Villano en prácticas Capítulo 19
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Capítulo 19

No solo había explotado la suite imperial.

Al levantarme del suelo, miré el boquete abierto en el lugar donde hacía un momento estaban los ventanales panorámicos.

En la oscuridad del lago, dos rastros candentes se aproximaron al Grand Bellagio: pequeños misiles, que completaron su trayectoria en un tiempo increíblemente bajo e impactaron en las plantas inferiores.

Todo el hotel tembló, y una parte de mi cerebro afectada por la explosión valoró tranquilamente la posibilidad de que el edificio antiguo simplemente se derrumbase sobre nosotros.

Estaba rodeado de cristales rotos y muebles destruidos.

La barra y el hecho de que estuviese apartado de las ventanas me habían protegido de lo peor del estallido, pero no me había librado de algunos arañazos ensangrentados en la cara y el cuello, y los oídos me pitaban de un modo que no me permitía oír más que el pitido agudo.

Estaba aturdido y ninguna de las luces de la habitación funcionaba del todo bien.

Parpadeé para tratar de distinguir algo.

Junto al gran piano, cuya tapa con la espiral de Fibonacci había quedado partida en varios trozos, había un bulto que supuse que era Dobrev.

Me abrí paso a trompicones hacia él para comprobar si seguía vivo y en ese momento oí el susurro de dos hombres, que se descolgaban hasta el interior de la suite procedentes del tejado del edificio.

Iban todo de negro y llevaban pasamontañas, y me vieron aproximadamente en el mismo instante en el que yo los vi a ellos.

—Joder —masculló uno de los intrusos, y lo interpreté como mi señal para echar a correr.

—Espera —dijo el otro y, aunque supuse que me hablaba a mí, yo ya había llegado a la puerta y la abrí de un tirón. Las alarmas de incendios saltaron en todo el hotel.

La suite imperial tenía su ascensor y su escalera privados porque no está bien obligar a presidentes y emperadores a congeniar con la chusma, pero, como la suite imperial compartía una planta con el salón ejecutivo, también había un ascensor y una escalera corrientes que bajaban hasta la recepción.

No tomé el ascensor. Abrí la puerta de la escalera con la intención de salir del hotel.

Ya había bajado dos plantas cuando recordé algo.

Hera.

Por un lado, si un animal no humano iba a ser capaz de cuidarse por sí mismo durante el ataque a un hotel de cinco estrellas, sin duda era ella.

Por otro lado, Hera no contaba con pulgares oponibles, y estaba atrapada en mi suite a menos que fuese a buscarla. Di un rodeo para ir a por ella.

Al llegar a mi planta oí el ruido de las puertas del hueco de la escalera de los pisos inferiores abriéndose violentamente y a los huéspedes que huían en tropel, entre gritos y chillidos.

En mi planta, oí gritos ahogados en otras habitaciones y cosas que se hacían añicos al caer al suelo.

Un ruido sonó a disparo, pero no dediqué ni un segundo a comprobar qué podía ser. Corrí a mi suite y entré de inmediato.

—¿Hera? —la llamé, y fui a buscarla al dormitorio. No estaba ni en la cama ni escondida debajo. Estaba a punto de llamarla haciendo «pspsps» cuando recordé que era más inteligente que la mayoría de los universitarios y que haciendo ese ruido probablemente la estaría insultando.

Oí un clic en la puerta, que alguien había abierto con una tarjeta de la habitación, y me di cuenta de que ni la había cerrado con llave ni había pasado el pestillo.

—Joder —maldije, y me abalancé contra la puerta justo a tiempo para que se estrellase contra mi cara al abrirse.

Trastabillé y me caí al suelo de espaldas.

Tenía encima a uno de los hombres que se habían descolgado para invadir la suite imperial, y llevaba una pistola en la mano. Sin perder ni un segundo, me apuntó con el arma y se dispuso a dispararme directamente en el pecho.

Apretó el gatillo, pero falló porque, justo antes, algo le saltó a la cabeza y lo atacó.

Era Hera.

El hombre gritó y se palmeó el rostro con la mano libre, tratando de agarrar los varios kilos de gata que le atravesaban el pasamontañas con las zarpas y le grababan surcos en la cara.

Si hubiera sido valiente o inteligente, o bien habría atacado al intruso, o bien lo habría rodeado y habría corrido hacia la puerta, pero hacer cualquiera de las dos cosas suponía el riesgo de abandonar a Hera, así que opté por esconderme.

Pasado un momento oí un tintineo metálico cuando el hombre dejó caer la pistola al suelo para librarse de la gata, la agarró con ambas manos y la lanzó lejos de sí.

Ella aterrizó con un golpe seco y huyó corriendo.

El tipo se agarró la cara, visiblemente dolorido, y se alejó unos pasos del arma que había perdido, tambaleándose.

Por fin me armé de valor y corrí hacia la pistola, pero accidentalmente le propiné un puntapié y la envié al centro del dormitorio. Me dispuse a ir a por ella, pero el hombre se interpuso en mi camino y me cerró el paso, aunque él tampoco fue a por ella.

