Villano en prácticas Capítulo 3
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Capítulo 3

Una gata naranja y blanca me esperaba dentro de la casa y me maulló en cuanto entré por la puerta.

—Hola, Hera —saludé. Me bajé la gatita del hombro y la coloqué a la altura de los ojos de Hera—. Te he traído una cosita. —Puse a la cachorrita delante de ella y esperé.

Si la súbita intrusión de una nueva gata sorprendió o irritó a Hera, no dio ninguna muestra de ello.

En su lugar, examinó un instante a la gatita, que lanzaba chillidos agudos, y enseguida comenzó a acicalarla.

Los ronroneos de ambas eran un símbolo inequívoco de que habían llegado a un acuerdo de paz, así que fui a la cocina a buscarles algo de comida.

—Optó por el camino de las diosas —observó Morrison mientras cerraba la puerta a su espalda.

—¿Qué es el camino de las diosas? —pregunté.

—Cuando la gente pone nombre a los gatos, suele inclinarse por una de tres categorías posibles: alimentos, características físicas o mitología —explicó Morrison—. Así que puede llamar a su gato Azúcar, Mancha o Zeus. Usted optó por la mitología.

—¿Y qué me dice de los que llaman a su gato como personajes de libros de fantasía? —Recogí el cuenco de la comida de Hera de su alfombra y agarré otro más pequeño para la gatita—. Gandalf. Sauron. Ese tipo de cosas.

—Esos nombres quedan cubiertos por la mitología.

—Eso es hacer trampa —protesté.

—De ningún modo —dijo Morrison—. Gandalf y Sauron eran maiar.

—¿Qué?

—Maiar. Ya sabe, como los dioses de la mitología de Tolkien. O ángeles. De modo que la etiqueta sigue siendo aplicable.

—Es oficial: me ha derrotado en la batalla por averiguar quién es más friki de los dos —concedí.

Llené los cuencos de comida para gatos, los coloqué en la alfombra y me di unos golpecitos en las piernas para llamar la atención de las gatitas.

Ambas se acercaron a la comida. Hera fue directamente a su cuenco, y la cachorrita, sin dudarlo ni un momento, se encaminó al más pequeño.

No hubo peleas por la comida. Buena señal.

Morrison señaló la gatita, que en ese momento buceaba entre la comida del cuenco y ronroneaba durante la expedición.

—Entonces, ¿esa se llama Atenea?

—Quizá —contesté—, aunque pensaba llamarla Perséfone. Menos común. Más profundo. A menos que en realidad sea un macho, en cuyo caso puede que lo llame Apolo.

—En cualquiera de los dos casos, parece encantado con la idea de adoptar a un gato callejero.

—No tener hogar no es culpa del gato. Además, ha acudido a mí para pedirme ayuda.

—Ha sabido reconocer a un pringado a simple vista —bromeó Morrison con una sonrisa.

—Probablemente —admití—. Puede que simplemente me lleve mejor con los gatos que con las personas, y los gatos parecen saberlo.

—La toxoplasmosis habla por usted.

—Seguro que sí. —Hice un gesto hacia el frigorífico—. ¿Quiere beber algo?

—No, gracias. —Morrison hizo un gesto hacia el sillón del cuarto de estar, el asiento favorito de mi padre—. ¿Es un sillón Eames auténtico? —preguntó.

—¿Se refiere a si es una pieza de Herman Miller y no una simple imitación barata? —Abrí el frigorífico para agenciarme una cerveza.

—Sí, a eso me refería.

—Es auténtico. —Agarré una cerveza (Michelob Ultra, no me enorgullezco de ello) y desenrosqué la chapa—.

Mi madre se lo regaló a mi padre por su primer aniversario.

Ella sabía que él siempre había querido tener uno, y se lo compró para darle una sorpresa.

Él siempre dijo que era un sillón auténtico, no una imitación, y yo confiaba en su palabra. Siéntese, por favor.

Morrison se acomodó en el sillón y se tomó la libertad de apoderarse de la otomana.

—No cabe duda de que es auténtico —valoró pasado un rato.

—Seguro que lo sabe mejor que yo; solo me he sentado una vez en esa cosa.

—No es un regalo barato para un primer aniversario —comentó Morrison.

—La verdad es que nunca había pensado en lo que pudiera valer, siempre ha estado ahí —confesé—. Aunque, ahora que lo menciona, no sé si mi madre se lo pudo permitir con su sueldo de higienista dental. Puede que el tío Jake le echase una mano.

Morrison asintió al valorar la sugerencia.

—Jake apreciaba mucho a Lizzie —coincidió ella, y no se me escapó que había mencionado el nombre de mi madre.

—Parece muy joven para saberlo por experiencia —observé. Salí de la cocina, regresé a la sala de estar y me encaminé directamente hacia el sofá.

—Pues lo sé tan de primera mano que me lo dijo él mismo.

—¿Y era un tema de conversación habitual?

—La respuesta quizá le sorprendería.

—Por cierto, ¿cómo conoce a mi tío? Perdón, quiero decir cómo lo conoció. —Me senté en el sofá y me hundí en mi sitio, el rincón donde el cojín se había deformado hasta adoptar la forma perfecta de mi trasero.

—Yo era una gata callejera y acudí a él para pedirle ayuda —contestó Morrison, y asintió en dirección a la cachorrita, que todavía tenía la cabeza metida en la comida.

