en la Bahía de Jenny hay varias empresas —añadió Williams—.
Son entidades corporativas independientes, aunque en última instancia fuesen propiedad de su tío y ahora le pertenezcan a usted.
Todas ellas tendrían que celebrar elecciones sindicales.
Como la mayoría de los directivos de esas empresas idolatraban a su tío, es probable que compartan su misma filosofía sindical.
—Son putos esquiroles —lamentó Setenta y Tres.
—Como acabo de decir, hay problemas logísticos —concluyó el hombre.
—¿Estaría dispuesto a investigar esos problemas logísticos? —le pregunté.
—¿Se refiere a si sobrevivimos a los próximos días? Por supuesto.
Volví a mirar al delfín.
—¿Te parece bien?
—Suena a una triquiñuela para postergar las cosas antes de negarlas. Es lo que habría hecho tu tío.
—Es un aplazamiento —admití—. Ahora estamos un poco liados. En cuanto a la otra parte, solo puedo decirte que yo no soy mi tío. ¿Algo más?
—Queremos el derecho a procrear.
—¿Qué? —Miré a Livgren.
—Los delfines no se reproducen —explicó—.
Son todos clones criados en busca de rasgos específicos.
Como los gatos. Y, como sucede con los gatos, cuando su tío dio con la mezcla de rasgos deseada, no quiso estropearla, del mismo modo que no quiso que ellos la estropeasen —dijo señalando a los delfines—.
Así que están sometidos a un programa de planificación familiar.
Creamos más clones en el laboratorio y les implantamos los embriones.
—O sea, que hablamos de eugenesia y partos forzosos —concluí.
—Gracias —dijo Setenta y Tres desde la piscina.
—Lo de la eugenesia es verdad. Lo de los partos forzosos, solo hasta cierto punto —puntualizó Livgren—. Algunas de nuestras hembras quieren ser madres, y así es como lo consiguen.
—Y también es el único modo en el que se les permite tener crías —señalé.
—Por eso he dicho que era verdad hasta cierto punto.
Miré a Hera, que me observaba atentamente.
—En esta cuestión no hay medias tintas —dije a Livgren—. Saque a todos los delfines que lo deseen del programa de planificación familiar. —Me volví hacia Morrison—. Y lo mismo digo de los gatos.