Villano en prácticas Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—De nada. A pesar de todos los pecados que pudiera cometer contra usted, una de las últimas cosas que hizo en vida fue pedirme que viniese a esta casa. A hablar con usted. Y a pedirle un favor.

—¿De qué favor se trata? —pregunté.

—Su tío era un hombre exitoso desde el punto de vista empresarial, pero no tenía familia propia —comenzó Morrison—.

Nunca se casó, y tampoco tuvo hijos. Los padres de su tío Jake, es decir, sus abuelos, fallecieron antes de que usted naciese.

Su madre era la única hermana de Jake, y usted es el único hijo que tuvo ella.

—Me está diciendo que soy su único pariente.

—Sí, a menos que quiera contar como parientes a un par de primos terceros que viven cerca de Leipzig y a los que su tío no consideraba de la familia.

—La verdad es que ahora quiero saber más sobre esos primos terceros.

—Ambos son tipos raros con un carácter ermitaño —dijo Morrison—. Uno de ellos colecciona figuras Hummel. El otro tiene diecisiete gatos. Es el censo actual. La cifra fluctúa.

Eché un vistazo a mis dos gatas actuales, que estaban terminando de comer.

—Creo que no es el parecido familiar que más me favorece.

—No se preocupe. Tener dos mininos está muy lejos del nivel necesario para que lo consideren un loco de los gatos.

El comentario me arrancó una débil sonrisa.

—Gracias.

—Como es usted su único pariente vivo, a su tío Jake le gustaría que lo representase en su funeral, que se celebrará aquí mismo, en Barrington, en la Funeraria Familiar Chesterfield. ¿La conoce?

—Por supuesto.

Era literalmente la única funeraria de Barrington, y estaba a pocas manzanas de distancia de la casa. Había acogido tanto el funeral de mi madre como el de mi padre, y sospechaba que Morrison muy probablemente lo sabía.

Morrison asintió.

—Será este sábado a las tres de la tarde. Su trabajo consiste en personarse en la funeraria, recibir a los dolientes y aceptar sus condolencias, y después, tras el velatorio, asistir a la incineración. Ya está todo organizado. Usted solo tiene que presentarse.

—¿Por qué aquí? —pregunté.

—¿Por qué en Barrington?

—Sí. El tío Jake no tiene ningún arraigo en esta localidad.

Mi madre no era de aquí; ella se crio a las afueras de Pittsburgh, así que doy por sentado que el tío Jake hizo lo propio, pero ella al menos vivió aquí.

El tío Jake ni siquiera puede decir lo mismo.

Y si las informaciones de la CNBC son ciertas, es rico, y no solo para los estándares de Barrington, sino rico de verdad.

Rico como para acumular miles de millones de dólares.

Rico como para poder celebrar un funeral en una catedral monumental con miles de dolientes.

Morrison sonrió al oír la descripción.

—No le fue mal.

—¿Ve? Eso es lo que dice la gente que es rica de verdad. —Señalé a Morrison—. O lo que dice la gente que la representa, y no pretendo ofenderla.

—No me ofende. Su tío tenía sus razones para desear que el funeral se celebrase aquí —declaró Morrison—.

Una de ellas es el sentimentalismo. Quería la ceremonia en el mismo lugar en el que se celebró la de su hermana.

Decía que eso le aportaría una sensación de cierre con ella.

La otra es que, por muy rico que fuese su tío, no era una persona extravagante.

Al menos en el sentido convencional de la palabra.

Un funeral fastuoso le habría parecido un derroche de dinero.

—¿Y no tiene amigos?

Morrison negó con la cabeza.

—No muchos. No le caía bien mucha gente, y él tampoco caía bien a muchos.

—¿Y a usted le caía bien?

—Sí —contestó Morrison—. Pero yo tenía un alto grado de tolerancia hacia sus peculiaridades.

Sonreí.

—Una selección de palabras magistral.

—Ni se lo imagina. Sea como fuere, la concurrencia al funeral será relativamente pequeña.

—El tanatorio también es pequeño, así que será mejor así.

—Además, si no lo tengo mal entendido, la funeraria le hizo un muy buen precio por adquirir conjuntamente la ceremonia y la incineración.

Me alegré de no tener la boca llena de cerveza al oír eso.

—Entonces, ¿no planea llevarse toda su fortuna al otro barrio? —pregunté en tono travieso.

—No, prefería gastar el dinero en otras cosas —explicó Morrison—. Y eso nos lleva al asunto de la compensación que percibirá usted.

—Entendido. O sea, que yo hago ese favor a mi difunto tío, y entonces usted me dará lo que me ha dejado.

—Correcto, ese es el trato.

Di otro sorbo a la cerveza para ganar algo de tiempo y poder ordenar los pensamientos.

—Me parece algo casi insoportablemente cínico —valoré después de tragar.

Morrison asintió.

—Lo entiendo. Trate de enfocarlo del siguiente modo: desde que usted nació, a su tío Jake le pidieron que se mantuviera alejado de usted, y cuanto más, mejor. Este trato compensará todo lo que no pudieron compartir a lo largo de esos años.

—Entendido, ¿y se puede saber qué propone darme mi tío Jake a cambio de mi tiempo?

