Capítulo 1 #2
—Correcto —confirmé. Estaba sentado en el despacho de Darroll, en la oficina de Barrington del banco First National Savings and Loan, que habían reformado recientemente tras su compra por parte de CerTrust, una empresa financiera con sede central en Chicago, cuya especialidad era hacerse con bancos locales y respetar su modelo de gestión de marca para que los vecinos de la ciudad pensasen que seguían tratando con un negocio local y no con un coloso financiero sin rostro.
El edificio olía a pintura fresca y a los productos ambientadores que emanaban de la moqueta para zonas de tráfico intenso que acababan de instalar.
Yo había llegado a la entrevista con algo de antelación, y Darroll se había presentado al entrar.
Me dijo que mi cara le sonaba de algo, y acabamos determinando que ella había sido alumna de primer curso en el instituto de Barrington cuando yo cursaba mi último año.
Recordaba que yo me había metido en un lío como editor del periódico del instituto de la escuela por publicar un artículo que afirmaba que el señor Kincaid, un profesor de Álgebra de tercero de secundaria, era el principal proveedor de metanfetamina del campus.
A mí me expulsaron temporalmente por no enseñar el texto a los miembros del profesorado que ejercían de asesores del periódico, pero al señor Kincaid le cayeron seis años en la penitenciaría de Big Muddy River por tenencia y distribución de drogas, así que considero que fui quien salió mejor parado del asunto.
Darroll me preguntó si todavía escribía. Le contesté que estaba trabajando en una novela. Es la mentira estándar.
—Desea el préstamo para un negocio que prevé fundar aquí, en Barrington.
—Sí. Quiero comprar el pub McDougal’s.
—¡Oh! —Darroll apartó la vista de la pantalla y me miró a mí—. Soy una asidua de McDougal’s.
Asentí.
—Como todo el mundo.
Situado en una esquina envidiable del centro, el McDougal’s había sido un local emblemático de Barrington durante décadas mientras otros restaurantes y bares habían abierto y cerrado sus puertas a su alrededor.
Por lo visto, la cerveza y las bandejas colmadas de patatas fritas nunca pasan de moda en los suburbios de Chicago.
—Allí me tomé la primera copa —rememoró Darroll—. Bueno, la primera legal —rectificó.
Asentí de nuevo.
—Como todo el mundo —repetí.
—¿Sabe por qué lo venden?
—La desaceleración económica ha perjudicado al volumen de negocio, y además Brennan McDougal se quiere jubilar y ninguno de sus hijos quiere hacerse cargo del establecimiento —contesté—. Suele ocurrir cuando todos tus hijos reciben educación universitaria. Luego no quieren llevar un bar.
—¿Y usted no tiene educación universitaria? —preguntó Darroll.
—Sí, pero, a diferencia de los críos de McDougal, que se licenciaron en Medicina y Administración de Empresas, yo estudié Periodismo —expliqué.
Darroll asintió.
—Con eso basta. —Volvió a consultar la información de la pantalla—. Entonces tiene la intención de adquirir el pub ...
—La oferta de venta incluye el pub , el restaurante de al lado y el edificio. Brennan McDougal vende el paquete entero. Todo está en pie y en marcha. Yo solo tendría que entrar en el local y comenzar a trabajar.
—¿Tiene experiencia al frente de algún pub o restaurante?
—No —confesé—, pero McDougal’s ya cuenta con el personal y los encargados necesarios.
Darroll frunció el ceño.
—Se trata de un sector que siempre comporta riesgo. Los restaurantes fracasan constantemente, incluso en manos de encargados y personal competentes. Y los tiempos que corren son todavía más precarios para este tipo de negocios.
—Por supuesto —concedí—, pero lo ha dicho usted misma: su primer trago legal fue en el McDougal’s.
Es toda una institución en Barrington. La gente quiere que siga ahí, y yo quiero que continúe abierto para ellos.
No digo que no sea arriesgado. Cuando era reportero del Trib , me ocupé de la situación de los negocios locales durante un par de años y conozco el panorama al que tienen que hacer frente los restaurantes, pero el McDougal’s es lo más parecido a una apuesta segura que cabe encontrar en el mercado. Ni siquiera le voy a cambiar el nombre.
