Villano en prácticas Capítulo 16
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Capítulo 16

El tipo de la empresa emergente se acercó al micrófono del escenario. Hizo una pausa dramática.

—Quiero que piensen en sus testículos... como en un servicio —comenzó al fin.

Me di una palmada en la frente, me bajé la mano por la cara y miré a Morrison, que también estaba sentada en mi mesa, junto a Hera, en el pabellón del hotel, con vistas al lago.

—¿Todos son iguales? —pregunté.

—No —replicó ella—. Los hay peores.

Asistíamos a la Presentación y Lanzamiento, que había comenzado con la puesta de sol.

Los asistentes al Encuentro de Bellagio se habían reunido para presenciar aquella combinación de un cóctel, un evento de creación de redes, y una serie de presentaciones rápidas de ideas para empresas emergentes.

Cabe puntualizar que los asistentes al congreso no promocionaban sus ideas ante sus homólogos, sino ante la docena de miembros de la Asamblea de Lombardía, que ocupaban mesas separadas como la mía, cada uno flanqueado por un par de socios o secuaces, y todos ellos, como yo, acompañados por un gato.

A mi llegada, vestido con un traje hecho a medida que no era consciente que me habían hecho y para el cual no tenía muy claro cómo me habían tomado las medidas, y con Hera pisándome los talones, obediente, me recibieron varios miembros del servicio del restaurante, que se encargaron de que no me mezclase con el populacho de bros y me acompañaron a una mesa situada en un nivel más elevado de la terraza, donde retiraron la silla para que pudiera sentarme.

Los camareros ofrecieron un taburete a Hera para que pudiera trepar a su silla, que tenía un cojín alzador diseñado expresamente para gatos.

El detalle me pareció exageradamente excéntrico hasta que eché un vistazo al resto de las mesas situadas a la altura de la mía y vi a los demás gatos sentados en posición serena, algunos con minúsculos cálices de cristal delante.

Me pregunté qué debía de haber en los cálices hasta que colocaron uno frente a Hera.

Era atún crudo triturado. Mientras la observaba saborear el tentempié con delicadeza, me incomodó profundamente reparar en que, desde que la conocía, había estado alimentando a una criatura con un paladar refinado con comida seca para gatos en todas las comidas.

Me costaba entender que no me hubiese asesinado mientras dormía en todo ese tiempo.

Antes de que pudiera dar demasiadas vueltas al asunto me sirvieron mi propia copa de vino y un pequeño aperitivo con sashimi de atún.

Al menos iba a comer tan bien como mi gata.

Una sombra se alzó sobre mí; era Morrison, que llevaba un vestido que era lo menos conservador que le había visto ponerse hasta ese punto.

—Tiene muy buen aspecto —comenté mientras el camarero la ayudaba a sentarse y le servían su plato de sashimi y otras delicias.

—Gracias —replicó.

Gesticulé hacia la multitud de asistentes presentes en el pabellón, muchos de los cuales nos miraban, y supuse que admiraban a Morrison, que era, literalmente, la única mujer cis presente exceptuando a las camareras.

—La están mirando —observé.

Ella apenas levantó la vista antes de pinchar algo de comida.

—No me miran a mí, lo miran a usted.

—No creo que sea su tipo —apunté contemplando la muchedumbre.

—Como no es una opción de compra ni un nuevo tipo de vehículo financiero no fungible, no lo es, tiene razón —corroboró Morrison—. Pero tiene mesa propia y un gato.

—¿Y eso es importante?

—¿Quién más tiene mesa y gato?

—Los integrantes de la Asamblea de Lombardía —contesté.

—Correcto. El hecho de tener una mesa y un gato significa que usted es alguien.

Sin embargo, a diferencia de los miembros de la Asamblea de Lombardía, de quienes estos tipos creen saberlo todo, no tienen ni idea de quién es usted o qué hace aquí.

Sin duda, es usted importante, pero no saben por qué motivo, y eso los incomoda.

Y también les pica la curiosidad. De modo que no, no me miran a mí.

Literalmente centran en usted toda su atención. —Se comió el sashimi.

Eché otra ojeada a los asistentes al acto.

Todos eran varones, o al menos lo parecían en un sentido convencional.

Los que me miraban lo hacían con una expresión que transmitía una de tres emociones posibles: curiosidad, envidia u hostilidad.

Señalé esta última a Morrison, que asintió y se tragó el bocado.

—Por supuesto que son hostiles —dijo—. Tiene aproximadamente la misma edad que ellos, pero usted ya tiene una mesa y un gato. Y no saben quién es, así que no tienen ni idea de cómo lo ha hecho. Eso lo convierte en una amenaza.

—Es ridículo —protesté.

—Totalmente ridículo —coincidió Morrison—, pero estoy en lo cierto. Quieren algo que creen que usted tiene y le incrustarían un cuchillo en el ojo con sumo gusto para lograrlo.

