Villano en prácticas Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—A ver si lo adivino —dije al acuchillador—, usted debe de ser el cabrón que ha enviado la corona con la dedicatoria: «¿Muerto? Juas, pues vale».

—No fui yo —replicó el acuchillador—. Puede que fuese mi jefe.

—¿Cómo dice?

—Mi jefe —repitió el acuchillador.

—O sea, que usted no conocía a mi tío.

—No en persona. Solo lo vi de lejos. Lo conozco por su reputación.

—O sea, que no ha venido a presentar sus respetos.

—No —admitió el hombre—. He venido a apuñalarlo.

—Para asegurarse de que está muerto.

—Efectivamente. De modo que, si es tan amable... —dijo el acuchillador, y volvió a alzar el arma.

—¡No! —Levanté la mano y miré de nuevo a los asistentes, escrutando aquella multitud de probables asesinos—. ¿Alguno de ustedes conocía a mi tío en persona?

Nadie contestó.

—¿Cuántos de ustedes han venido para asegurarse de que está muerto?

Todos levantaron la mano.

—¿Y todos iban a apuñalarlo?

—Yo iba a inyectarle algo —puntualizó uno de los hombres.

—¿El qué?

—Nada. Solo aire. En la carótida. Si no está muerto, así lo estará.

Otro hombre mostró un hisopo en un envoltorio de plástico.

—Yo solo venía a recoger ADN para asegurarme de que es él.

El tipo de la jeringuilla se rio.

—Eso se puede falsificar.

—Por lo menos yo no iba a matar a nadie con tres docenas de testigos presentes, aireador —se burló el tipo del hisopo.

—Silencio todo el mundo —los interrumpí, y los dos hombres se callaron—. A ver si lo he entendido bien. Ninguno de ustedes conocía a mi tío. Todos han venido con el único objetivo de asegurarse de que está muerto. Y a todos los envía alguien. ¿Es eso?

Asentimientos generalizados.

—¿Se puede saber qué puto problema tienen?

—No es nada personal, Fitzer —dijo el acuchillador.

—Es evidente que no es nada personal —contraataqué—. A ninguno de ustedes le importaba una mierda el tío Jake. ¿Se puede saber por qué es tan importante para sus jefes?

—A nosotros no nos importa la motivación de nuestros jefes —aclaró el tipo de la jeringa—. Nos han ordenado que vengamos y que nos aseguremos de que está muerto. Eso es todo.

Miré a Michael Chesterfield, que esperaba de pie junto a la mampara de separación entre salas. Parecía atónito ante lo que estaba ocurriendo, y no era de extrañar.

—¿Le importaría dar su veredicto profesional sobre el estado actual de mi tío? —le solicité.

—Drené personalmente todos los fluidos de su cuerpo y los sustituí por una solución de embalsamamiento —explicó Chesterfield, que claramente se dirigía a todos los presentes—.

Si no estaba muerto antes del proceso al que lo sometí, seguro que lo estaba al terminar.

No hay quien sobreviva al formaldehído y el metanol.

—Gracias —dije, y me volví de nuevo hacia el acuchillador—. El apuñalamiento no será necesario.

—Perdone, pero su amigo podría estar mintiendo. Tengo que asegurarme —insistió el acuchillador.

—No.

El acuchillador me escrutó un momento.

—¿Y a usted qué más le da, Fitzer? —me preguntó—.

Usted ni siquiera conocía a su tío. Él no significa nada para usted, y puede estar seguro de que a él usted no le importaba una mierda.

Mientras vivió, su tío jamás movió un dedo para echarle una mano.

¿Qué más le da si lo apuñalo, o si George, aquí presente, le inyecta aire en la vena, o si Kyle le frota el hisopo por el interior de la mejilla?

Si está muerto, da lo mismo. Y si no lo está, le ha tomado el pelo.

En cualquier caso, no tiene motivos para interponerse en nuestro camino —razonó, y volvió a encaminarse hacia el féretro.

Le cerré el paso.

—He dicho que no.

—En realidad, no puede detenerme —constató el acuchillador tranquilamente.

Sabía que era verdad, pero, por otra parte, a la mierda con aquel gilipollas.

—Tendrá que pasar por encima de mí —dije.

El hombre sonrió.

—No me importaría, ¿sabe?

—Ya basta —intervino uno de los hombres eslavos, el que había palpado el cuello de Jake—. Está muerto.

El acuchillador no me quitó los ojos de encima, pero se dirigió al eslavo:

—¿Cómo lo sabes?

