Capítulo 15
—Dígame una cosa, Charlie —me dijo Anton Dobrev mientras paseábamos por los jardines bien cuidados del hotel Grand Bellagio—, ¿le ha contado alguien cómo se fundó la Asamblea de Lombardía?
—No —respondí. Me habría gustado decirle que a esas alturas casi nadie me había contado nada, pero me contuve.
Me parecía innecesario darle tanta información y, en algún rincón profundo del cerebro, oía la vocecilla de Morrison y de los editores que había tenido a lo largo de toda una década diciéndome que cerrase el pico y le dejase hablar.
Hizo un gesto hacia el imponente hotel paisajístico.
—Me suena —contesté vagamente.
—Esa es su forma de decirme que al sistema educativo estadounidense no le interesa enseñar nada en lo que Estados Unidos no estuviese directamente involucrado —opinó Dobrev.
—Apenas le interesan esas cuestiones —dije—. En el colegio nos enseñan la Guerra de Independencia, la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. El resto queda un poco difuso.
—La Guerra de los Bóeres —continuó—. Sudáfrica. Entre los colonos de origen británico y los de origen holandés. En realidad, fueron dos guerras, pero la que nos interesa es la segunda. Terminó en 1902. Aquello fue un problema.
—¿Hay algún problema en que se acabe una guerra? —pregunté.
—Sí, cuando uno es quien suministra el equipo a la maquinaria de guerra, vende las armas y financia todo el asunto —respondió Dobrev—.
La guerra es un negocio como otro cualquiera, Charlie.
Exige especular. Estimar. Calcular cuánto tiempo durará y hacer planes durante todo ese periodo para maximizar los beneficios a lo largo de todo el conflicto.
Todos los miembros fundadores de la Asamblea de Lombardía estaban implicados en la Guerra de los Bóeres.
Empresarios industriales. Fabricantes. Financieros.
Pensaban que la guerra iba a durar más años de los que se alargó.
—Una lástima —comenté manteniéndome tan serio como pude.
Dobrev hizo un gesto despectivo.
—En realidad, fue culpa suya. Olvidaron que los británicos podían ser hijos de perra implacables, e infravaloraron la voluntad del gobierno británico de dejar atrás la guerra.
Fueron avariciosos y eso los llevó a equivocarse en las predicciones.
Estuvo a punto de arrastrar a la quiebra a varios de ellos.
—No me está vendiendo demasiado bien la Asamblea de Lombardía —advertí.
El comentario le arrancó una risita.
—Buena observación. Sin embargo, es importante conocer su fracaso colectivo para entender lo que sucedió a continuación. Y lo que sucedió a continuación, Charlie...
Lo que sucedió a continuación fue que un hombre se nos acercó por el camino, puñal en mano, corriendo hacia Dobrev.
—Vaya —dijo el villano con fastidio.
Sin pensar demasiado lo que hacía, agarré a Dobrev y lo tiré al suelo.
O, mejor dicho, intenté derribarlo, porque no colaboró y terminamos desplomándonos torpemente.
Él aterrizó encima de mí, que venía a ser justo lo opuesto de lo que yo esperaba que ocurriese.
Intenté apartarlo del camino del asesino, pero Dobrev no cooperaba.
—Ya basta —masculló finalmente, y se separó de mí—. Estoy bien, Charlie.
—Pero... —Algo no iba bien en aquella escena, y necesité unos segundos de desconcierto antes de darme cuenta de lo que era.
El asesino no había llegado hasta nosotros. Yacía tendido en el camino, convulsionando, con el cuchillo todavía en la mano, y la punta de la hoja arañaba el cemento que pavimentaba el sendero.
—La francotiradora —dije a Dobrev, que se levantaba del suelo entre gruñidos.
—La francotiradora —confirmó, y me tendió la mano—. Ayude a levantarse al viejo al cual acaba de derribar de un empujón, si es tan amable.
Me puse en pie y luego lo ayudé sin apartar los ojos ni un instante del asesino, que todavía temblaba.
—No está muerto —dije.
—¿Hmmm? —murmuró Dobrev mientras se sacudía el polvo de la camisa, y echó un vistazo al hombre caído—. Ah. No, no está muerto.
—Pero la francotiradora le ha disparado... —comencé a decir.
—Es un proyectil eléctrico de largo alcance —explicó—. No puedo ir por ahí matando gente, Charlie.
—¿En serio no puede? —pregunté, y sonó más desafiante de lo que pretendía.
Dobrev detectó el matiz en mi tono.
—Quizá decir que «no puedo» no es la mejor manera de expresarlo, pero matar no es lo óptimo.
Incluso aquí, habría informes policiales y la prensa se haría eco de la noticia.
Llamaría la atención. —Hizo un gesto hacia el asesino, que todavía convulsionaba—.
Además, si lo hubiese matado, tal vez no podría averiguar quién lo ha enviado, así que no, matarlo no es lo óptimo de ningún modo. Es mucho mejor mantenerlo con vida.
El hombre tirado en el suelo dejó de temblar. Por lo visto, se había agotado la batería del proyectil eléctrico.
