Capítulo 18 #2
—Si yo fuera tan espabilado, la semana pasada no me habría quedado con menos de cien dólares —reflexioné.
Con los ingredientes mezclados y enfriados, regresé al congelador del frigorífico en busca de cubitos de hielo ridículamente grandes y los había, por supuesto.
Metí un cubito en un vaso corto y luego vertí el combinado del vaso mezclador.
Saqué una peladura de naranja del dispensador de condimentos de la barra, la exprimí y la dejé caer dentro del vaso.
Al terminar, volví junto a Dobrev—. Además, si los miembros de la Asamblea de Lombardía fuesen tan inteligentes, mi valor neto no superaría el de todos ellos juntos.
—Le serví la copa—. Excluyendo a mi presente compañía.
Él sonrió y dio un sorbo al old fashioned .
—¿Qué tal está? —preguntó.
—Está bien —contestó, y se encogió de hombros—. No es fantástico, pero está bien. Si un día compra ese pub , quizá debería contratar a un camarero que se ocupe de la coctelería.
—Gracias —dije secamente.
—¡Mire, si me lo estoy bebiendo! —exclamó Dobrev, y me hizo un gesto señalando la barra de nuevo—. Prepárese algo usted también, Charlie, no quiero beber solo. —Volví a colocarme detrás de la barra—. Bien, y además del dinero, ¿por qué otros motivos no desea unirse a la Asamblea de Lombardía?
—¿Acaso necesito más motivos? —pregunté.
—Con una cuota de ingreso de cuarenta mil millones de dólares, no los necesita, sin lugar a dudas —dijo—. Sin embargo, a pesar de lo poco que nos conocemos, ya lo conozco lo suficiente para saber que el dinero no es la única razón.
—De acuerdo —dije. Agarré un vaso de cerveza y miré los grifos de la barra.
Dobrev me señaló uno de ellos.
—Pruebe la rubia, la hacen en un monasterio que hay en el camino.
Me serví la cerveza rubia.
—No quiero unirme a la Asamblea porque apenas llevo una semana dedicándome a esto, no sé lo que estoy haciendo, y es el peor momento posible para tomar decisiones trascendentales —expliqué—.
No quiero unirme porque, según lo que he podido ver hasta el momento, la Asamblea de Lombardía está formada por viejos cabrones sexistas convencidos de su superioridad.
Miré a Dobrev para ver si el comentario le sonsacaba alguna reacción hostil, pero se volvió a encoger de hombros y dio otro sorbo a la bebida. Pausé el grifo para dejar reposar un poco la corona de espuma que acababa de servir.
—No quiero unirme porque no encuentro nada que puedan ofrecerme que no tenga ya, incluyendo el asesoramiento, que obtengo de las personas que ya trabajan para mí, aparte de que la única habilidad destacable que aprecio en todos ustedes es la de perder todo su dinero a pesar de que juegan con todas las ventajas posibles.
No quiero unirme porque Gratas me ha amenazado y me ha hablado en tono condescendiente, y eso me ha irritado.
Añadí un poco más de cerveza al vaso.
—Pero, sobre todo, no quiero unirme porque mi tío no lo hizo —concluí—.
Yo no lo conocía, y no soy él, pero tenía sus motivos para no sumarse al grupo, y yo soy demasiado novato e ignorante para pensar que no eran buenas razones, de modo que, hasta que sepa cuáles son esos motivos y lo que opino de ellos, me quedaré al margen.
Di un trago a la cerveza. Era bastante buena. Me dispuse a escuchar la argumentación con la que Dobrev iba a intentar desarbolar mis objeciones para tratar de persuadirme y que me uniese a la Asamblea.
—¿Sabe? Soy el miembro de mayor edad de la Asamblea —dijo en lugar de eso—.
Roberto es el siguiente más veterano, pero nos separa toda una década.
Y, por supuesto, todos los actuales miembros salvo Ji-Jong son herederos.
Roberto, Joakim, Tom y el resto pertenecen a la segunda o la tercera generación de miembros del grupo, ¡y algunos incluso más!
Eso implica que, cuando nos unimos, no tuvimos que pagar la cuota de ingreso.
Simplemente ocupamos el lugar de nuestros padres o, en ocasiones, de un abuelo o un tío.
—O sea, que usted no tuvo que pagar cuarenta mil millones de dólares para entrar en la Asamblea —dije.
Dobrev hizo un ruido desdeñoso.
—Por supuesto que no. Solo tuve que aportar mi cinco por ciento anual, aunque incluso esa cuota se calcula según un sistema basado en el honor, por más que cueste creerlo. Cuando mi padre falleció, el asiento de los Dobrev me cayó a mí, y las cosas... simplemente siguieron su curso.
—La membresía tiene sus privilegios —comenté.