—Estoy seguro de que calla buena parte de la historia —repliqué.

—Es cierto, pero es la versión abreviada.

—Usted no es ninguna gata.

—No, eso es verdad.

—Se me ocurren muchos desenlaces posibles para una historia en la que una mujer joven va a pedir ayuda a un hombre mayor que ella —aventuré, y di otro trago a la cerveza.

Morrison hizo una mueca.

—Si eso es lo que piensa, no conoce muy bien a su tío.

—Bueno, ese es precisamente el problema, ¿no cree?

No sé qué pensar, y no conozco muy bien a mi tío.

La última vez que estuvimos juntos en la misma habitación yo tenía cinco años.

Sabía de su existencia, pero, aparte de eso, es un completo misterio para mí.

Y él tampoco parecía muy interesado en conocerme, que digamos.

—Eso no es cierto —me contradijo Morrison—. Su tío y su padre discutieron tras la muerte de su madre, y su padre le pidió que se mantuviese al margen de su familia. Su tío... respetó esa petición.

—No sé nada de eso —contesté—. Ni siquiera sé si es cierto.

—Supongo que su padre no hablaba mucho de su tío Jake.

—Nunca. Ni bien ni mal. Simplemente nadie mencionaba su existencia, ni mi padre ni nadie. Bueno, salvo cuando me hizo el regalo de bodas. —Bebí otro trago.

—Las cucharillas de postre —dijo Morrison.

Me atraganté con la cerveza.

—¿También sabe eso?

—Sí —confirmó Morrison—. Fue aproximadamente durante la época en la que empecé a trabajar codo con codo con su tío.

—¿Y también sabe algo de la nota que acompañaba a las cucharillas?

Morrison asintió.

—Sí, y lo lamento. Le dije que no la pusiese, pero no me hizo caso.

—Hay que ser cabrón para hacer una apuesta sobre lo que iba a durar mi matrimonio.

Morrison me señaló para mostrar su acuerdo.

—Es justo lo que le dije. Según su razonamiento, usted debía saberlo para, por lo menos, contar con algo de tiempo para hacer planes.

Tosí para acabar de desatascarme la cerveza de la parte superior de los pulmones.

—No me ayudó a planificar con antelación. Ni siquiera entendí lo que significaba hasta que encontré por casualidad el estuche de las cucharillas mientras recogía mis cosas del apartamento que compartíamos.

—¿No sacó las cucharillas del estuche?

—Por supuesto que no sacamos las cucharillas del estuche —confirmé, irritado—.

¿Cuándo íbamos a usarlas? Vivíamos en un piso de una sola habitación en el barrio de Ukrainian Village, no es el escenario más adecuado para dar fiestas de alto copete.

—Señalé la cocina—. Hoy en día, siguen dentro del estuche.

La tarjeta ya no está. La tiré cuando comprendí su significado.

—Lo lamento —se disculpó Morrison de nuevo.

—Lo que me gustaría saber es cómo se las apañó para ser preciso con el tiempo. La tarjeta decía: «Tres años y seis meses», y exactamente tres años y medio más tarde me estaba llevando las cucharillas de postre a otra parte.

—Su tío calaba a las personas.

Miré a Morrison con una expresión dubitativa.

—Por lo visto, no lo bastante para entender que la predicción de la fecha de un divorcio tal vez no sería bienvenida el día de la boda de alguien.

—Tenía algunas lagunas, es cierto —coincidió ella.

—Además, ¿cómo iba a conocerme? ¿Y cómo iba a conocer a Jeanine?

—Me sentía los labios raros al pronunciar el nombre de mi exesposa, a quien había conocido en la Universidad Northwestern y con quien, a los veinticuatro años, el día que compartimos el altar de la Iglesia Episcopal de San Miguel, estaba seguro de que iba a permanecer casado el resto de mi vida.

Mis cálculos resultaron ser demasiado optimistas, y por un margen tremendo.

—Le seguía la pista —dijo Morrison—. Discretamente. Desde lejos. De un modo que no hiciese enfadar a su padre.

—Eso no ha sonado para nada inquietante. —Los pulmones se me habían despejado lo suficiente para dar otro trago a la cerveza.

—No pretendía darle un matiz inquietante. Como ya le he comentado, su madre era muy importante para él, y sentía curiosidad por el hijo de esa mujer.

—No la suficiente para venir a saludar.

—Ya le he dicho lo de su padre.

—De acuerdo, pero ya lleva un tiempo muerto.

—Durante los últimos años tuvo otros motivos para no ponerse en contacto con usted.

—¿Ahora viene la parte en la que echamos la culpa de todo a la pandemia, o algo por el estilo?

—Ese es uno de los motivos —confirmó Morrison.

Bajó los pies de la otomana y se inclinó hacia delante en el sillón Eames—.

El cáncer de páncreas fue otra de las razones.

Mire, Charlie, no he venido a hablar de su tío Jake ni a tratar de justificar su comportamiento.

No tengo inconveniente alguno en estipular que no fue un tío ejemplar para usted.

En su mejor versión, era un hombre con defectos, y los últimos años no fueron un camino de rosas para él.

Siento que lo único que conserve de él sea un agujero en sus recuerdos.

—No es culpa suya —contesté tras callar un minuto para asimilar lo que acababa de decirme.

—Lo sé, pero, como su tío no está aquí para disculparse, lo hago yo por él.

—Gracias.