Villano en prácticas Capítulo 23
79%

Capítulo 23

El muelle de la Bahía de Jenny estaba retorcido y destrozado, y dos de los tres ferris, los JennifersLopez y Tilly habían quedado destruidos.

Las explosiones habían sacudido toda la Bahía de Jenny, habían roto ventanas y provocado incendios.

Científicos y otros miembros del personal corrían por todas partes con extintores, apagando llamas antes de que pudieran propagarse.

Me detuve en lo que quedaba del muelle, mirando el naufragio del Lopez. Una parte de los restos del ferri se asomaba por encima del agua.

—¿Hay muertos? —pregunté a Morrison, que estaba de pie a mi espalda.

—Lo estamos comprobando —contestó—. El Tilly estaba en mantenimiento, así que no había tripulación a bordo.

El Lopez debía zarpar más tarde para ir a por suministros.

Estamos investigando si había algún miembro de la tripulación a bordo.

El Lawrence está en Granada ahora mismo, recogiendo a integrantes del personal de la isla.

—Que no se mueva de ahí —dije, y me volví hacia ella—. Bueno, es obvio. No tenemos ningún lugar al que puedan venir.

—Si es preciso podemos usar la laguna de los delfines para las llegadas y las salidas de embarcaciones. A los delfines no les gusta, pero a los delfines no les gusta nada.

Hice un gesto hacia el resto de la Bahía de Jenny.

—¿Y todo lo demás?

—De momento estamos bien —contestó Morrison—. Según Williams, la planta física ha aguantado, salvo por las ventanas rotas y los conatos de incendio. El ataque se ha centrado en el muelle y los ferris. Eran el objetivo directo.

—¿No corremos ningún peligro de quedarnos sin energía?

Ella negó con la cabeza.

—Recuerde que es geotérmica. Toda la maquinaria encargada de generar electricidad está enterrada en las profundidades de la isla. Aquí no hay ningún muerto ni nadie en estado crítico. Hay un par de personas con cortes bastante graves por los cristales que han salido volando, pero eso es todo.

Asentí.

—O sea, que básicamente eran disparos de aviso —conjeturé.

—Eso parece —coincidió Morrison.

—Y ha sido culpa mía.

—Ha apretado bastante los huevos a Gratas, Charlie.

—Cuando lo he hecho, me ha parecido buena idea —me excusé.

—No era una mala idea. Simplemente no ha pensado que él estuviera en disposición de devolverle el favor.

—Lo recordaré para la próxima.

—Hágalo.

Hice un gesto hacia el desastre actual.

—¿Qué ha pasado aquí?

Morrison miró las ruinas del muelle.

—¿Se refiere a si han sido misiles o bombas? Probablemente han sido misiles. Si alguien hubiese intentado infiltrarse en la costa a escondidas y dejarnos unas cuantas sorpresas lo habríamos sabido.

—O sea, que han sido misiles... o torpedos —aventuré.

—Puede que hayan sido torpedos —coincidió—. ¿Cree que Gratas y la Asamblea tienen un submarino?

—No creo que necesiten un submarino.

Morrison tardó un segundo en entenderlo.

—Cree que han sido las ballenas.

—No sé cómo se pueden acoplar torpedos a las ballenas, pero, aparte de ese detalle, sí, eso creo.

—Debería ir a hablar con los delfines —sugirió ella.

Me reí, y debo admitir que no sonó a la carcajada de una persona cuerda.

Morrison reparó en ello.

—¿Se encuentra bien?

—¿Qué tal va el negocio de los edificios de aparcamientos? —le pregunté.

—¿El qué?

—Ya sabe, la parte legítima del negocio de mi tío. No hemos hablado de ella desde que comenzó toda esta maldita historia. ¿Qué tal va? ¿Hay algún problema acuciante que deba conocer? ¿Algo que yo, que supuestamente soy su director general, deba sopesar?

—Jake era el presidente de BLP —dijo Morrison—. La empresa tiene su propio director general y sus propios ejecutivos, y todos ellos están haciendo su trabajo de primera.

—De todos modos, debería saber algo sobre ella —insistí—.

En cambio, aquí me tiene, en una isla caribeña, escuchando el consejo de ir a hablar con los delfines, que se encuentran inmersos en un acto de protesta obrera, sobre unas ballenas que podrían estar armadas con torpedos suministrados por una sociedad secreta de villanos que quieren acceder a un almacén repleto de tesoros que probablemente saquearon a las víctimas de los puñeteros nazis y que podrían estar dispuestos a volar mi guarida en un volcán para llegar hasta ellos.

—Debo admitir que, visto así, suena ridículo —dijo Morrison tras un breve silencio.

—Gracias.

—Sin embargo, su tío no necesitaba que usted gestionase su negocio de edificios de aparcamientos —prosiguió ella—. Jake no necesitaba que usted se ocupase de las partes de este negocio que ya tienen quien vele por ellas. Él lo necesitaba para esta vertiente, Charlie.

—¡Tampoco sé nada sobre esta parte! —exclamé—.

No sé cómo lidiar con delfines en huelga, ballenas con torpedos o conspiraciones malvadas.

Usted sabe mucho más de todas esas cosas que yo.

No sé si se ha dado cuenta, pero me he estado apoyando bastante exageradamente en usted todo este tiempo para que parezca que sé qué diablos estoy haciendo.

