Capítulo 9
Las oficinas de la División Cetácea estaban a un corto paseo del muelle, en una laguna artificial parcialmente cercada que se extendía unos doscientos metros.
Dentro del agua, un grupo de delfines considerablemente nutrido nadaba y jugaba.
La mayoría iban de un lado a otro sin ningún tipo de organización (o al menos a mí me parecía un movimiento desorganizado), pero, hacia la mitad de la laguna, y cerca de una pared interior, seis de ellos se congregaban en dos filas en el agua y chillaban como locos a una mujer con traje de neopreno. Ella no parecía nada contenta.
—¿Qué está pasando? —pregunté mientras nos acercábamos a los delfines.
—Están exponiendo sus reivindicaciones —contestó Williams.
—¿Y qué reivindicaciones puede tener un delfín?
—Más bien debería preguntar por lo que no reivindican —intervino Morrison.
Llegamos al final del camino y nos detuvimos en la plataforma situada cerca de la laguna. La mujer del traje de neopreno se dio la vuelta y nos vio.
Una confesión: hasta ese momento, nunca había visto un delfín en la vida real.
Lo retiro. Probablemente vi alguno durante alguna excursión al Shedd Aquarium en quinto de primaria, o algo así, pero nunca había hecho esfuerzo alguno por ir a ver a ninguno.
Excursiones aparte, los acuarios no eran mi debilidad y, como adulto, las atracciones basadas en «nadar con los delfines» me parecían explotadoras e inquietantes.
No me imagino a un delfín deseando de verdad pasar la vida entre los abrazos de un desfile de podólogos borrachos y niñas preadolescentes, y no me emocionaba perder el tiempo haciendo cola con miembros de cualquiera de los dos grupos para hacer lo mismo.
Durante nuestra luna de miel en Maui (lo sé), Jeanine y yo contratamos un crucero de la puesta de sol (lo sé) que prometía avistamientos de delfines (lo sé), pero los organizadores del crucero no se lo consultaron a los delfines, y ninguno se presentó a las citas.
Ese fue el crucero en el que Jeanine descubrió que se marea desesperadamente en los barcos de tamaño mediano, y me vomitó tres mai tais y el bufé luau del barco en los pantalones y las sandalias.
No fue un gran comienzo para nuestra vida de casados.
No creo que ver delfines lo hubiese enderezado.
Dejando a un lado el hecho de que aquellos seis delfines estaban dispuestos en dos filas ordenadas de tres individuos cada una, y que los seis nadaban en silencio por el agua que teníamos justo delante, parecían delfines normales y corrientes.
Era consciente de que debían ser de alguna especie en concreto, pero no tenía ni la más remota idea de cuál podía ser; la fisiología de los delfines no era mi especialidad.
Sin embargo, sí me fijé en que uno de ellos, situado hacia el centro de la primera fila, no se alejaba de algo que parecía un micrófono.
—¿Hablan? —pregunté.
El delfín chilló algo al micrófono.
—¿Quién es este soplapollas? —tradujo un altavoz cercano.
—Supongo que eso es un sí.
—¡Soplapollas! ¡Soplapollas! —corearon el resto de los cetáceos al unísono.
La mujer del traje de neopreno se giró de nuevo hacia ellos.
—Es vuestro nuevo jefe, pedazo de cretinos sin pulgares.
—¡A la mierda con él! ¡Y a la mierda con vuestra visión manucéntrica del mundo!
—¿Manucéntrica? —pregunté.
—No es lo que cree —explicó la mujer del traje de neopreno al tiempo que salía del agua y se me acercaba—. Manus significa «mano» en latín; «Manucéntricos» es su palabra favorita para acusarnos de intolerantes.
—¡A la mierda vuestros dedos! —gritó el delfín del medio.
—¡A la mierda los dedos! ¡A la mierda los dedos! —corearon los demás.
Hablando de manos, la mujer del traje de neopreno me ofreció una de las suyas.
—Astrud Livgren. Relaciones cetáceas.
Le estreché la mano.
—¿Y qué tal van esas relaciones?
Astrud echó un vistazo a su espalda.
—Más o menos como siempre.
—¡Es una cabrona! —rugió el delfín del medio.
—Entonces, ¿siempre son así?
