Capítulo 2
Gruñí y contesté.
—No pienso vender la casa —dije a Andy Baxter. Como albacea del testamento de mi padre, es lo único que quiere de mí desde hace más de un año.
—Buenos días a ti también, Charlie —respondió Andy—. Ya sé que no vas a vender la casa. No puedes vender la casa. Soy el único que puede vender la casa. Lo que sí puedes hacer es decirme de una vez que accedes a vender la casa, como ya han hecho el resto de tus hermanos.
—No voy a hacerlo.
—¿Por qué?
—Para empezar, porque estoy viviendo en ella.
—Lo sé —dijo Andy—. Y sin pagar alquiler, dicho sea de paso.
—Y según la voluntad de mi padre, que figura en el testamento, en usufructo por tiempo indefinido mientras pague las facturas y los impuestos de la finca, algo que ya sabes, dado que tú mismo lo ayudaste a hacer ese cambio en el testamento.
—Ya que sacas el tema, deberías saber que lo hizo para ayudarte a rehacer tu vida tras tu divorcio y tu despido. Su intención no era que te quedases en ella de okupa para siempre.
—Lo hizo porque ya estaba enfermo y sabía que, si no actuaba, mis amantísimos hermanos habrían usado su mayoría de tres a uno en el fideicomiso para ponerme de patitas en la calle en cuanto se les presentase la oportunidad —repliqué, y omití la parte en la que debía admitir que, tras un periodo probablemente demasiado largo, seguía sin haber logrado «rehacer mi vida» ni por asomo.
—Eso no rebate mi argumento —me advirtió Andy.
—De todos modos, no soy ningún okupa —me defendí.
Me detuve un instante en la esquina de Cook y Lincoln para asegurarme de que aquella charla telefónica no me distraía y acababa debajo de una camioneta de reparto de Amazon o del coche de alguna abuela de Barrington que volvía de pilates, aunque en ese momento la idea era de lo más tentadora—.
Estoy al corriente de las facturas y los impuestos de la propiedad. Ese era el trato.
—Este año has pagado esos impuestos con retraso —apuntó Andy—. Y también pagas tarde los recibos. A menudo.
Andy no se equivocaba en ese punto. Una vez más, me irritó sumamente que todos los recibos y los impuestos de la casa fuesen a nombre de los herederos, por lo que Andy, y por extensión mis hermanos, sabían cuándo me decidía a pagarlos, y también cuánto me retrasaba.
—Aun así, los pago.
—Los pagas tarde o temprano —coincidió Andy—, pero no se me ha escapado que los retrasos cada vez son más largos, Charlie.
—Por lo visto piensas que un profesor sustituto cobra una fortuna, pero andas muy equivocado, Andy —le solté. Como no vi ni camionetas ni todoterrenos dispuestos a acabar con mi agonía, crucé la calle y continué caminando.
—Podrías buscar otro empleo de periodista.
Aunque Andy no podía verme, reaccioné al comentario con una mueca.
—Sí, claro. Te aseguro que el Trib y el Sun-Times no están contratando a nuevos redactores, precisamente. Los que siguen allí se aferran a su puesto como garrapatas.
—Pues pásate al lado oscuro —propuso Baxter—. Entra en el mundo corporativo. En Chicago hay muchas empresas que necesitan una legión de publicistas. O incorpórate a una publicación especializada. Seguro que tienes algún contacto que ya ha seguido ese camino.
—Uno o dos. —Recordé al maldito Peter Reese en Squawk Box esa misma mañana e intenté no rechinar los dientes.
—Pues ya sabes.
—Lo tendré en cuenta —respondí.
En realidad, no solo lo tenía en cuenta.
Había rastreado todas las páginas web de ofertas de empleo y había presentado mi candidatura a puestos de redactor en Chicago y los suburbios.
Digamos que ser profesor sustituto no era el sueño de mi vida.
Solo era un trabajo que me aportaba algo de dinero mientras cuidaba de mi padre cuando estaba enfermo.
Cuando murió y ya no tuve que estar siempre cerca para encargarme de él, intenté conseguir cualquier trabajo que me permitiera poner en práctica mi talento para escribir.
El problema era que el periodismo pendía de un hilo, incluso peligraban las publicaciones especializadas, y la mayoría del resto de los empleos que precisaba la escritura se dividía en tres categorías: los trabajos para los que me decían que estaba sobrecualificado, los trabajos para los que me decían que carecía de las competencias necesarias y los trabajos que pagaban once dólares la hora por hacer de escritor fantasma redactando publicaciones para las redes sociales de aspirantes a influencers y/o modelos de OnlyFans.
Que quede claro que no se me iban a caer los anillos por aceptar encargos de esta última clase, pero, a los treinta y dos años, tal vez era demasiado viejo para ese tipo de trabajos, un hecho que me inspiraba un terror casi existencial.
No digo que comenzase a plantearme el pub McDougal’s como una alternativa laboral viable porque percibía el dedo helado de la muerte en la idea de que era demasiado viejo para teclear chorradas dicharacheras para un puñado de críos de diecinueve años que fingían estar emocionadísimos por productos para el cuidado de la piel de una calidad cuestionable que les habían enviado gratis, pero tampoco lo niego tajantemente.
