Capítulo 21
«¿QUÉ ES ESO?» , tecleó Hera al verme entrar en su suite con una bandeja, una hora después de nuestro regreso a la Bahía de Jenny.
Estaba sentada en su escritorio, escribiendo.
Perséfone, que hacía unos días que no me veía, se nos acercó dando saltitos y maulló.
Estaba claro que quería que la levantase en brazos.
—Un regalo de agradecimiento —respondí, y dejé la bandeja sobre su mesa, cerca del teclado.
Contenía varios trozos de pescado y marisco que había ido a buscar a la cantina de la Bahía de Jenny.
El personal que trabajaba en el local me había mirado raro cuando les había pedido que me sirviesen su mejor comida con aletas, pero, como era su jefe, obedecieron y me entregaron el cargamento que había llevado a la habitación.
Al ver el pescado, Perséfone dejó de pedirme que la recogiese y se encaramó al escritorio de un brinco para echar un vistazo a la comida. Así pude comprobar el lugar que ocupaba entre las prioridades de las gatitas.
«¿UN REGALO DE AGRADECIMIENTO POR QUÉ?» , preguntó Hera.
—Para empezar, por salvarme la vida en Italia —contesté—. Y por no haberme matado durante los últimos años por alimentaros exclusivamente a base de Meow Mix.
«A MÍ ME GUSTA EL MEOW MIX —replicó Hera—. ES COMO LAS PATATAS FRITAS PARA LOS HUMANOS. COMES UNA DE ESAS CROQUETAS Y YA NO PUEDES PARAR.»
—De acuerdo, pero a mí no me gustaría una dieta a base de Ruffles y nada más —insistí.
«CUANDO NO MIRABAS HACÍA PEDIDOS A JUST EAT.»
—Ahora me pica la curiosidad por conocer la logística de esos pedidos.
«INSTRUCCIONES PRECISAS Y PROPINAS ENORMES. ¿TE PARECE BIEN SI PERSÉFONE TAMBIÉN COME?»
—Es tu bandeja de agradecimiento —respondí—. Puedes hacer con ella lo que te parezca.
Hera hizo un ruidito. Perséfone pio de alegría y comenzó a hincar el diente al festín.
—¿Esos ruidos son vuestra lengua? —me interesé.
«ES COMPLICADO —tecleó Hera—. NO ESTAMOS DISEÑADAS COMO LOS HUMANOS Y NO TENEMOS EL MISMO RANGO VOCAL QUE VOSOTROS.
SIN EMBARGO, CON EL TIEMPO HEMOS DESARROLLADO ALGUNAS VOCALIZACIONES Y UN CIERTO LENGUAJE CORPORAL.
TENEMOS CONVERSACIONES BÁSICAS SIN TECLADO.
PARA TRANSMITIR MENSAJES COMPLEJOS TECLEAMOS. »
—Sigue siendo fascinante.
«A VECES PUEDE SER IRRITANTE. LOS GATOS NO MODIFICADOS NO HABLAN COMO NOSOTRAS. HAY MUCHOS MALENTENDIDOS.»
Aquello me recordó la conversación sobre los delfines, antes del viaje a Italia, cuando me comentaron que no congeniaban demasiado bien con otros miembros de su especie en el mundo real. Dotar a los animales de inteligencia los convertía en parias, y la idea me entristecía.
Se lo conté a Hera.
«LOS HUMANOS SON EXPERTOS EN CREAR PARIAS —replicó la gata—. NO DEBERÍA SORPRENDER A NADIE QUE TAMBIÉN LO HAGÁIS CON MIEMbrOS DE OTRAS ESPECIES.»
Como no se me ocurría ninguna buena respuesta para aquella observación, cambié de tema.
—¿En qué estás trabajando? —pregunté señalando su monitor, que tenía dos ventanas abiertas.
«ESTOY REDACTANDO MI INFORME SObrE ITALIA.»
—No olvides incluir que me salvaste la vida.
«LO EXPLICO EN LA ENTRADILLA —tecleó—. AUNQUE, YA QUE ESTÁS AQUÍ, PODRÍAS CONTESTARME UNA PREGUNTA.»