—¡Estamos aquí, joder! ¡Nos lo puedes preguntar a nosotros, escroto de simio bípedo!
Miré a Livgren con las cejas arqueadas.
—Lo de «escroto de simio» es nuevo —explicó—. Mezclan y engarzan insultos para comprobar cuáles funcionan mejor. Se acostumbrará. —Hizo un gesto hacia los delfines—. Adelante, por favor.
Me acerqué a ellos, que dejaron de chillar.
—Hola —saludé—. Sois los primeros delfines que conozco.
—Vaya, puto-yupi-joder-qué-bien —replicó el delfín central.
Por un instante, me pregunté cómo debía de ser un programa capaz de registrar los chirridos de un delfín y traducirlos por «puto-yupi-joder-qué-bien», pero seguí adelante.
—Me llamo Charlie Fitzer.
—Hola, Charlie —saludó el delfín—. Yo soy Me Importa Un Huevo, y estos son mis socios Me Da Igual, Que Te Jodan, Vete A La Mierda, Que Arda Todo y Mata A Los Ricos.
—Encantado —dije—. Tengo entendido que hay algún tipo de conflicto laboral.
Me Importa Un Huevo resopló.
—Lo dices como si fueses a hacer algo.
—Yo también formé parte de un sindicato. Era de la Unión de Trabajadores del Chicago Tribune .
—Pero ya no, ¿verdad? ¡Ahora eres de dirección! ¡Una fístula supurante burguesa y opresora!
—¡Fístula burguesa! ¡Fístula burguesa! —corearon los otros delfines.
—Francamente, me gusta bastante vuestra forma de expresaros —comenté.
—No nos trates con condescendencia, colección ambulante de verrugas —me espetó Me Importa Un Huevo—. Si vas a continuar con las políticas laborales represivas de tu tío, ya puedes dar media vuelta e irte a tomar por culo.
—¡A tomar por culo! ¡A tomar por culo!
Miré a Morrison, que estaba detrás de mí.
—¿El tío Jake estaba en contra de los sindicatos? —pregunté.
—Opinaba que los animales carecen de un estatus legal que les permita formar sindicatos —respondió Morrison.
—¿Y los gatos qué opinan de ese asunto?
—La mayoría forman parte del cuerpo directivo.
—Los gatos son unos putos traidores a su clase —dijo Me Importa Un Huevo—. Son una panda de pequeños colaboracionistas peludos.
—¿Cómo...? —Me volví hacia Livgren—. ¿Cómo es posible que los delfines tengan conciencia de clase?
—Las sociedades de los delfines son complejas —contestó ella—.
No se ajustan necesariamente punto por punto a las sociedades humanas, pero sí que se establecen analogías a grandes rasgos y, por lo visto, la idea de la clase social funciona entre ellos.
Además, mi predecesor en el puesto les leía El capital y otros textos sobre economía.
—Hemos recibido una educación mejor que la tuya, Habsburgo trasnochado sin pliegues en el cerebro —dijo Me Importa Un Huevo.
—Fui a la Northwestern —repliqué, apenas un pelín a la defensiva.
—¡Ooooooh, si fue a la Northwestern! —se burló Me Importa Un Huevo—. Estarás orgulloso, es el puto felpudo de las Big Ten.
—¡Felpudo! ¡Felpudo!
—Olvidas Rutgers —apunté, pero miré de nuevo a Livgren—. De todos modos, resulta bastante esotérico que una criatura marina conozca esa información.
Livgren se encogió de hombros y señaló algo.
—Hay un proyector láser y tienen acceso a un mando a distancia. Ven muchas cosas en su tiempo libre, y una de ellas son los partidos de fútbol americano universitario.
—¿Y a qué se dedican cuando están trabajando?
—Llevan a cabo tareas de seguridad y vigilancia —respondió Livgren—. Patrullan las aguas circundantes y nos alertan si ven a alguien o algo fuera de lo habitual. También recaban información sobre los movimientos de los barcos y las comunicaciones.
—Es mucho trabajo —comenté.
—No podéis hacer una mierda sin nosotros —intervino Me Importa Un Huevo—. Sería una lástima que tuviésemos que ir a la huelga.
—¿Habéis ido a la huelga otras veces? —pregunté.
Me Importa Un Huevo cerró el pico y miró hacia otro lado.
