Villano en prácticas Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Indicó con la cabeza a Kim Ji-Jong, que, según había leído en los informes, era el miembro más reciente de la Asamblea, a la que se había sumado quince años atrás.

Un escándalo de corrupción había azotado recientemente el conglomerado empresarial de su familia, una trama en la que habían estado implicados dos de los tres hijos de Kim, todos ellos vicepresidentes ejecutivos, que actualmente residían en una prisión surcoreana a consecuencia del caso.

Miré a Kim, que me saludó inclinando la cabeza. Su gato, un fold escocés, bostezó.

—Opinamos que puede haber llegado el momento de llevar a cabo un nuevo cambio —concluyó Harden.

El comentario me llamó la atención.

—Eso suena sospechosamente a un golpecito en el hombro —dije.

—Puede que tenga razón —confirmó él—. Mire, Charlie, usted ya debe de saber que lo sabemos todo sobre usted, ¿me equivoco?

Conocemos toda su historia personal y profesional.

Sabemos que, por el motivo que sea, su tío lo ha arrojado a la parte honda de la piscina, tanto por lo que respecta a sus negocios públicos como a.

.., bueno, los otros. Hablando sin ambages, en este momento probablemente no le vendría mal algo de ayuda.

—La última vez que uno de ustedes intentó «ayudarme», mi casa salió volando por los aires con un agente federal dentro —le recordé.

Harden hizo un gesto de disculpa.

—Alguien se precipitó —explicó.

—Supongo que ninguno de ustedes desea confesar. —Recorrí el salón con la mirada. Los rostros de todos los hombres y los gatos permanecieron inescrutables.

—Es improbable que la historia se repita si se une a nosotros —dijo Harden.

Me reí por la nariz.

—Alguien ha intentado matar a Dobrev hoy mismo.

—Torpemente —añadió el propio Anton desde el diván sobre el que se había reclinado. Había recuperado a Misha y el gato ahora descansaba tumbado sobre su pecho.

—Ninguno de nosotros quiere ver muerto a Anton —me aseguró Harden.

—¡Ja! —exclamó él, y se vio obligado a volver a dejar al gato en el suelo.

—Ninguno de nosotros quiere ver muerto a Anton ahora mismo —se corrigió. Miré a Dobrev, que se encogió de hombros, como diciendo: «Tal vez»—. De todos modos, como ocurre con Anton, el hecho de que usted siga vivo ofrece cierto potencial y sinergias atractivas.

—Explíqueme qué significa eso.

—Significa que usted podría beneficiarse de nuestros conocimientos y nuestra experiencia en el mundo por el que navegaba su tío.

Y a nosotros, sinceramente, nos vendría muy bien contar con un punto de vista más fresco.

—Harden englobó a todos los miembros de la Asamblea con un gesto—.

Somos un puñado de boomers y veteranos de la generación X, Charlie.

Sumar un poco de energía millenial al conjunto podría no ser mala idea.

—Tienen a su disposición a todos los tipos que han catapultado al lago hoy —le recordé—. Cualquiera de ellos daría una gónada por verse en mi posición ahora mismo. Podrían fichar a uno de ellos.

—Puede que contratemos a alguno de esos hombres —dijo Harden—. Y es posible que incluso invirtamos en uno o dos de ellos. Pero ninguno de ellos puede verse en su posición porque no son usted. No tienen lo que usted tiene.

—Un Nissan Maxima al borde del desguace y una casa quemada —enumeré.

—No me refiero a eso.

—Se refiere a los negocios y el dinero de su tío —aclaró Dobrev desde el diván.

—Ya lo sabía —dije, y me giré de nuevo hacia Harden—. Esperaba oírselo decir a él.

—Una vez más, Anton está «técnicamente» en lo cierto —confirmó él—.

Los intereses empresariales de su tío tenían considerables puntos en común con los nuestros.

Eso lo convierte en un candidato idóneo.

En el seno de la Asamblea, todos compartimos libremente información e innovación.

En cuanto al dinero, tanto en el momento de ingresar en la sociedad como mediante una cuota anual, todos aportamos a un fondo común, con el que financiamos las iniciativas y las inversiones de la Asamblea.

Lo llamamos un fondo de capital riesgo, pero, en realidad, es mucho más que eso.

—¿Y cuánto dinero aportamos en total?

—La cuota de entrada es el diez por ciento del patrimonio personal —respondió Harden—. Considérelo un diezmo. A partir de ahí, el cinco por ciento de los ingresos netos anuales.

—Eso es mucho dinero —valoré.

—Hace menos de una semana era una miseria —intervino Gratas riéndose, y Harden le lanzó una mirada irritada.

—No, tiene razón —admití—. Sin embargo, esta semana es un importe sustancial.

—Pero nada que usted no pueda permitirse —valoró Harden—. Y obtendrá algo sustancial a cambio.

—La experiencia y el asesoramiento de su grupo.

—Y acceso a toda la tecnología e información a nuestro alcance, tanto a través de las empresas de cada uno de nosotros como de las compañías en las que invertimos y que controlamos.

Consideré la situación.

—Presentaron la misma oferta al tío Jake.

—Varias veces —confirmó Petersson.

—Sin embargo, él siempre la rechazó. ¿Por qué lo hizo?