—Fui médico en Chechenia —respondió el eslavo—. Sé reconocer a una persona muerta.

—Y yo tengo una cámara termográfica —dijo el otro eslavo, que sacó el teléfono y mostró una fotografía multicolor—. El cadáver está a la temperatura propia de un cadáver. Aquí puedes ver el contraste con la mano de Andrei.

—Está muerto —repitió el eslavo llamado Andrei—. Si a nosotros nos sirve, también le sirve a nuestro jefe, y también debería servirte a ti.

—¿Y quién es vuestro jefe? —preguntó el tipo de la jeringa.

—Dobrev —contestó Andrei, y la respuesta incitó murmullos en la sala.

El acuchillador, que en ningún momento había dejado de mirarme a los ojos, esbozó una sonrisa profundamente inquietante.

—Deberías haber empezado por ahí, Andrei —dijo—. Nos habrías ahorrado tiempo a todos. —Se apartó de mí—. Hemos terminado lo que veníamos a hacer —declaró, y se guardó el cuchillo.

—Exacto, hemos terminado —coincidí—. Todo el mundo fuera. Salgan todos.

Todos comenzaron a marcharse de la sala de velatorio. Mi mirada se cruzó con la de Andrei el eslavo, que supongo que era ruso o ucraniano.

—Gracias —dije.

—No me lo agradezca —replicó Andrei—. Mi jefe fue el que mandó el jarrón con la dedicatoria «A mamarla, hijo de puta».

Dicho esto, se marchó seguido de cerca por el hombre de la cámara termográfica.

Dos minutos más tarde en la funeraria no quedaba nadie salvo Chesterfield, sus ayudantes y yo mismo.

—Me cago en todo —dije en cuanto salió el último hombre, y me giré hacia Chesterfield—. Debo confesarle que casi me meo encima y le mojo la moqueta.

—Es uno de los velatorios más memorables que recuerdo —replicó él.

—Sigue con lo del tacto.

—Forma parte de mi trabajo —apuntó Chesterfield—. Bien, señor Fitzer, su tío pagó la opción de que usted sea testigo de la cremación si así lo desea, pero, tras lo acontecido hoy, creo que puede que le apetezca más marcharse a casa.

—Cree bien —confirmé.

La adrenalina que me había impulsado durante los últimos minutos empezaba a diluirse, y solo me notaba cansado y tembloroso.

Chesterfield asintió.

—En ese caso, permita que nos ocupemos de todo a partir de este punto. Mañana le llamaré para acordar cuándo puede pasar a recoger las cenizas de su tío.

—Gracias —dije—. De corazón. Gracias por todo.

—Lo hacemos con sumo gusto, señor Fitzer —replicó Chesterfield—. Es a lo que nos dedicamos. Por los difuntos. Y por los vivos.

Llevaba los zapatos de tortura en la mano y estaba subiendo descalzo a la acera en la esquina suroeste de Cook con Russell cuando oí unos maullidos que sonaban como los de Hera.

Recorrí la acera con la mirada, pero no la vi, y luego miré el resto de la calle.

Hera y Perséfone estaban sentadas en el camino de entrada de la casa de los Gunderson, la que había justo delante de la mía.

Crucé la calle y fui con ellas.

—Muy bien, ¿qué estáis haciendo? —pregunté a Hera, aunque no esperaba obtener respuesta. Hera era una gata. Trataba de tenerla dentro de casa la mayor parte del tiempo, tanto por su seguridad como para no tener el peso de asesinatos de pájaros sobre mi conciencia.

Dicho esto, sabía que se escapaba por algún lugar porque alguna vez la había sorprendido en el patio sin haberle abierto la puerta.

Sospechaba que había alguna ventana que no cerraba bien en el sótano, pero nunca me había molestado en comprobarlo.

Sin embargo, era extraño que se dejase ver deliberadamente cuando salía de casa.

—¿Quién te ha dicho que está bien marcharse de casa?

Hera me miró, maulló muy fuerte, y luego desvió la vista con bastante intención hacia nuestra casa, al otro lado de la calle. Seguí el camino de su mirada.

Se veía a alguien a través de una de las ventanas del piso superior, la de mi dormitorio.

—¿Qué cojones...? —Me llevé la mano al bolsillo para llamar a Emergencias.

El intruso de mi cuarto se volvió, miró por la ventana, me vio y desapareció de la ventana.

—Mierda —mascullé.

Apenas empezaba a cruzar cuando mi casa explotó y quedó desparramada por toda la calle.