Villano en prácticas Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Su tío disponía en todo momento de una liquidez de unos cinco millones de dólares en todo momento —explicó Morrison—.

Le agradará saber que es un importe situado por debajo del límite que marca Estados Unidos para aplicar el impuesto de sucesiones.

Reinvertía el resto del capital en la financiación de empresas emergentes, la gestión de estas instalaciones y el resto de las cosas que necesitaba hacer.

No vivía de un modo extravagante en relación con su valor neto estimado y, cuando necesitábamos hacer algo con dinero, generalmente cubría los gastos alguna de sus sociedades de responsabilidad limitada.

Cinco millones eran más que suficientes para él.

—Cinco millones de dólares —repetí.

Morrison captó mi tono de voz.

—Parece decepcionado —observó.

—No lo estoy.

—¿De verdad?

—Bueno..., después de pensar que mi valor neto actual era de tres billones de dólares, lo de los cinco millones ha sido un pequeño bajón —admití.

—Recuérdeme el saldo total de su cuenta corriente hace tres días, Charlie.

—No, no, lo entiendo perfectamente —le aseguré—. Ayer mismo, el valor neto estimado de mi gata era mayor que el mío.

—Enfóquelo de este modo —propuso Morrison—.

Independientemente de su valor neto, en teoría o a la práctica, se encuentra en el nivel económico que supone que nunca más tendrá que volver a pensar en el dinero.

Al menos no en el suyo. El dinero ha dejado de ser algo real para usted. En más de un sentido.

—De acuerdo, pero, si el dinero no es real, ¿por qué lo cobramos a nuestros suscriptores? —pregunté—. No podemos usarlo. No podemos gastarlo. No podemos hacer nada con él. ¿Qué sentido tiene ingresarlo?

—Lo hacemos para evitar que se lo queden nuestros competidores, claro está —explicó Morrison—. Si un gobierno se suscribe a nuestro servicio, no se suscribe a los de otro competidor. ¿Para qué iban a ir con ellos? Nosotros cubrimos todas sus necesidades.

—Pero si me acaba de decir que el dinero no era real y que nos pagan con dinero negro —le recordé.

—El hecho de que no sea real no implica que quieran gastar más de lo que sea estrictamente necesario.

Además, no todo el mundo comparte la filosofía de «ingresar y retener» que aplicaba su tío.

Nuestros homólogos en el sector adolecen de una mala gestión crónica del dinero.

Lo gastan en cuanto lo cobran, con lo que llaman la atención y provocan que la prensa y otros agentes comiencen a seguir el rastro del dinero.

El resultado mancha la imagen de todos los implicados, y a los clientes no les gusta quemarse.

Como nosotros no los quemamos, nos entregan a nosotros su dinero, y eso irrita a los demás participantes en el sector.

Asentí.

—Por eso querían apuñalarlo incluso una vez muerto.

—Es parte del motivo por el que lo deseaban —coincidió Morrison—, y también es el motivo por el que quieren que asista a la Asamblea de Lombardía. Quieren saber si piensa dirigir el negocio como lo hacía su tío.

Levanté las manos, desvalido.

—Sigo tratando de entender todas las actividades de los negocios de mi tío.

Morrison asintió y señaló mi comida.

—En ese caso, termine de comer e iremos a visitar el resto. Hay muchas cosas por ver y por aprender.

El sol ya se había puesto cuando volví a mi alojamiento, que había sido el de mi tío y, muy acorde con lo que había ido descubriendo sobre él, era mucho menos lujoso de lo que uno podría esperar de un teórico billonario.

No estaban mal ni por asomo, pero aquellas habitaciones irradiaban la típica vibración de la segunda mejor suite de un hotel de lujo de la cadena Sandals.

Llegado a ese punto, me daba exactamente igual.

Llevaba en pie desde muy temprano por la mañana y tenía el cerebro saturado con más nombres e información de los que sería razonable que esperasen que pudiera recordar.

Tendría que pedir a Eve Yang que me preparase un diagrama de flujos con todas las empresas de la isla y sus empleados, y luego debería dedicar unos días a memorizar toda la información.

Y, en ese momento, tendría que volver a marcharme para asistir a la Asamblea de Lombardía, donde oiría más nombres y recabaría más información.

A pesar de mi pasado como periodista, era mucho material.

Miré la cama de la suite y me planteé brevemente la opción de ducharme antes de acostarme, pero acabé pensando: «A la mierda», y me dejé caer sobre el colchón. Al menos era mucho mejor que el de un hotel de gama media. Me dormí unos diez segundos después de tumbarme.

Un tiempo indeterminado después, mi consciencia dormida percibió que algo se encaramaba a la cama de un salto, seguido por un segundo brinco menos pesado. Unos segundos más tarde, dos objetos peludos, uno pequeño y el otro todavía más menudo, se tumbaron junto a mí.

Hera y Perséfone.

—No pasa nada —murmuré a Hera con los ojos cerrados, sin acabar de despertarme—. Ya sé que trabajáis para mi tío. No hace falta que finjáis que os caigo bien si no queréis.

Un instante después una pata felina me dio un golpecito en la nariz, como diciendo: «Cállate, humano bobo».

—De acuerdo —murmuré, y me quedé dormido con mis gatas ronroneando a mi lado.