Villano en prácticas Capítulo 17
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Capítulo 17

El cine y la televisión me habían educado para creer que el santuario de una malvada sociedad secreta sería un espacio modernista, metálico y probablemente mal iluminado, salvo por los focos que iluminaban a cada uno de los miembros de la sociedad desde el techo y proyectaban una sombra siniestra sobre todos ellos.

En ese sentido, el santuario de la Asamblea de Lombardía era de lo más decepcionante.

Para empezar, difícilmente se lo podía considerar un santuario, ya que simplemente era el salón ejecutivo situado en el ático del Grand Bellagio, aunque «simplemente» no parecía un adverbio muy adecuado aplicado a un salón que había acogido a emperadores, presidentes y papas, y cada centímetro cuadrado del cual estaba decorado de un modo que parecía indicar que recibía ese tipo de visitantes cotidianamente.

Era enorme, barroco, y estaba amueblado con sillas más antiguas que Estados Unidos y que probablemente valían más que mi antigua casa, incluso antes de la explosión.

En aquel salón estaban sentados los doce miembros de la Asamblea de Lombardía con sus gatos, y todos nos miraban fijamente a Hera y a mí.

Todos salvo el gato de Anton Dobrev, que, en cuanto él lo obligó con delicadeza a sentarse en su regazo, saltó al suelo de inmediato y se metió a la carrera debajo de un diván apartado que probablemente en algún momento perteneció a algún miembro de la familia Médici.

—¡Misha! —lo llamó Dobrev, pero obtuvo un gruñido grave por toda respuesta.

El hombre levantó ambas manos y miró con amargura al resto de los miembros de la Asamblea—.

No sé cómo lo hacen ustedes —se lamentó—.

Sus gatos siempre se portan bien. Los míos son monstruos salvajes.

Me siento indigno. —Me señaló con un gesto—.

Incluso la suya, Charlie. Su gata es una delicia.

—Gracias —dije. Hera estaba repantingada en el grueso brazo de la silla acolchada en la que me habían invitado a sentarme.

Tardé demasiado en darme cuenta de que la habían colocado en el foco del amplio arco que formaban las otras sillas, una distribución que dejaba bien claro que esa noche yo iba a ser el tema de debate—.

A mí también me gusta. —Acaricié a Hera y la gata ronroneó y continuó holgazaneando.

—¿De dónde la sacó? —preguntó Dobrev.

—Salió de entre los arbustos que hay cerca de mi casa.

Él se dio una palmada en la rodilla y miró a los demás miembros de la Asamblea.

—¿Han oído eso? —preguntó—. La encontró entre los arbustos.

Una gata callejera. Muy estadounidense. Muy democrático.

—El resto de los miembros de la Asamblea o bien esbozaron una débil sonrisa, o bien permanecieron en silencio, y sus gatos se mostraron tan impasibles como ellos—.

No se parece en nada al resto de nosotros.

Nosotros compramos nuestros gatos a criadores, Charlie.

Solo aceptamos animales de los mejores linajes. ¿Sabe por qué todos tenemos gato?

—Ni idea —confesé.

—Ian Fleming se inspiró en uno de nuestros miembros fundadores para el villano Blofeld —explicó Dobrev, y se encogió de hombros de inmediato—.

Bueno, al menos en parte. Como Fleming se inspiró en él, no es descabellado pensar que puede que conociera la Asamblea de Lombardía, o que al menos hubiese oído algún rumor sobre la organización.

De modo que, por supuesto, esa parte también apareció en sus historias.

—Intenta decirme que SPECTRE se basa en todos ustedes —dije.

—Es una interpretación muy colorida, la verdad —opinó él, riéndose—. Esa sociedad es mucho más grande que la nuestra. Y bastante más ambiciosa. Nosotros no queremos dominar el mundo, Charlie. Puede que, de vez en cuando, le demos algún empujón, pero es muy distinto.

—Por supuesto. —Me fijé en las expresiones con las que los demás miembros de la Asamblea miraban a Dobrev. No estaban de acuerdo con la descripción del «empujón». Tenían una opinión más elevada de sí mismos.

—En cualquier caso, cuando se estrenaron las películas de Bond y Blofeld se presentó con su gato persa blanco, el líder de la Asamblea por aquel entonces, es decir, mi padre, por si le interesa, lo encontró tan divertido que en la siguiente reunión llevó gatos para todo el grupo.

Desde entonces, han formado parte de nuestras ceremonias.

Son lo que podría denominar... —Dobrev hizo una pausa, como si buscase la palabra exacta.

—Un gesto melodramático —sugerí.

—Yo iba a decir «mascotas», pero tiene razón, también lo podríamos describir como un «gesto melodramático». —Hizo un gesto indicando a Hera—. Ha traído a su gata a nuestro humilde Encuentro. Puede que sea una buena señal.

—Francamente, me han dicho que la traiga.

Dobrev esbozó una sonrisa radiante.