—Han amenazado con ir a la huelga otras veces —explicó Williams cuando me volví hacia él—. Siempre se echan atrás.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque carecen de palancas con las que presionarnos —respondió Morrison.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que somos putos esclavos —dijo Me Importa Un Huevo.
Lancé una mirada acerada a Morrison.
—Pueden irse cuando les parezca —explicó ella—. No los rastreamos. Bueno, sí que lo hacemos mientras trabajan porque forma parte de su puesto, pero si uno o más delfines deciden que quieren marcharse, pueden hacerlo. Sin embargo, no se van.
—¿Por qué? —pregunté a Me Importa Un Huevo.
—Por el mismo motivo por el que tú no te marchas de tu casa para ir a vivir a la selva con una puta tribu de bonobos, hoguera de escombros pustulosa —replicó Me Importa Un Huevo.
El filtro de la traducción automática no me impidió detectar el poco entusiasmo que había puesto en ese último insulto el delfín (¿o era una hembra?
No sé distinguir el género de los delfines y no era un buen momento para preguntar).
—Ser inteligente tiene ciertas desventajas —terció Livgren—.
O, mejor dicho, tener una inteligencia más humana que otros miembros de su misma especie.
—Hizo un gesto hacia los seis delfines—.
Se aburren fácilmente y no se integran bien con los miembros no adulterados de su especie.
Ya han visto cómo suelen tratar los humanos a los mamíferos marinos cautivos.
—Puto Blackfish —masculló Me Importa Un Huevo.
—Protestan mucho, pero también son conscientes de las alternativas —continuó Livgren—. Les pagamos generosamente el trabajo que hacen, los cuidamos bien y atendemos sus necesidades personales y grupales. Es una compensación justa a cambio de las tareas que llevan a cabo.
—No es solo eso y lo sabes —la interrumpió Me Importa Un Huevo, y creo que fue la primera frase que le escuché pronunciar sin un insulto, una obscenidad, o ambas cosas.
Antes de que tuviera tiempo de preguntarle a qué se refería, Williams carraspeó.
—Charlie, debemos atender otros asuntos.
—Sí, eso, huye como un cagón —dijo Me Importa Un Huevo.
—¡Huye! ¡Huye!
—Volveremos a ocuparnos de este asunto —dije—. Hay más detalles que debo saber.
—Por supuesto —accedió Williams con una sonrisa—. Ahora usted es el jefe, Charlie. No es necesario que haga las cosas como las hacía su tío. Sin embargo, su tío lo hacía todo por un motivo, y debería conocer esas razones. —Me hizo un gesto para invitarme a alejarme de los delfines.
—No vayáis a la huelga de momento, por favor —solicité a Me Importa Un Huevo.
—Anda, si lo pide «por favor», eso lo arregla todo —replicó él. Era evidente que el momento de paz había quedado atrás.
—Investigaré a fondo esta cuestión —le prometí.
—Northwestern es un asco —contestó Me Importa Un Huevo.
—¡Es un asco! ¡Es un asco! —corearon los otros delfines.
—¿Qué le parece? ¿Ha sido como se lo esperaba? —me preguntó Morrison mientras nos alejábamos de la laguna.
—La verdad es que no sé ni cómo quería que fuese ni lo que esperaba —admití.
—Dudo mucho que contase con ver a delfines que dicen «puto» —aventuró Morrison.
—Por lo visto, usan mucho esa palabra.
—Si fuese un delfín sin opciones en la vida, tal vez usted también usaría mucho la palabra «puto», Charlie.
Reflexioné un momento acerca del comentario.
—¿Está de parte de los delfines? —pregunté.
—Entiendo su postura.
—¿Y está de acuerdo con ellos?
Morrison me miró.
—Mi trabajo no era estar de acuerdo o en desacuerdo con ellos. Mi trabajo consistía en hacer realidad los deseos de su tío.
—Esa descripción deja mucho espacio para la flexibilidad moral —opiné tras meditar un instante sus palabras.
—Es un buen eufemismo para describirlo —coincidió Morrison.
—¿Y ahora en qué consiste su trabajo? —pregunté.
—Mi trabajo es el mismo —respondió—, solo que ahora usted también está implicado. Ha llegado el momento de poner a prueba la flexibilidad de su moral, Charlie, y debe saber que necesitará una puesta a punto radical.