—Por supuesto.
«¿POR QUÉ NARICES VOLVISTE A LA SUITE ? TÚ MISMO TE ACORRALASTE Y ESTUVISTE A PUNTO DE MORIR.»
Hice una pausa, inseguro.
—Fui a buscarte —respondí.
«¿POR QUÉ?»
—Porque eres mi gata. Y no tienes pulgares. —«Y porque a estas alturas eres mi única amiga de verdad», estuve a punto de decir, aunque finalmente me lo callé.
«¿QUÉ TIENEN QUE VER LOS PULGARES CON TODO ESTO?»
—Ya sabes, eh..., las puertas.
«ES TODO UN DETALLE, PERO TÚ ERES MÁS IMPORTANTE QUE YO.»
—Yo no lo tengo tan claro —repliqué—. A mí no me ha traído nunca nadie una bandeja entera de pescado y marisco.
Perséfone maulló al oírlo.
«PERO ALGUIEN TE TRAJO UN CONGLOMERADO DE EMPRESAS VALORADO EN UN BILLÓN DE DÓLARES» , respondió Hera.
—Por supuesto, pero no era alguien a quien yo le importase —aclaré—.
Desconozco el razonamiento que llevó a mi tío Jake a nombrarme su heredero, pero no lo hizo porque yo significase nada para él, ni porque sintiese nada por mí.
Morrison me asegura que sí me apreciaba, pero no tengo nada claro que arrojarme a lo más hondo del negocio de la villanía fuera la mejor forma de demostrarlo.
«TENÍA SUS MOTIVOS.»
—Bien, pues ojalá me los hubiese contado antes de morir. —Señaló la otra ventana abierta—. ¿Y qué estás haciendo ahí?
«SOLO SON UNOS NEGOCIOS INMOBILIARIOS EN LOS QUE ESTOY TRABAJANDO.»
—¿Negocios inmobiliarios?
«TENGO UNA VIDA AL MARGEN DE ESTA EMPRESA, ¿SABES?»
—Más que yo —acepté—. ¿Eso es... legal? ¿Puedes poseer bienes inmuebles?
«¿LO DICES PORQUE SOY UNA GATA?»
—Bueno, sí.
«TENGO UN TRUST DEL QUE SOY BENEFICIARIA Y UN ABOGADO HUMANO QUE ACTÚA COMO GESTOR. YO LE DIGO LO QUE DEBE HACER, Y ÉL LO HACE.»
—¿Y él sabe que eres una gata?
«LA VERDAD ES QUE NUNCA HA SALIDO EL TEMA.»
—O sea, que eres una experta en el sector inmobiliario.
«TENGO UNA CARTERA DE INVERSIONES DIVERSIFICADA —escribió Hera—. LA MAYORÍA SON ABURRIDAS, PERO ALGUNAS PARTES SON MÁS EMOCIONANTES. INVIERTO MUCHO EN MERCADOS EMERGENTES».
—Suena arriesgado.
«SOY UNA GATA, PUEDO SOPORTAR EL RIESGO. LO PEOR QUE ME PODRÍA PASAR SERÍA PERDERLO TODO Y, AUN ASÍ, ME ALIMENTARÍAN Y DISPONDRÍA DE UN LUGAR EN EL QUE DORMIR UNA SIESTA.»
—Es una forma... sorprendentemente fría de pensar en las cosas.
«A VECES ES MEJOR NO SER HUMANA, CHARLIE.»
—Creemos haber descubierto quién está detrás de las ballenas —me informó Morrison.
Me había pedido que la fuese a ver a la sala de juntas antes de la videollamada con Gratas.
La acompañaba Astrud Livgren, la mediadora humana con los delfines.
Cuando entré en la sala, ambas ya estaban sentadas.
Tomé asiento y saludé a Livgren inclinando la cabeza.
—Para empezar, gracias por convencer a los delfines para que pospongan la huelga —dijo ella—. Si se hubiesen quedado en la laguna, tal vez no habríamos averiguado nada. ¿Qué les dijo?
—No les dije nada —respondí—. El líder de sus delfines decidió que yo estaba con el agua al cuello y se apiadó de mí.