Darroll tecleó algo y permaneció un instante en silencio mientras leía la información del monitor.
—Según el anuncio inmobiliario que aparece en Zillow, el precio de venta del edificio es de tres millones cuatrocientos mil dólares —observó—. Solicita el importe total de la compra.
—Correcto.
—¿Y no piensa pagar un porcentaje mediante una aportación personal?
—Me gustaría contar con cierto margen por si se presentan imprevistos. Siempre hay algún contratiempo de último minuto que el vendedor calló y la inspección pasó por alto.
Darroll frunció los labios, pero no dijo nada. Podía hacerme una idea de lo que debía de estar pensando: empezaba a olerse el percal. Hizo clic en una nueva ventana.
—Presenta su casa como aval.
Asentí.
—Sí, está en el número 504 de South Cook Street.
Era de mi padre y es donde vivo en la actualidad.
Hace mucho tiempo, el Barrington First National tenía la hipoteca de la casa, pero mi padre la acabó de pagar.
—Omití que mi padre pagó la casa con el dinero que cobró del seguro de vida de mi madre tras el accidente de tráfico que sufrió.
No estábamos en el America’s Got Talent ; no quería compartir una historia lacrimógena con ella—.
Como ya tiene abierta la página de Zillow, puede comprobar que su valor actual estimado es de unos ochocientos mil dólares.
Darroll tecleó de nuevo.
—Por lo que veo, actualmente la casa se encuentra en una situación de fideicomiso.
«Mierda», pensé. Había salido de Zillow para dar con esa información.
—Sí, es un fideicomiso familiar —concreté.
—¿Y usted administra el fideicomiso?
—Soy uno de los beneficiarios.
—Un beneficiario.
—Mis hermanos mayores también son fideicomisarios.
—Entendido. ¿Y cuántos son?
—Tres.
—¿Y están todos de acuerdo en permitir que lo use para avalar el préstamo?
—Lo hemos hablado y parecen predispuestos a aceptarlo —mentí.
A Darroll no le pasó por alto la larga explicación para dar respuesta a una pregunta que podría haberse contestado con un simple sí, algo que no jugaba a mi favor.
—Necesitaré documentación que lo confirme emitida por el administrador del fideicomiso, notariada y, preferiblemente, con las firmas de sus hermanos. ¿Cree que me la podría hacer llegar en un par de días?
—Haré cuanto pueda.
Darroll se percató de la poca definición de la respuesta.
—¿Le supondrá un problema obtener la autorización?
—Mi hermana, Sarah, está de vacaciones —respondí. Era difícil saberlo, pero esa parte podía ser verdad. A Sarah le encantaba marcharse de vacaciones—. Está en una de las islas más pequeñas de Hawái, en un complejo turístico donde te confiscan el teléfono al llegar.
—La verdad es que la idea me suena fenomenal, pero a usted le complica un poco las cosas —explicó Darroll, y apoyó ambas manos en el escritorio con una determinación que no parecía prometer nada bueno para mí—.
Señor Fitzer, voy a ser muy sincera con usted.
Barrington First National tiene un nuevo propietario. ..
—CerTrust —la interrumpí—. Cubría sus noticias en el periódico.
Eso sí era cierto, y no los tenía en muy alta estima. CerTrust no alcanzaba los niveles de mamoneo financiero de Wells Fargo, pero no era por falta de entusiasmo.
Darroll asintió y continuó hablando:
—Los protocolos a la hora de conceder préstamos son mucho más restrictivos con CerTrust que antes de la absorción.
Queremos impulsar la compra de negocios locales por parte de vecinos de la ciudad, pero también debemos andarnos con más ojo en lo referente a los pilares centrales de la operación.
Nos está pidiendo que aprobemos un préstamo multimillonario sin aportar ningún porcentaje del monto total de su capital personal y avalándolo con una propiedad de la cual no es el único propietario.
—Me está diciendo que la respuesta es no —aventuré.
—No es un no. Lo que digo es que es una operación difícil.
