Capítulo 8
En cuestión de un par de años, el plan de desarrollo de un complejo turístico degeneró en el caos, demolido por visiones encontradas, costes de construcción desaforados y tejemanejes varios.
Antes del cambio de siglo, los diversos inversores de la Sociedad por el Desarrollo de Genoveva vendieron su participación en el proyecto, a menudo por una auténtica miseria, a uno de los inversores iniciales más pequeños, Allegheny Hospitality S.
R. L. A la llegada del nuevo milenio, Allegheny Hospitality era la única propietaria del terreno y los derechos de desarrollo de toda la isla de Santa Genoveva, y se había hecho con todo el conjunto aproximadamente por el mismo importe que costaría un ático en el Upper West Side de Manhattan, o una mansión en la ladera de Malibú.
En lugar de seguir adelante con los planes de convertir Santa Genoveva en una destinación turística, Allegheny Hospitality retomó la actividad de investigación y desarrollo, reequipó la antigua base de inteligencia con nuevo instrumental y sistemas energéticos renovados, e invitó a empresas científicas y tecnológicas a aprovechar las bondades de tener a su disposición energía limpia, una relativa soledad y una cierta laxitud legislativa que las situaba un paso por delante de la competencia.
En menos de un año, varias empresas habían trasladado a Santa Genoveva una parte de su Departamento de Investigación y Desarrollo o el departamento al completo, equipos que trabajaban en sectores tan dispares como la biotecnología, los productos de software y hardware de seguridad, el desarrollo de satélites o las energías alternativas.
Todas estas empresas eran de propiedad privada, como su arrendadora, Allegheny Hospitality. Y todas ellas eran propiedad, directamente o mediante empresas intermediarias, de la misma gran empresa: Baldwin Holdings, S. R. L.
Que a su vez era propiedad de un solo hombre: Jake Baldwin.
Mi tío.
Quien, en su gran sabiduría, decidió ponerme al frente de toda la operación.
—Tengo buenas noticias —me comunicó Morrison—. Puede que usted haya ardido en un incendio.
Morrison, las gatas y yo estábamos sobre la cubierta del Jennifer Lawrence , un transbordador que transportaba pasajeros y cargamento entre Santa Genoveva y Granada, o bien, con mucha menos frecuencia, entre Santa Genoveva y la isla de San Vicente.
El Lawrence era uno de los tres transbordadores operados por Allegheny Hospitality a disposición de los inquilinos de Santa Genoveva, todos ellos bautizados con el nombre de actrices.
Los otros dos eran el Jennifer Tilly y el Jennifer Lopez .
En ese momento, el Lawrence se adentraba en la Bahía de Jenny.
No íbamos a tardar mucho en desembarcar.
El viaje hasta Santa Genoveva había sido casi sospechosamente plácido.
Desde Barrington, un chófer nos había llevado a los cuatro (Morrison, las gatas y yo) al Aeropuerto Regional de Schaumburg, donde embarcamos en un avión privado propiedad de Baldwin Holdings, la corporación paraguas de mi tío.
Su presencia en el aeropuerto no era ninguna casualidad; era el avión en el que había llegado el cadáver del tío Jake cuando esperaba el traslado a la funeraria Chesterfield.
Morrison había acompañado al cuerpo durante el desembarque y se había organizado todo para que enviasen sus cenizas tras la cremación.
El piloto comprobó mi carné de conducir como medida rutinaria, y no dijo nada al respecto.
En el interior del avión me aguardaban una muda limpia y unos zapatos nuevos.
Antes del despegue, me quité el traje con sumo gusto y lo metí en la bolsa de basura que me ofreció el personal de vuelo, quien luego lo lanzó desde la puerta del avión al personal de tierra que lo esperaba a pie de pista. Buen viaje.
Desde el Aeropuerto Regional de Schaumburg volamos a Mobile International, donde embarcamos en un nuevo chárter privado rumbo a las islas Caimán.
Una vez a bordo del avión, me pidieron el pasaporte.
Lo entregué y me lo devolvieron sin hacer preguntas.
Des Ruiz se había convertido en un tipo de carne y hueso.
A esas alturas era mucho más tarde de la hora a la que solía acostarme y dormí en el avión mientras Perséfone me ronroneaba en el regazo.
Aterrizamos en las Caimán a primera hora de la mañana para repostar y luego seguimos volando directamente hasta Granada, donde un coche con su chófer nos esperaba justo al final de la pista de aterrizaje.
Poco después estábamos en el agua, navegando hacia Santa Genoveva.
Todavía era de mañana, la temperatura era de poco más de ochenta grados Fahrenheit (me corregí mentalmente y pensé que eran poco menos de treinta grados Celsius, porque estábamos en una parte del mundo en la que se usaba el sistema métrico), y una brisa maravillosa soplaba en cubierta.
La isla de mi tío podía ser muchas cosas, pero, a juzgar por lo que había visto hasta entonces, parecía un paraíso tropical.
