Villano en prácticas Capítulo 20
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Capítulo 20

Bajamos a un pequeño valle en uno de los camiones de carga de la Bahía de Jenny y frenamos frente a lo que parecía una cueva natural. Joseph Williams apagó el motor del vehículo y señaló el interior de la caverna.

—Es aquí —anunció—. Ahí tiene el almacén.

Bajé del camión con Morrison y Hera, me acerqué a la cueva y me detuve a unos treinta metros de la entrada. Pisábamos una carretera de tierra irregular y bordeada por flequillos de vegetación isleña. La pista de tierra tenía tramos enfangados y no mostraba más marcas de neumáticos que las nuestras.

—¿Cuánto tiempo hacía que nadie pasaba por aquí? —pregunté a Williams.

—Tengo un equipo de mantenimiento que se encarga de garantizar que la carretera sea transitable, así que cada seis meses, aproximadamente, pasa alguien por aquí —respondió él, y luego volvió a señalar la cueva—.

Otra cuadrilla entra ahí dentro una vez al año para comprobar que los sistemas eléctricos siguen en funcionamiento, pero no creo que se haya vuelto a abrir el almacén desde la primera vez que lo llenamos, y eso debió de ser justo después de que su tío comprase la participación en la isla del resto de sus socios.

—Y usted ha estado aquí desde entonces —dije.

—Sí. No siempre en el puesto que ocupo actualmente, pero sí que llevo aquí desde que la CIA se marchó de la isla y hubo planes de convertirla en un complejo turístico.

Empecé a caminar hacia la cueva.

—¿Quién más sabe de esto?

—¿Del almacén? Su tío lo sabía, claro está, y venía de vez en cuando.

Til también conocía su existencia debido a la naturaleza del papel que desempeña en la organización de su tío.

Yo también sé que está aquí, los equipos de mantenimiento de la carretera y de la instalación eléctrica saben que está aquí, y todavía quedan algunos trabajadores en la isla que ya estaban aquí cuando metimos lo que hay dentro.

Cualquiera que eche un vistazo al plano de la planta física de la isla también sabe que está aquí, aunque creo que presuponen que el espacio está cerrado por motivos de seguridad.

No es nada inusual. Hay varios lugares en la isla excavados por los británicos o los estadounidenses que se cerraron porque los consideraron peligrosos.

Como ya sabe, en esta isla hay un volcán activo.

Entramos en la cueva; como tenía una boca amplia, el interior estaba bien iluminado por luz natural.

La pared del fondo estaba a unos veinte metros de la entrada, y la mayor parte de su superficie estaba ocupada por una puerta ancha y pesada.

En la puerta había un teclado electrónico con un escáner de manos que recordaba más a un iPad que a un escáner de la vieja escuela.

—Eso no lleva ahí treinta años —observé.

Williams miró el teclado y ladeó la cabeza.

—Es curioso —comentó, y miró a Morrison.

—Yo no sé nada de eso —advirtió ella.

—El jefe lo debió de sustituir por el nuevo bastante recientemente —sugirió él.

—Dobrev me contó que también había una puerta interior —recordé.

—La recuerdo —confirmó Williams.

—¿Sabe lo que había dentro del almacén?

—No nos lo dijeron nunca —contestó él—. No nos informaron ni de lo que había en el almacén ni de su procedencia. Todo llegó en cajas sin marcas visibles. Recuerdo que tenían números escritos, pero no había ningún inventario.

—¿Y usted? —pregunté a Morrison.

—La única vez que su tío me mencionó su existencia lo llamó archivo —respondió—. No fue un tema que tocásemos a menudo.

Miré a Hera.

—Y supongo que tú tampoco sabías nada de todo esto.

La gata me miró y parpadeó lentamente.

—Y dice que Anton Dobrev le contó que en el almacén hay tesoros expoliados durante la Segunda Guerra Mundial —dijo Williams.

—Eso dijo.

—Valorados en miles de millones de dólares.

—Centenares de miles de millones —lo corregí—. Y todo es propiedad de la Asamblea de Lombardía.

—De lo que queda de ella —matizó Morrison, que no parecía especialmente disgustada.

Asentí. El incendio en el Grand Bellagio había destruido gran parte del venerable hotel y, según las noticias, varios empresarios notables presentes en la localidad para asistir a una conferencia indeterminada habían quedado atrapados en sus habitaciones y habían fallecido a causa de la inhalación de humo, incluido el propietario del Grand Bellagio, Anton Dobrev, cuyos restos estaban tan calcinados que hubo que identificarlos mediante los registros dentales.

Los restos de otras víctimas del fuego seguían pendientes de identificación.

Las explosiones que provocaron los incendios que habían destripado el edificio se atribuían a fugas de gas en el sótano y los muros del hotel.

