Capítulo 14
Para dejar las cosas absolutamente claras, el hotel Grand Bellagio no está en Las Vegas ni en sus alrededores.
Recibe el nombre del municipio de Bellagio, situado en un promontorio que divide el lago de Como, en la región italiana de Lombardía.
Además, a diferencia del hotel de Las Vegas, el Grand Bellagio tenía una historia que se remontaba medio siglo y había pasado al menos la mitad de ese tiempo siendo un patio de juegos exclusivo para reyes, emperadores, grandes empresarios y milmillonarios.
Era el tipo de hotel en el que la habitación básica con una cama doble más barata costaba ochocientos euros, un precio que se incrementaba en temporada alta.
Si alguna abuela enamorada de Las Vegas se plantaba con su autocaravana en el Grand Bellagio con un vaso de plástico lleno de monedas para jugar a las tragaperras, le mostraban discretamente la puerta lateral en cuanto ponía un pie en la recepción.
Cuando era periodista, había acudido a hoteles de ese tipo para entrevistas, presentaciones y para esas conferencias en las que invitaban a ponentes a hablar durante quince minutos sobre el cambio radical que estaban provocando en el mundo gracias a la invención de la última versión de un sistema de mensajería de texto, o a explicar el colapso de los sistemas económicos mediante gráficos sobre las migraciones de patos.
Sin embargo, nunca me había alojado en uno de ellos.
Como los presupuestos de los periódicos del siglo XXI no permitían ese tipo de gastos, siempre me alojaba con el resto de la plebe periodística en el equivalente local de un Best Western.
Mi alojamiento en el hotel Grand Bellagio no era ni mucho menos en la habitación sencilla con una cama doble.
Yo ocupaba una grand suite de tres habitaciones con un balcón magnífico con vistas al lago de Como.
Había suites más amplias (la suite imperial tenía siete habitaciones y era más grande que mi casa antes de que fuera pasto de las llamas), pero no muchas.
Entré con Morrison y Hera, e inmediatamente me abrumó una oleada de síndrome del impostor.
—Supérelo —me aconsejó la mujer cuando se lo comenté—. Está en el lugar que le corresponde.
—Porque me he abierto camino en el mundo por méritos propios, sin ayuda de nadie, valiéndome por mí mismo hasta convertirme en un gran capitán de la industria —añadí sarcásticamente.
—No, porque no lo ha hecho —puntualizó Morrison, ignorando el sarcasmo—. Ninguno de los cabronazos a los que conocerá este fin de semana se ha labrado su destino. Todos son hijos, sobrinos, o cualquier otro tipo de beneficiario del nepotismo. En ese aspecto, usted es exactamente como ellos.
—¿Y esa gente sabe lo que usted opina de ellos? —pregunté.
—Si no lo sabían hasta ahora, ya lo saben, porque estoy casi segura de que en esta habitación hay micrófonos ocultos.
Ya he ordenado un registro de la habitación para retirar los más obvios y la mayoría de los menos evidentes, pero apuesto a que no los han encontrado todos, así que no diga nada que no desee que ellos sepan.
—Al decir esto último miró a Hera y luego me miró a mí de nuevo.
—Entendido. —La gata se encaramó a una silla con una decoración excepcional y se tumbó para dormir una siesta—. También podríamos trasladarnos a una habitación sin micrófonos —propuse.
—Hay micrófonos en todas, Charlie —dijo Morrison—. La verdad es que ninguno de estos cretinos confía en los demás. Será mejor que se quede en esta suite. Es mejor que cualquier otra habitación disponible.
—¿El resto de las suites están ocupadas?
—El hotel está completo.
—¿De verdad hay tantos villanos profesionales?
Morrison negó con la cabeza, pero hizo una pausa y reconsideró la respuesta.
—Bueno, sí, los hay, pero no forman parte de la Asamblea. Esta semana también hay un congreso empresarial en marcha. El Encuentro de Bellagio.
