Capítulo 10 #2
—Es real —dijo Morrison—. Aunque si pulsara cualquiera de esos botones no pasaría nada porque Eve Yang todavía no ha terminado de introducirlo en el sistema.
Necesita un identificador propio telefónico y biométrico para operarlo, pero, una vez que figure en el sistema, sí, sin ninguna duda, podría freír ese satélite.
O bien, si no lo quiere destruir, puede usar el láser para empujarlo fuera de su órbita o para interferir en su sistema de comunicaciones.
—Estiró el brazo para recuperar el móvil y se lo devolví encantado.
Cerró la aplicación y se guardó el teléfono de nuevo en el bolsillo.
De momento, el espía satélite chino estaba fuera de peligro.
—O sea, que hemos concedido la capacidad de abatir satélites extranjeros al... Departamento de Agricultura de Estados Unidos —concluí.
Morrison sonrió al oírlo.
—La versión móvil del Chac Cuatro solo puede trastear con las nubes —aclaró—.
Es lo que solicitó Mayland-Gibson y es lo que les entregamos.
Entre los diversos motivos restantes por los que su versión no puede abatir satélites se encuentra el hecho de que la batería portátil no tiene suficiente potencia para proyectar un rayo coherente fuera de la atmósfera.
En cambio, aquí, este prototipo Chac Cuatro tiene unas especificaciones técnicas distintas, más potentes, y absorbe una cantidad de energía casi ilimitada generada por un volcán activo.
—¿Y con eso basta para fulminar un satélite?
—Con eso bastaría para grabar mis iniciales en el Mar de la Tranquilidad, Charlie.
—No... no puedo verificar esa información —observé.
—Si quiere comprobarlo, tenemos un telescopio.
—¿Y cómo sacamos partido de esta habilidad? —pregunté—. ¿Chantajeamos a gobiernos o empresas? «¿Dadnos dinero o haremos añicos vuestros satélites?»
—Intentar chantajear a Estados Unidos o China sería una forma fantástica de lograr que Santa Genoveva quedase reducida a un cráter humeante —dijo Morrison—. Las amenazas son para los villanos zoquetes, Charlie. Los villanos más inteligentes ofrecen servicios.
Parpadeé.
—¿Ofrecemos un servicio de derribo de satélites?
—Contamos con una clientela selecta que, a cambio de una cuota de reserva anual, tiene a su disposición la opción de usar nuestra capacidad para infligir desafíos logísticos a sus competidores. En el espacio.
—Eso es un sí.
—Es un «ganamos mucho dinero ofreciendo un servicio que nadie usa». Los integrantes de la cartera de clientes que atesoramos no nos pagan para abatir satélites. Nos pagan para tener la satisfacción de saber que podrían fulminar satélites en el espacio si quisieran.
—¿Y cuánto están dispuestos a pagar por esa satisfacción?
—El año pasado, Baldwin Consultants, la empresa a través de la cual su tío filtró a todos estos suscriptores, ingresó sesenta y ocho millones en concepto de servicios de consultoría en tecnología de satélites.
—Es mucho dinero.
—Y también es puro beneficio. —Morrison señaló el Chac Cuatro con la barbilla una vez más—.
Todo el proceso de investigación y desarrollo de la tecnología Chac está financiado por Mayland-Gibson, que obtiene el capital de subvenciones gubernamentales.
Regenwolke Systems no invirtió ni un centavo del dinero de su tío en el proyecto.
Desarrollamos la tecnología sin coste alguno para nosotros y, aunque somos los propietarios de las patentes subyacentes a la tecnología para provocar la lluvia, cedemos a MG una concesión exclusiva para monetizar esa utilidad concreta del diseño, y ahora ofrecemos un modelo de suscripción que tan solo nos obliga a mantener operativa esta iteración concreta de dicha tecnología.
—Es asombroso —valoré—. Y ridículo.
—Lo auténticamente asombroso y ridículo es que tenemos suscripciones de competidores directos —explicó Morrison—, de modo que, si uno de ellos nos dice que derribemos los satélites de la competencia, tenemos órdenes de destruir los satélites de ambas compañías.
Y las empresas implicadas saben que su competidora también está suscrita a nuestro servicio, de lo que se deriva que ninguna puede cancelar la suscripción porque, en ese caso, quedaría a merced de la otra.
—Destrucción mutua asegurada con una cuota de suscripción.
Morrison asintió.
—Por eso no tenemos ninguna necesidad de chantajear a nadie, Charlie. Se chantajean entre sí y nos pagan la cuota a nosotros.
—Es perfecto.
—Es villanía.
—Creo que lo voy pillando.
—Estupendo, porque tenemos un porrón de mierda de este tipo en marcha. Lo necesitamos a bordo, y tiene que ser ya.
Iba a contestar cuando sonó el teléfono de Morrison.
—Adelante —dijo, y escuchó a su interlocutor durante un par de minutos antes de mirar hacia arriba—. Sí, entendido, ya lo veo. —Seguí la dirección de su mirada, pero no vi lo mismo que ella. Sin embargo, sí oí un rugido retumbante, el ruido de algún tipo de motor.
Morrison colgó y me miró.
—En marcha, tenemos que volver —anunció.
—¿Qué pasa?
—Vamos a llevar a cabo otra de nuestras especialidades —explicó—, y esta es un poco más peliaguda.