—Eso tendría que preguntárselo a él —replicó Harden.

—No se lo puedo preguntar a él. Ni siquiera habría podido preguntárselo mientras estaba vivo, aunque supongo que ya lo sabían. Por eso se lo pregunto a ustedes. ¿Por qué los rechazó si lo que ofrecen es tan sustancial como dice?

—Su tío era un necio —dijo Gratas.

—Si hubiese sido un necio, ahora no estaría hablando conmigo —dije—.

Dobrev tiene razón. Lo que les interesa es su dinero y su negocio.

Ustedes no tienen ningún interés en mí, solo tratan conmigo por obligación.

No me ofende, lo entiendo perfectamente.

Sin embargo, si desean que me plantee la posibilidad de aceptar su propuesta, quiero saber por qué creen que mi tío rechazaba constantemente su proposición.

Harden miró a Dobrev.

—Usted es quien presenta la propuesta, así que hágala —le dijo Dobrev, y continuó acariciando a su gato.

Harden se dio cuenta de que me había fijado en su intento de incorporar a Dobrev a la conversación.

—Anton es el único de nosotros a quien podríamos considerar cercano a su tío —explicó.

—Éramos amigos —declaró él.

—Creo que sería más preciso decir que compartían una comprensión amistosa de la postura del otro —desarrolló Harden—.

O, para ser todavía más precisos, yo creo que Anton consideraba que su tío Jake era su amigo, pero él tenía una opinión distinta de la relación que los unía.

No creo que su tío tuviese amigos, Charlie.

—A juzgar por las flores que enviaron a su memorial, no los tenía —coincidí—. Por no hablar del intento de apuñalar a su cadáver. —Volví a mirar a mi alrededor—. ¿Alguien quiere confesar esa parte?

Petersson levantó la mano.

—Ese fui yo.

—Pues fue rastrero —le espeté.

—No habría sido la primera vez que se burlaba de nosotros —respondió.

—La primera vez que nos rechazó, fue una simple cuestión de negocios —explicó Harden—. No apreció la propuesta de valor. Nada que decir. Un par de los miembros actuales precisaron cierta persuasión antes de unirse al grupo. Ji-Jong rechazó la oferta una vez antes de reconsiderar su decisión.

—Mi cuota de entrada fue del doce por ciento —alegó Kim.

Harden asintió.

—Es cierto, la cuota de entrada del diez por ciento es la tarifa introductoria.

—O sea, que la primera vez el tío Jake rechazó la oferta por motivos comerciales —concluí—. ¿Y qué ocurrió el resto de las veces?

—Para su tío, pasó a ser algo ajeno a los negocios —respondió—.

No puedo precisar qué ocurrió, pero, a partir de un cierto momento, no le importaba perjudicar sus intereses si así perjudicaba todavía más los nuestros.

—Se encogió de hombros—. Una vez más, él es el único que podría explicar lo sucedido.

Sin embargo, él era Jake Baldwin y usted es Charlie Fitzer.

Él se lo dejó todo. Sus prioridades no tienen por qué coincidir con las de su tío. Puede marcarse mejores prioridades.

Asentí.

—¿Cuánto tiempo seguirá vigente esta invitación?

—Hasta el final del congreso —contestó Harden, e hizo un gesto hacia el resto del grupo—. Tenemos otros asuntos que tratar, pero al final del Encuentro nos reuniremos aquí de nuevo para escuchar la respuesta.

—¿Y si rechazo la propuesta?

Harden miró de nuevo a Dobrev.

—Ya le ha enseñado la zanahoria —dijo este—. Ahora muéstrele el palo.

—Charlie, debe entender que su tío tuvo un impacto negativo en varias de nuestras iniciativas empresariales —prosiguió Harden.

—Sigo sin entenderlo —repliqué. No era cierto, pero quería comprobar hacia dónde se dirigía la conversación.

—Nos puteó para quitarnos lo que nos pertenecía por derecho —intervino Gratas.

—Roberto —lo atajó Harden.

—No, Tom —lo interrumpió Gratas—. Ya has sido suficientemente amable con él. También debe entender que tenemos colmillos.

Harden levantó ambas manos.

—Entendido —dije a Gratas—. Muéstreme los colmillos.

—Usted no es su tío —me espetó él—. No es más que un maestro suplente que ha tropezado con algo de dinero.

No tiene ni idea de lo que hacía su tío, ni sabe cómo gestionar todo aquello en lo que él acumulaba décadas de experiencia.

Nosotros sí conocemos este terreno. Conocemos el negocio de su tío mejor que usted.

Y también sabemos lo que debería ser nuestro y su tío nos quitó, así que, si no acepta nuestra generosa oferta (que, aunque el grupo no estuvo de acuerdo conmigo, a mí me parece demasiado generosa), acabará doblegándose a nuestras exigencias.

—¿Y cuáles son esas exigencias?

—Para empezar, que abandone las líneas de negocio que entran en conflicto con las nuestras, y a las que su tío accedió en gran parte a través de medios poco éticos.

Parpadeé. No se me ocurría cómo se podía no ser poco ético en la línea de negocio de la que estábamos hablando.

—En segundo lugar, su tío tiene espías en la Asamblea y en todos nuestros negocios privados.

—No en todos nuestros negocios privados —apuntó Dobrev desde el diván.