Morrison hizo un gesto que englobaba la casa entera.

—Esto.

Miré a mi alrededor.

—La casa ya es mía.

—Pertenece a la herencia de su padre, que usted comparte a partes iguales con sus tres hermanos, y ellos quieren que se marche para hacerse con lo que pueda valer.

Su tío sabía lo de la cláusula de usufructo presente en el testamento de su padre, y también estaba al tanto de que había estado a punto de incumplir el acuerdo.

.. a pesar de que no había sido por su culpa.

Fruncí el ceño.

—¿Y cómo lo sabía?

—Como ya he mencionado, le seguía la pista.

—Esta vez ha sonado todavía más inquietante que la anterior.

Morrison obvió el comentario.

—Si presta este servicio a su tío, en ambos sentidos de la palabra, una de las inmobiliarias más discretas que poseía presentará una oferta privada por su casa al albacea de su padre por un importe superior a su actual valor de mercado —expuso—.

Podrá dar una grata sorpresa a sus hermanos accediendo a aceptar la oferta, y percibir su cuarta parte del dinero de la venta.

Acto seguido, una vez que se cierre la transacción, la inmobiliaria le revenderá la casa aplicándole un descuento enorme, a un precio que podrá permitirse holgadamente, y cubrirá el importe de los impuestos devengados de vendérsela por debajo de su precio de mercado.

Será su propietario único y sin cargas, y no tendrá que volver a preocuparse por sus hermanos.

Además, al término de la operación, recibirá un pago en efectivo adicional.

Seis cifras por el rango bajo. No es una fortuna, pero sí lo suficiente para darle algunas opciones a la hora de plantearse lo que desee hacer de hora en adelante.

Traté de imaginar un mundo en el que «seis cifras por el rango bajo» no fuesen «una fortuna» y decidí posponer la reflexión.

—Y harán constar por escrito todo lo que me acaba de decir —dije a Morrison.

—Por supuesto, si así lo desea —respondió divertida—. ¿Por qué? ¿Acaso no se fía de su tío, Charlie?

—No conozco a mi tío —le recordé—. Quiero decir que no lo conocía.

—Le aseguro que si hubiese deseado quedarse con su casa disponía de métodos mucho más sencillos que no implicaban fallecer como primer paso. Es una Cape Cod de Barrington, y no escasean, precisamente.

—¿Usted se da cuenta cuando es grosera o le sale así sin más?

—No pretendo ser grosera —me aseguró Morrison—. Solo que, si le parece bien, me gustaría que no nos desviásemos de la cuestión que nos ocupa.

—¿Y qué pasa si me niego? —pregunté—. Me refiero a si no accedo a representar a la familia en el funeral.

—Bueno, no voy a ir a buscar al coleccionista de figuras Hummel, si es lo que quiere saber —respondió Morrison, y se encogió de hombros—. Si usted no lo hace, supongo que el personal de la funeraria se encargará de todo.

—¿Y usted? ¿También asistirá?

—Su tío me pidió que atendiese otros asuntos durante la ceremonia —explicó Morrison—. Él y yo ya nos despedimos.

Oí un maullido a mis pies. Hera se me había acercado y quería tumbarse un rato en mi regazo. Dejé la cerveza sobre la mesita de café y me di unos golpecitos en el muslo. Hera se encaramó al sofá de un salto y, tras una pausa para posicionarse, se dejó caer sobre mis piernas.

—Lo adora —observó Morrison mientras yo acariciaba a mi gata.

—Ya le he dicho que me llevo mejor con los gatos que con las personas.

—Hasta ahora conmigo no se lleva mal.

—Lo dice porque no tiene que vivir conmigo —repliqué.

—Es posible —aceptó Morrison, y echó un vistazo a su reloj de pulsera—. Tengo que irme. ¿Vendrá a velar a su tío en el funeral?

Lo pensé un instante.

—Es raro ser el representante de alguien a quien no conozco solo porque era el hermano de mi madre.

—En ese caso, considérelo un gesto generoso hacia un desconocido —le sugirió Morrison—. Un desconocido que no tiene a nadie más que pueda cumplir su deseo.

Me lo replanteé desde ese punto de vista y, por un instante brevísimo, me compadecí de mi tío milmillonario, que, al parecer, no tenía a nadie más que pudiera representarlo.

—De acuerdo —cedí—. Puedo hacerlo.

—Estupendo. —Morrison se levantó e inmediatamente me hizo un gesto—. No se levante. La gata se acaba de poner cómoda.

—¿Y ahora qué hago?

—Hoy mismo llamaré a Chesterfield para avisarlos de que irá.

Tengo su número, así que más tarde le haré llegar los detalles por mensaje de texto.

Si desea llamar o pasarse por sus instalaciones antes del funeral para recibir instrucciones, adelante; de lo contrario, lo pondrán al día el sábado, en cuanto llegue.

Vaya con un poco de antelación. —Echó un vistazo a mi traje—. La ropa que lleva servirá. Aunque...

—¿Aunque qué?

—Debería comprarse unos zapatos mejores. —Morrison sonrió y agachó un segundo la cabeza para despedirse de mi gata y de mí. Y entonces se marchó antes de que pudiera decir nada más.