Capítulo 5
No vi el cuchillo hasta que el tipo estaba a punto de clavárselo al cadáver de mi tío.
De hecho, sí que lo vi, pero mi cerebro no lo identificó como un cuchillo auténtico, sin gilipolleces, «joder, que es un cuchillo de verdad» hasta que aquel hombre, que se lo había sacado de un bolsillo del abrigo, echó el brazo hacia atrás y se dispuso a hundir la hoja, de unas dimensiones sinceramente notables, en el corazón ya frío e inerte de mi tío.
Lo cierto es que el funeral ya estaba siendo extremadamente raro hasta ese momento.
Cuarenta minutos antes en la línea temporal, Chesterfield y sus empleados habían trasladado a los dolientes a los asientos del salón principal y habían anunciado que pronto abrirían la sala de velatorio.
Los invitados eran exclusivamente varones con edades que bordeaban la cuarentena, y la postura de todos ellos parecía delatar que en algún momento de sus vidas habían pasado mucho tiempo en posición de firmes.
Los hombres llegaban principalmente en parejas o tríos, permanecían en su corrillo y apenas hablaban con los miembros de otros grupos.
Lo poco que conversaban era en voz baja y entre murmullos.
De vez en cuando, uno o un par de ellos me echaba un vistazo rápido y desviaba la mirada de inmediato.
Había llamado su atención y me estaban escrutando.
Ninguno de los hombres se acercó a darme el pésame, ni a hablarme de mi tío, de la ceremonia o, bueno, de nada.
Todos ellos sencillamente... esperaban.
—Esto es raro de cojones —susurré a Chesterfield tras media hora de miraditas. Las parejas y los tríos de hombres seguían distribuidos en grupos y mayoritariamente en silencio, y llamaba la atención que no había nadie sentado.
—Su tío frecuentaba compañías interesantes —contestó Chesterfield, también en voz baja.
—Vuelve a echar mano del tacto, ¿verdad?
—Correcto.
—Me gusta. Siga así.
—¿Qué quiere que hagamos ahora, señor Fitzer?
Miré la puerta de la funeraria. Hacía unos minutos que no entraba nadie. No iba a venir nadie más.
—Sigamos adelante y demos comienzo al velatorio.
—Entendido —accedió Chesterfield—. ¿Quiere pronunciar unas palabras antes de iniciar el velatorio o prefiere esperar hasta más tarde?
—¿Se supone que tengo que hablar? —pregunté. Morrison no me informó de esta parte del trato.
—Los parientes suelen decir algo.
Miré a los hombres congregados en el salón.
—Creo que ninguno de los presentes espera un discurso por mi parte —observé.
—Puede que tenga razón —concedió Chesterfield—. En ese caso, yo mismo anunciaré la apertura de la sala de velatorio dentro de cinco minutos. Si lo desea, adelántese y colóquese en un buen lugar para recibir las condolencias. Así también tendrá algo de tiempo para despedirse.
—Gracias.
Me marché del salón y tomé el pasillo que conducía a la sala de velatorio. Un miembro del personal de la funeraria ya estaba allí, custodiando la entrada. Me reconoció de un rato antes, cuando habían quitado las dedicatorias de las coronas de flores, y me dejó entrar.
Los arreglos florales, desprovistos de aquellas dedicatorias escritas por una panda de cabrones, rodeaban el féretro del tío Jake, complementados por las flores y las coronas de la propia funeraria.
El ataúd en sí era sencillo, y estaba fabricado enteramente en madera y fibras naturales para poder introducirlo en el crematorio del recinto inmediatamente después del velatorio.
La caja estaba abierta, y el tío Jake, supuestamente, estaba en su interior, descansando.
Me acerqué al tío Jake y, finalmente, lo miré de cerca por primera vez en casi tres décadas.
Necesité un minuto, pero finalmente mi cerebro asoció al hombre del ataúd con aquel otro hombre, al cual recordaba vagamente de cuando tenía cinco años, y a quien, por cierto, había visto por última vez en persona allí mismo, en esa funeraria.
En el recuerdo que conservaba de él, mi padre se lo había llevado a un pasillo justo antes de la ceremonia y hablaba con él en voz baja pero enfáticamente.
Recuerdo verlos desde el pasillo de la sala de velatorio y, aunque no oía lo que decían, comprender que no era nada bueno.
En un momento dado, Jake se volvió y me miró directamente a los ojos.
La versión envejecida de ese rostro estaba dentro del ataúd en ese momento.
Jake tenía cuatro o cinco años más que mi madre, su hermana.
Al morir, él aparentaba su edad, aunque matizada por la riqueza, no sé si me explico.
Tenía el aspecto que te puedes permitir cuando tienes acceso a los mejores médicos, esteticistas y entrenadores, y todos se ocupaban de cuidar de tu salud, tu peso, tu dieta y tu bienestar general.
Jake parecía haber estado en plena forma hasta el preciso instante en el que cayó muerto.
Es probable que fuera cierto. ¿A quién quiero engañar?
