Capítulo 12
El resto del día fue un torbellino. Morrison me llevó de visita por las oficinas y los laboratorios de las distintas empresas de «investigación» de la isla, todas ellas fundadas por el tío Jake y de su propiedad, por lo que ahora me pertenecían a mí.
En cada parada del recorrido, los ejecutivos orgullosos o los directores científicos a los que nos íbamos encontrando me mostraban sus trabajos más recientes, todos ellos proyectos loables y muy nobles que podrían revolucionar sus industrias respectivas y/o salvar el mundo en mayor o menor medida.
El tío Jake localizaba a innovadores jóvenes y ambiciosos, financiaba sus empresas emergentes con los beneficios de los edificios y los garajes de aparcamientos, desarrollaba su tecnología y sus innovaciones, y luego licenciaba los resultados.
Aquello generaba todavía más beneficios sin asumir mayores costes de producción y manufacturación aparte de los prototipos y algún gasto puntual.
Los beneficios de las concesiones de licencias se reinvertían en el holding empresarial de Jake para financiar la siguiente ronda de empresas emergentes.
Todo funcionaba formando un ciclo casi perfecto.
Y, como colofón a toda esa actividad, estaban los usos no ortodoxos que se daba a esas tecnologías, que Morrison me detallaba mientras me llevaba de un despacho o laboratorio al siguiente.
Los láseres para hacer llover que se convertían en cañones abatidores de satélites.
La biotecnología para fabricar fármacos que salvaban vidas que también se podía usar en el desarrollo de drogas indetectables que alteraban el funcionamiento del cerebro, perfectas para debilitar a los enemigos cuando no los querías muertos todavía, solo que no estorbasen.
El nuevo formato de compresión de fotografías que se podía usar para «esteganografía cuántica», que Morrison describió como «la típica foto de gatos pasada por la máquina Enigma».
Ninguno de esos usos heterodoxos se ofrecía como una concesión exclusiva o una venta.
Todos ellos se brindaban como servicios y suscripciones a una clientela selecta que necesitaba cosas malvadas (o al menos disponer de la amenaza de usar cosas malvadas) lejos del escrutinio de la prensa y los accionistas.
El tío Jake, y ahora yo, conservaba celosamente el control de la tecnología y el desarrollo de todas esas funcionalidades alternativas, y en su lugar ofrecía los resultados por un precio astronómico.
A continuación, todos esos pagos circulaban a través de una economía paralela secreta entre milmillonarios y gobiernos que hacían que los escándalos derivados de los papeles de Panamá pareciesen un puñado de críos robando calderilla a sus padres.
—Estos servicios y suscripciones se pueden contratar a la carta —me explicó Morrison tras recordar que probablemente yo necesitaba comer algo y encaminarnos hacia la Cantina de Jenny, la principal cafetería-restaurante de la isla—.
Sin embargo, también disponemos de una suscripción que ofrece pleno acceso a todos nuestros servicios.
—Vamos, que somos como Spotify, pero para el mal.
—Somos mucho menos malvados que Spotify. De hecho, permitimos que las personas cuyo trabajo vendemos se ganen bien la vida.
—¿Y cuánto cobramos por el acceso completo? —me interesé.
—Bueno, la mayor parte de los suscriptores al pleno servicio son gobiernos, así que establecemos el precio como un porcentaje de su producto interior bruto. Para ellos, el precio más bajo es de unos mil millones de dólares.
Al oír la cifra estuve a punto de atragantarme con el zumo de guayaba.
—¿Y pagan esa cantidad?
—Solo es dinero —constató Morrison.
—Piense bien lo que está diciendo.
—Lo estoy meditando bien —replicó—, y usted, como periodista económico, debería entender a lo que me refiero.
El dinero no es una cosa real, Charlie, no cuando negocias con las entidades que poseen las planchas con las que se imprime.
Cuando nos paga el gobierno estadounidense, el chino o el brasileño, todo el dinero que percibimos es negro.
No aparece en ningún proyecto de ley. Solo dicen que lo tienen y nos lo hacen llegar. No existe hasta que decidimos gastarlo.
—Pero lo gastamos —dije haciendo un gesto que englobaba toda la cantina, pero en realidad incluía a toda la Bahía de Jenny y Santa Genoveva.
—Este lugar sale barato, Charlie —dijo Morrison—.
Su tío lo compró por una miseria, en términos relativos.
Los gobiernos de Gran Bretaña y Estados Unidos pagaron la mayor parte de su desarrollo y sus infraestructuras.
Nosotros tenemos que pagar el mantenimiento y las nuevas construcciones, pero esos gastos entran perfectamente dentro de lo que nos podemos permitir.
Casi toda la energía que utilizamos es geotérmica o solar, un detalle que mantiene nuestros gastos totales a un nivel ridículo, y gracias a las empresas que trabajan aquí también mantenemos otros gastos controlados.
—Señaló mi ensalada—. Los ingredientes proceden de nuestro laboratorio de cultivos hidropónicos supereficientes. Todavía no lo hemos visitado.
