Capítulo 10
Un retrato de Ernst Stavro Blofeld apareció en la pantalla. Lo acompañaba un gato persa.
—Cuando piensa en un villano, es probable que se imagine algo parecido a esto —dijo Eve Yang.
Era la directora del Departamento de Recursos Humanos de Allegheny en Santa Genoveva y, al parecer, estaba al mando de mi sesión de orientación—.
O puede que algo como esto. —Una fotografía del Doctor Maligno con el dedo junto a la boca sustituyó a la anterior—.
O incluso esto. —El Doctor Maligno dio paso a una imagen de Thanos, sin duda tomada poco después de que aniquilara a medio universo, una estrategia sin pies ni cabeza desde el punto de vista de la escala, aunque, como era imposible discutir contra miles de millones en taquilla, no dije nada.
Apareció una nueva imagen, una foto de stock de un grupo de personas jóvenes, atractivas y de culturas diversas vestidas con trajes.
—Sin embargo, en realidad tienen este aspecto —continuó Yang.
Asentí.
—Autómatas corporativos sin alma —dije.
Ella frunció los labios.
—Creo que el razonamiento no iba por ese camino —apuntó Morrison.
Asistía a la sesión junto a Williams y Hera, que estaba sentada tras su propio escritorio con un teclado. Me alegraba hasta un extremo poco razonable de volver a ver a mi gata.
—Perdón —me disculpé—. Banqueros de inversiones.
—Charlie.
—Perdón —dije a Yang.
Ella esbozó una sonrisa tensa antes de proseguir.
—Tienen el mismo aspecto que el resto del mundo —concluyó.
«Como los asesinos en serie», pensé, pero no lo dije en voz alta porque, a esas alturas, ya me había dado cuenta de que mi público no sabía apreciar los comentarios jocosos.
La sala de juntas en la que nos habíamos reunido era deprimentemente normal, y formaba parte de unas instalaciones igual de deprimentemente normales.
Salvo por el detalle de que estaba situada en una pequeña isla volcánica caribeña, y que en ella había delfines parlantes y gatos que sabían teclear, podría haber sido la sala de juntas de un hotel de cualquier cadena hotelera de gama media situado en cualquier lugar del mundo.
Incluso había botellines de agua, aunque eran de papel biodegradable.
La villanía de mi tío no llegaba al extremo de usar plástico de forma irresponsable.
—El motivo por el que tienen el mismo aspecto que el resto del mundo es que «villano» no es ni un estado mental ni un juicio de valor —prosiguió Yang—. Es la etiqueta que describe un puesto laboral.
Yang pulsó un botón del mando a distancia que sujetaba y la gente sonriente de la fotografía de stock desapareció y cedió su lugar a una nueva diapositiva con las palabras «¿Qué significa ser un villano?» escritas en amarillo sobre un fondo azul degradado.
—¿Dan esta charla a todas las nuevas contrataciones? —susurré a Morrison.
—A todos los ejecutivos y directivos, correcto —contestó—. Cállese y preste atención.
Me callé y presté atención.
Y lo que escuché fue que los villanos, al menos en lo relativo a aquella presentación de recursos humanos en concreto, no eran ni mala gente ni personas malvadas.
Eran agitadores profesionales, aquellos que observaban sistemas y procesos, daban con sus puntos débiles, los vacíos legales y las consecuencias imprevistas de cada uno de ellos, y sacaban partido de todas esas debilidades, ya fuera en beneficio propio o para favorecer a su cartera de clientes.
Según la explicación de Yang, esas actividades no eran inherentemente buenas ni malas por sí mismas, ya que su «bondad» o su «maldad» dependían plenamente de la perspectiva del observador.
—En ese caso, ¿qué sentido tiene hacerse llamar villano? —pregunté.
Yang frunció los labios de nuevo. Estaba claro que yo no era su persona favorita, aunque fuese su nuevo jefe.
—¿Tiene algún problema con esa palabra?
—No —repliqué—. Solo que el sentido que se le ha dado durante siglos es distinto del que me está tratando de dar a entender durante la presentación, por más que intente endulzarlo.
—¿Qué palabra preferiría usar? —intervino Morrison.
—No lo sé, soy nuevo en este sector —me excusé—. ¿Explotadores de sistemas? ¿Mineros de vacíos legales? ¿Arbitrajistas del caos?
«NO TIENES NI IDEA DE MARKETING » , tecleó Hera.
—Deberíamos pulir un poco la expresión —admití.
Yang abrió la boca para decir algo, pero Morrison levantó la mano.
—Su tío insistía en que usásemos ese término —me informó—.
Por definición, todo lo que hacemos aquí desembocará en consecuencias negativas para las personas cuyos sistemas y procesos perturbamos.
Al adoptar el nombre «villano» para describirnos, le robábamos poder cuando otra gente lo usaba para referirse a nosotros.
Señalé la presentación.
—Entonces, ¿qué sentido tiene todo esto? ¿Para qué lo racionalizan?
—Si me permiten continuar con la presentación... —comenzó Yang.
—De hecho, dejémosla aquí —la cortó Morrison, y la otra mujer hizo una mueca de disgusto—. La presentación es para gente que ya ha aceptado lo que hacemos aquí. Charlie todavía trata de negárselo.
