Capítulo 13
Me desperté antes de lo que quería y me desvelé más de lo que me habría gustado, así que, tras media hora intentando volver a dormirme, decidí salir a dar un paseo.
Era antes del alba, y mientras vagaba por la costa de la Bahía de Jenny me preocupó que, en algún momento, el personal de seguridad, que existía casi con toda certeza, diese conmigo y me sugiriese «amablemente» que regresara a mi suite.
No vi a nadie. Tras casi media hora preguntándome en qué momento se abalanzarían sobre mí, me di cuenta de que, técnicamente, ahora era su jefe y podía ir adonde quisiera.
¿Adónde quería ir?
Fui a la laguna de los delfines.
Cuando llegué estaba casi a oscuras, iluminada solamente por las luces tenues del camino, que supuse que habían instalado para que ni yo ni otros humanos cayésemos accidentalmente al mar.
Sin embargo, al acercarme al agua, se activó una luz en la laguna, que iluminó a un único delfín.
Caminé hacia él y, a medida que me aproximaba, se encendieron más luces, esta vez en las zonas para humanos.
El cetáceo que había quedado resaltado nadó hacia el micrófono, que ahora sabía que formaba parte del equipo estable de la laguna.
—¿Cómo lo has hecho? —pregunté al delfín mientras gesticulaba hacia el equipo activo.
Él chilló y, como antes, un altavoz tradujo:
—Del mismo modo que tú usas a Alexa para que encienda las luces de tu casa. Aunque sin enviar a Jeff Bezos información que pueda usar para venderte cosas.
—Entendido —le dije, y luego se me ocurrió algo—. ¿Te he despertado? Si te he despertado, lo siento, solo había salido a pasear un poco.
—Ya estaba medio despierto —contestó el animal.
—Es verdad, los delfines solo dormís con medio hemisferio cada vez.
—En mi caso, me he despertado porque tenía que mear.
—Oh.
—El comentario te ha hecho sentir incómodo, ¿verdad?
—Un poco —admití.
—Pues ya verás cuando te cuente que los delfines podemos identificar a otros miembros de la especie saboreando sus meados. Eso sí que te va a incomodar de verdad.
—En eso tienes razón.
—Y también está lo de la inspección genital —continuó el delfín—. Si los humanos hicieran lo mismo, se ganarían una demanda por abuso sexual. Entre delfines, en cambio, no es más que un saludo.
—¿Eres el mismo delfín con el que he hablado antes? —pregunté para intentar cambiar de tema.
—Si no estás seguro, se me ocurre un método que podrías usar para comprobarlo —respondió—. De hecho, se me ocurren dos.
—También me lo podrías decir y en paz.
—Cobarde.
—Mucho. ¿Lo eres?
—Sí, soy el mismo.
—¿Tienes nombre? —pregunté—. Me refiero a un nombre que no me obligue a beberme tu meado —aclaré.
—Depende —contestó el delfín—. Por un lado, está el nombre que uso yo y, por otro, el que usa Livgren para referirse a mí. —El delfín hablaba de la experta en cetáceos a la que había conocido en la laguna—. Y también tengo el número que me asigna el laboratorio.
—Empecemos por el que usas tú —sugerí.
El delfín pio y el altavoz guardó silencio.
—No tiene traducción —explicó el animal—.
Se deriva de estados hidrológicos del agua que los humanos no experimentáis directamente y para los que no disponéis de palabras sencillas.
Sería algo parecido a: «Quien puede encontrar una corriente pura de agua a través de las tinieblas de un torrente aluvial en una bahía».
—Podrías llamarte «Ally» para abreviar —propuse.
—Ah, disculpa, pensaba que me habías preguntado cómo me llamo, no que intentabas idear un nombre cortito con el que infantilizarme.
—Perdón —me disculpé sorprendido.
—Si quieres usar un nombre más corto, puedes llamarme simplemente «Gilipollas», que es como me llama Livgren cuando cree que no la escucho. Mis intentos de organizar al grupo la irritan. ¿Por qué sonríes?
—Estaba recordando cómo te has presentado cuando nos hemos conocido —respondí—. Te he estado llamando «Me Importa Un Huevo» mentalmente. No creo que «Gilipollas» sea una mejora
—«Me Importa Un Huevo» es mejor porque se me ha ocurrido a mí —valoró el delfín—. Y eso también lo convierte en un nombre mejor que el que se supone que debe usar Livgren, es decir, mi designación formal, mi número de laboratorio, Blythlyn C Setenta y Tres.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que soy el septuagésimo tercer feto viable del tercer linaje viable de clones de delfín desarrollados por el doctor Martin Blythlyn, que es el ingeniero genético zoológico jefe, o lo era hasta que murió en trágicas circunstancias.
