Villano en prácticas Capítulo 7
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Capítulo 7

El Mercedes Clase S de Mathilda Morrison llegó a la casa de mi gata, se detuvo junto al bordillo el tiempo justo para que la mujer bajase y se marchó de inmediato.

No había visto al chófer del coche, pero a esas alturas ni siquiera estaba seguro de que hubiese alguien al volante. No estaba seguro de un montón de cosas.

La miré atentamente mientras se acercaba por el caminito al porche en el que yo estaba sentado.

—A ver si lo adivino —dijo al tiempo que se detenía delante de mí—: lo de los gatos conscientes es un poco abrumador.

—La miré fijamente sin decir nada y ella lo interpretó como una respuesta afirmativa, acertadamente, por supuesto—.

Si le sirve de consuelo, me pasó lo mismo la primera vez que conocí a uno.

—Mi gata sabe usar un teclado y tiene su propia casa.

—Sí.

—Y usted lo sabía.

—Sí.

—¿Cuándo pensaba decirme que mi gata posee una casa?

—De hecho, la casa es propiedad de una de las inmobiliarias de su tío. Técnicamente es un Airbnb. Es una buena tapadera para lo que aparenta ser una casa vacía en un barrio de clase alta.

—Entonces teclea de verdad —dije.

—Sí, claro. Lo hace ella.

—¿Cómo es posible?

—La respuesta corta es «ingeniería genética». La larga exige un doctorado.

—¿Y por qué?

—Porque los gatos conscientes son útiles para los intereses empresariales de su tío.

—Era dueño de edificios de aparcamientos.

—Es cierto —coincidió Morrison—, pero creo que, a estas alturas, ya se habrá dado cuenta de que esa no es toda la historia.

Abrí la boca para contestar cuando un Mercedes Benz Clase S distinto al anterior se detuvo frente al bordillo y un hombre bajó del asiento de pasajeros. Lo reconocí inmediatamente.

—Es el acuchillador —dije a Morrison, que me miró algo desconcertada mientras el hombre se nos acercaba—. Ha intentado apuñalar el cadáver del tío Jake —expliqué—. Yo lo he detenido.

—¿Por qué lo ha hecho? Tobias podría haberlo matado.

—¿Lo conoce? —pregunté boquiabierto.

El recién bautizado Tobias sonrió de oreja a oreja.

—Quédese detrás de mí —me ordenó Morrison, y dicho esto dio media vuelta y se interpuso entre Tobias el Acuchillador y yo.

El hombre se detuvo y agachó la cabeza para saludar a Morrison.

—Hola, Til. Ha sido todo un detalle por tu parte alojar al muchacho en un Airbnb después de lo que le ha pasado a su casa.

Se adelantó para pasar por su lado y llegar hasta mí.

—Ni se te ocurra —dijo Morrison, y cambió de postura de un modo que interpreté como que se estaba preparando para pelear.

Al parecer, Tobias llegó a la misma conclusión, porque dio un paso atrás.

—Relájate. Si quisieran muerto a tu muchacho, lo habría apuñalado en la funeraria. Otros no pueden decir lo mismo. —Tobias me miró—. Lamento lo de su casa, Fitzer. Y lo de su tío, ahora que, por lo visto, está muerto de verdad.

—Gracias —dije.

—No hable con él —me ordenó Morrison.

—Lo siento.

—Váyase acostumbrando a que le diga lo que debe hacer —me advirtió Tobias, y volvió a mirar a la mujer—. Podríamos decir que es una tradición familiar.

—¿Has venido por algún motivo en concreto? —preguntó Morrison, ignorando la provocación.

—¿Lo dices por si vengo a dar el pasaporte a tu amigo en este mismo patio? —Tobias sonrió—. Vengo con una invitación.

—¿Para quién?

—Bueno, si fuese de mi parte, tal vez dependería de las circunstancias, ¿no crees? —dijo el hombre—. Sin embargo, como solo soy el mensajero, es para tu nuevo amigo, aquí presente. Voy a sacar algo del abrigo.

—Despacio —dijo Morrison.

—Por supuesto. No he olvidado que es como te gusta, Til.

—Se llevó una mano al bolsillo del abrigo (despacio) y sacó un sobre.

Parecía lujoso, elaborado con papel artesanal de alto gramaje, y estaba sellado con cera y un cordel—.

¿Lo ves? No es más que un sobre —dijo, y extendió el brazo para entregármelo.

—No toques eso —me ordenó Morrison.

—Ya te he dicho que no he venido a matarlo —insistió Tobias.

—No me preocupas tú —aclaró ella, e hizo un gesto hacia él con la cabeza—. Ábrelo tú.

—¿Crees que va a explotar?

—Si lo hace, prefiero que los dedos que acaben esparcidos por el jardín sean los tuyos.

—No te recuerdo tan paranoica antes de que tu jefe estirase la pata —comentó Tobias.

—Menos cháchara y más mover los dedos —lo cortó Morrison.

Él se encogió de hombros, sujetó el sobre con mayor firmeza y tiró del cordel, que seccionó el lacre y liberó la solapa del sobre.

—Necesitará algo más de sangre fría, Fitzer —advirtió el matón.

—Saca la invitación del sobre —dijo Morrison.

Tobias obedeció y dejó a la vista una letra elegante, que sin duda habían manuscrito con una pluma estilográfica muy cara.

—Lame la carta —ordenó ella.

Tobias dejó de sonreír.

—¿Qué coño dices?

—He dicho que la lamas —repitió Morrison—. Por las dos caras.

—Te has vuelto loca —dijo el hombre.

—Y tú llevas guantes —observó ella.

El apunte me asombró. Había estado mirando a Tobias todo el tiempo y sencillamente no me había dado cuenta del detalle.

