Capítulo 22
Y entonces llegó el momento de que me despreciasen y me amenazasen durante una videoconferencia.
—Un momento —dije mientras Williams me colocaba el portátil delante—. ¿Vamos a hacer la videoconferencia a través de un ordenador?
—El señor Gratas nos ha enviado un enlace a una reunión de Zoom —me explicó él.
El portátil ya tenía la aplicación abierta y en la pantalla aparecía el aviso «Esperando a que el anfitrión inicie la reunión».
—¿Y no tenemos otra forma de hacerlo? —pregunté.
—¿Cómo le gustaría atender a la videollamada?
—preguntó Morrison. Estaba conmigo en la sala de juntas, la misma habitación en la que un rato antes habíamos hablado con Livgren y también la misma en la que me habían ofrecido la charla de orientación a la villanía y en la que Morrison y yo habíamos «interrogado» a Jacobs, el chaquetero de la CIA.
—Desde una gran sala de control de misiones con una pantalla de ocho metros de ancho, francamente —respondí, e hice un gesto hacia el portátil—. Esto es un poco decepcionante.
Morrison hizo un gesto con la cabeza hacia Williams.
—Pregúntele por qué no disponemos de una gran sala de control de misiones.
Me volví hacia él.
—¿Por qué no la tenemos?
—Llegamos a considerar la idea —explicó el hombre—. Al principio de todo, cuando su tío asumió el control de la isla. Él decidió descartar la idea.
—¿Por qué?
—Por un montón de razones técnicas y arquitectónicas, pero, sobre todo, porque era tacaño.
—Su valor neto estimado era de tres billones de dólares —le recordé—. Podría haberse estirado un poco.
Williams negó con la cabeza.
—No era su estilo. Él siempre reducía costes. A veces tenía que pelearme con él para actualizar el equipo. Hasta el año pasado usábamos ordenadores con Windows 7 instalado.
—¿No le preocupaba la seguridad informática?
—Eso mismo le pregunté yo —dijo Williams—. Al final, aprobó las actualizaciones a regañadientes.
Miré a Morrison.
—Este lugar es demasiado mundano para una organización que cuenta con delfines alterados mediante ingeniería genética y láseres que pueden derribar satélites del espacio —observé.
Ella se encogió de hombros.
—Su tío no quería pagar mejoras estéticas. Era un villano práctico.
—Bueno, pues a mí me gustaría tener una sala de control de misiones siniestra.
—¿La quiere? ¿Habla en serio?
Me volví de nuevo hacia Williams.
—¿Cuánto costaría?
—¿Se refiere a un escenario digno de un villano de James Bond? —preguntó.
—Sí.
—Podría consultarlo.
—Deme una cifra a ojo.
—Cincuenta millones.
La cifra me dejó sin respiración.
—Por una sola sala.
—Ha dicho que quería una pantalla de ocho metros. Solo eso ya cuesta unos cuantos millones.
—Podríamos usar un proyector láser, por ejemplo.
Williams negó con la cabeza.
—No, Charlie —concluyó—. No vamos a construir algo que recuerde a la cueva de un hombre en el sótano de su casa. Si vamos a levantar el cuartel general de la guarida de un villano, vamos a estirarnos un poco, como usted mismo ha dicho.
—De modo que las opciones son o bien un tinglado a lo SPECTRE , o bien un portátil en una sala de juntas.
—Correcto —confirmó él.
Eché un vistazo al portátil, malhumorado.
—Me parece que tenemos a otro tacaño entre nosotros —observó Morrison.
—No voy a pagar millones por un televisor enorme —repliqué.
—Aplaudo su contención fiscal —dijo ella—, pero es un millonario penoso.
—Puede que vaya mejorando.
—No lo haga, por favor.
El portátil tintineó y la cara descolorida de Roberto Gratas apareció en mi pantalla.
—Caramba, la webcam de su portátil es un asco —observé.
Él respondió algo, pero no tenía audio.
—Tiene el sonido silenciado —le advertí, y repetí el aviso porque parecía confundido.
—¿... oye ahora? —preguntó.
—Sí, ahora se le oye.
Williams había salido del plano y Morrison estaba sentada en silencio al otro lado del portátil. Por lo que a Gratas respectaba, estaba solo en la habitación.
—Usted y yo tenemos mucho de lo que hablar —dijo él y, a pesar del sonido metálico de los altavoces del portátil, detecté que trataba de proyectar una voz amenazante.
—¿La llamada está encriptada? —lo interrumpí.
Él calló de golpe y volvió a parecer desconcertado.
—¿Cómo dice?
—La llamada —repetí—. ¿Está encriptada?
—Supongo que sí. —Gratas trataba de volver a adoptar el tono amenazador.
—Lo digo porque, si está encriptada, debería haber un pequeño icono con un candado, y no lo veo —expliqué, y volví a pisotearle el aura amenazante.
—Estoy seguro de que no tenemos motivos para preocuparnos.
—¿De verdad? Lo digo porque me puedo imaginar el tipo de conversación que vamos a tener, y debo decirle que no me siento cómodo hablando si la Interpol o la Agencia de Seguridad Nacional pueden escucharnos. Se lo vuelvo a preguntar: ¿está seguro de que estamos encriptados en este preciso instante?
—Sí. Sí, estoy seguro.
—Lo que me está diciendo es que usted mismo ha activado las opciones de encriptación en la configuración de la aplicación de Zoom.