—Eso es nuevo —observó—. Setenta y Tres suele disfrutar portándose mal a todas horas.
Tardé un segundo en recordar que «Setenta y Tres» era el nombre con el que ella se refería al jefe de los delfines, también conocido como Me Importa Un Huevo.
—Creo que él reacciona a lo que le ofrecen —comenté—. ¿O es ella? No lo sé.
—Él —aclaró Livgren—. Y no tengo muy claro si me gusta lo que insinúa.
—Dice que usted lo llama «Gilipollas» cuando cree que no la escucha.
—Le llamo Gilipollas cuando me escucha, precisamente.
No es un nombre, es una descripción. Es un gilipollas.
Lo ha visto en acción. La primera vez que lo vio, se mostró comedido.
Imagínese tener que aguantar esa actitud todo el tiempo y con todos los delfines.
Parecen adolescentes con el vicio de llevar la contraria veinticuatro horas al día.
Es agotador. A veces no soy tan amable como podría serlo porque ellos tampoco lo son.
¿Dice que Setenta y Tres se compadeció de usted?
Pues me gustaría saber lo que se siente.
—Creo que he metido las narices en un asunto en el que no debería haberme entrometido —dije tras un minuto—. Le ruego que me disculpe.
—Gracias. —Livgren esbozó una sonrisa apesadumbrada—.
No se imagina cómo me emocioné cuando llegué a la isla y descubrí que los delfines podían hablar y comunicarse con nosotros.
Me pareció que podíamos enseñarnos muchas cosas mutuamente.
Luego descubrí que lo que más deseaban era enviarnos a mí y a cualquier otro humano a tomar por el culo.
La historia dejó de tener gracia antes de lo previsto.
—Lo supongo.
—No, todavía no puede hacerse una idea. Pásese por la laguna una semana más y comenzará a entenderlo.
—Las ballenas —la interrumpió Morrison.
—Es verdad —dijo ella—. Durante su ausencia, uno de los delfines se acercó lo suficiente a una de las ballenas para darse cuenta de que llevaba sujeto algo parecido a un transmisor.
La ballena puso algo de distancia entre el delfín y ella, y, como el delfín no quería que pareciese que era algo más que un delfín normal y corriente, no logramos recabar muchos detalles sobre el dispositivo. Pero entonces la Señora Pancita...
—Perdón. —Levanté una mano—. ¿La Señora qué?
—La Señora Pancita —repitió Livgren—. La directora de la División de Inteligencia Felina.
Miré a Morrison.
—¿Se llama Señora Pancita?
—Sí, ¿qué pasa?
—No lo sé —confesé—. Supongo que no me esperaba mantener una conversación seria en la que mencionásemos a alguien llamado Señora Pancita.
—No es culpa suya —dijo Morrison—. Un humano le puso el nombre cuando era una cachorrita. A veces, los humanos ponemos a los gatos unos nombres realmente patéticos. Culpe al humano, no a la gata.
—¿Y la Señora Pancita tiene nombre de pila?
Morrison me miró con una expresión extrañada.
—No, solo se llama Señora Pancita. O, si quiere referirse a ella de una forma más formal, directora Señora Pancita.
—¿No podemos llamarla simplemente directora Pancita?
—No, porque se llama Señora Pancita. Lo de «Señora» no es un trato honorífico.
—¿Son...?
—Charlie, ¿podría centrarse de una puta vez? —preguntó Morrison.
—Sí, perdón —me disculpé, y me giré de nuevo hacia Livgren—. La directora Señora Pancita... —recité para darle pie a continuar.
—... tuvo la idea de escanear las ballenas en busca de señales de radio cuando emergiesen. Colocamos un escáner en uno de los ferris y las escaneamos cada vez que salían a la superficie.
—Comprobaban si estaban haciendo llamadas telefónicas —conjeturé.
—Correcto.
—En el océano hay torres telefónicas? —pregunté.
—No, pero las señales no iban en esa dirección.
Capté la insinuación.
—Un satélite —sentencié.
Morrison ya se había sacado el móvil del bolsillo y me lo mostró para enseñarme una captura de pantalla de la aplicación Chac.