—No lo haga —me ordenó, y esperé con recelo su siguiente movimiento.

Él se quedó ahí de pie un minuto, respirando pesadamente.

—Por el amor de Dios, me cago en esa puta gata —maldijo, y se quitó el pasamontañas de una vez.

A pesar de la sangre y los arañazos, reconocí la cara. Era Evan Jacobs, el hombre de la CIA.

—¿Qué diablos hace? —exclamé.

—¿Ha adiestrado a la gata para que ataque a la gente? —preguntó Jacobs.

—No, es que se le da bien juzgar a la gente. —Intenté echar un vistazo a su espalda para ver dónde estaba la pistola.

—Ni se le ocurra —me advirtió—. Llegaré hasta el arma antes que usted. Y si su gata me vuelve a atacar, la pondré en órbita de una patada.

Se oyó un gruñido procedente de algún rincón de la habitación en respuesta a la amenaza.

—¿Y ahora qué? —pregunté—. Ninguno de los dos puede conseguir el arma, y si intenta atacarme, mi gata lo asesinará.

—Estoy pensando —dijo Jacobs.

—Está sangrando —añadí.

—Puedo hacer ambas cosas a la vez.

—¿Por qué me quiere ver muerto la CIA?

Jacobs se rio al oír la pregunta, pero se detuvo enseguida.

—Joder, me duele hasta cuando me río —protestó.

—Me alegro.

—No trabajo para la CIA —explicó Jacobs—. Cuando me conoció, apenas podía decirse que trabajase para ellos. Estaba en la isla para echar un vistazo a sus instalaciones en Santa Genoveva y para verlo bien a usted, Charlie, y determinar el tipo de amenaza que suponía.

—¿Para quién?

—Para la misma gente que me pagó una suma de dinero francamente ridícula para que me retirase de la CIA —contestó—, aunque todavía no se lo he comunicado a la CIA, así que también cobro mi salario de funcionario.

—Puede que yo se lo cuente.

—No tardará mucho en estar muerto.

—Pero no me matará usted —apunté—. Ahora mismo lo único que puede hacer es sangrar sobre el suelo de mi suite.

—No necesito matarlo, pedazo de alcornoque —me espetó Jacobs—. Solo tengo que retenerlo aquí dentro.

Se oyó un segundo clic en la puerta.

—A eso me refería —dijo, y esbozó una sonrisa siniestra tras la cortina de sangre.

La puerta se abrió y entró el segundo intruso que se había descolgado del tejado, que la sujetó entreabierta con el pie. Ya se había quitado el pasamontañas.

Era Tobias Paris, también conocido como el Acuchillador.

—Mata a este hijo de puta —le dijo Jacobs, señalándome—. Y, al terminar, mata a su gata...

El agente cayó al suelo con un agujero en la cabeza.

—Estoy algo confundido —dije un minuto más tarde, cuando el pitido de los oídos remitió lo suficiente para oír mi propia voz.

Tobias alargó un brazo, giró el pestillo para evitar que se cerrase la puerta y me puso en las manos la pistola que acababa de disparar.

—Sujéteme esto —me pidió.

Agarré el arma y Tobias pasó por encima del cadáver de Jacobs.

—Lo ha matado —observé.

—No, lo ha matado usted —me corrigió—. Ahora la pistola tiene sus huellas dactilares. —Se arrodilló junto al cadáver con cuidado de evitar la sangre.

—Pero usted trabajaba con él —continué, ignorando el último comentario de Tobias.

—Yo solo trabajaba cerca de él. —Estaba examinando el cadáver—. ¿Qué narices le ha pasado en la cara?

—Mi gata —contesté.

Él gruñó, vio la otra pistola, se levantó y fue a por ella. Comprobó que estuviera en buen estado y la guardó.

Yo asistía a la escena con aire ausente.

—¿No va a matarme? —pregunté.

—No me han ordenado que lo mate —respondió—. Me han ordenado que lo mantenga con vida.

—Entonces, ¿por qué ha intentado matarme Jacobs?

—Él no sabía que me habían ordenado mantenerlo con vida, y usted no debía estar en la suite imperial.

«Dobrev», pensé.

—¿Dobrev sigue vivo?

—No.

—Lo ha matado —dije.

—No, lo ha matado usted —dijo Tobias haciendo un leve gesto con la cabeza hacia la pistola que yo sostenía.

Dejé caer el arma.

—Es un poco tarde para eso, Fitzer —me advirtió.

—No lo entiendo.

—No pasa nada. No es necesario que lo entienda. Solo es necesario que lo culpen de lo ocurrido.

La puerta se abrió bruscamente y Morrison entró, de vuelta de la cita, con un arma por delante. Tobias y yo levantamos las manos.

—¿Qué coño está pasando aquí? —preguntó ella a Tobias.

—Dobrev está muerto —respondió él—. Charlie le ha disparado y luego le ha pegado un tiro al guardia que lo ha seguido hasta aquí tras el atentado. —Señaló el cadáver de Jacobs.

