Villano en prácticas Capítulo 4
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Capítulo 4

Me compré unos zapatos mejores.

Subí al Maxima de mi padre y fui a comprarlos al centro comercial de outlets de Kildeer.

Me decidí por unos zapatos oxford negros de pala vega.

Eran incómodos y me pellizcaban los dedos gordos, pero estaban de saldo y el resto de los zapatos que ojeé no lo estaban y costaban más de lo que yo quería gastarme.

Sufrí una pequeña pero profunda crisis existencial tratando de determinar si un tío difunto al que yo apenas conocía merecía el precio completo de unos zapatos en lugar de unos oxford del estante de los saldos.

Finalmente recordé que la factura de la electricidad ya iba por el segundo aviso.

El estante de los saldos ganó la partida.

El Maxima estuvo a punto de morir en dos ocasiones durante los veinte kilómetros del trayecto de ida y vuelta a Kildeer, así que, cuando finalmente llegó el sábado, decidí ir a pie a la Funeraria Chesterfield.

No estaba lejos de casa, y el paseo me daría la oportunidad de dar algo de sí los oxford baratos.

El día señalado, me puse de nuevo mi mejor y único traje y dejé que las gatas escogiesen la corbata una vez más.

Hera escogió la roja. La pequeña Perséfone la golpeó y trató de destriparla con una patada de conejo.

Decidido: la roja. Me acompañaron a la planta baja y me observaron desde la ventana mientras empezaba a bajar por la calle.

Fue todo un detalle que se molestasen en venir a verme.

Podía ir a la funeraria por distintos caminos, y escogí el que pasaba por el McDougal’s.

Ahora que pronto iba a convertirme en el legítimo propietario de mi casa, existía la posibilidad real de volver al banco y obtener el préstamo empresarial con la vivienda como aval.

Si lo conseguía, podría comprar el McDougal’s y convertirme en un camarero / pequeño empresario en mi ciudad natal.

Quería comprar el McDougal’s para probar algo nuevo y para hablar con alguien que no fuesen mis gatas o alumnos del instituto, pero también había otro motivo.

Antes de que mi padre muriese, íbamos juntos al McDougal’s, nos poníamos cómodos, bebíamos cerveza, comíamos patatas fritas y veíamos partidos de fútbol de la Premier League que no nos importaban solo por hacer algo fuera de casa.

Eran buenos momentos, y algunos de los últimos buenos recuerdos que conservaba con mi padre.

Puede que fuera algo extraño querer comprar un pub para mantener viva la conexión con mi padre, pero en ese momento mi vida se encontraba en ese punto.

Jeanine se había quedado con la mayoría de nuestros amigos comunes en el Gran Reparto Posdivorcio, y yo no veía mucho a los que me habían quedado, los del mundo del periodismo.

Casi todos habían seguido adelante con sus vidas mientras yo me marinaba en Barrington, viviendo en la casa de mi padre y trabajando como profesor sustituto.

Probablemente, ser el dueño del McDougal’s no me iba a granjear nuevas amistades, pero, por lo menos, habría gente en el mismo lugar que yo, y sería gente que desearía estar allí, aunque solo fuera por la cerveza y las patatas fritas.

Y también podría invitar a mis viejos amigos al local y no ser un maldito ermitaño amargado. El esfuerzo merecía la pena.

Unos minutos más tarde, cuando alcancé a ver la Funeraria Chesterfield en el margen izquierdo de la carretera de County Line, se me ocurrieron dos reflexiones.

Lo primero que pensé fue que, tras el paseo, los pies me habían hecho llegar una circular informándome de que odiaban mis zapatos y a mí de paso, que debería haber pagado el precio de los que no estaban rebajados, y que ya estaban formando ampollas para castigarme por tomar malas decisiones vitales.

No me iba a poder quitar esos zapatos al menos durante tres horas.

Decidí que haría descalzo el trayecto de vuelta a casa.

En segundo lugar, me pregunté quién se presentaría en el funeral del tío Jake, y qué podrían contarme acerca de mi misterioso, y ya difunto, pariente.

—Veamos hasta qué punto estabas solo en realidad, tío Jake —dije en voz alta, y abrí la puerta de la funeraria.

El espacio era tal y como lo recordaba del funeral de mi padre, y supongo que también del de mi madre, aunque recordaba muy poco de aquella ceremonia.