—Eso nos lleva a la cuestión del motivo por el que tengo mesa propia —comenté—. El tío Jake no formaba parte de la Asamblea de Lombardía.

—Tiene mesa por él. —Apuntó con el tenedor hacia el lugar donde estaba sentado Anton Dobrev, que se reía de algo que le contaba uno de sus hombres.

Observé que llevaba al gato con correa y arnés, y el animal no parecía muy entusiasmado por estar al aire libre; estaba agazapado en su asiento e ignoraba el cáliz de atún.

El ayudante del villano, que también se reía, sujetaba la correa del gato—.

Dobrev ha convencido al resto de los miembros de la Asamblea de que tal vez usted será más receptivo si lo tratan como a un igual, al menos en público.

—¿Eso se lo ha contado él? —pregunté.

—Tengo mis fuentes.

Miré a Hera.

—Entendido.

Morrison negó con la cabeza.

—No es eso. No con Dobrev. —Me miró con una expresión que parecía sugerirme un cambio de tema.

—¿Me ven como a un igual? —pregunté.

—Mírelos usted mismo y dígamelo. —Dio un trago al vino.

Volví a contemplar las demás mesas al nivel de la terraza y los hombres que las ocupaban y observé que, efectivamente, todos eran varones.

Había doce miembros de la Asamblea de Lombardía, y ya se habían sentado todos.

La mitad de ellos miraban atentamente en direcciones distintas a la mía.

Del resto, uno me devolvió la mirada con una expresión impasible, otro con una sonrisa desdeñosa, y tres con una expresión semejante al disgusto.

El último, Dobrev, me sorprendió contemplándolo y alzó la copa en una especie de pequeño brindis.

Le devolví el gesto. El brindis no escapó a la atención de otros miembros de la Asamblea ni de los bros de más abajo, y ni unos ni otros parecieron muy satisfechos al verlo.

—Aquí me odia todo el mundo —murmuré a Morrison—. Todos menos Dobrev.

—No se engañe, Charlie —dijo ella—. Dobrev tampoco es su amigo.

—Recuérdeme otra vez por qué estamos aquí —le pedí.

—Porque tenemos que estar.

—Sigo sin tener del todo claro el motivo.

—Mire —dijo Morrison señalando algo—. Se preparan para la Presentación y Lanzamiento.

Fuera del pabellón, estaban despejando un pequeño escenario que hasta entonces había quedado oculto tras macetas de helechos y colocaron unos escalones en el lateral.

Al verlo, un puñado de flipados formaron una cola a la izquierda del escenario y el personal entregó un micrófono a cada uno de ellos.

Mientras esto ocurría, vi que recogían los platos de las mesas de los miembros de la Asamblea y colocaban un pequeño objeto redondo en todas ellas.

Estaba a punto de preguntar a Morrison qué eran esos objetos cuando nos retiraron los platos, muy a mi pesar porque todavía no había comido nada, y me pusieron en la mesa mi propio objeto redondo. Lo miré fijamente.

—Es un botón —constaté.

—Sí —confirmó Morrison.

—¿Para qué sirve?

—Espere y lo verá.

Se oyó un carraspeo amplificado y Dobrev se puso en pie, micrófono en mano.

—Caballeros —comenzó haciendo un gesto hacia los bros congregados—.

Es un placer contar con su presencia en el Encuentro de Bellagio.

Algunos de ustedes regresan al congreso y otros acuden por primera vez, y todos están aquí porque son los emprendedores y los cerebros empresariales más adelantados de su generación.

—Agarró la copa de vino con la otra mano y la levantó—.

Los demás directores del Encuentro y yo mismo brindamos a su salud.

Los flipados gritaron de júbilo al escucharlo. Dobrev bebió y dejó de nuevo la copa en la mesa.

—Este fin de semana girará a su alrededor, en torno a sus ideas y sus dones, y a cómo decidan compartirlos con el mundo.

Podrán establecer contactos con otros empresarios y con hermanos de una mentalidad semejante, y entre todos darán forma al sendero que seguirá el mundo en los años venideros.

Nosotros, los directores del Encuentro —continuó mientras hacía un gesto hacia el resto de los miembros de la Asamblea de Lombardía, que aparentemente usaban ese seudónimo para los asistentes al congreso—, estamos aquí para ayudarlos y guiarlos, sí, pero también para aprender de ustedes y para ver cómo encajamos en el mundo que están construyendo cada día y en el futuro.

La última parte arrancó más aplausos a los presentes.

—Y ese futuro comienza esta noche, con una de nuestras tradiciones más celebradas y, me atrevería a decir, más disfrutables: la Presentación y Lanzamiento.

—Se oyeron risas—. Así es como los directores del Encuentro damos la bienvenida a los miembros más recientes de nuestra comunidad, y les ofrecemos una oportunidad única de presentarnos sus ideas, a la vez que nosotros podemos darles acceso a un capital capaz de proyectarlos a la categoría de auténticos constructores del mundo.