Villano en prácticas Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Supongo que tienes razón. ¿Y qué me ha dejado?

—Bueno, es parte de lo que hace tan interesante este legado —dijo Andy—. Incluye dinero en efectivo y varias inversiones, pero también propiedades inmobiliarias, y algunas de esas propiedades se han adquirido... recientemente.

—¿Cómo de recientemente?

—Digamos que tan recientemente que la adquisición se llevó a cabo tras la muerte de tu tío. Además, una parte de esas propiedades son..., eh..., directamente relevantes para ti.

—Caramba, Andy, deja de marear la perdiz y dime de qué se trata.

—De acuerdo, una de esas propiedades es el número 611 de South Grove Avenue, en Barrington —dijo—. ¿Te suena la dirección?

—Sí —respondí—. Es donde estoy ahora mismo.

—Lo suponía. ¿Cómo has ido a parar allí, Charlie?

—Es un Airbnb —contesté, y técnicamente había sido verdad hasta que yo había empezado a vivir allí un mes antes.

—Bien, pues enhorabuena, ahora mismo te estás alquilando un Airbnb a ti mismo.

—Me parece que eso es lo que se llama simplemente vivir en una casa.

—Ten en cuenta que podría tener implicaciones fiscales.

—En ese caso tal vez debería buscarme un abogado para que se ocupe del asunto —aventuré.

—No me dejes aquí en vilo, Charlie.

—De acuerdo, Andy, puedes ser mi abogado oficialmente.

—Gracias, Charlie, me alegra que podamos hacer negocios.

—Seguro que te alegra ahora que puedo pagar esos negocios.

—De hecho, tienes más negocios de los que crees —añadió Andy—. Espera a escuchar cuál ha sido tu adquisición más reciente, que, según la información de la que dispongo, se cerró hace exactamente tres días.

—¿Qué es?

—Nada importante, solo un cuchitril llamado McDougal’s.

Me incliné hacia delante en el sillón.

—¿Qué?

—Eres el dueño de toda la propiedad —respondió Andy—.

Eres el propietario del edificio, y también del pub y el restaurante.

Por lo visto, te harás cargo de la gestión del local con el mismo personal, sin cambios en la plantilla.

Aquí también hay una nota según la cual el anterior dueño, un tal Brennan McDougal, ha aceptado quedarse durante seis meses para echar una mano durante la transición, siempre y cuando le puedas pagar un sueldo de directivo durante ese periodo.

—¿Me lo puedo permitir? —pregunté desconcertado.

—Bien, veamos, tengo delante un folio con una lista de los activos incluidos en el legado, entre los que se cuentan tu nueva casa y el McDougal’s, y el valor total asciende a 11,75 millones de dólares, un importe muy sensatamente situado por debajo de los 12 millones de dólares que marca el límite fiscal estatal, así que la respuesta es que sí, probablemente puedes pagar seis meses de sueldo al gerente de un pub , Charlie. Si tacañeas un poco con los gastos.

—Joder —murmuré.

—Tener familiares ricos es fantástico —valoró Andy.

—Sin duda —coincidí.

—¿Por qué no vienes a verme mañana por la mañana y le echamos un vistazo más detalladamente? Mientras tanto, te enviaré por correo electrónico toda la información que me han hecho llegar. Es un archivo en formato PDF titulado: «Grupo Hera».

—¿Cómo dices que se titula? —pregunté.

—¿El nombre del fideicomiso? Se llama Grupo Hera. ¿Por qué? ¿Te suena de algo?

—Vagamente —contesté.

Dicen que el primer año de un pub es el que decide si prospera o se hunde, y puedo dar fe de ello.

Incluso con la ayuda de Brennan McDougal y una plantilla compuesta por empleados experimentados, algunos de los cuales llevaban años trabajando en el pub y el restaurante, a menudo me sentía con el agua al cuello.

Puedo garantizar que era mucho más sencillo ser un villano que el propietario de un pub .

Pese a todo, hacia el final del primer año empecé a sentir que le pillaba el truco.