—¿El hotel organiza dos eventos a la vez? —De pronto, la Asamblea de Lombardía, aquella asociación preeminente de personajes nefarios, me parecía mucho menos impresionante, ya que, por lo visto, era demasiado cutre para reservar todo el hotel para su congreso.
—El Encuentro de Bellagio está organizado por la Asamblea —aclaró Morrison—.
Para ser más precisos, lo convocan algunos de los negocios legítimos que poseen distintos miembros de la Asamblea.
Durante cinco días, se adueña del municipio.
Toda la gente importante se aloja en este hotel.
El resto se amontona en hoteles de menor categoría y Airbnb.
Y si alguien quiere ahorrar o es demasiado lento a la hora de hacer reservas, viene en autobús desde Milán todos los días.
—Entonces este congreso es sumamente importante.
—Sí, ya lo creo.
—Sin embargo, a pesar de mi pasado como reportero de negocios, nunca había oído hablar de él.
—Solo se puede asistir con invitación.
—Como la Arboleda Bohemia, pero he oído hablar de ella.
—El Encuentro de Bellagio es uno de esos eventos totalmente herméticos de los que nadie habla con nadie —explicó Morrison—.
Sin prensa. Sin página web. No se puede solicitar una invitación; alguien tiene que proponerte.
Si revelas algo sobre la reunión, te aíslan, y no solo del Encuentro, sino de la posibilidad de hacer negocios con cualquiera de los demás asistentes.
Es el grupo más exclusivo al que cualquiera de estos tipejos podrá pertenecer jamás, y nadie la cagará largando más de la cuenta.
No se puede ocultar la existencia misma del congreso porque todo el mundo que hace negocios en Bellagio sabe que se celebra aquí, pero sí puedes hacer que la gente no hable del tema con nadie ajeno al grupo, y eso es lo que hacen.
—De modo que, por lo que al resto del mundo respecta, todos estos emprendedores se han reunido aquí el mismo fin de semana por pura casualidad.
Morrison se rio por la nariz.
—El lago de Como está lleno hasta la bandera de ricos que no merecen serlo, Charlie. Lo está desde que Plinio el Joven frecuentó esta tierra. Y, allá donde hay ricos, hay gente que desea ser rica y cree que puede contraer la riqueza por osmosis. Confíe en mí, nadie ve nada inusual en esta semana.
—Y eso lo hace perfecto para un encuentro de villanos —concluí.
—Vaya, veo que lo sigue pillando —dijo Morrison—. Sí. Un congreso semisecreto cuyos asistentes están adiestrados para guardar silencio es una magnífica tapadera para que una decena de los llamados señores de la oscuridad puedan reunirse alrededor de una mesa y conspirar.
—Entendido.
—Hablando de «cabrones, pero no gilipollas», tiene una reunión en diez minutos —anunció Morrison—. Anton Dobrev quiere conocerlo.
Fruncí el ceño al oír el nombre; me sonaba de algo. Entonces lo recordé.
—«A mamarla, hijo de puta» —dije.
Morrison arqueó las cejas al oírlo.
—¿Cómo dice?
—Era la dedicatoria del jarrón de flores que envió al funeral del tío Jake.
—Ah. —Ella señaló mis maletas—. En cualquier caso, quiere conocerlo, así que busque algo que ponerse ahí dentro. Querrá causarle buena impresión.
—¿Tan importante es?
—Se aloja en la suite imperial del hotel —contestó Morrison—. Además, es el dueño del hotel. Y es el jefe de la Asamblea de Lombardía. O sea, que sí. Póngase corbata. Una que no tenga pelos de gato.
Anton Dobrev estaba sentado en la terraza del salón de té del Grand Bellagio en una pequeña mesa con vistas al lago de Como, acompañado por otro hombre, que quedaba sentado de espaldas a nosotros, mientras el jefe de sala nos acompañaba a la mesa.
Dobrev era un hombre corpulento, de aspecto saludable y de algo más de setenta años.
Al verme llegar junto a Morrison, se levantó de la silla de un salto, se nos acercó con los brazos abiertos y nos estrechó en sendos abrazos asfixiantes.
