Villano en prácticas Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

La escena me resultaba familiar. El día que conocí a Hera también vi salir a una gata anaranjada y blanca de entre los arbustos y me maulló en un tono apremiante. A ella el truco le había salido bien.

— Déjà gata —dije a la nueva cachorrita, y me agaché para recogerla.

La minina trepó a la palma de mi mano e inmediatamente se encaramó por la manga del traje para tratar de acomodárseme sobre el hombro. Fui desplazando el peso para evitar que se cayese y le rasqué la cabeza. Los ronroneos de la pequeña sonaban como el motor de un jet.

—¿Hola? —dijo Baxter desde el interior de mis pantalones.

Coloqué bien a la gata y volví a sacarme el móvil del bolsillo.

—Perdona —me disculpé—. Me ha adoptado una gatita.

—¿Otra vez? —Cuando mi padre todavía vivía, Andy había pasado por casa de vez en cuando para visitar a su amigo, y conocía la historia de cómo Hera había venido a vivir con nosotros.

—Lo dices como si fuese algo que ocurre todos los días.

—¿Y no es verdad?

—No todos.

—¿Esta también es naranja y blanca?

—Ahora que lo dices, sí.

—En algún rincón de tu barrio hay un gato callejero naranja y blanco que se está poniendo las botas.

—Puede que tengas razón —coincidí—. Oye, Andy, tengo que colgar. Voy a ver si a alguien se le ha perdido una gata.

—Tus hermanos querrán saber qué me has dicho sobre la venta de la casa.

—Diles que lo pensaré.

—De acuerdo. ¿Y lo pensarás?

—Por supuesto.

—Ese «por supuesto» no ha sonado muy convincente, Charlie.

Sonreí de oreja a oreja.

—Adiós, Andy —me despedí, y colgué—. No lo voy a pensar ni un segundo —confesé a la gata. A la michina, que ronroneaba satisfecha, no parecía importarle.

No podía largarme con la gata sin más. Afanar un gato está mal desde un punto de vista moral y probablemente también legal. No soy un monstruo, al menos no de ese tipo.

Pregunté por los alrededores por si a alguien se le había perdido la gata, comenzando por los propietarios de la casa a la que pertenecía el seto.

La gente que vivía en la finca me informó de que no solo no eran los dueños de la cachorrita, sino que el propietario de la casa era extremadamente alérgico a los gatos.

Probé suerte en la casa de al lado de la amarilla de la esquina, y luego en las dos casas de enfrente, en Cook Street.

En dos de ellas no había nadie, lo cual no era sorprendente un día entre semana por la mañana, y en la tercera la respuesta fue negativa.

«Con eso basta», me dije. Cuando Hera había aparecido por casa, también sospeché que podía ser la gata de otra persona, así que le tomé una foto con el móvil, hice carteles de «Gata encontrada», y empapelé con ellos los postes de teléfono de toda la calle.

Tras una semana sin respuesta, teníamos una gata.

Tenía el presentimiento de que iba a pasar algo parecido con aquella nueva bolita de pelo.

—Vamos a conocer a tu hermana —anuncié a la bolita de pelo. La bolita de pelo parecía secundar la propuesta.

No necesitaba otro gato. En ese punto de mi brillante carrera de educador itinerante apenas podía permitirme alimentarme a mí mismo.

Lo cierto es que, hoy en día, nadie necesita un gato.

No los tenemos por necesidad, sino porque nos divierten y porque, de otro modo, nuestras prendas de ropa carecerían de la textura que solo puede ofrecer el pelo de gato.

Además, si una gatita se te acerca con exigencias, ¿qué vas a hacer? ¿Negarle lo que pide? Repito: no soy ningún monstruo.

En cuanto crucé la calle, la casa que Andy Baxter quería que yo dejase libre para poder venderla, mi casa, apenas estaba a un par de puertas de distancia.

Era una casa de dos plantas de estilo Cape Cod con un porche en la fachada.

No era ni grande ni pequeña para el vecindario, y no había nada destacable en su construcción o arquitectura.

Un agente inmobiliario podría describirla como «acogedora», o como «una gran primera casa», según los ingresos y la ambición de las personas a las que se la estuviera mostrando.

Para mí, era simplemente mi hogar. La casa a la que me llevaron al nacer, la casa en la que viví toda mi infancia, en la que mi padre y yo subsistimos tras la muerte de mi madre, y la casa a la que regresaba en vacaciones mientras hacía la carrera en la lejana tierra de Evanston.

Hubo unos pocos años en los que no viví ahí, los años en los que estuve casado y trataba de labrarme una carrera como reportero y periodista. Pero entonces llegó el año de los despidos, el divorcio y la enfermedad de mi padre, y regresé a la casita de estilo Cape Cod de Cook Street.

Y allí seguía, solo salvo por la gata. Aunque ahora tal vez tenía dos gatas.

Al llegar a la casa me fijé en el coche que había aparcado frente a ella, un Mercedes Clase S negro.