—Deberías tenerlo muy en cuenta —dijo Andy—. Llevas una buena temporada en punto muerto.
—No eres mi padre, Andy —lo corté.
—Ya sé que no soy tu padre, Charlie. Pero también sé que tu padre te habría dicho exactamente lo que te acabo de decir.
En eso también llevaba razón, pero yo no estaba dispuesto a admitirlo, así que repliqué:
—Oye, Andy, el problema no es que no esté buscando mejores oportunidades. Todavía tengo ambiciones en la vida.
—Como el pub .
Aquello me hizo frenar en seco en mitad de la acera.
—¿Cómo sabes lo del pub ?
Andy suspiró.
—Por favor, Charlie. ¿Has olvidado que somos amigos en Facebook? Vi tu publicación con una fotografía del pub y el pie: «Grandes planes».
Cerré los ojos. «Puto Facebook», pensé.
—No recordaba que éramos amigos.
—Bueno, como publico muy poco, es fácil olvidarme —explicó Andy—. Supongo que lo podemos achacar a mi carácter precavido. He visto lo que piden por el pub . Me parece que es más de lo que te puedes permitir trabajando esporádicamente como profesor sustituto.
—Me lo han dejado bien claro. —Me puse en marcha de nuevo.
—La buena noticia es que sé dónde podrías conseguir el capital inicial para el préstamo.
—Si accedo a vender la casa.
—Sí, ese sería el modo, claro.
—Con eso no basta —aclaré—. Aunque la vendiéramos a su precio de mercado, hay que dividir el importe en cuatro partes. Una para mí, una para Sarah, otra para Bobby y la última para Todd.
Se me escapó una risita nasal.
—Sí, tienes razón —admitió Baxter, que había oído la risa—. Te aseguro que nunca entenderé por qué no os lleváis bien.
—Ellos tres se llevan de fábula —objeté.
—Puede que sea una cuestión generacional.
—Podría ser.
Mis hermanos, Sarah, Bobby y Todd, en realidad solo eran mis medio hermanos.
Yo era hijo de otra madre, una mujer más joven con la que nuestro padre se casó tras un divorcio muy poco amistoso, cuyos detalles nunca me explicaron y admito que yo tampoco quise indagar.
Todd, el menor de mis hermanos, ya era adolescente cuando nací, así que la diferencia de edad siempre había sido un obstáculo difícil de salvar.
La diferencia de edad se acentuaba por el hecho de que, de pequeño, no conviví con ninguno de mis hermanos.
Los tres vivían con su madre en Schaumburg y, aparte de durante las fiestas y las vacaciones en familia cada vez más forzadas, los tres formaban un grupo propio del que siempre me habían excluido.
A mí me daba igual. En general, no me importaba ser hijo único con tres hermanos. Sin embargo, ahora que los tres me querían echar de casa, la situación no era tan idílica.
—Digas lo que digas, tu padre repartió su herencia a partes iguales entre los cuatro, y la mayor parte de su valor se concentra en esa casa —presionó Andy.
—Andy, no se están muriendo de hambre, precisamente —protesté.
Mis hermanos desempeñaban distintas profesiones con sueldos astronómicos y vivían plácidamente instalados entre el uno por ciento de los más ricos del país—.
No les hace tanta falta el dinero que cobrarían de la casa como a mí un lugar en el que vivir.
—No lo niego, Charlie, pero esa no es la cuestión —dijo Andy—.
Tu padre no dividió su patrimonio en cuatro partes iguales porque todos tuvieseis las mismas necesidades, sino porque quería dejar muy claro que os quería a todos por igual.
Si te quedas en la casa impides que accedan a esa representación de su afecto.
Les estás recordando que, en muchos sentidos, eras su favorito.
Me detuve de nuevo en la esquina de Cook y Russell, a una calle y un par de fincas de la casa en cuestión, para asimilar lo que acababa de decirme.
—En resumen, lo que intentas decirme es que debería convertirme en un sintecho para que tres personas de mediana edad con una situación económica inmejorable puedan superar sus traumas psicológicos relacionados con su padre.
—Yo no lo expresaría así, pero no vas muy desencaminado.
—Saldría más barato que fueran a terapia —apunté.
—Además, no serías ningún sintecho. Un par de cientos de miles de dólares cubren muchos meses de alquiler, y te darían algo de tiempo para rehacer tu vida, esta vez de verdad.
—Debo decir que tu preocupación por mi futuro suena mucho menos sincera que antes, Andy.
—Lamento que pienses eso, Charlie. Te aseguro que lo digo de corazón.
Estaba a punto de responder cuando oí un maullido tenue pero insistente procedente del seto de la casa amarilla que había en la esquina de Cook y Russell.
—Dame un segundo, Andy.
Me guardé el móvil en el bolsillo del pantalón sin apagarlo y eché un vistazo al seto.
Volvió a maullar.
—Sal de ahí —dije.
Como si me entendiese, una gatita pequeña anaranjada y blanca salió de entre las ramas, me miró, y continuó maullando con cierta insistencia e incluso con algo de exigencia.