Los pasillos y las paredes eran de tonos pastel, las moquetas eran verdes, y las puertas, de madera pulida.

La serenidad, o al menos la falta de tensión, inundaba el lugar.

Música tranquila sonaba al mínimo volumen posible para seguir siendo audible.

El edificio emanaba un olor que, durante el funeral de mi padre, describí a mis hermanos como «neutro floral». No les hizo gracia.

Miré a la derecha, hacia la puerta que conducía al salón principal del tanatorio, el lugar en el que se iban a congregar los dolientes y en el que se celebraría cualquier ceremonia en caso de que se hubiese organizado algún acto.

Más allá del salón se encontraba la sala de velatorio, a la cual se accedía por el pasillo de la izquierda o retirando una mampara del salón principal para expandir el espacio.

En algún lugar del fondo del local se encontraba mi tío Jake. El tío al que no había vuelto a ver desde que tenía cinco años.

—¿Señor Fitzer?

Me hablaba un hombre trajeado que bajaba por la escalera de mi derecha. Era Michael Chesterfield, el director ejecutivo de la funeraria. Acababa de asumir el cargo cuando murió mi padre, y por aquel entonces me contó que ese había sido uno de sus primeros servicios en el puesto.

—Hola —saludé, y nos estrechamos la mano.

—Mi más sentido pésame —dijo Chesterfield.

—Gracias. Me pidieron que viniese con algo de antelación y supuse que una hora sería un margen adecuado.

—Sí, es un momento perfecto —replicó Chesterfield—. De hecho, es más que perfecto.

—¿Va todo bien? —Finalmente me percaté de que Chesterfield, que en el funeral de mi padre exudaba una tranquilidad casi propia de un vulcano, en ese momento estaba actuando de un modo que no se ajustaba a su papel.

—Con su tío sí, todo va estupendamente —contestó Chesterfield—. Está en nuestra sala de velatorios. Hay otros temas de los que debemos hablar.

—Entendido —accedí—. ¿Por ejemplo?

—Los arreglos florales.

—¿Qué pasa con las flores? ¿No las han pagado? —No tenía ni idea de cómo se iba a pagar la ceremonia, o si me correspondía abonar alguna parte de los gastos. Si esperaban que pagase cualquier cosa, iba a ser un funeral muy corto y de una austeridad ridícula.

—El dinero no es ningún problema —aclaró Chesterfield—. Está todo pagado. El problema no son los arreglos florales pagados por los albaceas de su tío, sino... los otros.

—¿Qué otros?

—Muy a menudo, los asistentes a un funeral encargan la entrega de flores para el difunto.

—Sí, ya lo sé. ¿Hay algún problema con las flores?

—Los arreglos florales son preciosos. Sin embargo, los mensajes de las cintas de dedicatoria no son tan bonitos.

Fruncí el ceño.

—¿A qué se refiere?

—Bueno, una de las dedicatorias dice: «Nos vemos en el infierno».

—¿Qué?

—«Nos vemos en el infierno» —repitió Chesterfield.

—¿Es... es una broma?

—Estoy bastante seguro de que no es ninguna broma.

—¿Por qué lo dice?

—Porque no es el único mensaje que dice algo parecido, señor Fitzer, aunque sí es uno de los más comedidos.

—Bueno, tenía usted razón —comenté a Chesterfield—. Las flores son muy hermosas.

Lo cierto es que todas las flores eran preciosas.

Las que llevaban el mensaje «Nos vemos en el infierno» estampado en la cinta eran rosas blancas, lirios asiáticos, crisantemos, claveles y delfinios azules, o eso me dijo Chesterfield cuando fui a verlos mejor.

Otra corona exhibía rosas chillonas y claveles, lirios naranjas, girasoles amarillos, lavandas lilas y crisantemos verdes, además de la dedicatoria: «Demasiado has tardado».

Debo decir que me gustó especialmente la cesta con margaritas de tonos lavanda, crisantemos, rosas blancas, bocas de dragón y asteres Monte Cassino con las palabras «A mamarla, hijo de puta» afectuosamente estampadas en la base del jarrón deliciosamente bien adornado.

Había más, pero estos ejemplos son una muestra representativa del conjunto.