No sé cómo llevaba otra gente lo de ser un fugitivo buscado por el FBI, pero a mí me estaba yendo de primera.
—Puede que haya ardido —repetí en voz alta, retomando el tema de mi potencial fallecimiento—. ¿A qué se debe la incertidumbre?
—Puede que más adelante necesite estar vivo —contestó.
—Entonces, ¿el FBI puede añadir la fuga a la lista de potenciales cargos contra mí?
—Antes de que llegue ese momento habremos resuelto ese asunto.
—¿De verdad? —pregunté—. ¿Y cómo piensan hacerlo?
—No se preocupe por eso de momento —me atajó Morrison—. Solo debe saber que, vivo o muerto, está excelentemente bien representado por los abogados personales de su tío, que en la actualidad son sus letrados.
—¿Dónde me he quemado?
—En el Bainbridge Express Inn.
—¿Han quemado un hotel entero?
—No lo hemos quemado entero. Solo una de las alas.
—No había llegado a registrarme.
—Claro que sí. Y hasta llevaba puesto el traje.
—¿Y qué pasará si preguntan al personal del hotel? ¿Y si hay cámaras de seguridad?
—Cuando entró en el hotel llevaba mascarilla. Todavía hay gente que la lleva.
—No es verdad.
—Es que estaba tosiendo.
—¿Y qué provocó el incendio?
—Una instalación deficiente. Y es innegable que su cableado lo era, incluso los expedientaron y los multaron por ello.
Consideré un momento la explicación.
—¿Han encontrado un cadáver?
—El incendio fue bastante intenso.
—Perdón, no he sido lo bastante claro al plantear la pregunta —dije—. ¿Colocó, u ordenó que colocasen un cuerpo, vivo o muerto, en la habitación para que pareciese que me calciné en ese cuarto?
—¿Me ve capaz de hacer algo así? —preguntó Morrison.
—Trabajaba para un villano y salía con un acuchillador —le recordé—. Por supuesto que la veo capaz de hacer algo así.
Ella sonrió.
—No. En la habitación no había ningún cuerpo, vivo o muerto, cuando ardió.
Sin embargo, su traje sí que estaba dentro.
Y, como respuesta a la siguiente pregunta que se le ocurrirá, no, ningún otro huésped alojado en el hotel murió víctima del incendio.
Todo el mundo sobrevivió a la conflagración. Salvo usted. Quizá.
—Tiene experiencia en este tipo de cosas —observé.
—Hay un motivo por el que todos los asistentes al funeral de su tío intentaban asegurarse de que estaba muerto de veras —replicó Morrison.
—Ninguno de los supuestos socios comerciales del tío Jake debe pensar que estoy muerto, ¿no?
—De ningún modo. Y, aunque estuviera muerto de verdad, harían que su cadáver asistiese a la reunión.
—¿Tan importante es el congreso?
—Para ellos sí lo es.
La cubierta traqueteó. El Lawrence , que había estado maniobrando lentamente hacia un muelle, se había colocado en posición y el personal del puerto lo estaba amarrando.
—¿Y para nosotros también es importante?
—No tanto como lo que está haciendo aquí —contestó Morrison.
—¿Y qué estoy haciendo, exactamente?
—Su tío estuvo enfermo durante una temporada.
Su ausencia no tuvo consecuencias para la mayoría de las empresas que poseía.
Todas disponen de sus propios consejos de dirección y personal propio, y él las dejaba trabajar de forma autónoma.
—La mujer hizo un gesto hacia tierra firme—.
Este lugar era el que le importaba de veras, el lugar en el que desempeñaba su auténtico trabajo.
—Ser villano —concluí.
—Ya le he dicho que no usamos esa palabra en público.
—Pues no lo entiendo, es una palabra perfectamente válida.
—Para su uso en público es reduccionista —alegó Morrison—. En privado ofrece ciertas ventajas que descubrirá pronto. Sin embargo, no hará muchas villanías abiertamente. Usted tiene un papel totalmente distinto.
Asentí.
—Ser el tonto útil.
—Yo iba a decir «administrativo».
Se me escapó la risa.
—Debería saber que la última vez que estuve al mando de algo fue cuando ocupé el puesto de editor del periódico del instituto —expliqué—. Me acabaron expulsando temporalmente.
—Ahora no lo expulsará nadie.
—No, en lugar de eso simplemente me matarán.
Morrison hizo un gesto con la barbilla hacia la costa.
—Aquí es más difícil que lo logren.
—Habría preferido que dijese «imposible».
Esta vez ella rio.
—De vez en cuando, alguien intentaba atentar contra la vida de su tío. Rara vez llegaban más allá de los delfines.
—Los delfines —repetí.
Morrison hizo un nuevo gesto hacia el océano.
—Patrullan las aguas que rodean la isla. No se les escapa gran cosa.
—Así que disponemos de delfines inteligentes.
—Bueno, los delfines siempre han sido inteligentes. La única diferencia es que ahora trabajan para nosotros. —La mujer me miró—. Charlie, ha conocido gatas capaces de usar un teclado, no se comporte como si los delfines inteligentes fuesen un salto tan enorme.