Se estaba organizando una investigación acerca de las fugas, pero tardarían años en completar las pesquisas.

Los rumores que circulaban por las redes sociales y Reddit según los cuales habían disparado misiles contra el hotel desde el lago de Como no eran más que eso, rumores, y los vídeos de seguridad que tomaron las cámaras distribuidas por Bellagio en ese momento no los corroboraban.

La última de esas grabaciones que yo había visto me había parecido realmente impresionante.

Debían de haber trabajado bastante para elaborarla y también debía de haber requerido unos sobornos considerablemente cuantiosos.

Por lo visto, lo que quedaba de la Asamblea de Lombardía sí que contaba con algo de liquidez.

En cualquier caso, la parte positiva de todo el asunto era que, de cara al público, el incendio en el Grand Bellagio se trataba como un desastre, no como un intento de asesinato, y en concreto se presentaba como una tragedia para los amantes del arte de todo el mundo, dada la inmensa cantidad de objetos de un valor incalculable que habían quedado destruidos o dañados en la conflagración.

Las noticias sugerían que el pago del seguro al holding empresarial de Dobrev podría situarse entre los miles de millones y las decenas de miles de millones de dólares.

Si Dobrev hubiese sobrevivido, en ese momento habría sido un hombre muy rico. Bueno, todavía más rico de lo que ya era.

Volví a centrar la atención en el teclado de la puerta y el escáner manual.

—Tenemos un problema —observé—. Mi tío fue incinerado.

—Según nos ha contado, Dobrev le dijo que usted tenía la llave —recordó Morrison.

—No me guardé su mano de recuerdo.

Ella puso los ojos en blanco e hizo un gesto hacia el dispositivo.

—Ponga la mano en el escáner, Charlie.

Apoyé la mano derecha con los dedos extendidos en la pantalla.

Hubo un momento de silencio, seguido de un golpe ruidoso, y entonces la puerta enorme se abrió lentamente hacia fuera, alrededor de una bisagra. La apertura era lo bastante amplia para permitir el acceso al interior a un camión de carga grande.

Williams rio encantado.

—Mis cuadrillas de mantenimiento del sistema eléctrico han hecho un trabajo magnífico —celebró.

Miré a Morrison.

—¿Cómo es posible? —pregunté, y ella bajó la vista hacia Hera, que me miró con una expresión inocente.

—Tú y yo tenemos que hablar —dije a mi gata.

Hera maulló y entró en la cámara que se acababa de abrir.

La siguiente sala estaba tenuemente iluminada por largos tubos fluorescentes y tenía otra puerta situada a unos diez metros de la primera y del mismo tamaño que la exterior.

—Es extraño —me dijo Williams—. ¿No nos ha dicho que Dobrev le contó que tenía un solo código? Aquí hay seis escáneres.

—También me dijo que yo tenía un código y resultó ser la huella de mi mano —le recordé—. Puede que su «código» sean otras seis huellas de manos.

—Un quorum de miembros de la Asamblea —observó Morrison—. Si es que todavía quedan tantos vivos.

—Hay suficientes supervivientes —dije—. Aunque a duras penas.

Tobias el Acuchillador me había dicho que se «rumoreaba» que cinco miembros de la Asamblea estaban muertos, y las cifras que barajaban las noticias corroboraban esa información.

Se esperaba que un sexto miembro, el director de un cártel de gemas sudafricano, no sobreviviese más allá de unos pocos días.

Aquello dejaba a seis miembros de la Asamblea de Lombardía con vida hasta que eligiesen a los nuevos; siete, si era verdad que el tío Jake había formado parte de la organización y yo había heredado su asiento.

—De modo que es cierto —dijo Williams—. Su tío fue miembro de la Asamblea. —Gesticuló hacia la puerta interior y sus seis escáneres de manos—. De lo contrario, no tendría ningún sentido que hubiesen confiado sus tesoros a su tío.

Impulsivamente, coloqué una mano en uno de los escáneres de la puerta interior. No hizo nada.

—Necesitaría cinco manos más —apuntó él en tono amable—. Incluso en el caso de que usted contase como el sexto miembro.

—Ya lo sé, solo quería comprobar si pasaba algo.

Volví a mirar la puerta interior. Morrison se dio cuenta.

—¿Se encuentra bien? —preguntó.

—No lo sé —contesté con sinceridad. Y era cierto, no lo sabía.

Lo que sí sabía era que lo que había tras esa puerta era el motivo por el que había muerto mi madre.

—Jake me contó que una vez hizo un favor a la Asamblea de Lombardía —me había dicho Morrison la noche del incendio en el hotel, en aquel pequeño apartamento italiano hecho polvo, mientras esperábamos una ruta de escape segura para salir de Bellagio e Italia—.