En ese momento, Jake, que estaba muerto, tenía mejor aspecto que yo, que seguía vivo.
Sin duda parecía menos estresado. Supuse que, si echaba un vistazo tras los labios sellados de mi tío, encontraría una dentadura perfecta, pero no intenté comprobar si mi teoría era correcta. La curiosidad no era tan irresistible.
El rostro de Jake me recordaba al que tenía mi madre tanto en mis recuerdos como en las fotografías que mi padre tenía en casa.
Compartían la misma nariz, los mismos pómulos y las mismas aristas.
Fijarme en ese detalle no me inspiró ninguna emoción arrebatadora.
Ella murió cuando yo era pequeño, y hacía mucho que había superado el duelo por aquella pérdida.
El parecido de Jake con mi madre me recordó que yo había salido más parecido a mi padre, un rasgo que creo que lo entristeció.
A él le habría gustado ver una mayor parte de la mujer a la que amaba en el único hijo que tenían en común.
—Tienes muy buen aspecto, tío Jake —aseguré a su cadáver.
El tío Jake no dijo nada, una reacción muy acorde a su comportamiento en vida.
La mampara plegable que dividía el espacio se abrió, y los supuestos dolientes empezaron a entrar a la sala de velatorio.
Me situé en el extremo más alejado del ataúd del tío Jake.
La idea era que los asistentes se acercasen al féretro, presentasen sus respetos y luego me dieran el pésame, si lo deseaban.
Supuse que era un método más eficiente que pedirles que presentasen sus respetos antes de llegar al ataúd, y eliminaría las pausas incómodas si alguien se quedaba un momento junto al cadáver antes de volver a su lugar.
Un minuto más tarde, los invitados formaron una cola.
Los dos primeros en acercarse al cuerpo fueron dos hombres calvos musculosos que no se habían molestado en quitarse el abrigo, un tema recurrente entre los presentes, según pude comprobar al echar un vistazo al resto de la sala.
Me miraron un instante y luego volvieron a fijar la mirada en el cadáver de Jake.
Se susurraron algo en una lengua que me sonó vagamente eslava, y luego uno de ellos metió una mano en el ataúd y tocó el cuello de Jake, como si le buscase el pulso.
—¿Disculpe? —dije al tomador de pulso—. ¿Bromea?
Me miró sin decir nada y entonces cerró los ojos, como si quisiera concentrarse. El otro sacó un teléfono, abrió la cámara y se puso a tomar fotos.
Tras unos segundos de esa guisa, el primer hombre abrió los ojos y me miró directamente.
—Le acompaño en el sentimiento —dijo eslavamente.
—Gracias —respondí perplejo, y entonces miré al hombre que tomaba fotos—. No se haga selfis, por favor.
La petición hizo reír al fotógrafo, que tomó un par más de instantáneas y dijo algo al palpador, quien a su vez soltó una risita, se volvió hacia mí y me tomó una fotografía.
Ambos abandonaron la procesión de dolientes antes de que tuviera tiempo de preguntarle por qué habían hecho lo que acababan de hacer.
A continuación, me volví hacia mi tío, y ese fue el momento elegido por el acuchillador para hacer su numerito.
Chillé y me abalancé sobre el acuchillador.
Casi de inmediato y, aun así, demasiado tarde, me di cuenta de que no había sido una decisión nada inteligente.
Él era más alto y musculoso que yo, y lucía un corte de pelo corto y una barba incipiente que me hicieron pensar en algunos de los servicios secretos más activos y menos legítimos del mundo.
Propiné un empujón al hombre y, mientras lo hacía, me invadió la terrible sensación de que aquel tipo estaba decidiendo si debía dejarse empujar o bien rechazar mi ataque y derribarme sobre la alfombra.
Ese instante minúsculo duró toda una eternidad. Finalmente, el acuchillador tomó la decisión de permitir que lo empujase y se retiró un paso del ataúd, con el cuchillo todavía a punto por si tenía que llevar a cabo algún apuñalamiento adicional.
—¿Se puede saber qué demonios está haciendo? —grité. Estaba convencido de que aquel hombre me podía destripar como si fuese un pescado, pero no tenía mucho sentido echarme atrás.
—Estaba a punto de apuñalar a su tío —replicó el desconocido tranquilamente—. Puede que lo haga a pesar de todo.
—¿Por qué cojones iba a hacer algo así?
—Porque no es la primera vez que su tío finge su propia muerte —contestó—. Me han ordenado que confirme que esta vez es cierto.
Miré al hombre, perplejo, y luego paseé la mirada por la sala de velatorio.
La habitación estaba llena de hombres que me devolvían la mirada, expectantes ante lo que pudiera suceder a continuación.
Todos ellos eran muy parecidos al que tenía delante, y en ese momento me di cuenta de que, si hubiese empujado a cualquiera de los demás, también habrían tenido que pensarse si aceptar el empujón o estamparme contra el suelo.
No tenía muy claro si todos ellos habrían tomado la misma decisión que el acuchillador.
Me recompuse y traté de fingir que no estaba a punto de mearme encima en la sala de velatorio.