—Charlie, Til —saludó con un acento inidentificable de la región central del continente—. Til, me alegra verla tan bien. ¡Y usted! ¡Charlie! Estoy seguro de que su tío sonríe al verlo desde el cielo.
—Gracias.
—Me caía muy bien, ¿sabe? —continuó Dobrev—. Me dolió en el alma no poder asistir a su funeral. Envié representantes y flores.
—Lo recuerdo —repliqué—. Le hizo llegar un jarrón con la dedicatoria: «A mamarla, hijo de puta».
Él reprimió la risa al oírlo.
—¡Sí! ¡Es verdad! Su tío Jake me hizo prometerle que enviaría un jarrón con esas palabras a su funeral. Era una broma interna entre nosotros.
Miré a Morrison, pero ella se mantuvo inexpresiva.
—¿Y los dos hombres que acudieron para asegurarse de que su cadáver era un cadáver de verdad? —pregunté.
Dobrev separó las manos y se encogió de hombros.
—Eso no lo pidió, pero me pareció importante cerciorarme de su muerte. Ya la había fingido anteriormente.
—Algo he oído.
—Por aquel entonces, fue todo un escándalo.
—Él hizo un gesto desdeñoso—. Francamente, opino que algunos reaccionamos de una forma exagerada.
Fue una decisión empresarial justificada por parte de su tío.
Yo no la apoyaba, pero entendí el motivo por el que lo hizo.
—Otra risita ahogada—. Por supuesto, a mí me resulta fácil decirlo porque no me hizo perder miles de millones como a otros miembros del grupo.
De todos modos, lo lamento, pero aquello dio pie a que algunos de nosotros tuviéramos un interés legítimo en asegurarnos de que estaba muerto.
—Volvió a mirar a la mesa—. Por eso estabas tú allí para apuñalarlo, ¿verdad?
El hombre que permanecía sentado volvió la cabeza y desveló que se trataba de Tobias el Acuchillador.
—Correcto.
Dobrev se percató de mi reacción al ver a Tobias.
—Veo que recuerda a mi viejo amigo Tobias —me dijo.
—Alguien que intentó asestar una puñalada al cadáver de mi tío es bastante memorable —repliqué.
—Me ha contado que lo empujó cuando se disponía a apuñalarlo.
—Es verdad.
Una nueva risita contenida.
—Es usted muy valiente, Charlie. Necio, pero muy valiente.
—Sí, me lo dicen a menudo.
Dobrev me dio una fuerte palmada en la espalda.
—¡Seguro que sí!
—¿Pretende que nos acompañe mientras hablamos, Anton? —preguntó Morrison inclinando la cabeza hacia Tobias.
—¿Él? De ningún modo —contestó Dobrev—. Tobias y yo habíamos terminado de hablar de negocios y solo estábamos charlando mientras los esperaba. Somos amigos.
—Debería buscarse mejores amistades —le aconsejó ella.
—Oye, que estoy aquí —señaló Tobias.
—Entonces ya me has oído.
—Veo que todavía se quieren —observó Dobrev.
—Es lo que suele pasar tras un intento de asesinato —dijo Morrison.
—Ah, no crea —replicó el villano, y miró de nuevo a Tobias—. ¿Cuántas veces has intentado matarme? ¿Dos?
—Tres —lo corrigió él.
Dobrev frunció el ceño.
—¿Cuándo fue la tercera?
—Si no lo sabes, no pienso decírtelo.
Él hizo un gesto hacia Tobias y miró a Morrison con las cejas arqueadas.
—¿Se da cuenta? Guarda secretos industriales que no me desvela ni siquiera a mí.
Cualquiera diría que yo debería tener ciertos privilegios.
Sin embargo, lo que quiero hacerle notar es que, a pesar de todo, Tobias y yo podemos seguir sentándonos a la misma mesa y ser amigos.
Los negocios son los negocios, y no tienen nada que ver con el respeto y la amistad.
Jake era consciente de ese hecho. Yo le metía algún gol, y él hacía lo propio conmigo, pero, de vez en cuando, cenábamos juntos y nos reíamos mucho. Cosas de colegas. Ya me entienden.
