Capítulo 7 #2
—Y conseguir información es crucial en el sector de los edificios de aparcamientos —dije a Morrison.
—Más de lo que se imagina —dijo la mujer—. Sin embargo, como le he comentado en el porche, su tío no solo se dedicaba al negocio de los aparcamientos.
—Pero yo no tengo nada que ver con nada de eso —le recordé—. Jake malgastó una gata. —Miré a Hera—. No te ofendas.
«NO TE PREOCUPES.»
Morrison negó con la cabeza.
—No fue ningún despilfarro —me contradijo—. Charlie, cuando su madre murió, su padre pidió a Jake que se mantuviera alejado de su familia, así que su tío no se volvió a acercar a ellos. Sin embargo, Jake siempre le siguió a usted la pista. No siempre con gatos, pero también mediante gatos.
—¿Por qué?
—Usted es el hijo de su madre, y él quería asegurarse de que usted estaba bien solo por ese motivo. Usted es su familia, Charlie. Su única familia de verdad. Y también lo espiaba para protegerlo del peligro.
—¿Qué significa eso?
—Significa que, en el sector empresarial de su tío, hay una regla no escrita según la cual los parientes que no están directamente implicados en el negocio no son objetivos legítimos —explicó Morrison—. Sin embargo, no todos los competidores de su tío actuaban de un modo ético, por así decirlo.
—Eso explica la explosión de mi casa —dije.
Hera comenzó a teclear.
«NO. REPRESENTASTE A LA FAMILIA DE TU TÍO EN SU FUNERAL. AHORA PIENSAN QUE ERES UN BLANCO LEGÍTIMO.»
—¿Qué? —Miré de nuevo a Morrison—. Eso no me lo dijo.
Morrison se encogió levemente de hombros.
—Perdón.
—¿Perdón? ¡Han volado mi casa! Y con ellos dentro.
Hera escribió un rato más.
«EN REALIDAD, VOLARON A OTRA PERSONA. ANTES HUBO OTRO PAR DE VISITANTES. TENGO UN VÍDEO QUE LO DEMUESTRA.»
—Enséñaselo —dijo Morrison antes de que tuviera tiempo de preguntar a mi gata cómo había grabado el vídeo. Hera tecleó un comando y se abrió una ventana en el monitor que mostraba el interior de mi casa desde el punto de vista de varias cámaras que yo no sabía que había allí.
En una de las cámaras, dos hombres habían entrado en la vivienda por la puerta de atrás.
Iban vestidos de lampistas o electricistas, y llevaban bolsas de trabajo.
Hera y Perséfone se les acercaron con curiosidad.
Los hombres ignoraron a las gatas y se abrieron paso a través de la casa.
Primero lo rociaron todo con algún producto, y luego se dirigieron a mi dormitorio, donde estaba mi ordenador portátil, entre otras cosas, e hicieron algo junto a la puerta de mi dormitorio.
—Están instalando una bomba —explicó Morrison—. El mecanismo la arma cuando alguien entra en la habitación y la hace estallar en cuanto intenta salir. Lo que rociaban hace un momento probablemente era acelerante.
Hera adelantó el vídeo en cuanto los dos hombres salieron del dormitorio y lo volvió a ralentizar en el momento en el que otra persona entraba a la casa, también por la puerta trasera. Ese nuevo intruso también echó un vistazo a la casa antes de dirigirse a mi habitación.
Ese fue el momento en el que las gatas salieron de casa.
Una vez en mi cuarto, la persona recién llegada fisgó en mi portátil, trasteó con él un rato, y entonces me vio mirándola desde la calle y decidió marcharse con el ordenador bajo el brazo.
En cuanto franqueó el umbral, la bomba que habían colocado los de antes estalló y arrastró escaleras abajo al nuevo intruso, que claramente se rompió el cuello mientras el fuego se propagaba por todo mi hogar. La grabación se cortó abruptamente.
—¿Quién es toda esa gente? —pregunté sobresaltado.
«INVESTIGAMOS A QUIENES PUSIERON LA BOMBA —tecleó Hera—. CREEMOS QUE LA PERSONA QUE SALTÓ POR LOS AIRES ERA DE LA CIA.»