—También se ha apoyado en Hera —señaló Morrison.

—¡Una gata que sabe teclear! ¡Con propiedades inmobiliarias!

—Mire, Charlie, no puedo decirle los motivos por los que su tío pensó que usted sería la persona más indicada para ocuparse de todo esto aquí y ahora.

Puede que tuviese algo que ver con lo mucho que le pesaba no haber estado presente para usted.

Puede que estuviese relacionado con el hecho de que seguía sintiéndose culpable por lo de su madre y quisiera expiar sus pecados a través de usted.

Puede que fuese porque lo espió discretamente, se dio cuenta de que había dedicado su vida a hacer cosas por debajo de sus competencias y capacidades, y decidió propinarle un puntapié en el culo.

O puede que no fuese por ninguno de estos motivos.

Solo le diré lo único que puedo decirle aquí y ahora: su tío no cometía errores.

—Recuerde la nota en las cucharillas de postre —la interrumpí.

—Su tío cometía muy pocos errores —rectificó Morrison—. Él decidió que ahora mismo usted tenía que estar aquí, haciendo estas cosas. Tal vez debería tener algo de fe en su criterio. Y eso significa tener algo de fe en sí mismo.

—O tener fe en usted o en Hera, de hecho.

—Podría hacer cosas peores. Lo está haciendo bien, Charlie.

—Gracias. —Hice un gesto hacia el muelle—. Ahora mismo no estoy de acuerdo con usted al cien por cien, pero gracias.

—Gracias a usted también —replicó ella.

—¿Por qué?

—Por escucharme de verdad. Y a Hera. Hay que ser un tipo de hombre muy especial para tomarse en serio a una gata.

Sonreí.

—La gata sabe más que yo.

—Escuchar a personas porque saben más que usted ya es algo bastante inusual, Charlie. Usted lo hace incluso con gatos. Puede que sea otro de los motivos por los que su tío lo eligió.

—Él no sabía que yo haría caso a una gata.

—Puede que sí lo supiera, si la gata le presentaba informes —dijo Morrison.

—No... no se me había ocurrido —confesé.

Ella señaló el muelle.

—¿Y ahora qué quiere que hagamos?

—¿Podemos repararlo?

—No en breve. Sobre todo, no mientras nos preocupe que nos vuelvan a atacar.

—Y nos volverán a atacar.

—Si no le damos a Gratas lo que pide, es probable.

—¿Cuándo?

Morrison se encogió de hombros.

—Si juzgo correctamente a ese malnacido, esperará una hora para que usted tenga tiempo de alimentar sus neurosis y sus inseguridades, y luego pedirá a Tobias que me llame para organizar una nueva llamada de Zoom.

Pensé en ello.

—¿Cree que Gratas sabe que sabemos lo de las ballenas?

—Me parece que Gratas es demasiado arrogante para plantearse que sepamos de su existencia.

—Estupendo —dije—. Pues usemos ese factor.

—Gracias por tomarse la molestia de llamar de nuevo —dije a Gratas a través del portátil, con el icono del candado encendido—. Soy consciente de que está a unos husos horarios de distancia de aquí y donde se encuentra es muy tarde.

—No es ninguna molestia —replicó él—. De hecho, en cuanto terminemos la conversación, iré a cenar con unos amigos. Aquí comemos tarde.

—Me alegro. Está bien tener amigos.

—Ahora tengo menos que antes gracias a usted.

—Soy consciente de que está convencido de ello. Lamento su pérdida.

—Gracias. Puede que un día también yo crea lo que acaba de decir.

—Espero que sí —dije.

—Pasemos a otros temas más acuciantes —propuso Gratas—. Por ahora, supongo que ya habrá visto mi respuesta a nuestra conversación previa. Una demostración de que, a pesar del juicio que ha emitido sobre mí, soy un hombre con cierta... influencia. Y poder.

—Sí, he recibido el mensaje.

—Espero que le haya quedado claro el significado del mensaje.

—Clarísimo —confirmé.

—Estupendo. Confío en que también será consciente de que, por más doloroso que le pueda haber resultado recibirlo, si hubiese querido podría habérselo hecho llegar de una forma mucho más dolorosa.

—Efectivamente, es lo que se leía entre líneas.

Gratas asintió.

—Magnífico, entonces nos entendemos.

—De momento, sí.

—En ese caso, le sugiero que retomemos la negociación de antes.

Desde el principio. Empezando por los atrasos de su tío y sin olvidar el modo en el que pretende entregar a la Asamblea lo que nos pertenece.

Ahora que lo pienso, se trata de un patrimonio del que se nos ha privado intencionalmente sin conocimiento o consentimiento por nuestra parte.

Eso significa que creo que deberíamos imponerle una penalización.

Nada exagerado. Lo justo para dejar las cosas claras.

—Pero seguiríamos hablando de miles de millones de dólares, ¿verdad?

Gratas se rio y dio una palmada.

—¡Sí que nos estamos entendiendo, Charlie! Bien, muy bien.

—Nos entendemos perfectamente —coincidí—. Sin embargo, tengo una pregunta que espero que no le importe responderme.

—Adelante, ¿de qué se trata?

—Cuando me ha hecho llegar el mensaje, ¿lo ha hecho a título personal o como líder de la Asamblea?

—¿Acaso importa?

—Es pura curiosidad.