—Me alegro por usted, pero yo no lo veo igual —replicó Morrison.
—Tú te lo pierdes —dijo Tobias.
—No me pierdo gran cosa.
Dobrev se volvió hacia mí.
—¿Se da cuenta? Menuda falta de camaradería entre este par. Si hoy en día todo es tan complicado es por culpa de estas cosas.
—Es una lástima —dije.
—¡Exacto! Gracias. —Dobrev dio una palmada—. Veo que, como mínimo, usted y yo nos llevaremos bien. —Miró a Morrison—. Til, si le parece bien, me gustaría charlar a solas con el joven Charlie.
A juzgar por la expresión de ella, no le parecía bien.
—Eso no es lo que pactamos —protestó.
—Lo sé, lo sé —dijo él en tono apaciguador—, pero me da la impresión de que la conversación será más fluida.
No se preocupe, no lo convenceré para que me firme la transferencia de todas sus propiedades a mi nombre.
Solo será... una conversación. Charlaremos.
Un encuentro amistoso. Con su consentimiento, por descontado.
—Finge que le está pidiendo permiso, no lo hace con todo el mundo —intervino Tobias secamente.
—Tobias. —Con una sola palabra, la voz de Dobrev había pasado de sonar a tío afable a adoptar el tono del padrino.
—Perdona, Anton —se disculpó él con la mínima sumisión imprescindible.
Morrison me miró.
—No acepte ningún acuerdo y venga a verme al terminar —me ordenó.
—¿No se supone que ahora él es tu jefe? —preguntó Tobias a mi empleada.
—Te arrancaré la lengua —respondió ella.
—Pensaba que ya no estábamos juntos.
—Ya basta, los dos —los interrumpió Dobrev, que había retomado el modo paternal—.
Levanta, Tobias. Til, te lo devolveré sin ningún compromiso adquirido.
Lo prometo. Y ahora, vosotros dos... —Dobrev hizo un gesto para invitarlos a salir y ambos se marcharon.
Morrison dejó pasar a Tobias delante para no perderlo de vista.
—Son muy intensos —comentó el villano—. Fueron pareja, hasta que...
—Él intentó matarla —concluí.
—No, no la quería matar él. Era un asesinato por encargo —me corrigió Dobrev.
—¿No es lo mismo?
—Bueno, para la víctima sí lo es —admitió—. Acaba muerta en los dos casos. Sin embargo, en un caso es una cuestión de negocios, y en el otro es... caos.
—Ambos casos pueden ser caóticos —apunté.
Dobrev asintió y me apoyó una mano en el hombro.
—Recuerde esa reflexión —dijo—. Ahora forma parte de nuestro sector empresarial. Puede que cambie de opinión.
Lo miré con escepticismo. Parecía encantado con mi reacción.
—Su tío Jake me miraba muy a menudo con esa misma cara —rememoró—.
Es uno de los motivos por los que me gustaba.
En fin. ¿Tiene hambre, Charlie? Si está hambriento, podemos charlar aquí sentados mientras come algo.
Sin embargo, si puede esperar, podríamos salir a dar un paseo, si le apetece acompañarme.
—¿No correremos peligro? —pregunté—. Hace un segundo estábamos hablando de asesinatos por encargo.
—En cualquier otro lugar, sería arriesgado, pero aquí no pasará nada —me aseguró Dobrev.
—Parece muy convencido.
—Sí, bueno, puede que tenga algo que ver con el hecho de que hay francotiradores apuntando a cualquiera que se me acerque a menos de veinte metros, Charlie.
Parpadeé.
—¿Tiene a un francotirador apuntándome?
—Por supuesto —contestó Dobrev—. Una francotiradora, pero no me pida que le diga dónde está.
—Claro que no. Es un secreto industrial.
Sonrió de nuevo de oreja a oreja.
—¡Aprende rápido! Muy bien, Charlie, muy bien. Y, ahora, vamos a dar un paseo.