Parpadeé alarmado.
—¿Perdona? ¿Dices que un agente de la CIA ha muerto en mi casa?
« PUEDE QUE FUERA DEL FBI », matizó Hera.
Me sonó el teléfono. Era Andy Baxter.
—¿Contesto? —pregunté a Morrison, que volvió a encogerse de hombros.
Acepté la llamada.
—Hola, Andy —saludé.
—Charlie, tengo buenas noticias y otras no tan buenas —anunció—. Dime cuáles quieres primero.
Me froté la frente.
—Dame las buenas y ve bajando a partir de ahí.
—Las buenas noticias son que la compañía de seguros te va a pagar una semana de hotel. Te han reservado habitación en el Bainbridge Express Inn. ¿Lo conoces?
—Lo conozco. —La última vez que había estado en el Bainbridge Express Inn fue la noche de mi baile de promoción del instituto, cuando alquilé una habitación con la esperanza de que Vicki Harrington y yo pasáramos un buen rato juntos tras la fiesta.
Sin embargo, Vicki me dejó tirado poco después de que llegásemos al hotel para ir a montarle un drama a su exnovio, que no era tan ex, y lo único que me llevé del Bainbridge fue un montón de chinches.
En realidad, el Maxima de mi padre era una opción más acogedora—. ¿Cuáles son las noticias no tan buenas?
—El FBI acaba de pasar por mi casa preguntando por ti.
—El FBI. —Miré a Morrison, que arqueó las cejas, pero no dijo nada.
—Querían saber cuándo hablé contigo por última vez y dónde estabas ahora mismo.
—¿Y qué les has dicho?
—La verdad. Les he contado que habíamos hablado hacía un par de horas, y que no tenía ni idea de tu paradero. ¿Dónde estás?
—En casa de una amiga —contesté, omitiendo el detalle de que mi amiga era una gata capaz de usar un teclado—.
Sigo en Barrington. No te preocupes, seguramente me encontrarán en el Bainbridge, a menos que ya tengan una orden de búsqueda de mi teléfono y hayan triangulado mi posición a partir de esta llamada.
—Permíteme que te aconseje de nuevo que te busques un abogado penalista —insistió Andy—. No te estoy juzgando, Charlie. Sé que eres un buen chico, pero hablamos del FBI.
—Me pongo a ello ahora mismo —le prometí.
—¿Puedo hacer algo por ti como tu abogado no criminalista?
—Gracias, Andy, estoy bien. Gracias. Por todo.
—Cuídate, Charlie.
—Descuida.
Colgué y miré a Morrison.
—Lo busca el FBI, ¿me equivoco?
—Por lo visto, cuando un agente federal aparece calcinado en la casa de uno, las autoridades tienen preguntas —respondí, y le mostré el teléfono—. Supongo que a estas alturas ya deben saber dónde estoy.
Morrison asintió.
—¿Qué quiere hacer? —preguntó.
—¿Acaso tengo opciones? Estoy sin blanca, sin techo y los federales me están buscando.
Como la casa ha ardido, supongo que el trato que teníamos también se ha ido al garete.
A menos que se le ocurra una idea mejor, pienso salir a sentarme en el bordillo hasta que se presenten los del FBI y luego veré a quién me puede conseguir la oficina federal del defensor público.
—Podemos mejorar ese plan —opinó Morrison, y se volvió hacia Hera—. ¿Dónde está la bolsa de emergencia de Charlie?
«CAJÓN DEL ESCRITORIO» , tecleó Hera. La mujer me miró y me hizo un gesto para que abriese el cajón. Obedecí y encontré un neceser. Abrí la cremallera y eché un vistazo a su interior.
Dentro de la bolsa había dos mil dólares en billetes de distintos valores, tarjetas de débito y de crédito, un carné de conducir y un pasaporte. Agarré el pasaporte y lo abrí.
—¿Desmondo José Ruiz? —pregunté mirando a Hera.
«AHORA TE LLAMAS DES» , escribió ella.
—Eso no se lo va a tragar absolutamente nadie.
—Por supuesto que se lo creerán —intervino Morrison—.