Escondió algo para ellos, y todos estuvieron de acuerdo en que se trataba de algo que debía permanecer escondido durante mucho tiempo.

A pesar del consenso, uno de los miembros de la Asamblea quiso acceder al material.

Jake se negó. Una semana más tarde, su madre falleció en un accidente de tráfico.

—¿Y él sabía con certeza que la Asamblea de Lombardía estaba tras el accidente? —pregunté.

—Él no creía en las casualidades —replicó Morrison—. Y su padre tampoco. Jake me explicó que su padre se lo había llevado a un aparte durante el funeral, le había dicho directamente que era responsable de la muerte de su madre, y le pidió que no volviese a acercarse a su familia nunca más.

—Mi padre nunca me lo dijo. Él solo me contó que habían tenido un encontronazo.

—Seguro que su padre solo intentaba protegerlo del dolor.

La muerte de uno de los padres ya es una tragedia suficiente para un niño.

Descubrir que su madre podría haber sido asesinada solo habría servido para acumular una nueva montaña de miseria al drama.

Además, el hecho de que el crimen fuera solo una cuestión de negocios relacionada con su tío aún empeora más las cosas. ¿Cómo se siente ahora al respecto?

—Me siento fatal —confesé.

—Haberlo sabido antes no lo habría ayudado —dijo Morrison—.

El único lado positivo del asunto, si es que podemos llamarlo así, es que su tío se lo hizo pagar todos los días desde entonces.

Saboteó sus negocios y sus planes durante décadas.

No están arruinados por el simple hecho de ser impulsivos y estúpidos.

Están arruinados porque él los arrastró a la ruina.

—Es mucho tiempo para llevar a un grupo a la insolvencia —opiné.

—Sí, bueno, lo hizo más de una vez —aclaró ella—. Y disfrutaba jugueteando con ellos.

—Salvo con Dobrev —aventuré.

Morrison negó con la cabeza.

—Dobrev incluido. Sin embargo, como mínimo él comprendía la motivación de su tío, Charlie.

Él entendía que hay algunas cosas por las que hay que pagar.

Respetaba las razones por las que Jake debía hacerlo.

Además, él no era tan necio con sus negocios personales como el resto.

Él se podía permitir apreciar a su tío Jake. Los demás no podían costeárselo.

—¿Y al tío Jake le valía la pena lo que hacía?

—¿Se refiere a la venganza a largo plazo?

—preguntó Morrison. Asentí—. Eso tendría que preguntárselo a él.

No murió siendo infeliz, si es lo que desea saber.

Por otra parte, tampoco pensaba en ellos todo el tiempo.

La mayor parte de las veces simplemente trabajaba en la misma línea de negocio que ellos y se limitaba a hacer las cosas mejor.

Podía estar meses sin pensar en ellos hasta que, de repente, recordaba a su madre, o algo le hacía pensar en ella, y entonces comenzaban los problemas. Él quería mucho a su madre.

—Empiezo a darme cuenta de ello —dije entonces.

Yo también la quería.

—Lo que sea que haya dentro de este almacén no vale tanto como la vida de mi madre —afirmé, de vuelta en el momento presente.

—Amén —coincidió Williams. Cerramos de nuevo la puerta del almacén, volvimos al camión y nos dirigimos de regreso a la Bahía de Jenny.

Cuando ya nos acercábamos a nuestro destino, el móvil de Morrison tintineó. Comprobó el número, hizo una mueca y aceptó la llamada.

—Adelante —dijo, y prestó atención—. Entendido —respondió pasado un rato, colgó y me miró—. Bien, supongo que era inevitable.

—¿A qué se refiere?

—Era Tobias.

—El Acuchillador.

—Sí, el Acuchillador —repitió Morrison, irritada—. Tiene un nuevo trabajo y trabaja directamente para la Asamblea, o lo que queda de ella.

—Espero que haya cobrado por adelantado —comenté.

—Me ha llamado para decirme que está usted invitado a participar en una videollamada dentro de dos horas —continuó ella, ignorando mi apreciación—.

Por lo visto, Roberto Gratas ha asumido el mando de la Asamblea formalmente, lo que significa que han llegado a sus manos las notas de Dobrev relativas al almacén.

Por lo visto, quiere recuperar lo que hay en su interior, y tiene unas cuantas exigencias más para usted.

—Exigencias.

—Porque la primera vez le funcionó de perlas. Ah, y hay otra cosa.

—Estoy impaciente por oírla.

—Tobias le contó lo de la pistola que había en el suelo de su suite. Gratas la tiene y se ha tragado lo de que usted mató a Dobrev y a Jacobs. Dice que su cooperación determinará si la pistola acaba en el fondo del lago de Como o en un laboratorio forense de Langley.