El día a día del negocio transcurría con la placidez prevista: servíamos cerveza y patatas fritas, retransmitíamos partidos de fútbol de la Premier League (en directo y grabados), y el local se dedicaba a ser lo que llevaba décadas siendo: el pub al que los habitantes de Barrington acudían a tomar sus primeras copas, salían en sus primeras citas, y pasaban el rato con sus amigos y con las personas que esperaban que un día se convirtiesen en sus nuevas amistades.

Cuando me hice cargo de las riendas del pub , hubo cierto.

.. si no podemos llamarlo escepticismo, digamos que cierta incertidumbre ante la perspectiva de que yo fuese el nuevo dueño.

Cuando a la gente le gusta un pub , un restaurante o ambas cosas, cualquier cambio es una mala señal.

Sin embargo, Brennan ayudó a todo el mundo a llevar a cabo la transición, incluyéndome a mí, y, cuando se jubiló seis meses más tarde, la gente parecía haber olvidado que el pub había cambiado de manos.

Y entre los olvidadizos se contaba el propio Brennan McDougal, que seguía yendo al local a tomarse una o dos pintas cada pocos días, aunque puede que se debiese a que no le cobraba la bebida.

Aparte de eso, el único cambio que cualquiera habría podido apreciar en el pub si se hubiese molestado en fijarse sería la fotografía que colgué en la pared: un selfi de mi padre y yo en el pub , sonriendo a la cámara.

El primer año vino y se fue, el McDougal’s siguió su curso, y si estaba tras la barra, los clientes me saludaban a diario en cuanto entraban por la puerta y se despedían de mí al marcharse. Era agradable sentir que pertenecía a aquel lugar.

—Mira eso —dijo una noche Moira Collins, una de mis camareras, mientras cerrábamos el pub . Me di la vuelta y vi a dos gatas en la acera.

Eran Hera y Perséfone, ya adulta.

—Son mis gatas.

—No sabía que tuvieses gatos —dijo Moira—. Sobre todo, unas gatitas tan monas. ¿Las dejas salir a la calle?

—No las dejo salir. Van y vienen como les parece.

—Una vez tuve un gato que hacía lo mismo. Se le daba bien abrir los cerrojos y las puertas.

—Es algo parecido —coincidí.

—Tener gatos inteligentes es divertido. Siempre dan problemas.

—Este par da muchos problemas —confirmé.

Moira señaló el aparcamiento de detrás con el pulgar.

—¿Quieres que te lleve? Ya sé que sueles volver a casa a pie, pero ya sabes que los gatos y las calles no se llevan bien.

—Gracias, pero no nos pasará nada —contesté—. No estamos lejos de casa y solo cruzan las calles por los semáforos.

—¿Lo dices en serio?

—Sí, es verdad.

—Tus gatas son listas de verdad.

—Lo son.

—¿Sabes qué deberías hacer? Venden unos tableros con botones para los gatos. Se los pones en el suelo y ellos pulsan los botones y te dicen lo que están pensando.

—He oído hablar de esos tableros.

—Seguro que estas gatas te dirían un montón de cosas —opinó Moira.

—No me cabe la menor duda —respondí, y le di las buenas noches. Ella se dirigió a su coche y yo fui con las gatas.

—¿Qué os parece? —les pregunté—. ¿Queréis un tablero con botones?

Hera me miró con una expresión divertida. Perséfone maulló y se frotó contra mi pierna.

—Yo también os he echado de menos —le dije, y volví a mirar a Hera—. Por cierto, he conservado tu teclado. Lo podemos configurar cuando lleguemos a casa. Porque venís a casa, ¿verdad? Me refiero a que volvéis para quedaros.

Hera maulló.

—Lo interpretaré como un sí. —Me di la vuelta e inspeccioné por última vez la puerta del pub McDougal’s para asegurarme de que estaba cerrada. A veces olvidaba echar la llave, un fallo bastante garrafal. Estaba cerrada con llave.

Miré de nuevo a Hera.

—Por cierto, gracias por el pub .

Hera me miró y parpadeó lentamente. Perséfone maulló de nuevo.

—Sí —acepté—. Es hora de volver a casa.