—¿Cómo son?
—¿Los delfines? —preguntó Morrison, y yo asentí—. Dejaré que lo descubra usted mismo. No le quiero estropear la sorpresa. —Desvió la mirada hacia el muelle, donde un hombre y un gato caminaban hacia el Lawrence —. Vamos. —Ella me dio unos golpecitos en el brazo—. Ha llegado el comité de bienvenida.
Cinco minutos más tarde habíamos bajado del Lawrence y nos dirigíamos hacia el tipo y el gato.
Hera y Perséfone se nos habían adelantado y fueron a saludar al gato recién llegado, un ejemplar blanco y negro de pelo corto.
Hera y el nuevo gato hicieron chocar las cabezas suavemente, y luego los tres volvieron a encaminarse hacia tierra firme.
Estaba a punto de llamar a Hera, pero Morrison negó con la cabeza.
—Déjelas ir —dijo, y señaló las tres siluetas gatunas que se alejaban—. Es el jefe de la División de Inteligencia Felina. Hera y Perséfone deben presentar sus informes.
—Supongo que se hace cargo de lo raro que me resulta todo esto —dije—. Todavía no me he acostumbrado.
—Ha tenido todo el día —observó Morrison—. Vaya asimilándolo.
—Quien bien te quiere..., ya veo. Muy eficaz.
—Pronto tendrá nuevos motivos para alucinar —me prometió.
De pronto, Morrison sonrió, chilló y alzó los brazos hacia el hombre que se nos acercaba.
El tipo sonrió como ella, también levantó los brazos y ambos se abrazaron—.
Charlie, le presento a Joseph Williams —me dijo Morrison en cuanto terminaron de abrazarse—.
Y, además de ser el mejor bailarín de Santa Genoveva, también es el director general de Allegheny Hospitality en la zona. Eso significa que él dirige esta base.
—Bueno, ambos sabemos que eso no es cierto —la contradijo él—. Yo no dirijo este lugar, solo soy responsable de todo el recinto.
—Dirige este lugar —me aseguró Morrison—. No deje que lo engañe. Joe, te presento a Charlie.
—Señor Fitzer —saludó Williams—. Bienvenido a la Bahía de Jenny y a Santa Genoveva. Lamento mucho la pérdida de su tío Jake.
—Gracias —contesté—, aunque debería ser yo quien le diera el pésame. Usted lo conocía. Yo no.
—Yo sí lo conocía —confirmó él—. Lo conocíamos todos. Y todos estamos impacientes por trabajar con usted, señor Fitzer.
—Llámeme Charlie, por favor —le rogué—. «Señor Fitzer» me recuerda demasiado a ser profesor suplente.
Williams se rio.
—Es intolerable. —Tendió el brazo hacia mí—. Charlie. Bienvenido.
Le estreché la mano.
—Acabo de hablar a Charlie de los delfines —dijo Morrison.
Él ladeó la cabeza.
—¿De veras? ¿También le has hablado de las disputas que tenemos con ellos?
—¿Ahora resulta que tenemos conflictos con los delfines? —pregunté.
—No había entrado en detalles —aclaró ella—. Quería que fuese una sorpresa.
—Ah. —Williams me miró de nuevo—. Sorpresa, Charlie.
—¿De qué disputas habla? —me interesé.
—Están planteándose si van a la huelga —respondió el hombre.
—Una huelga laboral. Como cuando los obreros se manifiestan y sacan ratas hinchables a la calle.
Williams asintió.
—Otra vez.
—Otra vez —repetí como un bobo.
—Creo que deberíamos comenzar por ofrecerle una perspectiva general del negocio —sugirió Morrison—. Mostrémosle dónde se ha metido antes de que tenga que ocuparse del asunto de los delfines.
—No, no. —Me opuse levantando una mano—. A mí no me engañan, intentan obligarme a asistir a un montón de reuniones. Me parece que, antes de tener que aguantar sentado en una habitación mientras me muestran presentaciones de PowerPoint, quiero ver a los delfines huelguistas.
—¿Está seguro? —preguntó Williams—. Se va a meter en un buen charco.
—Sí, no me cabe la menor duda.
Él se volvió hacia Morrison.
—Me gusta. Es valiente.
—Lo es —coincidió la mujer—. No es muy listo, pero es valiente.
—¿No se supone que ahora soy su jefe? —le pregunté.
—¿De repente prefiere que le haga la pelota? —preguntó.
—Es posible.
—Pues buena suerte con eso, jefe —me soltó.
Ignoré el golpe bajo y miré de nuevo a Williams.
—Aclaremos una cosa: cuando ha dicho que me iba a meter en un buen charco hablaba en sentido metafórico, ¿verdad? Supongo que no tendré que sumergirme con los delfines cuando vayamos a hablar.
El tipo negó con la cabeza.
—De ningún modo, Charlie. Nunca bucee con los delfines durante una disputa laboral. Por mucho que le insistan.