—Exacto —contestó Gratas.
—De acuerdo, dígame cómo lo ha hecho.
—¿Cómo dice? —preguntó de nuevo él.
—Me acaba de decir que ha activado la encriptación, así que le pido que me diga cómo lo ha hecho. No veo el icono del candado.
—¡Olvídese del puto icono del candado! —estalló—. ¡No tiene ninguna puta importancia! Le diré algo que sí tiene importancia, mierdecilla...
Cerré la tapa del portátil y corté la conexión.
—Una demostración de poder —observó Williams en un tono aprobador.
—Habría quedado mejor en una pantalla enorme —apunté.
—Si hubiese hecho lo mismo con una pantalla enorme, lo habría aplastado —intervino Morrison.
—Ya sabe lo que quiero decir.
El teléfono de mi empleada sonó. Miró la pantalla, sonrió y aceptó la llamada.
—Hola, Tobias —saludó.
Podía oír el sonido tenue de su voz a través del altavoz del móvil y el ruido todavía más apagado de una estática iracunda, que asumí que eran los gritos de Gratas.
—Ajá —dijo Morrison mientras Tobias hablaba—.
Ajá. Oye, Charlie llevaba razón, ¿no crees?
¿El bobo de tu jefe no iba a decir estupideces por un canal desprotegido?
—Una pausa—. Bueno, es la idea, ¿no te parece?
A menos que Gratas quisiera que alguien espiase la conversación.
—Otra pausa—. No te enfades con nosotros porque él sea incompetente en cuestiones tecnológicas, Tobias.
Ahora que lo pienso, ¿esta llamada está encriptada?
—Morrison colgó antes de que él tuviera tiempo de contestar.
—Es satisfactorio, ¿verdad?
—Ya le había colgado antes.
Unos minutos más tarde, volvió a sonar su móvil.
—Al parecer, están listos —me informó—. Y esta vez la llamada está encriptada.
Pasé el portátil a Williams para que abriese el enlace de Zoom desde el correo electrónico, y él me lo devolvió tras clicar en el enlace.
Gratas apareció en la pantalla inmediatamente, gritando. En la imagen había el pequeño icono de un candado.
—Vuelve a tener el audio silenciado —dije sin levantar la voz.
Gratas manoseó el ordenador sin interrumpir la retahíla de obscenidades.
—... y será mejor que me preste atención, puto gusano insignificante...
Volví a cerrar la tapa del portátil.
—¿Intenta provocarle un infarto? —preguntó Morrison.
—Estaba siendo bastante grosero —me excusé.
El teléfono de ella sonó de nuevo.
—Supongo que esta llamada tampoco está encriptada —dijo a modo de saludo, y escuchó un momento a su interlocutor—.
Bueno, en ese caso tu jefe no debería iniciar la conversación con un ataque de ira desatada.
Charlie no se lo toma nada bien. —Una nueva pausa—.
No, creo que tú eres quien no lo entiende, Tobias —dijo—.
A diferencia de ti, Charlie no trabaja para Gratas.
Él no tiene que aguantar sus gilipolleces.
Son iguales, aunque, de hecho, ahora mismo Charlie vale un pastón más que Gratas, de modo que tal vez tu jefe debería mostrarle un poco más de respeto.
—Otra pausa—. Ajá. Vale, di a Gratas que, a menos que quiera que le vuelva a colgar, trate de contenerse la puta próxima vez que llame.
Y que no intente hablar con el micrófono silenciado. —Ella colgó.
—La verdad es que no esperaba divertirme tanto con esta videollamada —confesé.
El móvil de Morrison sonó de nuevo. Esta vez se trataba de un mensaje de texto.
—Según parece, están listos para volverlo a intentar —anunció.
Acerqué de nuevo el portátil a Williams, que una vez más lo puso todo a punto.
En esta ocasión el icono del candado estaba presente, y el micrófono de Gratas, activado.
—Hola, Charlie —me saludó con los dientes visiblemente apretados.
—Hola —contesté.
—¿Está teniendo un buen día?
—De momento sí —respondí—. El sur del Caribe es un lugar muy hermoso. ¿Qué tal está usted?
—Me temo que no tan bien como usted —dijo Gratas—. Estoy de luto, ¿sabe? Por lo visto, alguien provocó un incendio en el hotel Grand Bellagio y mató a mi buen amigo Anton Dobrev y a cinco más de mis socios de la Asamblea de Lombardía.
—Le ruego que acepte mi más sentido pésame.
—Lo haría, Charlie, pero, como ambos sabemos, probablemente lo hizo usted.
—Yo no tuve nada que ver —le aseguré.
—No haga eso —me interrumpió Gratas—. No me mienta de ese modo. Me parece insultante que piense que puede mentirme de esa forma.
—No miento —insistí—. Yo mismo estuve a punto de morir en el ataque. —Miré a la espalda de Gratas, a Tobias, que acechaba en el fondo de su pantalla—. Él conoce la verdad.
—Sí, tiene razón —coincidió Gratas—. Y digamos que lo que me ha contado es bastante distinto de lo que usted afirma.
¿Le importaría decirme a quién debo creer?
¿Confío en Tobias, a quien conozco desde hace años y a quien ocasionalmente he contratado, o a usted, que hace apenas una semana intentaba evitar que críos de trece años incendiasen el instituto?
—Ahora los llamamos centros de enseñanza secundaria.