No es un pasaporte falso. Es auténtico. Des Ruiz lleva casi tanto tiempo como usted en el sistema.
Des y su familia emigraron a Estados Unidos cuando él tenía dos años y consiguió la ciudadanía a los quince.
Su madre, Cecelia, era ama de casa; su padre, Juan, era un asesor de inversiones privado, y Des siguió sus pasos en el ámbito profesional.
A Des le ha ido muy bien la vida y paga sus impuestos todos los años.
Cuenta con una solvencia crediticia excelente y con una cuenta corriente abultada.
Tiene un apartamento en Schaumburg y una residencia de vacaciones en los Outer Banks de Carolina del Norte.
Por lo que respecta a Estados Unidos, es tan real como lo puede ser cualquier persona, y usted es él.
—Esto no tiene ningún sentido —protesté.
—Tiene todo el sentido del mundo si acepta que su tío ha estado protegiéndolo.
—¿Para qué?
—Para que dispusiera de una ruta de escape si alguna vez la necesitaba —respondió Morrison—. Y ahora la necesita con urgencia.
—Pero eso no explica por qué se molestó en protegerme —insistí.
—Se preocupaba por usted porque era su familia —dijo ella—. Y porque, si Hera y yo decidíamos que usted estaba a la altura, tenía un trabajo para usted y lo necesitaba vivo para llevarlo a cabo.
—¿Cómo dice?
—Hay un motivo por el que quería que usted lo representase en el funeral, Charlie. Él era plenamente consciente del tipo de personas que acudirían a la ceremonia y sabía lo que intentarían hacer. Quería saber lo que haría usted. Y lo que usted hizo fue defenderlo.
—Supongo que también tenían cámaras en la funeraria —aventuré.
«LA FUNERARIA OFRECE UNA OPCIÓN PARA PRESENCIAR LA CEREMONIA POR STREAMING — escribió Hera—. PAGUÉ UNA CUOTA ADICIONAL PARA CONTRATARLA.»
—Dio la cara por él a pesar de que no tenía ninguna necesidad de hacerlo y de que tenía motivos de todo tipo para hacer únicamente lo mínimo indispensable que le pedimos —continuó Morrison—. Y eso era exactamente lo que queríamos ver.
—¿Se puede saber qué era eso que querían ver, exactamente?
«QUE PODÍAS HACERTE CARGO DEL NEGOCIO DE TU TÍO» , escribió Hera.
—Los edificios de aparcamientos —dije como un bobo, a tenor de las circunstancias, pero las cosas se sucedían muy deprisa.
Morrison sonrió.
—Exacto. Los edificios de aparcamientos, Charlie. Aunque yo pensaba más bien en su negocio real.
«EL NEGOCIO PARA EL QUE CREA GATOS ESPÍA QUE SABEN TECLEAR» , escribió Hera.
—Su tío posee edificios de aparcamientos porque financian su trabajo más importante —explicó Morrison—, que consiste en buscar, financiar y crear el tipo de tecnologías y servicios que provocan cambios disruptivos en los actuales paradigmas industriales y sociales, para luego ofrecerlos, de forma confidencial, a negocios y gobiernos interesados en ellos.
—Es una descripción muy altisonante —valoré—, pero no dice claramente a qué se dedicaba de verdad.
«ERA UN VILLANO» , tecleó Hera.
Miré fijamente lo que había escrito y luego volví a mirar a Morrison.
—No usamos esa palabra en público, pero sí —confirmó la mujer.
—¿Y la reunión para la cual me ha traído la invitación el Acuchillador? —pregunté.
—Es un congreso de villanos —respondió Morrison—. Parecido a Davos, pero los asistentes no fingen que quieren ayudar a los demás.
—Y yo tengo que ir.
—Sí. Pero eso será después de pasar por la guarida del volcán. Tenemos que ir antes del congreso para ocuparnos de unos cuantos asuntos.
—La guarida del volcán —repetí.
—La tenemos por motivos de peso. No es solo para aparentar.
Miré a Hera una vez más. La gata parpadeó lentamente.
—¿Qué me dice, Desmondo? —dijo Morrison—. ¿Se apunta?