Sin embargo, tenía razón: si no eran guantes de terciopelo puro, sí debían de ser de algún tipo de piel tremendamente cara teñida de un tono que hacía juego con el color natural de su piel.

Tobias comprendió la observación de Morrison y levantó la invitación delante de su cara.

—Lo hago solo porque eres tú —cedió, y dicho eso sacó la lengua y la pasó por la tarjeta, primero, por un lado, y luego por el opuesto—. Ya está, y todavía no estoy muerto —dijo al terminar.

—Estoy dispuesta a esperar —replicó la mujer.

—Pues me alegro, pero yo no —dijo Tobias—. Tengo cosas que hacer. Sujetó la tarjeta y el sobre con una mano y ofreció la invitación a Morrison—. Quédatela.

—No.

—Como quieras. En ese caso, ¿qué te parece si sostengo la maldita invitación en alto y le sacas una foto con el móvil? Así yo puedo decir que he completado la entrega y todos podemos seguir adelante con nuestra vida. ¿Trato hecho?

Ella consideró la oferta.

—Charlie, haga una foto a la invitación con el móvil —me pidió sin dejar de mirar a Tobias ni un solo instante.

—¿No vas a sacar la foto tú misma? —preguntó el matón a Morrison.

—Quiero tener las manos libres —respondió ella.

—Lo haces para pavonearte delante de tu muchacho —le soltó Tobias.

La mujer no contestó.

Me saqué el teléfono del bolsillo, amplié la imagen de la invitación y le tomé la fotografía.

—¿Para qué es la invitación, si puede saberse? —pregunté mientras me volvía a guardar el móvil.

—Digamos que es un encuentro del gremio al que está a punto de incorporarse —me contestó Tobias, y volvió a centrar su atención en Morrison—. Por cierto, tienes que ponerlo al día con urgencia.

—No necesito tus consejos.

—Me lo has dejado clarísimo, así que nada de consejos, me conformaré con un recordatorio: ahora que ha recibido la invitación, ya sabes que tiene que acudir a la cita. Si no lo hace, las cosas no terminarán bien para él. Ni para ti.

—Me ha parecido oír que tenías cosas que hacer —le espetó Morrison.

—Me marcho —coincidió Tobias, y me miró de nuevo—. Buena suerte, Fitzer. La necesitará.

—Largo —dijo ella.

—Yo también me alegro de verte, Til.

El hombre agachó la cabeza a modo de despedida y regresó al Mercedes con la invitación todavía en la mano enguantada.

—¿Qué ha querido decir con eso de que debo aceptar la invitación? —pregunté en cuanto se alejó el coche.

—Ya se lo explicaré más tarde —dijo Morrison.

—La ha llamado Til —observé.

—Sí.

—Parece... muy amistoso —comenté.

—Salimos una temporada.

—¿Salió con un acuchillador?

—¿De verdad quiere que hablemos de fracasos sentimentales justo ahora? —me atajó Morrison.

—No —respondí sorprendido—. Supongo que no.

—Estupendo.

Tras un silencio de un par de segundos, le pregunté:

—¿De verdad pensaba que la invitación estaba envenenada?

—No.

—Entonces, ¿por qué le ha hecho lamerla?

Morrison me miró.

—Me habría alegrado equivocarme.

—Oiga, no se lo tome a mal, pero, ahora mismo, no sé qué debo pensar de usted.

La mujer asintió.

—Me lo dicen a menudo. —Me hizo un gesto para invitarme a entrar a la casa—. Vamos adentro, Charlie. Tenemos mucho de lo que hablar y no es una conversación que debamos tener al aire libre.

Hera estaba en su escritorio cuando entramos en la casa. Morrison fue con ella y la saludó rascándole la cabeza. Perséfone, la cachorrita, también estaba sobre la mesa, junto a Hera.

—¿Cuánto tiempo hace que se conocen? —pregunté mientras me dirigía a acomodarme en el sofá.

—Solo es la segunda vez que nos vemos —contestó Morrison mientras también rascaba un momento a Perséfone. La gatita arqueó el lomo diminuto, complacida—. La primera vez fue el otro día, en su casa, pero entonces no pude decirles nada.

Hera se acercó al teclado. «NOS ESCRIBIMOS MUCHO POR CORREO ELECTRÓNICO» , tecleó para que yo lo leyese.

—¿Cómo lo lleva? —le preguntó Morrison, refiriéndose a mí.

«ESTÁ SUFRIENDO UNA ENORME DISONANCIA COGNITIVA» , tecleó mi gata.

—Es comprensible —opinó la mujer. Se dio cuenta de dónde estaba e hizo un gesto—. Tome asiento, Charlie. Tenemos muchos temas que tratar.

—¿Podemos empezar por la gata? —pregunté mientras me sentaba.

«GATAS —escribió Hera—. PERSÉFONE ES MI BECARIA.»

Perséfone me miró y maulló.

—Espero que sea una beca retribuida —bromeé.

«POR SUPUESTO —tecleó Hera—. SOMOS ANIMALES, NO MONSTRUOS.»

Callé un momento.

—¿De verdad cobras? —pregunté a mi gata.

«SÍ.»

—¿Cuánto?

«MÁS QUE TÚ.»

—Supongo que me lo merezco por preguntar. —Me volví hacia Morrison—. Antes me ha dicho que los gatos conscientes son útiles para los negocios de mi tío.

—Correcto —confirmó ella.

—¿En qué sentido?

—Sirven para recabar información —respondió Morrison—. Obtener información vía medios humanos o electrónicos es complicado, pero nadie sospecha de un gato.

Miré a Hera, quien, sinceramente, parecía una gata cualquiera, salvo por el detalle de que estaba sentada en un teclado ergonómico diseñado expresamente para su especie.