—Por supuesto, se lo ha dicho Til. Es una dama muy inteligente. Muy atenta a los acontecimientos.

—No debería haberle permitido pulsar el botón durante la Presentación y Lanzamiento —me advirtió otro miembro de la Asamblea.

Me giré hacia la fuente de aquella voz; era Roberto Gratas.

Gracias a los informes que Morrison me entregó para preparar la Asamblea, sabía que los negocios legítimos de su familia se enmarcaban en el sector de la minería y la explotación de filones en varios países sudamericanos.

A aquellas alturas, las minas de la compañía prácticamente estaban agotadas y empresas emergentes más recientes y competentes comenzaban a superar a su empresa.

—Yo no le he permitido hacer nada —aclaré—. Lo ha hecho sola.

—El privilegio no le corresponde a ella —protestó Joakim Petersson.

Su familia se dedicaba al transporte. A principios y mediados del siglo XX había amasado rápidamente una fortuna gracias al traslado de armas a lo largo y ancho del planeta, pero se habían rezagado en el resto del comercio global y ahora estaba a un abismo de distancia de las Maersks y las Hapag-Lloyds del mundo—.

Está reservado para los miembros de la Asamblea.

—En ese caso, no estoy seguro del motivo por el que han colocado el botón en mi mesa —admití—. Yo no soy miembro de la Asamblea.

—En realidad, ha sido una muestra de cortesía —intervino Thomas Harden, el único estadounidense de la Asamblea.

Su tatarabuelo fue un magnate del acero que hizo buenas migas con Carnegie y Rockefeller, pero no se molestó en igualar su filantropía.

El abuelo de Harden había estado a punto de llevar la empresa a la ruina con una infame aleación patentada que se promocionó como más resistente y ligera que el acero.

Lo era, a menos que se enfriase demasiado.

En ese caso, se resquebrajaba de formas carísimas—. No esperábamos que lo pulsase.

—Yo no lo he pulsado —le recordé, y luego señalé a Gratas—. Pero si lo hubiese hecho, no creo que él se hubiese quejado.

Dobrev soltó una risotada.

—Charlie nos tiene tomada la medida, caballeros —bromeó, y se volvió hacia mí—.

Es verdad que nuestro pequeño grupo no es lo que los jóvenes describirían como diverso.

Generalmente, las únicas hembras que tienen el acceso permitido a nuestros debates y nuestras reuniones estratégicas son las gatas. Tal vez eso cambie con el tiempo.

—Si no lo entiendo mal, todavía no ha llegado ese momento —dije.

—A falta de un modo mejor de expresarlo, podríamos decir que lo que tenemos aquí es una iniciativa dominada por los varones —declaró Dobrev—. Supongo que podríamos debatir los motivos de la situación, pero no es el tema que hoy nos ocupa.

—Estuvimos a punto de invitar a una mujer —apuntó Petersson—. La australiana.

—Roberto la vetó —recordó Harden.

—Con un minero entre nosotros es suficiente —puntualizó Gratas, y acarició a su gato, un azul ruso.

—No es momento de hablar del pasado —dijo Dobrev en un tono que zanjaba el debate definitivamente—.

Es momento de hablar del presente. Es momento de hablar de Charlie.

—Se volvió hacia mí e hizo un gesto hacia Harden—.

Tom se encargará de esta parte. Ahora él tomará la palabra mientras yo intento recuperar a Misha.

Se levantó de la silla y se dirigió al diván lejano debajo del cual se había escondido su gato.

—Gracias, Anton —dijo Harden. Levantó a su gato, un maine coon, de su regazo, lo dejó con suavidad en el suelo y se inclinó hacia delante para dirigirse a mí—. Bien, Charlie, ¿qué sabe usted de nuestro pequeño grupo?

—Me han contado la historia de la Guerra de los Bóeres —contesté.

Petersson se giró hacia Dobrev.

—¿En serio? ¿La historia de la Guerra de los Bóeres?

—¡Es una buena historia! —exclamó él, que estaba tirado en el suelo frente al diván—. Además, técnicamente es cierta.

—Técnicamente —repitió Petersson. Su gato, un abisinio, agitó la cola al oír el tono sarcástico de su dueño.

—No es necesario remontarse hasta la Guerra de los Bóeres —dijo Harden—.

La versión breve y simple es que somos un grupo informal de hombres de negocios procedentes de diversos sectores industriales y financieros que se reúnen regularmente para compartir información y estrategias que nos benefician mutuamente.

—Y también inspiraron una organización malvada ficticia —añadí.

Él reaccionó con una risita.

—Como ha dicho Anton, es una interpretación excéntrica basada en una versión del grupo de hace casi un siglo.

En este sentido, aunque algunos de nosotros representamos a familias que llevan generaciones formando parte de esta sociedad —asintió mirando a Petersson, que le devolvió el saludo—, nuestro censo de integrantes ha cambiado con los tiempos.