—Por supuesto. —Dio otro sorbo a su copa—.
Cuando murió el padre de Tom se repitió la historia, como con Roberto, y en el caso de Joakim, bueno.
.. Ha habido un Petersson en la Asamblea desde su fundación.
Sin embargo... —me señaló con la mano de la copa y agitó el old fashioned dentro del vaso—, por más tiempo que sus asientos hayan formado parte del grupo, los actuales miembros que los ocupan los han heredado hace relativamente poco.
Salvo en mi caso. Mi padre murió joven, y yo tenía veinticuatro años cuando ocupé su asiento.
Yo llevaba años aquí cuando entró el siguiente miembro sénior.
—De acuerdo. ¿Y eso cómo me afecta?
—Estoy llegando a esa cuestión, pero, antes de decírselo, permítame compartir otro hecho con usted: la Asamblea no registra nada por escrito.
Por motivos obvios, claro está. No queremos dar a la Interpol y a los federales estadounidenses una lista manuscrita de todos los delitos que hemos cometido.
Eso significa que, para estar al corriente de la mayor parte de lo que hacemos, hay que estar presente en el salón cuando lo hablamos o uno se lo pierde.
Es práctico cuando decidimos algo que debemos olvidar colectivamente.
Basta con esperar el tiempo suficiente para que todos los que lo sabían mueran y no quede nadie para volver a hablar del tema.
Cosas como, por ejemplo, que su tío Jake, en realidad, sí que formó parte de la Asamblea de Lombardía.
Hice una pausa para considerar la novedad.
—Ahora entiendo que Morrison me dijera que no me creyese ni una sola palabra que usted me diga —recordé.
Dobrev se rio y dio una palmada al piano de cola, que sonó muy ligeramente por el golpe.
—¡Es muy lista! Y no se equivoca. Normalmente. Sin embargo, en este caso no está en lo cierto. Puede que no lo haga intencionadamente; puede que Jake no se lo contase.
—¿Por qué no le iba a decir nada del asunto? —pregunté.
—Pregúnteselo a ella, no lo sé —replicó—. Puede que sea una simple cuestión de la naturaleza humana. El paso de su tío por la Asamblea fue breve y... nada agradable para él. Por eso la abandonó.
—¿Dimitió?
Dobrev negó la cabeza.
—Aquí no dimite nadie.
—¿No se puede dimitir? ¿O no quieren hacerlo?
—Hasta el caso de su tío, ni siquiera nos habíamos planteado el asunto. Se marchó sin más.
Lo miré desconcertado.
—¿Y usted es el único que lo sabe?
—Soy el único superviviente de aquella época.
—Pero los demás no llegaron todos a la vez —objeté—. Debe de haber un cierto solapamiento de integrantes.
—Como ya le he dicho, hay cosas que decidimos colectivamente que debíamos olvidar. —Dobrev dio un trago a la copa.
—O sea que ninguno de los miembros más veteranos dijo nunca nada a los más recientes.
Dobrev se encogió de hombros.
—Me suena sospechosamente a una gilipollez que se acaba de inventar —le espeté.
—Como cabría esperar, pero puedo demostrarlo.
Dejé la cerveza sobre la barra.
—Espero que sea una buena prueba.
—Lo es, créame —afirmó. Inició el gesto de dejar la bebida sobre el piano, pero se detuvo, hizo una mueca, aparentemente al pensar en lo inadecuado que resultaba apoyar un cóctel mediocre en un instrumento musical del valor de una mansión, y acabó dejando el old fashioned en el suelo—.
En la isla de Santa Genoveva hay un almacén.
Creo que la sala no estaba pensada originalmente para ser un almacén; su tío me contó en una ocasión que la CIA estadounidense la usó como cámara de pruebas durante el desarrollo de varios dispositivos con un alto consumo energético.
Por ese motivo, está climatizada y el espacio se puede sellar herméticamente.
Es impenetrable; podría dejar caer una bomba atómica sobre su isla y la fuerza de la explosión no alcanzaría ese almacén. Es un escondrijo perfecto.
—¿Qué hay en esa sala?
Dobrev sonrió.
—¿Ha visto alguna vez el final de En busca del arca perdida ?
—Sí.
—Pues es algo parecido.
—Tiene el Arca de la Alianza en la isla de mi tío —dije con escepticismo.
—No, claro que no —replicó Dobrev—. He dicho: «Algo parecido», no «exactamente lo mismo». Ahí dentro no hay nada que vaya a hacer que se le derrita la cara. Bueno —rectificó—, nada sobrenatural.
—¿Y qué hay ahí dentro?
—¿De su tío? No tengo ni idea. ¿De la Asamblea de Lombardía? Al menos un inventario valorado en un par de centenares de miles de millones de dólares.
