Villano en prácticas Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿Qué tal ha ido? —preguntó Morrison en cuanto entré en la suite con Hera. Trasteaba con el teléfono apoyada en el respaldo del sofá de la habitación.

—Me han obsequiado con un espectáculo consistente en una docena de milmillonarios arruinados tratando de adularme y amenazarme para birlarme una enorme cantidad de dinero —contesté. Dejé a la gata en el suelo y se dirigió al dormitorio de la suite para echarse una siesta en la cama.

—¿Cuánto?

—Entre cuarenta mil y cien mil millones.

—Vaya —dijo Morrison—. Es menos de lo que esperaba.

—No he aceptado el trato.

Morrison esbozó una sonrisa satisfecha.

—Esperaba que no lo hiciese.

—Anton Dobrev me ha pedido que vaya a verlo dentro de quince minutos. Quiere hacerme cambiar de opinión.

—Ahora viene cuando le recuerdo que no debe confiar en él.

—Ya sabe que no me fío de él.

—No —me contradijo Morrison—. Él le asegura que sabe que usted no confía en él para que usted admire su sinceridad y acabe confiando en él.

—A eso se refería usted cuando me dijo que no era mi amigo.

—No solo no es amigo suyo. No es amigo de nadie.

—El tío Jake tampoco tenía amigos —comenté.

—Son gajes de ser villano —dijo ella.

—Como no tener pasta, por lo visto —señalé—. Estar en un salón lleno de personas que son milmillonarias y están arruinadas a la vez es algo curioso.

—Es el asunto de la liquidez del que le hablé.

—No, si lo entiendo —le aseguré—, pero una cosa es saberlo y otra muy distinta ver esa teoría en acción. No lo sé... —Dejé la frase en el aire.

—¿Qué es lo que no sabe? —preguntó Morrison.

—Esperaba que los miembros de la principal sociedad de villanos de la Tierra fueran más inteligentes —confesé.

—Y ¿por qué esperaba eso?

—Porque en las películas y los libros tienden a ser más inteligentes.

—Tienen que serlo, ¿no cree? —replicó Morrison—.

En el mundo real, pueden ser como suele ser la gente como ellos: una panda de tipejos nacidos en una familia adinerada que usaron ese dinero para aprovecharse de otras personas para acumular todavía más dinero.

La estrategia funciona fenomenal hasta que empiezan a creer que el hecho de ser ricos los convierte en personas inteligentes, y entonces se meten en líos.

A menos que encuentren a alguien más de quien aprovecharse.

—Se refiere a mí.

—Me refiero a usted —confirmó Morrison—. O a todos los bros del Encuentro de Bellagio. O a cualquier otro que caiga en sus redes. Sus nuevos colegas no son listos, pero saben identificar a un primo en cuanto lo ven, y es fascinante lo que puede llegar a conseguir un poco de capital riesgo.

—El tío Jake hacía lo mismo con su fondo de capital riesgo —señalé.

—Efectivamente —coincidió ella—. Y si piensa mantener el puesto tendrá que hacer lo mismo, así que yo no sería demasiado puntillosa a la hora de juzgar ese tipo de triquiñuelas. —Volvió a concentrarse en el teléfono.

Fue más o menos entonces cuando me fijé en que todavía llevaba puesto el vestido de la Presentación y Lanzamiento.

—Muy observador —dijo cuando se lo mencioné—. Es porque tengo una cita.

—¿Una cita?

—Sí, una cita —repitió Morrison, y me mostró el móvil—. Aunque le cueste creerlo después de todo lo que ha pasado durante la última semana, tengo una cuenta de Bumble y una vida ajena a usted.

—Por favor, dígame que no ha quedado con Tobias el Acuchillador.

—No es él. Por cierto, se apellida Paris, por si alguna vez quiere llamarlo algo distinto a «Tobias el Acuchillador».

—No, de hecho, creo que lo llamaré así el resto de nuestras vidas.

Morrison se encogió de hombros.

—Como quiera.

Se levantó, lista para marcharse.

—¿Algún consejo para mi entrevista con Dobrev? —pregunté.

—Por supuesto. No permita que lo convenza para unirse a la Asamblea. No les dé dinero, ni a él ni a cualquiera de los demás malnacidos del grupo. Y no crea ni una sola palabra que salga de la boca de Anton, incluidas «y» y «el» o «la».

—De veras cree que es así de malo.

—No, creo que es así de bueno —me corrigió Morrison—. Hay un motivo por el que quiso hablar a solas con usted antes de la reunión, Charlie. Y también hay una razón por la que quiere verlo a solas de nuevo. Cree que le tiene tomada la medida. Me temo que puede que tenga razón.

—Antes de empezar, debo preguntárselo: ¿se unirá a la Asamblea de Lombardía? —comenzó Dobrev—. Si sencillamente dijera que sí, todo sería mucho menos complicado a partir de este punto, y podríamos bajar al bar del vestíbulo a tomar unas copas.

—No voy a unirme a la Asamblea, no —repliqué, e hice un gesto con la barbilla hacia el impresionante bar de la suite imperial—. Y puede conseguir las copas aquí mismo.

La suite imperial del Grand Bellagio era, fácilmente, el mejor alojamiento en el que jamás había estado.