—¿Cómo murió?
—Fue a nadar con algunos de sus sujetos y lo invitaron a practicarles una inspección genital para comprobar si los podía distinguir. No pudo, o por lo menos no lo hizo lo bastante rápido.
Retrocedí un paso, horrorizado.
—Fue antes de mi liderazgo —se apresuró a añadir el delfín—. Pero es una historia popular entre el grupo.
—Eres un clon —dije para volver a cambiar de tema.
—Todos somos clones —respondió—. Del primero al último. Y todos esos también. —Hizo un gesto hacia mi espalda con la punta del hocico y, al darme la vuelta, vi a Hera sentada, a menos de dos metros, observándonos a mi interlocutor acuático y a mí. Brinqué de sorpresa en sentido literal.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
—Te espía, obviamente —contestó el delfín.
—Eso no tiene sentido —repliqué—. Ahora dirijo este lugar.
—Y todo el mundo sabe que a los jefes nunca los espía nadie —ironizó él—. Espiar es el motivo por el que tenéis a los gatos. Es a lo que se dedican.
—¿Me estabas espiando? —pregunté a Hera.
Hera maulló y tardé unos segundos en darme cuenta de que no hablo la lengua gatuna.
—Da igual, ya hablaremos más tarde —le dije, y me volví de nuevo hacia el delfín—. ¿Por qué usan clones? —pregunté.
—Pregúntaselo a ella —respondió él señalando de nuevo a Hera con el hocico—. Ella lo sabe. Todos los gatos lo saben. Y, cuando te lo cuente, ven a verme y me explicas lo que te ha dicho. Entonces yo te diré si te ha mentido.
El delfín se dispuso a alejarse nadando del micrófono.
—Un momento —lo detuve, e hizo una pausa—. Dime cómo prefieres que te llame.
—Yo no quiero que me llames de ninguna manera —replicó el delfín—.
Lo que quiero es que escuches nuestras exigencias.
Has dicho que ahora diriges este lugar. Fantástico.
Demuéstralo tomándonos en serio y negociando con nosotros un acuerdo honesto.
Una vez que lo hagas, te diré el nombre que puedes usar para referirte a mí. Es un trato justo.
—También podríamos hablarlo ahora.
—¿A las cinco de la mañana, sin preparación y sin ningún testigo aparte de una secuaz felina corporativa? No lo creo.
—No pretendía parecer altivo.
—No, eso sí lo creo —dijo el delfín—. No tienes ni idea de cómo debes afrontar un conflicto laboral, y es evidente que las circunstancias te sobrepasan, pero puedo creerme que tienes buenas intenciones, y por ese motivo voy a hacer dos cosas por ti.
En primer lugar, convenceré al resto de los delfines para que aplacen la votación sobre si vamos o no a la huelga hasta que regreses de la Asamblea de Lombardía.
—¿Sabes lo de la Asamblea?
—Soy un delfín, no una ostra —me espetó—. No tengo la cabeza metida en un agujero en el suelo. Claro que lo sabemos. Todo el mundo habla del tema a todas horas. Nosotros formamos parte de todo el mundo.
—¿Y qué dice todo el mundo?
—Todo el mundo se pregunta si volverás vivo de la reunión.
—¿Y cómo van las apuestas?
—Yo no te aconsejaría que hagas inversiones a largo plazo —dijo el delfín.
—Caramba.
—Lo segundo que haré por ti es proporcionarte algo de información —continuó—. Di a Morrison que volvemos a tener ballenas.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que volvéis a tener ballenas.
—¿Y por qué quieres que se lo diga a Morrison?
—Porque hace una semana tú eras un maestro suplente y te habías atrasado en el pago del alquiler.
—Madre mía.
—Ya te he dicho que chismeamos —me recordó el delfín—. No te lo echo en cara. No es culpa tuya que no sepas nada sobre nada. De todos modos, es la realidad, y Morrison era la mano derecha de tu tío, así que ve y dile que volvemos a tener ballenas. Ella sabrá lo que significa.
—¿Es importante?