Todos los arreglos florales se encontraban en el despacho de Chesterfield, situado en la planta superior de la funeraria. Comprensiblemente, no había querido colocarlas en el velatorio sin antes consultármelo. El despacho era un estallido de belleza floral y sentimientos ponzoñosos.

—Por lo visto, su tío despertaba reacciones apasionadas entre sus conocidos —valoró Chesterfield.

—Le agradezco que haya escogido la fórmula más elegante posible para expresar que lo odiaban a muerte.

—Sí, bueno, el tacto forma parte de mi trabajo —me confió él.

—¿Qué clase de persona envía este tipo de cosas a un funeral?

—Tengo ciertas opiniones al respecto, señor Fitzer, pero no son muy diplomáticas.

Hice un gesto hacia las flores.

—Y la floristería local no ha tenido problema alguno con ninguna de estas dedicatorias.

—Los arreglos no se prepararon aquí —aclaró Chesterfield—. Todos han llegado esta mañana a través de distintos servicios de mensajería. Yo sí acudí a nuestro florista habitual para las flores que aportamos nosotros, pero las nuestras no incluyen ninguna dedicatoria especial.

Sonreí e hice otro gesto hacia una corona de rosas rojas y lirios con la dedicatoria: «¿Muerto? Juas, pues vale» y el emoji de una cara sonriente con la lengua sacada.

—Al menos esa corona no es horrible al cien por cien.

—Es cierto, pero parece insinuar que quien la envía no está plenamente convencido de que su tío haya muerto de verdad —opinó Chesterfield.

—¿Y lo está?

—¿Muerto?

—Sí.

—Estaba muerto cuando llegó a la funeraria —constató Chesterfield.

—¿Y espera algún cambio en su estado?

—Sería de lo más inusual.

Volví a sonreír e inspeccioné las flores unos instantes antes de volver a mirar al hombre.

—Podemos quitar las dedicatorias y las tarjetas, ¿verdad?

—Sí, por supuesto.

—Pues quítenselas antes de colocar los arreglos florales en la zona de velatorio, si son tan amables.

Chesterfield asintió y luego señaló el jarrón con la inscripción «A mamarla, hijo de puta».

—¿Y qué hacemos con esto?

—¿Tienen otro jarrón en el que podamos poner las flores?

—Sí, pero al transferir la corona puede que la estropeemos un poco.

—Yo diría que la persona que envía las flores perdió el derecho a una corona impecable cuando inscribió en el jarrón ese «A mamarla, hijo de puta», ¿no le parece?

—Cierto —concedió Chesterfield, y titubeó un instante—. ¿Qué quiere que hagamos con el jarrón original?

—¿Por qué lo pregunta? ¿Lo quiere?

—Cuando los clientes deciden no llevarse los arreglos florales al sepulcro o a su casa al marcharse, a veces me quedo los jarrones y los soportes para reaprovecharlos en futuras ceremonias.

—¿Y cree que podrá dar uso a este jarrón en otro funeral? —Francamente, la idea de que reusaran ese jarrón con la leyenda «A mamarla, hijo de puta» en el funeral solemne de un miembro de una familia adinerada me parecía divertida.

—No lo creo —admitió Chesterfield—. Sin embargo, si no le importa, puede que comparta la imagen en una página web privada de directores de funerarias que visito a menudo. Nos encantan estas cosas.

Le di permiso para quedarse con el jarrón soez, y sus ayudantes y él retiraron las dedicatorias de los arreglos florales y comenzaron a sacarlos del despacho. Yo me retiré a un rincón de la sala y me saqué el teléfono del bolsillo para enviar un mensaje de texto a Mathilda Morrison.

«¿Qué narices está pasando con mi tío? —le envié—. La gente lo manda a tomar por culo con arreglos florales.»

«Es increíble —respondió Morrison—. Haga fotos.»

«¿Qué hizo para merecer algo así? —pregunté en vez de tomar las fotografías—. ¿El mundo de los aparcamientos es así de despiadado?»

«En su gremio competía con personalidades muy intensas», replicó ella.

«Querrá decir cabrones», contesté.

«Es la palabra idónea», coincidió Morrison.

«¿Alguno de ellos se presentará en el funeral?», pregunté.

«Es posible», escribió ella.

«¿Y cómo sabré si están aquí?», pregunté.

«Créame, le harán saber de su llegada», replicó Morrison.