Capítulo 23 #2
—Podríamos decir que un poco de cada. Yo le he enviado el mensaje, pero ha sido porque abordábamos asuntos relativos a la Asamblea. Así que se lo he hecho llegar yo, en nombre de la Asamblea.
—Y también podríamos decir que el resto de los miembros de la Asamblea aprueban el mensaje que me ha enviado.
—Sabían que iba a hablar con usted —replicó Gratas—. También eran conscientes de que tal vez usted necesitaría algo de... persuasión.
—O sea, que se trata de un esfuerzo colectivo.
—Podríamos llamarlo así.
—Bien, quería oírselo decir porque quiero estar seguro de que, de ahora en adelante, lo que conversemos se dirige a la audiencia adecuada.
—Está tratando conmigo —me advirtió él.
—Ya lo sé, pero no hablo con usted representándose solo a usted, sino a usted como nuevo jefe de la Asamblea de Lombardía.
—Correcto.
—Entendido. En ese caso, permítame decir, para que conste y para eliminar cualquier posible ambigüedad, que he recibido su mensaje y el de la Asamblea.
—Estupendo —dijo Gratas, y se dispuso a continuar hablando.
Levanté una mano para acallarlo.
—Y, ahora, aquí tiene mi respuesta. —Hice un gesto con la cabeza a Morrison, que entró en el plano con el teléfono en la mano—.
¿Sabía que la empresa de Ji-Jong tiene un satélite de telecomunicaciones situado sobre mi cabeza?
Ofrece servicio a gran parte de la región septentrional de Sudamérica y la mitad inferior del Caribe.
—Miré a mi empleada—. ¿Cuánto debió de costar la construcción y el lanzamiento del satélite? ¿Trescientos millones?
—Yo diría más bien quinientos millones —matizó ella.
—¡Quinientos millones! Es mucho dinero —dije a Gratas.
Él me miró, desconcertado.
—¿Sí? ¿Y qué?
Asentí mirando a Morrison, que pulsó un botón en la pantalla.
—Yyyyyy ya no está —le dije.
—¿Qué?
—Que ya no está —repetí—. Ese satélite de telecomunicaciones ahora es una nube de escombros en expansión.
Quinientos millones de dólares del capital de Kim Ji-Jong.
¡Bum! —Hice el gesto de una explosión con las manos para aclararle el mensaje—.
De hecho, en este preciso instante, Ji-Jong no lo sabe, y tampoco lo sabe nadie más en su empresa.
De hecho, justo ahora algún pobre técnico acaba de descubrir que el satélite ni transmite ni recibe información alguna y se dispone a intentar averiguar el motivo del fallo.
Entonces descubrirán que en la posición que hace un momento ocupaba el satélite ahora no queda nada.
A continuación, intentarán averiguar a qué se debe la ausencia.
Incluso cabe la posibilidad de que Kim Ji-Jong se lo mencione a usted.
Si lo hace, puede decirle que ha sido mi respuesta a la Asamblea por haber atacado Santa Genoveva.
—No puede estar hablando en serio —dijo Gratas.
—De acuerdo, pues no lo digo en serio. La Fuerza Espacial de Estados Unidos acaba de derribar ese satélite. O Corea del Norte. ¡O Godzilla! Elija la opción que más le guste, estoy seguro de que es una explicación mucho más razonable que la que le acabo de ofrecer.
Él apartó la vista de la pantalla, probablemente para mirar a Tobias el Acuchillador, que daba por hecho que en ese momento estaba muy ocupado llamando al número privado de Kim Ji-Jong. Poco después, volvió a centrar su atención en mí.
—Está atentando contra los negocios legítimos de uno de nuestros miembros —me acusó.
—Yo prefiero pensar que estoy enviando un mensaje a toda la Asamblea a través de uno de sus miembros —repliqué—.
Ya sabe, como ha hecho usted al volar mi muelle y dos de mis barcos, un acto que también ha atentado contra una parte de mis negocios legítimos.
Puedo hacerles llegar más mensajes, a menos que acepte escuchar el que me gustaría transmitirle en este momento.
—Le escucho.
—Es bastante simple. Usted y yo dejamos de intentar demostrarnos quién la tiene más grande durante cuarenta y ocho horas.
Durante ese periodo, ninguno de nosotros trata de enviar al otro ningún mensaje, ni escrito, ni hablado ni de ningún otro tipo.
Finalmente, dentro de dos días, volvemos a hablar sobre lo que usted quiere, lo que yo quiero, y lo que ambos podemos hacer para llegar a un acuerdo.
—¿Y si me niego?
—Si se niega, supongo que las cosas se pondrán muy feas —respondí—.
Oiga, la última vez que hablamos lo subestimé.
Le falté al respeto. Fue un error por mi parte.
Fue una estupidez y no debí hacerlo. Sin embargo, usted también me subestimó, y ahora nos tenemos que ver en esta situación, sin saber con certeza de qué es capaz el otro.
Así pues, en lugar de iniciar un proceso de destrucción mutua asegurada, vamos a darnos un respiro de dos días exactamente.
Así tendrá tiempo de hablar con la Asamblea, y yo podré hablar con mi gente.
No nos matemos mutuamente. ¿Qué le parece?
Gratas permaneció un rato inmóvil, salvo por un leve temblor apreciable alrededor de su mandíbula. El micrófono y los altavoces cutres del portátil no me permitían oírlo, pero podía imaginarme perfectamente el ruido que hacía al rechinar las muelas.
—Podría haber pedido la tregua sin derribar el satélite —dijo finalmente.
—Usted tampoco tenía por qué destruir mi muelle.
—Cuarenta y ocho horas —dijo él, y desconectó la llamada.
—¿De verdad piensa que respetará la paz? —preguntó Morrison en cuanto cerré el portátil.
—Si no hubiésemos cortado su conexión con esas ballenas, probablemente no —respondí—.
Pero, como imagino que por lo menos necesitará ese par de días para hallar el modo de volver a comunicarse con ellas, he supuesto que aceptaría el trato porque, de todos modos, tampoco iba a poder hacer nada durante esos dos días.
—No creo que espere sentado todo ese tiempo.
—Nosotros tampoco lo haremos, o eso deseo.
—Entonces, ¿por dónde quiere empezar?
—Estoy tan estresado que me gustaría vomitar —confesé—, pero será mejor que vayamos a ver a los delfines.