—Es lo bastante importante como para que Morrison vaya a querer saberlo.
—Y no se lo ibais a contar antes de esta charla. Ni a ella ni a nadie.
—Puede que hayas oído comentar que tenemos un conflicto laboral en marcha —se burló el delfín—.
En cualquier caso, la información es reciente, porque hemos visto a las ballenas esta misma noche.
Simplemente eres el primero al que se lo hemos contado.
Bueno, los primeros en saberlo sois la gata y tú, pero yo te lo digo a ti. Ella solo nos escucha. Como siempre.
—¿Me estabas espiando esta noche? —pregunté a Hera de vuelta en su suite.
Su suite , que compartía con Perséfone, era adyacente a la mía, y ambas estaban conectadas por una puerta interior con una gatera.
Como antes de desplomarme en la cama no había inspeccionado la habitación a fondo, tampoco me había fijado ni en la puerta ni en la gatera.
En la suite de Hera había varias camas para gatos, un escritorio con su teclado, y una cocina con una fuente de agua manejable con la pata y un dispensador de croquetas para gatos con unos mandos semejantes.
Allí solo estábamos ella y yo. Perséfone seguía durmiendo en mi cama en la habitación de al lado.
«TE ESTABA SIGUIENDO —tecleó Hera—. ERES NUEVO EN LA ISLA. ME PREOCUPABA QUE TE PERDIESES.»
—Tú también eres nueva en la isla —apunté.
«YO NACÍ AQUÍ —escribió—. ESTUVE VIVIENDO AQUÍ ANTES DE QUE ME ENVIASEN A VIVIR CONTIGO.»
—Mientras vivías conmigo me estabas espiando —la acusé.
«SÍ, TE ESPIABA Y TAMBIÉN GESTIONABA LAS AMENAZAS.»
—¿De qué amenazas hablas? Mi vida no estaba bajo amenaza hasta que alguien decidió volar mi casa.
La gata me miró fijamente.
—¿Me estás diciendo que sí que hubo amenazas?
«TU TÍO DEJÓ MUY CLARO A TODO EL SECTOR QUE SE TOMARÍA MUY MAL CUALQUIER INCIDENTE QUE IMPLICASE A SU FAMILIA. DE VEZ EN CUANDO, ALGUIEN LO OLVIDABA.»
Se me fundió el cerebro tratando de asimilarlo.
—¿Y cuántas veces intentó alguien matarme?
«¿EN TOTAL O DESDE QUE COMENCÉ A OCUPARME DE TU SEGURIDAD?»
—Contigo.
«TRES VECES, INCLUYENDO UNA HACE DOS MESES.»
—¿Qué? ¿Qué pasó hace dos meses?
«OTRA BOMBA. ESTABAS EN EL INSTITUTO. LA DESPEJAMOS ANTES DE QUE VOLVIESES A CASA.»
—¿Por qué? —No se me ocurría absolutamente ningún motivo por el que hacerme estallar podría haber tenido algún valor para nadie.
«POR EL MISMO MOTIVO QUE LA ÚLTIMA VEZ —tecleó Hera—. ERAS EL POTENCIAL HEREDERO DE TU TÍO. ADEMÁS, EL INSTIGADOR DEL ATENTADO SABÍA QUE TU TÍO ESTABA ENFERMO Y TRATABA DE AVERIGUAR SI TODAVÍA PODÍA HACER REALIDAD SUS DESEOS.»
—¿Y qué le pasó a quien puso la bomba?
«A QUIEN PUSO LA BOMBA NO LE PASÓ NADA, SOLO ERA UN SOLDADO RASO QUE OBEDECÍA ÓRDENES. SU JEFE INMEDIATO MURIÓ MIENTRAS DORMÍA.»
—No suena a algo horrible.
«CUANDO SE DURMIÓ ESTABA DESNUDO, DE PIE SObrE UNA PLATAFORMA MUY PEQUEÑA EN LO ALTO DE UNA ANTENA DE RADIO.»
—Eso... suena bastante peor.
«EL MENSAJE QUEDÓ CLARO.»
—Hasta que Jake murió.
«Y ESE ES EL MOTIVO POR EL QUE AHORA ESTÁS AQUÍ.»
—¿Te caigo bien? —pregunté a mi gata. De pronto, era muy importante para mí caerle bien a mi gata por mí mismo y que no solo lo fingiese porque se lo exigía su trabajo.