Ella echó un vistazo rápido al cuerpo, y si reconoció a Jacobs, no dijo nada.

—Entendido —dijo finalmente—. Ahora cuéntame lo que ha pasado de verdad.

Tobias hizo un gesto perezoso con el dedo.

—Charlie ha atentado contra la Asamblea de Lombardía —explicó—.

Ha ordenado a algunos de vuestros hombres que disparasen misiles contra el hotel en un ataque terrorista, y después ha enviado a mercenarios contratados por él a recorrer el hotel y eliminar a los miembros de la Asamblea en sus habitaciones.

Según los rumores, cinco de ellos ya están muertos.

Incluido Dobrev. —Él me miró—. Ha pateado un avispero, Fitzer.

Espero que esté listo para lo que se avecina.

Morrison se acercó más a Tobias sin bajar la pistola.

—He dicho que me cuentes lo que ha pasado de verdad.

Él sonrió.

—Til, lamento tener que ser yo quien te lo cuente, pero este edificio está en llamas, y en breve esto se llenará de agentes de todos los cuerpos del orden y de periodistas que escudriñarán todo lo que quede entre las ruinas.

Puedes intentar seguir amenazándome o bien agarrar a tu muchacho y a la gata, y largarte con ellos antes de que las cosas se vuelvan incómodas para todos vosotros. Por mi parte, es lo que pienso hacer.

—También podría pegarte un tiro.

Tobias levantó las manos de nuevo.

—Si fueses a dispararme, lo habrías hecho en cuanto has entrado por la puerta.

Ella disparó.

Él miró el agujero que había aparecido entre sus pies, en los tablones del suelo, y volvió a mirar a Morrison.

—Lo que yo decía.

Ella bajó el arma.

—Largo —ordenó.

Tobias me miró, esbozó una sonrisa engreída y se marchó de la suite.

—¿Dónde está Hera? —me preguntó Morrison en cuanto se marchó el hombre.

Oímos un maullido debajo del sofá.

—Sal de ahí —ordenó a la gata—. Tenemos que irnos.

—Yo no he matado a Dobrev —le aseguré mientras Hera salía de debajo del mobiliario.

—No pensaba que lo hubiera hecho —replicó Morrison.

—Y a él tampoco. —Señalé a Jacobs.

—Charlie, no es necesario que me convenza de que es inofensivo —me advirtió, y volvió a mirar el cadáver, que ahora estaba claro que había reconocido—. Pero hay un hombre de la CIA muerto en su suite. La cosa no pinta bien. Tobias estaba en lo cierto. Tenemos que irnos.

Hera me maulló y me agaché para recogerla.

A esas alturas, todo el hotel era presa del caos y pasto de las llamas.

Morrison nos condujo fuera del hotel, nos alejó de la policía y los bomberos, y nos llevó por calles de la localidad.

Finalmente nos guio a un callejón que se desviaba de la Via Giuseppe Garibaldi y luego a un pequeño apartamento situado sobre un supermercado.

—¿Dónde estamos? —pregunté mientras dejaba a la gata en el suelo.

—El piso en el que se alojaba su tío cuando venía a Bellagio —respondió ella.

—Es acogedor —comenté.

—Es un vertedero —me contradijo Morrison—, pero tiene ciertas utilidades. Como ahora mismo, por ejemplo. Bueno, voy a sacarnos de aquí antes de que a los italianos y a la Interpol se les ocurra venir a buscarnos. Mientras, vaya contándome lo que ha pasado en realidad.

Abrí la boca y, para mi sorpresa, lo primero que salió de mis labios fue:

—Oh, mierda.

—¿Qué pasa?

—Tobias me ha dado la pistola con la que ha disparado a Jacobs. Tiene mis huellas dactilares y está en el suelo de mi suite.

—No es una muy buena noticia —valoró Morrison.

—Me ha dicho que también es la pistola con la que han disparado a Dobrev.

Ella me miró un momento.

—Charlie, me habría venido bien conocer esa información antes de que nos marcháramos del hotel.

—El hotel estaba en llamas y estaba un poco en shock —me defendí—. Lo siento.

—Si hay alguna otra prueba incriminatoria de la que quiera hablarme, es el momento de hacerlo.

—Creo que no.

—¿Ha dejado sus huellas dactilares en algún otro lugar?

Reflexioné un minuto.

—En un vaso de cerveza que había sobre la barra de Dobrev en la suite imperial —respondí.

—Donde lo asesinaron.

—Sí.

—Con la pistola en la que están sus huellas dactilares.

—Sí.

—Charlie.

—Ha pasado todo muy de repente —me excusé.

Morrison miró a Hera, como diciendo: «Mira lo que ha hecho nuestro adolescente problemático».

—Cuéntemelo todo —me dijo finalmente.

—Lo haré —prometí—. Pero antes debe decirme algo usted a mí.

—¿Qué quiere saber?

—¿Qué papel desempeñó la Asamblea de Lombardía en la muerte de mi madre?