Oí ruidos a nuestra espalda y me acerqué más a Dobrev, que me puso una mano en el hombro para tranquilizarme.
Me di la vuelta y vi a tres empleados del hotel, vestidos de negro, que nos pasaban por el lado a toda prisa.
Uno de ellos miró al villano, que le hizo un gesto con la mano que el hombre interpretó claramente como un «estoy bien».
Asintió y volvió a centrar su atención en los otros dos empleados del hotel, que se agacharon, agarraron al hombre caído y se lo llevaron a rastras seguidos por el tercer trabajador.
Reconocí al último de ellos: era Andrei, el tipo que había buscado el pulso a mi tío poniéndole los dedos en el cuello.
Si me reconoció, no dio muestras de ello.
Estaba demasiado ocupado rastreando el entorno en busca de otros potenciales asesinos.
Diez segundos más tarde, todos habían desaparecido y fue como si no hubiese pasado nada.
Dobrev se volvió hacia mí una vez más.
—¿Qué estaba diciendo?
Lo miré fijamente, estupefacto.
—¿Se encuentra bien, Charlie? —preguntó él un instante después.
—Veo que se toma muy bien un intento de asesinato —comenté en lugar de ponerme a gritar.
Dobrev se rio por la nariz.
—Esto apenas cuenta como un atentado. Para empezar, cometió un error al entrar en el recinto. Lo detectaron en cuanto llegó.
—¿Sabía que lo estaba esperando?
—No, mi gente solo me informa de las amenazas verdaderas.
—Venía hacia usted con un cuchillo en la mano —señalé.
—Sí, pero, como ha visto usted mismo, no ha llegado hasta mí.
—Pero ha estado bastante cerca.
—«Cerca» es un término muy relativo.
—Su personal lo podría haber detenido antes.
Dobrev se encogió de hombros.
—No tiene mucho sentido desvelar nuestras capacidades antes de lo estrictamente necesario.
—No lo entiendo —confesé.
—Ya me entenderá. A su debido momento —dijo, y entonces sonrió—. Ha intentado salvarme la vida, Charlie.
—Sí, bueno, parece que no lo he hecho muy bien.
—Cierto —coincidió Dobrev—. Pero sigo agradecido por el intento. Ningún otro asistente al congreso o a la Asamblea habría hecho lo mismo. No sin cobrar.
—No ha sido nada.
Negó con la cabeza.
—De ningún modo. No lo olvidaré. Mientras tanto, retomemos la conversación. Sin embargo, creo que será mejor que volvamos dentro. Así mi francotiradora tendrá tiempo de volver a poner a punto su equipo.
—La puta Guerra de los Bóeres —dijo Morrison una hora más tarde.
Volvíamos a estar en el salón de té, que comenzaba a llenarse de flipados del mundo de la tecnología y las finanzas que iban llegando a la localidad para asistir al Encuentro de Bellagio.
La mitad de ellos hablaban a gritos con la nada, con auriculares bien camuflados en las orejas y los móviles sobre la mesa.
La otra mitad tenía los móviles a la vista y hablaba sin el beneficio de los auriculares, sujetándolos como si el conector USB-C fuese un micrófono.
Todos estaban Cerrando Un Negocio de la forma más dramática posible para que los demás los oyesen.
—¿Acaso la historia del origen de la sociedad no es cierta? —pregunté desviando la atención de aquellos aprendices de Masters del Universo vociferantes.
—No es una historia falsa, simplemente no tiene ningún sentido.
—Morrison dio un sorbo al té y dejó la taza, que tintineó sobre el plato—.
Esto no es ni un cómic ni una película de superhéroes.
La historia del origen de estos desgraciados es irrelevante.
Lo único que importa es que decidieron formar su camarilla.
Si no hubiese sido por la Guerra de los Bóeres, habría sido por cualquier otro motivo.
Los gilipollas que fundaron la Asamblea de Lombardía solo buscaban una excusa para tratar de dirigir el mundo.
—Según Dobrev, no intentaban gobernar el mundo —recordé.
Durante el resto de la conversación, en una mesa a la sombra del interior del hotel, el hombre había desarrollado algo más el tema y me había contado que la Asamblea de Lombardía no había percibido beneficio alguno en tratar de influir directamente en los acontecimientos mundiales.
Era una ciencia inexacta en el mejor de los casos, y un camino magnífico para llevar a una empresa a la ruina, o bien para enviar a uno de aquellos titanes a la prisión si el intento de ejercer influencia salía mal.
En lugar de eso, la docena de padres fundadores de la Asamblea de Lombardía optaron por una alternativa: el desarrollo de la primera red corporativa de inteligencia y análisis robusta, no con la intención de influir en los acontecimientos mundiales, sino con el objetivo de estar presente para sacar provecho de ellos cuando ocurriera lo inevitable.
—Ah, sí, el cuento de «nosotros solo aprovechamos las oportunidades que se nos presentan» —dijo Morrison.
—Ya había oído esta historia, ¿verdad?
—Dobrev también intentó usarla con su tío.
—¿Y qué dijo el tío Jake?