Capítulo 11
—Hemos capturado a un agente de la CIA —nos informó Williams en cuanto Morrison y yo entramos de nuevo al complejo principal de edificios.
Se me ocurrió que, a pesar de todo lo que había vivido aquel día, no había visto ni mi despacho ni mi alojamiento.
No estaba seguro de disponer de ninguna de las dos cosas; quizá me asignarían un camastro en la laguna de los delfines—.
Acaba de saltar en paracaídas y ha aterrizado en el centro de la isla.
En realidad, uso el verbo «aterrizar» con benevolencia, porque el paracaídas se le ha enredado en unas palmeras.
No ha sido una de nuestras capturas más complicadas.
—¿Estas cosas ocurren a menudo? —pregunté.
—La mayor parte de la isla sigue estando deshabitada. Saltar en paracaídas entre los árboles siempre es una posibilidad atractiva.
—Fantástico, pero me refería a si solemos ser objeto de invasiones por parte de agentes de la CIA.
—De vez en cuando. No solo son de la CIA. También han llegado agentes del MI6, el Mossad, el servicio de inteligencia francés, y tantos otros, además de mercenarios privados y algún mafioso. —Williams se percató de mi expresión—. ¿Hay algo que lo preocupe?
—No lo sé, es que pensaba que seríamos más clandestinos —confesé.
El hombre sonrió de oreja a oreja.
—Salimos en Google Maps, Charlie. Solo podemos ser clandestinos hasta cierto punto. Todo el mundo sabe que estamos aquí, y también saben lo que hacemos.
—No saben todo lo que hacemos —puntualizó Morrison—. Nos reservamos algunos detalles.
—¿Por qué lo hacemos?
—Hay algunas cosas que todavía no están listas para que podamos compartirlas. Y otras nos las guardamos como ventaja competitiva.
—Como los gatos espía —aventuré.
—Correcto —confirmó Morrison—. Ese es otro de los motivos por los que hemos tenido que traerlo hasta aquí.
Si alguien hubiese averiguado que el Airbnb en el que se alojaba en realidad era una casa franca gestionada por Hera, habría sido perjudicial tanto para nosotros como para muchos de nuestros operativos felinos.
—Sigo sin tener muy claro por qué era necesario espiarme.
Morrison asintió.
—Por supuesto, Charlie, esa era la idea.
Williams carraspeó.
—El agente de la CIA —nos recordó para reconducir la conversación.
—Es verdad. —La mujer se volvió hacia mí—. ¿Qué cree que deberíamos hacer?
—Pues..., ¿qué solemos hacer en estos casos?
—Generalmente los interrogamos —contestó Morrison—. Y, al terminar, a veces los matamos.
—¿La última parte es necesaria?
—¿Quiere que lo encerremos para siempre en una mazmorra?
—¿Tenemos mazmorras? —Miré a Williams.
—Yo no lo llamaría mazmorras —respondió—. Tenemos muchas salas subterráneas, cortesía del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos. Es donde tenemos encerrado al agente de la CIA de momento. Sin embargo, como decía Til, las habitaciones no son muy adecuadas como celdas a largo plazo.
—No estamos diseñados para ser una prisión —explicó Morrison—. Los prisioneros son un engorro. Hay que darles de comer y, de vez en cuando, también hay que darles un manguerazo para que no apesten.
—No sé si me está tomando el pelo.
—Le estoy tomando el pelo en casi todo.
—Ese «en casi todo» tiene mucho peso en la frase.
—¿Qué le parece si vamos a conocer a nuestro agente de la CIA y luego ya veremos? —propuso Morrison.
—¿Quiere que lo interrogue yo? —Me gustaría poder decir que la voz no se me quebró al final de la oración, pero no sería del todo cierto.
—Le diré lo que vamos a hacer —dijo ella—. Esta vez me ocuparé yo del interrogatorio, así podrá aprender cómo los hacemos por estos lares. Una vez que hayamos acabado, podrá decidir qué hacemos con el agente de la CIA: muerte o almacenamiento a largo plazo.
La sala de interrogatorios fue anticlimática, ya que, en realidad, se trataba de la misma sala de juntas en la que hacía un rato me habían comenzado a mostrar una presentación de PowerPoint.
El supuesto agente de la CIA estaba sentado en una silla cerca del extremo de la mesa.
Era un hombre de mediana edad, más bien joven, de aspecto bastante corriente y ataviado con un uniforme de camuflaje.
Le habían dado un vaso de agua, que tenía casi lleno, y en ese momento estaba absorto acariciando a Hera, quien se había tumbado bocarriba delante de él sobre la mesa y se dejaba rascar la tripa.
Habían escondido el teclado o bien se lo habían llevado, y nada dejaba entrever que fuese algo más que una simple gata.
—Me han enviado a su mejor interrogadora —dijo el hombre refiriéndose a Hera mientras Morrison y yo entrábamos en la habitación—, pero no ha conseguido hacerme cantar. —Bromeaba.
—Confíe en mí: si hubiera querido hacerlo cantar, ya habría cantado —dijo la mujer. No bromeaba, aunque el hombre de la CIA no lo sabía. Se sacó el móvil del bolsillo y abrió una aplicación—. ¿Listo para la verificación?
—¿Qué pasará si meto la pata con el código? —preguntó el agente.
—La gata lo matará —contestó Morrison.
