Villano en prácticas Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Y el dinero se iba a acabar porque había un problema adicional: la «recompensa» que iba a percibir por haber representado al tío Jake durante el funeral, es decir, la escritura de la casa, acababa de ser pasto de las llamas.

No iba a sacar nada del esfuerzo porque no había quedado nada que pudiera vender, salvo el terreno que ocupaba la casa quemada.

Aunque la empresa de Jake lo comprase y me lo entregase, no me iba a poder costear la construcción de una nueva casa en la propiedad, ni siquiera con lo que esa gente me iba a pagar al término del trato, suponiendo que todavía lo fuese a cobrar, ya que no había ninguna casa que me pudiesen entregar.

No me había quedado nada. Entre el efectivo y el crédito, tenía menos de cien dólares a mi nombre.

Cien dólares, un traje viejo y un par de zapatos incómodos.

Me volví hacia las gatas.

—Tendréis que cazar para alimentarme —dije—. Si no, voy a morir de hambre.

Ellas seguían ocupadas comiendo y no me contestaron.

Estoy bastante seguro de que aquel era el punto más bajo de toda mi existencia hasta ese momento.

El teléfono me vibró.

«Me han dicho lo de la casa —me había escrito Mathilda Morrison—. Es un asco.»

«Gracias por las buenas palabras —contesté—. Me serán de mucho consuelo cuando duerma en el asiento trasero del coche.»

«Creo que podemos mejorarlo», replicó Morrison.

«Soy todo oídos», escribí.

El móvil sonó. Era Morrison. Contesté.

—Sigo siendo todo oídos —dije.

—Estupendo. Siga a sus gatas.

—¿Qué?

—Siga a sus gatas —repitió ella.

—¿Se puede saber qué significa eso?

—¿Qué parte de «siga a sus gatas» le cuesta entender? —preguntó Morrison.

—Francamente, no entiendo nada —admití.

—No le dé demasiadas vueltas, Charlie —me aconsejó—. Usted diga a Hera que le he pedido que la siga. Ella se encargará del resto. Nos vemos esta noche. Tenemos que hablar. —Ella colgó.

Miré el móvil durante un largo minuto y luego a Hera, que parecía haber terminado de comer y me observaba expectante. Perséfone seguía engullendo croquetas.

—Me siento realmente estúpido diciendo esto en voz alta —dije a Hera—, pero Morrison me ha pedido que te siga.

Os juro que Hera me maulló al oírlo y luego se volvió hacia Perséfone y le gorjeó algo.

La cachorrita comió un último bocado y se apartó del cuenco, y ambas echaron a andar hacia el norte por Cook Street.

Las observé unos segundos, anonadado, y entonces Hera se detuvo, giró la cabeza hacia mí y soltó un maullido intenso, como diciendo: «Bueno, ¿me sigues o no? ».

Volví a tapar el cuenco, lo recogí del suelo y seguí a mis gatas.

Hera y Perséfone subieron por Cook hacia Russell, y luego giraron a la derecha y se dirigieron hacia el este. Caminaban sin prisa, con la cola alta. Era obvio que Hera sabía exactamente adónde quería ir y Perséfone la seguía encantada.

Tras llevarnos hasta Grove Avenue, Hera miró a ambos lados de la calle antes de cruzar y luego bajó por la acera contraria.

En el 611 de South Grove había una casita blanca bien conservada de estilo Cape Cod, con un patio austero, pero bien cuidado. Hera se encaramó al porche y se acercó a una puerta con una gatera en la base, me miró, maulló de nuevo y entró en la casa. Perséfone la siguió.

—¿Qué demonios está pasando? —pregunté en voz alta.

Sabía que había gatos que repartían su tiempo entre varios dueños, pero no tenía sentido que Hera lo hubiese estado haciendo. Aunque se escabullese durante el día, dormía en casa todas las noches.

Aun así, Hera entró en el número 611 de South Grove como si fuese la dueña de la casa, y Perséfone la siguió sin pensarlo dos veces. Y yo me quedé allí, plantado en el camino de entrada como un pasmarote.

Subí al porche y me detuve ante la puerta.

Sinceramente, no tenía ni la más remota idea de lo que iba a hacer a continuación.

La persona que vivía en aquella casa debía pensar que era la dueña de Hera y tal vez también de Perséfone, y desde su punto de vista seguramente yo era un secuestrador gatuno.

«Eso no explica que Morrison te haya dicho que sigas a las gatas, ni que las gatas te hayan traído hasta aquí», me apuntó mi cerebro.

«No te falta razón, cerebro», pensé. Quien fuera que hubiese al otro lado de aquella puerta iba a tener que explicarme cómo había logrado adiestrar a las gatas para entender la frase: «Me ha pedido que te siga» y saber que significaba que tenían que traerme exactamente hasta esa puerta.

Eché un vistazo a la pared junto a la entrada y vi un timbre.

—Bah, al diablo —mascullé, y pulsé el botón.

Se oyó un tono apagado, seguido un par de segundos más tarde por un zumbido que recordaba de cuando vivía en un piso. Alguien me abría la puerta.

Giré el pomo, la empujé y entré en la casa.

El interior estaba en penumbra por las persianas que cubrían las ventanas y la ausencia de iluminación artificial.

El mobiliario era escaso y las paredes estaban repletas de escalones y escondites para gatos.

La persona que vivía en esa casa estaba mucho más obsesionada con sus gatos que yo. Tal vez un pelín demasiado obsesionada.

—¿Hola? —llamé.

Hera sacó la cabeza por el marco de una entrada, me maulló y desapareció de nuevo. La seguí.

Supongo que el plano de la casa me habría indicado que aquella habitación era la sala de estar.

Allí había más camas para gatos y arbolitos, un sofá y un escritorio de un tamaño extraño, sobre el cual había un monitor enorme y un teclado igualmente gigantesco de un tipo que jamás había visto.

Cuanto más lo miraba, más me recordaba a una versión mutante y sobredimensionada de un teclado estenográfico, uno de esos que se usaban en los juicios para transcribir las sesiones.

A quien no veía por ninguna parte era a quien me había abierto la puerta.

—¿Hola? —repetí.

«Esta es la parte de la película en la que matan a alguien de un hachazo», comentó mi cerebro, poco servicial.

—Cállate, cerebro —dije en voz alta.

Hera salió de detrás del escritorio, me maulló y volvió a trepar a la mesa. Mientras la miraba, pulsó un botón del teclado, que encendió el monitor y activó la retroiluminación del resto del teclado. Hera se encaramó a las teclas y usó las cuatro patas para pulsar los botones.

Las palabras aparecieron en la pantalla iluminada.

«HOLA, CHARLIE —decía el texto—. LAMENTO LO DE TU CASA. BIENVENIDO A MI OTRA CASA. TE HE PREPARADO UNA HABITACIÓN EN LA PRIMERA PLANTA.»