—No es un satélite cualquiera. Es un satélite de telecomunicaciones lanzado por la empresa de Kim Ji-Jong.
—No solo para las ballenas —apunté.
—No, por supuesto. Pero, por lo visto, también para las ballenas.
—¿Son ballenas inteligentes? —pregunté—. ¿Cómo los delfines?
—No lo sabemos —respondió Livgren—. Nuestros delfines no han visto nada que sugiera que las ballenas son inteligentes como ellos, pero, por otro lado, aunque no sean inteligentes, tienen que estar bien adiestradas.
Miré a Morrison.
—¿En la historia corporativa de Kim figura algo relacionado con las ballenas?
—El conglomerado empresarial de su familia se originó como una empresa de pesca y ballenera en el siglo XIX que, con el tiempo, dio el salto a la electrónica, los medios de comunicación y la industria pesada —explicó ella—.
Sin embargo, mantienen una conexión con su legado a través del parque acuático que poseen en Busan.
De modo que es posible, aunque nuestros infiltrados nunca nos han informado de que Kim estuviera adiestrando un grupo de ballenas, o de que haya hablado sobre el tema en ninguna reunión de la Asamblea de Lombardía.
Volví a pensar en el salón ejecutivo lleno de miembros de la Asamblea, con sus gatos, preguntándose en voz alta quiénes eran los espías.
La idea me recordó algo.
—Esta pregunta puede parecer arbitraria, pero no lo es —les aseguré—. ¿Perdimos a algún gato en el incendio del Grand Bellagio?
—Tiene razón, parece una pregunta arbitraria —dijo Morrison—. Sin embargo, la respuesta es que no. Un par de ellos sufrieron inhalación de humo, pero, por lo demás, salieron ilesos. Aquellos cuyos propietarios murieron han sido enviados a casas francas locales, donde han presentado sus informes.
—¿Disponemos de casas francas para gatos? —pregunté.
—Tenemos a muchos gatos ahí fuera, Charlie —respondió ella—. A veces tienen que resguardarse del frío.
Volví a centrar la atención en Livgren, que parecía divertida por el paréntesis.
—¿Qué pensamos que están buscando las ballenas? —pregunté.
—No lo sabemos —contestó—. La mejor hipótesis que barajamos es que están observando quién y qué entra o sale de Santa Genoveva e informan.
—Levanté la mano—. Y, cuando digo que «informan», no sabemos si eso significa que el transmisor satelital tiene cámaras y otro instrumental, y lo operan remotamente, o si las ballenas son como nuestros delfines e informan activamente.
Bajé la mano.
—Lo que sea que están haciendo, lo hacen para la Asamblea —añadió Morrison.
—¿Y eso supone un problema? —pregunté—. ¿Qué pueden hacer las ballenas que no pudiera hacer un satélite espía por sí solo? A mi llegada a la isla, Williams me señaló que aparecemos en Google Maps.
—No lo sabemos —repitió Livgren—. Eso es lo que las hace tan preocupantes.
—Deberíamos pedir a los delfines que vuelvan a salir para ver si averiguan algo más.
Ella volvió a reclinarse en la silla.
—Bien, ese es el problema, ¿sabe? Setenta y Tres dijo que aplazaría la huelga hasta que usted regresase de Italia.
—Recuerdo que no tenía nada claro que yo volviese —comenté.
—Sí, hubo cierta cháchara al respecto —admitió Livgren—. De hecho, si no lo he entendido mal, fue por un pelo.
—Me salvó una gata.
—Me alegro. El caso es que usted ha regresado, y ahora los delfines se niegan a volver a salir.
—Están en huelga —deduje.
—Técnicamente no —puntualizó ella—. Todos aseguran que han sufrido una intoxicación alimentaria por comer pescado en mal estado.
Por algún extraño motivo, lo encontré divertido y sonreí.
—Los delfines han organizado una baja colectiva —concluí.
—Eso parece. Y sospecho que continuarán enfermos hasta que se vuelva a reunir con ellos.
—Bueno, antes tengo que asistir a una videoconferencia en la que me despreciarán y me amenazarán —dije—, pero, una vez que acabe, estoy libre.