La distancia entre ejes era algo más larga de lo normal, un indicio que hacía saber a cualquier persona que lo viese que el propietario del vehículo no conducía, sino que tenía a un empleado que llevaba el volante por él.

Conocía ese tipo de coches de mis tiempos de periodista de la sección de negocios.

Era un taxi para directores generales. Una carroza de desfile.

Me preguntaba a quién debía de pertenecer y el motivo por el cual, de todos los sitios en Barrington en los que podrían haber aparcado, habían considerado que el mejor era justo enfrente de mi casa.

Ni se me pasó por la cabeza que hubieran podido ir a verme.

Últimamente, la clase directiva del área metropolitana de Chicago no hacía cola en mi puerta para que redactase sus memorias en su nombre, precisamente.

Eché un vistazo al asiento trasero del Mercedes al pasar por su lado, pero tenían las pantallas protectoras subidas.

En el mundillo del periodismo las llamábamos «murallas antipobres» y nos despertaban una envidia tremenda.

Finalmente resultó que el coche estaba justo delante de casa por un motivo.

Una mujer esperaba sentada en el balancín del porche en el que mi padre había pasado tantas noches de verano, sobre todo hacia el final.

Era más o menos de mi edad e, incluso separado de ella por el corto camino de entrada que conducía al porche, me fijé en que iba vestida con uno de esos trajes de negocios de alta costura que insinuaba que no perdía el tiempo paseándose en un Nissan Maxima del 2003 casi listo para el desguace.

Impulsaba el balancín suavemente con un pie apoyado en el suelo.

Estaba sentada en el columpio como si fuera la dueña del asiento, de la casa, y posiblemente de la mayor parte de la calle.

—Póngase cómoda —dije mientras subía a mi porche.

—Gracias, ya lo he hecho —replicó, y acto seguido hizo un gesto con la cabeza hacia el gatito que yo llevaba encima del hombro—. Es un accesorio interesante. ¿Siempre lleva un gatito puesto?

Acaricié a la gata, que en ese momento sesteaba y ronroneaba a la vez sobre mi hombro.

—Oh, no, es que resulta muy cómoda. Todo el mundo la llevará en el futuro. —La mujer me lanzó una mirada cargada de ironía—. Es una referencia a La princesa prometida —expliqué.

—No, no, la he reconocido —me aseguró la mujer.

—No quisiera ser maleducado, pero ¿quién es usted y qué hace en el porche de mi casa?

—Me llamo Mathilda Morrison y estoy sentada en su porche porque usted acaba de llegar a casa y todavía no me ha invitado a entrar.

—Entendido. ¿Y por qué debería invitarla a entrar?

—Porque tengo que decirle algo, y luego tengo que pedirle otra cosa.

—¿Y no puede hacer ninguna de las dos cosas en el porche?

—Podría, pero creo que querrá estar sentado cuando oiga lo que tengo que decirle y que pedirle, y no lo conozco lo suficiente para invitarlo a sentarse conmigo en el balancín.

—El balancín es mío —le recordé.

—Técnicamente, pertenece a la herencia de su padre —puntualizó Morrison, y entonces vio mi expresión—. Vaya, he pinchado en hueso.

—Solo un poco —admití.

—Lo siento, no estoy aquí para irritarlo.

—Entonces, ¿qué hace aquí?

—Vengo a tratar un asunto de negocios en nombre de su tío.

—No es verdad —le solté.

—Vaya, parece muy convencido de ello —observó Morrison.

—Solo tengo un tío, y el tío Jake está muerto.

—Ah, así que está al corriente de lo ocurrido.

—Sí, tengo acceso a la CNBC.

—Me ha parecido que los minutos que le han dedicado dejaban mucho que desear —opinó Morrison—. El reporterucho que ha salido hablando de él merece que lo tiren por la ventana. No ha hecho más que balbucear sandeces.

No pude reprimir una sonrisa.

—Gracias —dije.

—Por otro lado, es cierto que su tío ha fallecido. Mi más sentido pésame.

—Gracias, aunque, si conocía a mi tío, ya debe de saber que no estábamos muy unidos.

—Lo sabía. Si le sirve de consuelo, Charlie, era algo que él lamentaba de corazón.

—Tendré que fiarme de su palabra.

—De hecho, puedo probárselo —replicó Morrison.

—Si va a decirme que me dejó exactamente tres millones cuatrocientos mil dólares sería fabuloso, la verdad.

Morrison ladeó la cabeza.

—Es una cifra muy específica.

—La necesito para un objetivo muy específico.

—No le dejó tres millones cuatrocientos mil dólares exactamente, pero le dejó algo —explicó Morrison.

—¿Y qué es?

—Algo que le gustará —prometió ella—. Y también tiene una petición.

—Hay condiciones —deduje.

—Todo tiene condiciones, Charlie. Pero estas en concreto son bastante relajadas. —Morrison hizo un gesto perezoso desde el balancín—. ¿Quiere que lo hablemos en su porche con una gata encaramada a su hombro o prefiere que entremos?