—Oooh —dijo el hombre de la CIA, sin saber que probablemente era cierto—. Estoy listo.
—Clave, clave, do, contrabajo —recitó ella.
—Mozart, Schönberg, Adams, Bach —replicó el agente.
—Ha pronunciado mal Schönberg.
—Las vocales con diéresis siempre me cuestan.
—De acuerdo —dijo Morrison.
—¿Y ya está? —pregunté con incredulidad—. ¿Una contraseña fácilmente descifrable que parece sacada de la Segunda Guerra Mundial?
—Adams es un compositor posterior a la guerra —puntualizó el hombre de la CIA.
—Y esa no era la contraseña —aclaró la mujer, y señaló a Hera—. Ella es la contraseña.
—¿Hera la gata?
—Se suponía que, si veía un gato, debía hacer algún comentario al respecto —explicó el agente—. Ella debía dar su respuesta en función de lo que yo dijese. Todo lo que hemos dicho hasta su «de acuerdo» era la contraseña.
—Sigue siendo descifrable —insistí.
—Por eso hemos contrastado su cara con nuestra base de datos en cuanto ha entrado por la puerta —replicó Morrison—.
Si hubiera saltado en paracaídas y no figurase en nuestra lista de invitados, las cosas habrían seguido un camino muy distinto, aunque conociera la contraseña.
La contraseña solo era una confirmación.
La miré embobado.
—Sabían que iba a venir.
—No sabíamos que iba a ser él en concreto, pero sí que sería alguien de la CIA.
—Pero...
—Pero se supone que deberían matarme —concluyó el agente.
—Bueno, sí.
El hombre de la CIA se volvió hacia Morrison.
—Se nota que es nuevo —comentó.
—No le toque las pelotas, todavía puedo hacer que la gata acabe con usted.
—Estoy muy confundido —admití.
—Uno de los servicios que ofrecemos es la destrucción y reconstrucción de identidades —me informó mi empleada—. Está aquí para fingir su muerte y obtener una nueva identidad.
—¿Y eso no lo puede hacer la propia CIA? —pregunté—. Parece coser y cantar para ellos.
—Pueden hacerlo, pero a veces quieren que se haga fuera de su sistema.
—¿Por qué motivo?
—Por los motivos que sean —dijo Morrison—.
Nosotros no preguntamos y ellos no nos los cuentan.
Sin embargo, suponemos que, en ocasiones, desean borrar a alguien del mapa tan radicalmente que no se arriesgan a que nadie en Langley pueda desvelar que ha adoptado una identidad falsa.
Ni se imagina lo difícil que es guardar secretos en los tiempos que corren.
—Y el truco funciona en la era del reconocimiento facial y la biometría —dije mientras hacía un gesto hacia el hombre que iba a ser víctima inminente de un asesinato fingido.
—Bueno, a usted le ha permitido salir del país, ¿no es cierto, Desmondo? —me espetó el agente, y miró a Morrison—. Por cierto, captamos la referencia a El fugitivo .
—Entonces pueden dar por hecho que era nuestra intención —replicó Morrison—.
Si hubiéramos querido ser más discretos, teníamos otras identidades a punto.
Y ahora, señor... —echó un vistazo al móvil— Evan Jacobs, analista del Departamento de la CIA, ha llegado la hora del interrogatorio. Tiene información para mí.
—Correcto —confirmó él—. Y la primera parte tiene que ver con Desmondo, aquí presente.
Deben saber que lo han descartado como sospechoso en la investigación por el asesinato de un agente federal.
El vídeo de las cámaras de seguridad que su abogado tuvo el detalle de proporcionarnos lo absuelve por completo.
Miré a Hera, que se tumbó de nuevo en la mesa y gorjeó. Jacobs la acarició distraído.
—Eso son buenas noticias —dijo Morrison.
—Para no dar más trabajo del necesario a todo el mundo, ignoraremos los documentos gubernamentales falsificados, que, por cierto, constituyen un delito grave que le podría suponer una condena de hasta veinticinco años.
—El agente me miró—. Señor Fitzer, háganos un favor y entierre a Desmondo en el patio de atrás.
Si vuelve a asomar la cabeza, varias ramas distintas del gobierno de Estados Unidos se verán obligadas a no ignorarlo.
—Entendido —accedí.
—Gracias.
—¿Quién puso la bomba que mató a su hombre? —preguntó Morrison.
—Todavía no lo sabemos. Sucedió en casa y Dios sabe que su antiguo jefe tenía un buen puñado de enemigos entre los ciudadanos de Estados Unidos, así que el FBI se está haciendo cargo de la investigación.
Morrison hizo un ruidito desdeñoso.
—Estoy seguro de que lo harán bien —dijo Jacobs—. Por nuestra parte, estamos en contacto con los agentes infiltrados en los círculos que frecuentaba su jefe, pero, de momento, no hemos descubierto nada. —Me volvió a mirar—. Quien fuera que quería verlo muerto de momento está siendo discreto.
—No creo que sea nada bueno.
—No lo es, y eso nos lleva a una última cuestión, señor Fitzer. Nuestros infiltrados no saben quién intentó asesinarlo, pero sí nos han informado de que su inminente presencia en la Asamblea de Lombardía despierta un interés notable.
—¿Mi presencia dónde? —Miré a Morrison.