No puedo aprobar un préstamo de este tamaño por mi cuenta.
Tengo que presentar la propuesta a nuestro comité de préstamos, que se reúne los jueves.
Si me consigue la carta del administrador en un par de días será de mucha ayuda, pero incluso en ese caso será un asunto complicado.
Y después de eso, si nuestro comité de préstamos da luz verde a la operación, el proyecto tendrá que superar un nuevo proceso de aprobación por parte de CerTrust.
—¿No confían en el criterio de este banco?
Darroll esbozó una leve sonrisa.
—A mí me gusta más decir que usan criterios distintos para valorar los créditos.
—O sea, que no es un no, pero probablemente será un no, y tardarán una semana en confirmarlo.
Darroll abrió las manos en un gesto de disculpa.
—Será complicado —repitió—. Tengo que ser sincera con usted.
—No puedo echarle en cara la franqueza.
—Soy consciente de que no era lo que esperaba oír —dijo Darroll—. ¿No puede acudir a nadie para que sea su socio en el proyecto?
—¿Se refiere a alguien que no esté en la misma situación económica que yo? —Se me escapó una risita al pensarlo—. La mayoría de mis conocidos son experiodistas como yo. Todos están trabajando como camareros o como profesores sustitutos.
—¿Y usted a cuál de las dos cosas se dedica?
—De momento a la segunda opción, pero tenía la esperanza de ascender a la primera.
—¿Y qué me dice de sus hermanos o de algún otro pariente? Puede que alguno de ellos esté dispuesto a echarle una mano.
—Creo que si mis hermanos se planteasen ofrecer la casa como aval ya se implicarían lo suficiente en el proyecto —contesté, y difícilmente habría podido responder con un eufemismo mayor—. También tengo un tío. Se llama Jake. Es rico.
—Tener un tío rico no es nada malo —valoró Darroll—. Puede que esté buscando oportunidades de inversión.
—Es una buena idea —admití—. Desgraciadamente, acaba de fallecer.
—Oh, no —dijo Darroll, y parecía sinceramente disgustada—. Lo lamento mucho.
—Gracias.
—¿Se encuentra bien?
—Estoy bien —respondí—. No estábamos muy unidos. No ha formado parte de mi vida desde que murió mi madre cuando yo era un niño.
—No quiero parecer insensible, pero... ¿sabe si le dejó algo en herencia?
—Sería... sorprendente —contesté, usando otro eufemismo.
—Lo lamento mucho —repitió Darroll—. Es un auténtico infortunio que usted no pudiera averiguar si su tío estaba interesado en el negocio antes de su fallecimiento.
—Habría sido un encuentro incómodo —opiné—. Imagínese la escena si hubiese entrado en su despacho y le hubiese dicho: «Hola, tío Jake, perdona que no te haya venido a ver en casi treinta años. Ah, por cierto, ¿podrías firmar conmigo este préstamo por valor de tres millones de dólares?».
—Nunca se sabe.
Negué con la cabeza.
—Estoy bastante seguro de que sé cómo habría ido. De todos modos, no conservo demasiados sentimientos positivos hacia él. La última vez que tuve algún tipo de contacto con él fue el día de mi boda. Me envió un par de cucharillas de postre de regalo y una nota que decía: «Tres años, seis meses».
Darroll frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa?
—Por aquel entonces no lo supe. Lo averigüé tres años y medio más tarde, cuando mi mujer solicitó el divorcio.
—Joder —dijo Darroll, y se tapó la boca con la mano—. Perdón.
—No se disculpe. Mi reacción fue muy parecida. La buena noticia es que me quedé las cucharillas de postre cuando rompimos, así que algo es algo.
Me levanté, y Darroll hizo lo propio.
—Pida al administrador esa carta y hágamela llegar —insistió.
—Haré lo que pueda —mentí por última vez.
—Y buena suerte con la novela —añadió mientras yo salía de su despacho. Estoy seguro de que no lo había dicho para asestarme una última puñalada en los riñones. A pesar de ello, sentí en mis carnes cómo penetraba el filo del cuchillo.