Capítulo 22 #2
—Me lo apunto para la próxima vez, pero lo que quiero decir, Charlie, es que conozco a Tobias. A usted, en cambio, no lo conozco. Sin embargo, sí sé ciertas cosas sobre usted.
—No me diga.
—Así es. ¿Sabe una cosa, Charlie? Cuando mató a Anton, las riendas de la Asamblea de Lombardía pasaron a mis manos, y ayer, mientras usted huía como un cobarde a su pequeña isla, donde cree estar seguro, yo me dediqué a revisar las notas que él dejó.
Normalmente no tomamos notas, pero Anton entendía mejor que nadie que la continuidad es importante, incluso para un grupo como el nuestro o, incluso, especialmente en nuestro caso. ¿Sabe lo que decían esas notas?
—Ni idea —admití.
—Me han permitido averiguar que su tío sí formaba parte de la Asamblea de Lombardía todo este tiempo —explicó Gratas—.
Fue miembro de la sociedad incluso antes que yo, pero luego dejó de participar en ella y empezó a trabajar contra la Asamblea.
Como permaneció tanto tiempo inactivo y los miembros anteriores optaron por no volver a hablar del asunto, el resto de nosotros no lo supo nunca, pero ahora ya lo sé.
Esa circunstancia implica que usted también forma parte de la Asamblea, Charlie.
Heredó el asiento de su tío. Enhorabuena.
—Supongo que eso significa que ya no tengo que pagar la cuota de ingreso —conjeturé.
El comentario hizo reír a Gratas.
—Supongo que tiene razón —admitió—, pero olvida un detalle. Se supone que los miembros de la Asamblea deben aportar al fondo común del grupo. Un cinco por ciento de sus beneficios, ¿verdad? Pero su tío no estaba pagando su parte.
—No pagaba porque abandonó la Asamblea.
—No, no se puede abandonar la Asamblea. Se puede dejar de asistir a las reuniones, pero no se puede abandonar la sociedad.
De modo que su tío debía atrasos, Charlie.
El cinco por ciento de sus ingresos durante los últimos treinta años, aproximadamente.
Como usted heredó su asiento, también ha heredado su deuda.
Calculo que el importe total asciende a.
.. unos ciento cincuenta mil millones de dólares.
—Me parece excesivo —valoré.
—Y todavía no he terminado —dijo Gratas—. Por lo visto, su tío guarda unos cuantos objetos de la Asamblea en un almacén. Un tesoro por valor de unos doscientos mil millones de dólares. Aparentemente, le confiaron su custodia, pero él decidió no devolverlos.
—Tenía buenos motivos para no hacerlo —comenté.
—No lo dudo, pero las razones que tuviera para hacerlo murieron con él y, como nuevo líder de la Asamblea, quiero recuperar esos objetos, Charlie.
—¿Qué le hace pensar que conozco su paradero?
—El hecho de que las notas de Dobrev dicen que tenía la intención de decírselo.
Puede que lo matase por ese motivo. Puede que pensase que, al matarlo, el secreto moriría con él, y así podría quedárselo todo.
Supongo que el viejo era más listo que usted.
¿Piensa negar que sabía de la existencia de ese almacén?
—He oído hablar de él —respondí.
—Entonces no le importará que recupere su contenido.
—De hecho, sí que me importa.
—¿Disculpe?
—Uno de los miembros de la Asamblea mató a mi madre por el contenido de ese almacén —dije—. Es la razón por la que el tío Jake abandonó el grupo.
Gratas miró fijamente su ordenador con el ceño fruncido.
—¿De qué diablos está hablando?
—Ya le he dicho que mi tío tenía buenos motivos —le recordé—. Ahora ya los conoce. Sus razones murieron con él, pero las mías no.
—Esto es ridículo —protestó—. La muerte de su madre no tiene nada que ver en este asunto.
—Suena muy convencido a pesar de que no tenía ni idea de la existencia de este almacén hasta... ¿cuándo? ¿Ayer mismo?
—Charlie...
Alargué el brazo hacia la tapa del portátil.
—No lo haga —me advirtió él.
Me detuve un instante.
—¿O qué? ¿Qué puede hacerme, Gratas? La Asamblea de Lombardía ha saltado por los aires.
De todos modos, no tenía dinero. Tanto usted como los demás miembros de la Asamblea o están arruinados o tienen todo su capital comprometido de un modo que no les permite acceder a él.
En este punto, lo único que puede hacer es amenazarme por Zoom.
Él sonrió muy ligeramente a modo de respuesta.
—¿Está seguro de lo que acaba de decir, Charlie?
—Estoy bastante convencido de que tengo razón —me reafirmé—.
Oiga, puede que yo sea novato en esto de la villanía, pero lo que sé me basta para darme cuenta de que a usted no se le da nada bien.
Heredó el tinglado de su padre y razonó que podía limitarse a hacer lo mismo que hizo él, y lo mismo que antes hizo el padre de su padre.
Solo tenía que sacar provecho de las tragedias que aconteciesen a lo largo y ancho del globo, quizá provocar alguna, si las catástrofes naturales no llegaban con una frecuencia suficiente para su gusto, y cultivar una cosecha tras otra de esbirros inteligentes cuyos egos pensaba hinchar para que no se diesen cuenta de cómo parasitaba su talento.
Usted operaba en los márgenes del sistema y se convenció de que estaba escribiendo el destino del mundo, pero entonces se volvió demasiado ambicioso, o quizá demasiado holgazán, o se acabó creyendo sus propias notas de prensa.
Puede que lo hiciera todo a la vez. Sin embargo, se vio superado por la competencia, tanto por mi tío como por todo el resto.
Ahora se encuentra entre la espada y la pared, y el único camino que se le ocurre para salir del atolladero es intentar robarme.
Usted no es un villano, Gratas. Solo es un empresario mediocre.
—Ha sido un discurso francamente hermoso, Charlie —respondió él tras un breve silencio—.
Aunque tal vez no entiende las cosas tan bien como piensa.
—Levantó una mano—. No pasa nada. Puedo respetar el hecho de que tenga sus propias posturas, sus convicciones, y que crea que puede negarnos lo que nos pertenece por derecho.
¿Quién sería usted si no tratara de mostrarme su poder?
Valoro que me haya demostrado quién es usted.
Ahora, permítame que le muestre quién soy yo.
Gratas cerró la tapa de su portátil y cortó la conexión.
—Ha ido bastante bien —opinó Morrison.
—Ha ido tan bien como cabía esperar —coincidí. Estaba a punto de preguntarle qué pensaba que pasaría si Gratas se decidía a entregar la pistola con mis huellas al FBI, pero me interrumpió el ruido de explosiones.
La Bahía de Jenny estaba bajo ataque.