Eran habitaciones enormes, abovedadas y repletas de objetos decorativos fechados en épocas repartidas a lo largo de gran parte de un milenio, el tipo de artículos que Sotheby’s subasta entre un puñado de personas como los integrantes de la Asamblea de Lombardía como inversiones y vehículos para blanquear dinero, si es que cabe distinguir entre ambas cosas.

En ese momento, Dobrev, que lucía un esmoquin tan exuberante que habría hecho sollozar a Hugh Hefner, estaba apoyado en un piano de cola con la espiral de Fibonacci grabada en la madera de la tapa del teclado.

No me habría atrevido a tratar de adivinar su valor, pero sospechaba que tal vez me habría bastado para comprar el pub McDougal’s.

El piano estaba colocado en ángulo respecto a los enormes ventanales con vistas al lago de Como.

Luces lejanas parpadeaban y oscilaban suavemente, sujetas a las embarcaciones de lujo y los yates que salpicaban la superficie del agua.

—Sí, pero como ya he enviado al personal de la suite a descansar, tendría que preparar yo mismo las copas, o pedirle a usted que lo haga —lamentó Dobrev—. Y es incómodo, aunque tengo entendido que, antes de todo esto, pretendía comprar un bar.

—Un pub —lo corregí. Se me hacía extraño pensar que apenas unos pocos días separaban el episodio en el despacho de Belinda Darroll, cuando intenté patéticamente farolear para obtener un crédito, y ese momento.

—Me encantaría ser dueño de un pub o de un bar —dijo Dobrev.

—Ya lo es. Está abajo, en el vestíbulo del hotel.

Él sonrió y asintió.

—¡Correcto! Pero creo que ya sabe que no me refería a eso.

Soy propietario del bar, efectivamente, pero solo es mío porque soy su dueño.

No me pongo detrás de la barra, ni atiendo los pedidos, escucho a los clientes u organizo concursos de preguntas y respuestas los martes, cuando, de no ser por eso, nadie vendría al local.

Creo que sería agradable vivir ese tipo de vida.

—Podría hacerlo —sugerí.

—Es maravilloso pensar que podría hacer realidad esa posibilidad —dijo Dobrev—, pero, como creo que empieza a descubrir, Charlie, cuando se convierte en un hombre como nosotros y se adentra en los mundos por los que nos movemos, no resulta nada fácil tirarlo todo por la ventana e iniciar una nueva vida más sencilla.

—Hizo un gesto hacia la barra—. Aunque no tiene ninguna obligación, si se tomara la molestia de prepararme una bebida le estaría eternamente agradecido.

—¿Qué le apetece?

—Un old fashioned si lo sabe preparar.

—No tengo muy clara la receta —le advertí.

Dobrev soltó una risita.

—¡Y quiere abrir un pub ! Me arriesgaré. Y mientras lo prepara, Charlie, cuénteme por qué se niega a integrarse a nuestro humilde grupo.

—Se me ocurren cuarenta mil millones de motivos —dije mientras me dirigía hacia el bar.

—No unirse a nosotros le costará todavía más dinero —me advirtió.

—No, Gratas quería hacerme pensar que me iba a costar más no unirme a ustedes. Son cosas muy distintas. —Busqué los ingredientes del old fashioned tras la barra y no tardé en dar con el bourbon, una botella todavía sellada de Michter’s US*1.

—¿No cree que podríamos causarle problemas?

—Estoy seguro de que pueden causarme problemas —admití—.

La cuestión es si serían mayores que los que yo podría ocasionarles a ustedes y, dado el actual estado financiero de la Asamblea de Lombardía, si serían mayores que los problemas que ya se están generando ustedes mismos. Como bien dijo Napoleón...

—«Nunca interrumpas a tu enemigo mientras comete un error» —dijo Dobrev, completando la cita.

Asentí y di con el amargo de Angostura.

—Considero que, ahora mismo, sus socios están ocupados cometiendo errores, y también opino que tendrán que lidiar con ellos antes de centrarse en mí. ¿Dónde está el azúcar?

—En el armario, a la izquierda del frigorífico. Parece muy convencido de poder mantenernos a raya, Charlie.

—No lo estoy, se lo aseguro —repliqué—. Sin embargo, el poco tiempo que llevo inmerso en esta historia me ha permitido darme cuenta de que el tío Jake tenía buen ojo para seleccionar a sus secuaces.

—Está hablando de Til.

—No me refiero solo a ella. —Saqué el azúcar del armario, abrí el frigorífico en busca del agua y el hielo, agarré un vaso mezclador y le fui añadiendo los ingredientes—.

Todos los miembros de su plantilla son más inteligentes que yo o, como mínimo, saben más cosas.

Creo que podrán mantenerlos a raya a todos.

—¿Por qué está tan convencido?

—Porque ya lo estaban haciendo hasta ahora —contesté—. No necesitan que les explique cómo deben afrontar la situación. Estoy bastante seguro de que no me necesitan para nada.

La explicación arrancó otra risita a Dobrev.

—Cuidado, Charlie. Se supone que todos somos genios, las fuentes de las que emanan todas las grandes ideas, y el origen del éxito de nuestras empresas.