—Un «inventario».
—La Asamblea de Lombardía estuvo muy ocupada durante la Segunda Guerra Mundial —dijo Dobrev—.
Arte. Piezas de museo. Joyería y tesoros.
Oro, plata y piedras preciosas. Libros y manuscritos únicos.
Cualquier objeto de valor en Europa, China o el norte de África que no estuviese clavado al suelo o que sus dueños abandonasen.
—Abandonasen —repetí, y pensé en todos los objetos saqueados por los nazis cuando sus anteriores propietarios fueron arrastrados a los campos de concentración.
Él asintió.
—Y sí, eso significa exactamente lo que está pensando.
Los miembros de la Asamblea lo almacenamos todo en distintos lugares al término de la guerra y, de vez en cuando, nos desprendíamos de algún objeto a través del mercado negro cuando queríamos capital.
Sin embargo, hacia el final del siglo pasado se complicó mucho el traslado de esos bienes y cada vez más gobiernos estaban buscando cosas que se habían extraviado de forma sospechosa.
Así pues, cuando su tío compró Santa Genoveva y nos dijo que contaba con el almacén, nos ofreció una solución sencilla al problema.
Le hicimos llegar el material y él lo almacenó. Sigue allí.
—Y usted es el único que lo sabe.
—Ahora también lo sabe usted. —Dobrev se encorvó y recogió la copa del suelo.
—Entonces solo lo sabemos usted y yo.
—Desconozco si su tío se lo contó a alguien más —advirtió—.
Es posible que lo sepa alguien más en Santa Genoveva.
Tuvimos que llevarlo todo a la isla y guardarlo en el almacén.
Como todo estaba metido en cajas, es posible que no sepan lo que contienen, pero cabe la posibilidad de que sepan de su existencia.
Hice un gesto en dirección al salón ejecutivo del hotel.
—¿Y por qué no se lo dijo nunca a ellos?
—Porque sus predecesores y yo decidimos que era lo más sensato.
—No lo entiendo.
—No lo entiende porque no es padre y nunca ha tenido que valorar con franqueza a sus hijos —dijo Dobrev—.
Antes incluso de ingresar en la Asamblea, los integrantes de esta generación tenían la reputación de ser.
.. descuidados con su patrimonio. Se decidió que era mejor alejar de ellos la tentación que representaba este tesoro en concreto porque habrían identificado su valor económico, pero no habrían percibido el peligro que los objetos de ese botín supondrían para el bienestar de la organización.
—Entendido. Entonces, ¿si usted muere, el secreto muere con usted?
—No. Si yo muero, el albacea de mi testamento hará llegar un mensaje al siguiente líder de la Asamblea. Ese es Roberto.
Miré a Dobrev fijamente.
—Me había parecido escuchar que la Asamblea no conserva nada por escrito.
—Por un par de centenares de miles de millones de dólares, hicimos una excepción. —Bebió otro trago.
—Y entonces Gratas acudirá a recogerlo todo con un camión de mudanzas.
—Bueno, no —aclaró—. Porque para acceder al almacén hay que franquear dos puertas. El código de Gratas sirve para abrir la puerta interior. La llave que tiene usted abre la puerta exterior.
—Yo no tengo ninguna llave —dije.
Dobrev sonrió.
—La tiene, pero no lo sabe. Cuando visite el almacén se dará cuenta de que lo que le digo es cierto. Su tío formaba parte de la Asamblea de Lombardía, y eso significa que, como su heredero, usted también forma parte de ella. —Se terminó la copa.
—Conocía toda esta información y, aun así, ha dejado que los demás trataran de chantajearme para sacarme cuarenta mil millones de dólares.
—O cien mil millones, no lo olvide —apuntó.
—En cualquier caso, ha permitido que lo intentasen —insistí.
—Quería ver cómo reaccionaba —dijo Dobrev—. Quería ver cuánto ha heredado de su tío.
—¿Y cuánto le ha parecido que he heredado de él?
Sonrió de nuevo.
—Lo suficiente, Charlie. Lo suficiente.
Me quedé de pie en la barra, pensando en todo lo que Dobrev me había contado.
—Tengo otra pregunta para usted —anuncié finalmente.
—Adelante —me invitó.
—Ha dicho que mi tío abandonó la Asamblea de Lombardía tras unirse al grupo. ¿Por qué se marchó?
Su sonrisa se esfumó.
—No creo que sea un buen momento para esa historia —dijo.
—Al contrario —respondí—. Es el único momento en el que tiene sentido contarla.
—Entendido. —Dobrev se llevó el vaso a los labios, se dio cuenta de que se había terminado el combinado y volvió a bajarlo, descontento. Me miró de nuevo—. Charlie, su madre... —comenzó.
Y entonces la habitación explotó.