Villano en prácticas Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—El evento al que lo convocaba la invitación que recibió ayer —explicó Morrison, y de paso me recordó que, efectivamente, apenas me la habían entregado el día anterior—. La han bautizado así para que suene importante.

—Es importante —dijo Jacob a la mujer, y volvió a mirarme—. Y este año lo será especialmente porque usted estará presente.

—¿Por qué soy tan relevante de repente?

—Según nuestras fuentes, el resto de los miembros de la Asamblea desea saber si planea continuar con las estrategias empresariales de su tío.

—¿Y qué importancia tiene eso?

Jacobs me miró con el ceño fruncido y volvió a mirar a Morrison.

—Su llegada ha interrumpido la sesión de orientación —me excusó ella.

—Ah. —Centró su atención en mí de nuevo—. Bien, pues alerta de espóiler: su tío no era muy querido entre los miembros de la Asamblea.

—La verdad es que deduje esa parte cuando trataron de apuñalar a su cadáver —comenté—. Y estoy convencido de que he heredado su impopularidad, porque intentaron hacerme saltar por los aires.

Jacobs negó con la cabeza.

—No creemos que fuera un asunto personal.

—Volar mi casa me parece más bien personal.

—Me refiero a que no fueron a por usted como persona, sino como el único pariente superviviente de su tío y su probable heredero.

—Hizo un gesto hacia Morrison—. Ella se lo explicará mejor, pero, como analista, puedo decirle que nuestra hipótesis de trabajo era que uno de los competidores de su tío supuso que, si usted era su heredero, pero no tenía testamento, todos los negocios, las participaciones y el poder que ostentaba pasarían a ser un patrimonio intestado. ¿Ha hecho testamento, señor Fitzer?

—Quería hacerlo, pero no he encontrado el momento.

Jacobs hizo un gesto.

—Pues ahí lo tiene.

—¿Trata de decirme que uno de los colegas de mi tío estaba dispuesto a asesinarme solo por la ventaja estratégica empresarial que podría obtener si yo no había hecho testamento? —pregunté.

—Para ellos era una actuación de bajo riesgo —respondió el agente.

—¿Poner una bomba en una casa es una actuación de bajo riesgo? —exclamé—. ¿Un asesinato con todas las letras es una actuación de bajo riesgo?

Jacobs asintió.

—Por supuesto. Trate de enfocarlo desde su punto de vista. Usted tiene unos treinta y dos años, de modo que probablemente todavía no tiene testamento. De hecho, acertaron en ese aspecto. Pretendían sembrar el caos y provocar el inmovilismo, y para lograrlo solo tenían que freírlo.

—¿Y si el tío Jake no me hubiese dejado ni un centavo y me hubieran matado para nada?

—No le va a gustar la respuesta a esa pregunta, Charlie —me advirtió Morrison.

—Bueno, pues ahora tengo que saberlo —insistí mirando fijamente a Jacobs.

Él se encogió de hombros.

—Usted no tiene ni familiares que le caigan bien o le importen, ni amigos con los que interactúe más allá de algún «me gusta» en Facebook.

Tiene trabajo, pero no una carrera profesional, lo que significa que no tiene compañeros que se preocupen por usted.

Debe algún dinero, aunque no lo suficiente como para que los acreedores no puedan darlo por perdido fácilmente.

La única posesión valiosa que tenía era la casa de su padre, pero solo tenía una participación en la propiedad, y se sabía que estaba a la greña con sus hermanos por ese motivo.

Si el tipo que ardió en su casa hubiera sido usted, en lugar de un federal, la investigación probablemente habría llegado a la conclusión de que, deprimido, solo y furioso con sus hermanos por haber intentado obligarlo a marcharse de su casa, esparció acelerante por las paredes y al terminar encendió una cerilla.

Listo, caso cerrado. Como decía: una actuación de bajo riesgo.

Miré fijamente a Jacobs, estupefacto, y él se dio cuenta.

—Lo siento.

—Se lo dije —me recordó Morrison.

—No era necesario que me lo soltase justo ahora —le espeté, y esta vez le tocó a ella encogerse de hombros.

—A eso me refería cuando le dije que no era nada personal, señor Fitzer —continuó Jacobs—.

Nada de toda esta historia tenía que ver con su identidad como Charlie Fitzer.

Todo giraba sobre su calidad de variable potencial.

Las buenas noticias para usted, si quiere llamarlo así, son que ahora todos saben quién es usted y están muy interesados en ello porque la persona que sea y lo que decida hacer a partir de ahora tendrá un impacto inmediato en sus vidas y sus negocios.

—Genial —mascullé sarcásticamente.

—No quiero decirle cómo debe hacer su trabajo, pero tendría que ponerlo al día lo antes posible.

—Ya le he dicho que ha interrumpido el proceso de orientación —repitió Morrison—. Y tiene razón, no es necesario que me diga cómo debo hacer mi trabajo. ¿Algo más de parte de sus jefes?

