Capítulo 6
—Ha ardido hasta los cimientos —repitió Andy Baxter por teléfono.
—Sí. —Estaba sentado en la acera, frente a la casa de los Gunderson, aunque esa vez no estaba solo con las gatas porque todo el barrio había salido a ver el espectáculo de mi casa reduciéndose a cenizas.
Hasta había un amplio despliegue de bomberos y policía para completar la función.
Era una barbacoa como otra cualquiera en Cook Street—.
Bueno, primero ha explotado. Luego ha ardido hasta los cimientos. Con un cadáver dentro.
—¿El cadáver de quién?
—Es una excelente pregunta —valoré—. No lo sé, y la policía y el Departamento de Bomberos tampoco saben quién es.
Las apuestas apuntan hacia un ladrón o un pirómano.
Teniendo en cuenta que el fuego se propagó por la casa mucho más deprisa de lo que debería sin ayuda, la opción del pirómano va ganando de momento.
—No son muy buenas noticias.
—Pues son todavía peores para el pirómano. No logró escapar de su propia obra.
—Pero tú estás bien —añadió Andy.
—Yo no diría eso —lo contradije—, aunque físicamente estoy ileso. No estaba en casa cuando ocurrió.
—¿Dónde estabas?
—En el funeral de mi tío.
Se hizo el silencio.
—Jake. El hermano de tu madre.
—El mismo.
—¿Ha muerto?
—Ha habido cierto debate entre los asistentes al velatorio, pero sí.
—No sabía que tenías buena relación con él.
—Tranquilo, yo tampoco —admití.
Mientras hablaba con Andy, volvía a contemplar la escena en la calle, y el agujero humeante en el barrio que ocupaba el lugar en el que antes estaba mi casa.
La explosión había destrozado la vivienda y había facilitado el trabajo a las llamas, pero, aparte de los cristales esparcidos por la calle y algunas ventanas agrietadas en las casas vecinas, ninguna otra morada de la manzana había sufrido grandes daños.
Los bomberos apenas tardaron unos minutos en llegar y contuvieron la amenaza de que el incendio se extendiese.
Fue un pequeño consuelo. Después del día que había vivido, no quería tener la desgracia de nadie sobre mi conciencia.
Los policías ya me habían tomado declaración, los bomberos estaban terminando el trabajo y una ambulancia había venido a por el pobre y crujiente probable pirómano y se lo había llevado en camilla.
Todo lo que iba a ocurrir ya había ocurrido, y los vecinos regresaban a sus hogares, porque todavía tenían casas a las que volver.
Un par de ellos me saludaron inclinando la cabeza desde la acera en un gesto de apoyo y yo les devolví el saludo, pero me alegré de estar al teléfono porque no me apetecía demasiado charlar con ninguno de ellos en ese preciso momento.
—Me alegro de que estés físicamente ileso —dijo Andy—. ¿Y qué hay del resto?
—Bueno, mi casa y todo lo que tenía ha sido pasto de las llamas, no tengo un lugar en el que vivir ni adónde ir y, al menos durante el futuro inmediato, las gatas y yo estaremos viviendo en el Maxima de mi padre —expliqué—. Así que podría estar mejor.
—Necesitas un alojamiento.
—Estoy de acuerdo. ¿Es una oferta?
—Llamaré a la compañía de seguros —dijo Andy—.
Probablemente te podrán instalar en un hotel, al menos durante unos días.
Necesitarán el informe policial y el de los bomberos, y, como hay un cadáver y cabe la posibilidad de que el incendio fuera provocado, es probable que envíen a sus propios investigadores.
—Entendido.
—Charlie... —Detecté de inmediato que el tono que usaba Andy insinuaba algo.
—Ya empezamos —murmuré, y miré al cielo. Hera, que quizá percibió que estaba a punto de irritarme, me propinó un cabezazo reconfortante y me agaché para acariciarla.
—Parece que ya sabes lo que voy a decir, pero lo diré igualmente —anunció él—. Debes saber que la policía y los bomberos te investigarán por lo ocurrido.
—Por favor, Andy, no creerás que he incendiado la casa en la que me crie.
—No digo ni que lo hayas hecho ni que fueras capaz de hacerlo.
Lo que estoy diciendo es que, tarde o temprano, descubrirán que no eres el único propietario de la finca y que tu lugar de residencia cuelga de un hilo financiero.
Mejor dicho, colgaba de un hilo. Descubrirán que tus hermanos querían que te marchases de la casa y que no te llevas muy bien con ellos.
Y también descubrirán que necesitas dinero.
Dos de los principales motivos tras los incendios provocados son la venganza y los fraudes a las compañías de seguros, y tú encajas en el perfil.
—¿Esta conversación se incluye en el privilegio de confidencialidad entre un abogado y su cliente? —pregunté porque de pronto me pareció relevante.
—Es una buena pregunta —replicó Andy.
—Si me van a investigar por ese motivo, también tendrán que investigar a Sarah, Bobby y Todd —continué, a pesar de que la confidencialidad del diálogo era más bien dudosa—.
Si ellos han incendiado la casa, se podrán repartir el dinero y no tendrán que soportarme nunca más.
La casa es la última obligación que nos une.