«TE APRECIO MUCHO, CHARLIE, Y PERSÉFONE TAMBIÉN. NOS ENVIARON PARA VIGILARTE, PERO TÚ ESCOGISTE ACOGERNOS Y TRATARNOS BIEN.»
—¿Y qué habría pasado si no os hubiese adoptado?
«NOS HAbrÍAMOS QUEDADO MERODEANDO POR LOS ARBUSTOS Y EL PATIO DE ATRÁS. YO TENÍA LA OTRA CASA.»
—Es verdad.
«PERO EL HECHO DE QUE NOS ACOGIERAS NOS AYUDÓ A AYUDARTE.»
—Y a mi tío.
«SÍ, A TU TÍO TAMBIÉN.»
Como aquello habría bastado para poner punto final a la conversación, decidí seguir un camino distinto.
—O sea, que eres un clon —dije.
«SÍ. TRAS DISEÑARNOS SEGÚN LAS ESPECIFICACIONES, NO QUERÍAN QUE LA SELECCIÓN NATURAL ESTROPEASE NADA. SOY UN CLON DE UNA GATA QUE VIVIÓ HACE VEINTE AÑOS. COMO PERSÉFONE.»
—Pero no tenéis las mismas manchas.
«LOS CLONES NO SON IDÉNTICOS AL CIEN POR CIEN. SI LO FUÉSEMOS, DARÍA UN POCO DE GRIMA.»
—También había otro gato que no era naranja y blanco.
«MI JEFE. NO SOMOS LA ÚNICA CEPA DE GATOS INTELIGENTES. HAY UN PAR DE DOCENAS.»
—Pero solo hay una cepa de delfines.
«ELLOS NO VIVEN EN LAS CASAS DE LA GENTE» , señaló Hera.
—¿Hay otros animales inteligentes? ¿Perros, tal vez?
«NADA DE PERROS —tecleó Hera—. LOS PERROS SON LO PEOR. TE VENDERÍAN POR UNA GOLOSINA Y UN GOLPECITO CARIÑOSO EN LA CABEZA.»
El comentario me hizo sonreír.
—Es bueno saberlo. Me parece que a los delfines no les gustáis demasiado.
«NO LES FALTAN RAZONES —tecleó—. LOS GATOS ESTAMOS EN TIERRA FIRME Y OCUPAMOS PUESTOS DIRECTIVOS AQUÍ, CON LOS HUMANOS. LOS DELFINES ESTÁN EN EL AGUA Y NO TIENEN TANTO PESO EN LA TOMA DE DECISIONES. NOS TIENEN RENCOR POR ESE MOTIVO.»
—Vosotros sois los burgueses, y ellos, el proletariado —bromeé.
«MÁS O MENOS» , tecleó Hera, en serio.
—¿Cómo puedes ser tan inteligente? —pregunté tras asimilar de pronto el hecho de que una gata estuviera tecleando y entendiese las teorías de la clase y la lucha obrera—. No te ofendas, pero tienes el cerebro del tamaño de una nuez.
«¿CÓMO PUEDE HABER TANTOS HUMANOS TAN POCO INTELIGENTES? —replicó—. TIENEN EL CEREbrO DEL TAMAÑO DE VARIAS NUECES.»
No tenía una buena respuesta para esa observación.
—¿Qué opinas del asunto de las ballenas? —pregunté en su lugar.
«CREO QUE DEBERÍAS HACER LO QUE TE HA DICHO EL DELFÍN Y CONTÁRSELO A TIL» , tecleó.
—Crees que es importante.
«CREO QUE CUANDO ALGUIEN QUE ODIA A LA DIRECCIÓN QUIERE QUE LA DIRECCIÓN SEPA ALGO, O BIEN TRATA DE DESVIAR SU ATENCIÓN, O BIEN HABLA MUY EN SERIO. EN CUALQUIER CASO, TIL DEBERÍA SABERLO.»
—¿Crees que volveré vivo de la Asamblea de Lombardía? —No sé por qué le hice esa pregunta. Supongo que podría decir que, mientras el sol salía, mi cerebro se mostraba algo disperso.
«POR SUPUESTO —tecleó Hera—. YO FORMARÉ PARTE DE TU EQUIPO DE SEGURIDAD.»
—Así que tú me salvarás —bromeé de nuevo.
«NO SERÍA LA PRIMERA VEZ» , replicó ella, de nuevo en serio.