—¿Y a qué fin malvado sirve nuestro laboratorio de cultivos hidropónicos? —pregunté.
—Ese laboratorio en concreto, a ninguno. Aparte de ofrecer las concesiones habituales, Jake lo tenía para mejorar la autonomía de la isla. Aquí sufrimos huracanes.
—¿Y no cultivamos hierba con el THC potenciado, ni nada por el estilo?
—Joder, Charlie, eso lo cultivan a campo abierto en el condado de Mendocino.
No tenemos ninguna necesidad de entrar en ese segmento del mercado.
—Morrison hizo un gesto refiriéndose a toda Santa Genoveva—.
Lo que quiero decir es que este lugar se paga con las concesiones legítimas que ofertamos y todavía sobra mucho dinero.
Si los granadinos nos sometieran a una auditoría, cosa que no harán de ningún modo, toda nuestra actividad les parecería totalmente honesta.
—En ese caso, ¿qué hacemos con todo el dinero que percibimos por esas suscripciones? —pregunté.
—La respuesta le encantará —anticipó ella—. No hacemos absolutamente nada.
La miré desconcertado.
—No lo necesitamos, Charlie —continuó—. Todo se paga por medios legales, y ese es el motivo por el que los gobiernos pagan nuestras tarifas sin parpadear.
Ese dinero no existe de verdad hasta que lo gastamos, y nunca lo gastamos, simplemente lo ingresamos en un banco privado que poseía su tío en una jurisdicción extremadamente favorable que no hace preguntas y cuyos funcionarios gubernamentales aceptan sobornos con toda la alegría del mundo.
Es como meter todo su dinero en un tarro de cristal y enterrarlo en el patio trasero de casa, pero a mayor escala.
—¿Cómo de mayor? —pregunté—. ¿Cuánto dinero tenemos en el tarro?
—¿Ahora mismo? Algo más de tres billones de dólares.
En ese momento no estaba bebiendo zumo de guayaba, pero consideré agarrarlo de la mesa para poder atragantarme otra vez.
—Eso es el PIB de la India —observé.
—Uno de nuestros clientes —me informó Morrison—. Pero sí, aunque no es una buena comparación. Es el valor de la producción anual de la India. Su tío generó esos tres billones en el transcurso de un par de décadas. No es lo mismo.
—Y lo acumuló todo gracias a las cuotas de suscripción.
—Una parte provenía de las cuotas de suscripción. Otra parte del interés compuesto sobre el capital principal proporcionado por las cuotas de suscripción.
—El interés compuesto —repetí.
—Sí. Del banco que custodia el dinero.
—El banco que él poseía.
—Ese mismo.
—Y a nadie le pareció sospechoso.
—Necesito que se vaya acostumbrando a la idea de que, en estos estratos, las cosas funcionan de un modo distinto, Charlie —dijo Morrison.
—Me está diciendo que mi tío Jake era billonario.
—En teoría, sí.
—Y eso significa que ahora yo soy billonario.
Sentí una presión en el pecho al sopesar la posibilidad de que mi patrimonio neto duplicase holgadamente la suma de las fortunas de las diez personas más ricas del mundo, con casi un billón de añadido.
Morrison se dio cuenta de lo que pensaba.
—Permítame enfatizar un detalle al que estoy convencida que no ha prestado la suficiente atención, Charlie, y son las palabras «en teoría» —dijo—.
Ninguno de los milmillonarios en los que sin duda está pensando ahora mismo tiene el valor neto que les asigna Forbes o cualquier otra publicación.
Todos tienen el mismo problema que tenía su tío, es decir, la liquidez.
Si cualquiera de esos milmillonarios intentase capitalizar sus acciones, hundiría su valor en bolsa.
Si tratase de vender directamente todas las empresas que posee, vendería la mayoría de ellas a unos precios sustancialmente rebajados.
El valor real de cualquiera se reduce al líquido del que dispone o que podría generar de inmediato.
La mayoría de esos «milmillonarios» tendrían suerte si pudieran hacer efectivo el cinco por ciento de su supuesto valor neto.
—Intenta decirme que yo no soy distinto a ellos —intervine.
—No, usted lo tiene mucho peor —dijo Morrison, casi en tono triunfal—.
Si intenta capitalizar algo más que una minúscula porción de esos billones, pronto se encontrará encerrado en una celda carcelaria en uno de los múltiples países suscriptores de nuestros servicios, acusado de un número impensable de delitos bursátiles y de estafa de inversiones mientras todos los demás países argumentan al que lo atrapó primero que necesitan tenerlo encerrado en sus propias prisiones.
Y eso suponiendo que no lo asesinen primero.
Y no será un asesinato de los divertidos, con tiburones.
—Así que soy un simple milmillonario.
Morrison me mostró los pulgares hacia abajo.
Fruncí el ceño.
—¿Millonario?
—Eso se ajusta más a la realidad.
—¿Millonario hasta qué punto? —pregunté—. ¿Cientos de millones? ¿Decenas?