—No me cabe duda de que investigarán a tus hermanos —concedió Andy—. Pero a ti te investigarán primero y más a fondo. Y si creen que contrataste a alguien para que incendiase tu casa, puede que también te intenten endosar el mochuelo de lo que le pasó a él.
Dejé de acariciar a Hera y me pasé la mano por la cabeza.
—¿Intentas empeorar más aún el día que llevo, Andy?
—Lo que digo es que tal vez deberías buscarte un abogado penalista. ¿Has hablado con la policía o con los bomberos?
—Por supuesto —contesté—. Me han preguntado qué ha ocurrido (no lo sabía), si era el inquilino o el propietario de la casa (era complicado), dónde había estado (en el funeral del tío Jake), quién podía ser la persona que había dentro de la casa (ni idea), y dónde estaban mis zapatos (en la calle, donde los he abandonado cuando me he caído al suelo de culo tras la explosión).
Ellos han sugerido que la persona que había en casa tal vez era un ladrón o un pirómano, y les he comentado que no tenía ni idea del motivo por el que puede haber escogido mi casa como objetivo un criminal de cualquiera de los dos tipos.
Me han tomado declaración y les he dado mi número de móvil.
Me han prometido que estaríamos en contacto.
—De acuerdo, pues no vuelvas a hablar con ellos sin un abogado —dijo Andy.
—Tú eres abogado.
—No soy ese tipo de abogado.
—¿Cómo diablos voy a pagarme un abogado? —pregunté irritado—. No tengo ni un centavo. Todo lo que tenía se ha esfumado literalmente.
—Cuando hable con la compañía de seguros, trataré de que te adelanten un poco de dinero.
—Será una conversación bastante divertida —opiné—. «Oigan, la policía sospecha que este hombre quemó su casa. ¿Les importaría darle algo de dinero para que pueda pagarse un abogado que le ayude a irse de rositas?»
—Cuando les solicite el adelanto, no lo formularé con esas palabras.
—No lo hagas, te lo pido por favor.
—Yo me ocupo —dijo Andy—. Te llamaré pronto.
—Entendido.
—Lo siento, Charlie. Soy consciente de que esto es un desastre.
—Gracias, Andy. —Colgué y miré a mis gatas—. Bueno, ha sido una conversación maravillosa —les dije, y Hera parpadeó lentamente, en señal de solidaridad. Perséfone se acercó y maulló para que la subiera en brazos. Atendí la petición.
—Disculpe —dijo alguien a mi espalda. Era Kayleigh Gunderson, la hija adolescente del vecino de enfrente, en cuyo bordillo estaba sentado. Llevaba un cuenco pequeño en las manos.
—Hola —saludé.
—Tenga —dijo ella acercándome el cuenco—. Es comida para gatos. Ya sabe..., para las gatas.
El bol tenía una tapa de plástico para que no se cayese el pienso, y lo acepté con la mano que en ese momento no tenía ocupada con una gata.
—Gracias, eres muy amable.
—Lamento mucho lo de su casa —dijo Kayleigh.
—Gracias, yo también —repliqué.
—¿Estará usted bien?
La pregunta me arrancó una sonrisa.
—Supongo que no tardaremos en descubrirlo —contesté, y levanté el cuenco de comida para gatos—. Esto me ayudará. Mis gatas te dan las gracias.
Ella sonrió al oírlo y volvió a entrar en casa.
Mi ojo bien entrenado identificó la comida para gatos como croquetas Meow Mix, y me pregunté si los Gunderson ya tenían el pienso en casa o si habían enviado a Kayleigh a comprar un saco.
No recuerdo que los Gunderson tuviesen gatos, pero lo cierto es que tampoco había estado nunca en su casa, a pesar de que hacía años que vivían al otro lado de la calle.
Supongo que era el responsable de la situación.
Podría haberme esforzado por ser mejor vecino.
Como a esas alturas las gatas ya se habían dado cuenta de que tenía comida, abrí el cuenco y lo dejé sobre el césped, junto al bordillo. Hera empezó a comer y Perséfone bajó de un salto de mis manos y trató de pasar la cabecita peluda por encima del borde del cuenco.
—Bueno, al menos vosotras no os moriréis de hambre —les dije—. Al menos, no de momento.
Volví a mirar el cascarón pelado de mi casa.
No voy a mentir: estaba jodido. La casa estaba en ruinas, todo se había echado a perder, o bien por el fuego, o bien víctima del agua de los bomberos.
En ese momento, todos mis activos se reducían a mí mismo, las gatas, el traje, los zapatos horribles, el móvil y la cartera, que contenía veintitrés dólares en efectivo, una tarjeta de débito que me daba acceso al saldo parecido que tenía en la cuenta corriente, y una tarjeta de crédito con la deuda al máximo.
Ah, y el Maxima de mi padre, además de una máquina cortacésped y el resto de las herramientas de jardinería que hubiera almacenadas en el garaje independiente de la casa, que no había ardido junto al resto del edificio.
No había mentido a Andy; si la compañía de seguros no me pagaba un hotel, dormiría en el garaje, dentro del coche, y tendría que comer de la máquina de perritos calientes del supermercado Circle K.
Al menos hasta que me quedase sin dinero.