—Es todo lo que me han pedido que les diga —declaró el agente—. Salvo el consejo, que he añadido gratis.

—Y vale exactamente lo que he pagado por él —zanjó ella, y volvió a sacarse el móvil del bolsillo—. Bien, Jacobson, ahora me toca a mí ayudarlo. ¿Cómo quiere morir?

Él se animó visiblemente.

—¿Puedo elegir?

—Generalmente los licuamos en un barril —dijo Morrison, ignorándome—. Es sencillo, realista y el vídeo queda espectacular, pero si quiere lo podemos hacer más dramático.

—¿Me pueden arrojar dentro del volcán? —preguntó Jacobson—. Sería alucinante.

Ella negó con la cabeza.

—La verdad es que no estamos preparados para algo así.

Los lugares de la isla en los que el magma se acerca a la superficie están cubiertos de generadores geotérmicos y equipo diverso.

No disponemos de ningún pozo de lava al que podamos arrojar a nadie.

Además, aunque lo tuviéramos, sería anticlimático.

La lava no es como el agua, y en realidad es extremadamente densa.

No se hundiría en ella. Simplemente se quedaría tirado sobre la superficie, tostándose.

—Menuda decepción —lamentó Jacobs.

—Lo siento. —Morrison miró su móvil y leyó algo en la pantalla—.

Podemos ofrecerle herida de bala, tortura y apuñalamiento, ahogamiento con o sin electrocución, y electrocución con o sin ahogamiento.

Si lo prefiere, puede ser estrangulado. Si está decidido a morir de un modo exótico, lo podríamos arrojar al mar para que se lo coma un tiburón, aunque debo advertirle que es una apuesta arriesgada porque a los tiburones no les gusta demasiado comer humanos.

La mayoría de las veces dan un mordisco por probar y luego se alejan nadando.

En ese caso, tendríamos que pescarlo y meterlo en un barril de todos modos.

—Aun así, morir devorado por un tiburón queda fantástico en el currículum —dijo Jacobs.

—Es una opción muy popular —coincidió Morrison—. Hay años en los que matamos a más gente arrojándola a los tiburones que las personas que mueren por ataques de tiburón en los océanos. En cuanto alcanzamos ese nivel, pedimos a todo el mundo que escoja otra alternativa.

—¡Oh! —Jacobs se iluminó de repente—. ¿Y qué me dice de morir víctima de un rayo láser?

—¿Quiere la opción Goldfinger?

—Es casi tan buena como lo del tiburón. Si está disponible.

—Lamentablemente, no lo está —dijo Morrison—. El espacio que usamos para esa opción está ocupado por un productor de litografías por láser y ahora es una sala limpia. Ya no la podemos embadurnar de sangre. Lo siento.

Jacobs parecía enfurruñado.

—No sé qué elegir —confesó.

—Podríamos dejar que lo decida Charlie por usted —sugirió ella.

—¿Qué? —exclamé.

—Sería una buena manera de celebrar su primer día en este trabajo —continuó Morrison.

El agente me miró, expectante.

—Estoy muy confundido —confesé—. Todo esto suena a asesinato de verdad.

—Bueno, señor Fitzer, tiene que quedar bien en cámara —dijo Jacobs—.

Tenemos que fingir mi muerte de un modo que parezca sumamente realista a cualquier observador externo que tenga acceso a las imágenes de la muerte, que será convenientemente grabada porque la grabación se verá sometida a exhaustivos análisis de vídeo o investigaciones concienzudas.

—Hizo un gesto hacia Morrison—. Y el método de asesinato no puede ser siempre el mismo.

Hay que ir variando para dificultar al máximo la labor de análisis.

—Nos gustan mucho los barriles de doscientos litros —apuntó ella—. Sencillo. Clásico. Aguanta bien la investigación exhaustiva.

—No siempre —terció Jacobs.

—Me parece que el problema es que no queréis morir siempre metidos en un barril de plástico.

Miré a Morrison.

—¿Cómo nos metimos en esta línea de negocio?

—Como en todas las demás —contestó Morrison—. Identificamos una necesidad y nos ofrecimos para satisfacerla de un modo más eficaz y barato que el que usaban hasta entonces. La CIA es uno de los clientes de este servicio, pero no desvelaré el nombre de ninguno más en presencia de Jacobs.

—A mí no me importaría oírlos —dijo él.

—No me tiente a hacer que su muerte sea real —replicó mi empleada.

Jacobs esbozó una sonrisa traviesa.

—Perdón.

—Supongo que este servicio es el motivo por el que tenemos reservas de barriles de doscientos litros en las instalaciones. Por si acaso —aventuré.

Morrison asintió.

—Y tiburones. Nos gusta estar preparados para hacer frente a cualquier contingencia, Charlie. Forma parte de nuestro paquete de servicios completos. Bueno, usted decide. ¿Cómo matamos a Jacobs, aquí presente?

Me volví hacia él. Estaba visiblemente entusiasmado por oír lo que fuese a decir a continuación.