—No es lo ideal para el supuesto jefe —meditó Williams, y estiró el brazo hacia una de las botellas de agua sin plástico.
—Yo no me niego nada —me defendí—. Estoy aquí, ¿no?
«TU ÚNICA ALTERNATIVA ERA UN HOTEL CUESTIONABLE SIN ROPA LIMPIA —tecleó Hera—. Y EL FBI QUERÍA INTERROGARTE.»
—Razón de más para abrazar vuestro programa —repliqué.
—No, estoy de acuerdo con Til —terció Williams—. El PowerPoint no es para usted.
—Solo he hecho una pregunta —protesté, y me volví hacia Yang—. ¿Me está diciendo que nadie más le pregunta por qué se hacen llamar villanos?
Ella miró a Morrison y negó con la cabeza.
—Cuando llegan aquí, ya forman parte del programa —aclaró—. El objetivo de esta presentación es proporcionarles un marco de trabajo para reflexionar acerca del término.
—Para que sepan que no todo son risotadas diabólicas y conspiraciones para dominar el mundo con un láser gigante —añadí.
Yang volvió a mirar a Morrison.
—Un momento, ¿hay una conspiración para dominar el mundo con un láser gigante? —pregunté.
—Este es el Chac Cuatro —dijo Morrison señalando un objeto del tamaño de un contenedor de mercancías que se alzaba en su propia plataforma de hormigón en el exterior de un laboratorio.
En lo más alto del objeto había una especie de tubos que apuntaban hacia el cielo, en el que holgazaneaban unas pocas nubes blancas.
Ella y yo habíamos venido a la excursión.
Yang se había quedado, probablemente para preparar más material que yo pudiera interrumpir, y Williams se había marchado porque dirigía aquel lugar y tenía trabajo de verdad. Hera, una gata, se echaba la siesta.
—¿Qué es un chac ? —pregunté mientras contemplaba todo el dispositivo.
— Chac es la palabra maya para la lluvia —explicó Morrison—. El Chac Cuatro es la cuarta versión de la máquina para provocar lluvias que Regenwolke Systems, una de las empresas tecnológicas más pequeñas de su tío, está fabricando para Mayland-Gibson bajo un acuerdo de subcontratación.
—Mayland-Gibson, el gigante contratista gubernamental —dije.
Había redactado un artículo sobre la empresa unos años atrás, acerca de un pequeño escándalo contable.
Una vicepresidenta de la compañía había comprado un Tesla a su amante con dinero de los contribuyentes.
La historia no había acabado bien para ella.
—Correcto —confirmó Morrison, e hizo un gesto hacia el Chac Cuatro—.
Este proyecto forma parte de un contrato de MG con el Departamento de Agricultura para proporcionar a los granjeros de la parte occidental de Estados Unidos una tecnología fiable para provocar lluvias.
Se apunta el láser hacia las nubes, el rayo ioniza las moléculas de agua de su interior, y eso contribuye a desarrollar la lluvia, o algo por el estilo.
—Y funciona de verdad —dije.
—Funciona lo bastante bien como para que vayamos por la cuarta versión de este trasto.
La primera era del tamaño de un granero y no muy portátil.
Esta versión es lo bastante pequeña como para permitir su traslado en camión hasta la ubicación de las nubes.
Actualmente hay uno deambulando por la zona oeste de Texas.
—Entendido —dije—. Entonces, ¿dónde está la villanía? ¿Dónde está el complot para dominar el mundo?
Morrison se metió la mano en el bolsillo del traje y sacó algo que parecía su móvil, lo tocó y me lo entregó en modo panorámico.
En la pantalla había una aplicación que mostraba una pequeña representación curvada de la Tierra y una gran cantidad de puntitos minúsculos formando una nube sobre ella.
Los puntos de la nube se movían, y algunos desaparecían por un lado de la pantalla a la vez que otros aparecían por el opuesto.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Es un mapa de todos los satélites artificiales que actualmente sobrevuelan Santa Genoveva —contestó Morrison—. Toque uno de los puntos. Cualquiera servirá.
Toqué uno de los puntos. La imagen se expandió y apareció un pequeño cuadro de diálogo que identificaba a su propietario y operador como el Ministerio Nacional de Defensa Chino. Apareció una nueva ventana de diálogo: «Toque aquí para rastrear». Pulsé la opción.
Uno de los tubos de la parte superior del Chac Cuatro cobró vida y osciló. La pantalla mostró un nuevo cuadro de diálogo. «Toque aquí para activar».
—Me pregunta si lo quiero activar —dije.
—Puede pulsar esa opción, aunque puede que quiera esperar un momento después de aceptarla —me advirtió Morrison.
En cuanto seleccioné la activación me di cuenta del motivo por el que me había aconsejado que no continuase pulsando botones. En ese momento se me presentó una nueva ventana de diálogo con tres opciones: «Interferir», «desestabilizar» y «destruir».
Miré a Morrison.
—¿Va en serio?
—¿Se refiere a si de verdad podría pulsar un botón y usar el Chac Cuatro para abatir un satélite espía chino?
—Sí, es exactamente lo que quiero decir.