Villano en prácticas
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Capítulo 1
Me enteré de la muerte de mi tío Jay de un modo de lo más inesperado: el programa matinal Squawk Box de la CNBC.
Tenía puesto Squawk Box por la fuerza de la costumbre; cuando era reportero de la sección financiera del Chicago Tribune lo sintonizaba y lo iba alternando con la programación de Bloomberg y Fox Business mientras mi esposa, Jeanine, y yo nos preparábamos para comenzar la jornada.
Por aquel entonces no me resultaba tan útil como antes porque los profesores sustitutos no suelen tener la necesidad de mantenerse al día de la situación actual de los mercados asiáticos para hacer de niñera a un puñado de críos de secundaria en una clase de Inglés, pero, como suele decirse, no es nada fácil desprenderse de las viejas costumbres.
El caso es que, mientras me preparaba la tostada con mantequilla de cacahuete, oí el nombre «Jake Baldwin» procedente del iPad que tenía en marcha sobre la isla de la cocina.
Me detuve a medio untar la mantequilla de cacahuete, con el cuchillo en la mano, mientras el copresentador, Andrew Ross Sorkin, informaba de que el tío Jake, milmillonario huraño y propietario de la tercera mayor cadena de edificios de aparcamientos de Norteamérica, había muerto de cáncer de páncreas a los sesenta y siete años.
—¿Has oído eso? —pregunté a mi acompañante durante el desayuno, que no era mi esposa, Jeanine, porque ella ya no era mi esposa y ya no vivía conmigo.
Jeanine había vuelto a Boston, su ciudad natal, salía con un banquero de inversiones y, según su cuenta de Instagram, pasaba la mayor parte del tiempo bien iluminada en fabulosos destinos vacacionales de todo el mundo.
Mi compañía durante el desayuno era Hera, una gata anaranjada y blanca que, tras el divorcio y el despido, cuando regresé a la casa de mi infancia en busca de refugio, salió de entre los arbustos del patio trasero y me informó mediante maullidos de que a partir de ese día vivía conmigo.
Hera desayunaba Meow Mix encaramada a la isla central de la cocina y veía Squawk Box a mi lado, quizá tratando de dilucidar si Andrew Ross Sorkin era una presa a la que podía soltar un par de zarpazos.
No sabía que mi tío Jake estaba enfermo, y mucho menos que se trataba de un cáncer de páncreas, la misma enfermedad que también había acabado con Steve Jobs, un milmillonario como él.
(Mi cerebro, siempre con el piloto automático periodístico activado, ya había empezado a escribir el copete del obituario de mi tío.
¿Os he mencionado que no es nada fácil desprenderse de las viejas costumbres?) Para ser justo, debo aclarar que no es que el tío Jake me hubiese ocultado la enfermedad, sino que no habíamos mantenido ningún tipo de contacto desde que yo tenía cinco años.
Jake y mi padre riñeron durante el funeral de mi madre.
Recuerdo vagamente los gritos, y desde ese día fue como si Jake sencillamente no existiese.
Papá lo prefería así, y Jake debía de estar de acuerdo.
Sea como fuere, mi tío no asistió al funeral de mi padre.
En cuanto a mí, lo cierto es que no pensé en él ni una sola vez hasta que me matriculé en la universidad, comencé a escribir artículos para la sección de negocios del Daily Northwestern y descubrí que la mitad de los edificios de aparcamientos de Evanston eran propiedad de BLP, una empresa privada que Jake, su accionista mayoritario, controlaba completamente.
Traté de concertar una entrevista suponiendo que el parentesco me daba ventaja, pero BLP carecía de Departamento de Relaciones Públicas y ni siquiera incluía información de contacto en su página web.
Cuando me casé, sonsaqué una dirección de Jake a mi padre y envié una invitación a mi tío, sobre todo por curiosidad.
No se presentó, pero me envió un regalo: unas cucharillas de postre y una nota de lo más enigmática.
Después de aquello, dejé de pensar en él.
Como Jake apenas tenía presencia mediática y nunca salía en las noticias, no tuve que esforzarme mucho para lograrlo.
Sin embargo, esa ausencia de rastro documental relacionado con Jake estaba causando bastantes quebraderos de cabeza a la CNBC.
Continué viendo el programa mientras Sorkin, y muy probablemente sus guionistas, las pasaban canutas para contar cualquier cosa sobre un hombre que era obviamente importante (los milmillonarios son importantes para la CNBC, como mínimo), pero que también había acumulado miles de millones de dólares de la forma menos sexi imaginable.
Steve Jobs había dado al mundo el Macintosh, el iPhone y tecnología de diseño como la tableta en la que yo estaba viendo Squawk Box .
El tío Jake había concedido a los ciudadanos un lugar en el que aparcar un coche.
La CNBC resolvió el problema de la falta de intensidad dramática invitando a un reportero de Parking Magazine , la revista especializada de la Asociación Nacional del Aparcamiento (y sí, ambas cosas existen).
—¡Oh! ¡Bu! —abucheé al ver al reportero, y arrojé una esquina de la tostada con mantequilla de cacahuete al iPad.
Rebotó en la pantalla, donde dejó una mancha viscosa, y aterrizó delante de Hera, que me miró desconcertada—.
Es el maldito Peter Reese —expliqué mientras hacía un gesto despectivo hacia el rostro, que sin duda grababa la cámara de un portátil, y en ese momento comentaba el impacto que la muerte de Jake iba a causar en el sector crítico de los edificios de aparcamientos—.
Es un reportero infumable. Lo sé de buena tinta. Trabajé con él.
Hera, que no parecía muy impresionada, se comió el trocito de tostada con mantequilla de cacahuete.
Era cierto que había trabajado con Reese, en el Tribune , y también era verdad que era un reportero infumable; recuerdo a uno de los editores adjuntos de la sección de negocios haciendo el gesto de estrangularlo el día que se cargó un artículo importante y otros periodistas, entre los cuales me contaba, tuvimos que rescatar el texto.
Nos despidieron del Trib más o menos a la vez, y estaba molesto con él porque, aunque su nuevo puesto en Parking Magazine suponía bajar un escalón reputacional respecto al Tribune , al menos seguía en el mundo del periodismo, mientras que yo trabajaba como profesor sustituto en mi antiguo distrito escolar.
Tenía motivos que lo justificaban, como el divorcio, la ruina, la enfermedad de mi padre y mi regreso para cuidar de él mientras lamía mis propias heridas existenciales, pero nada de eso ayudaba a que la situación fuera menos irritante.
Ahí estaba el maldito Peter Reese, en Squawk Box , viviendo en Washington D.
C., mientras yo desayunaba una tostada en la casa en la que crecí, aunque técnicamente no era de mi propiedad, con una gata por única amiga.
—Se acabó —sentencié, y apagué a Reese mientras explicaba que, como BLP era una empresa privada, el fallecimiento de su propietario no debería tener un impacto significativo en el precio de las acciones de otras empresas del sector de los aparcamientos que cotizasen en bolsa, un apunte que probablemente no era cierto, aunque a nadie, incluidos Reese y Sorkin, le importaba lo suficiente el asunto como para investigarlo, y además estaban a punto de dar paso a la publicidad.
A eso se reducía el legado público de un milmillonario y el trabajo de toda su vida: dos minutos de información financiera mediocre, seguidos del anuncio de un medicamento para combatir el malestar gástrico.
Mi teléfono aprovechó la oportunidad para sonar, un acontecimiento poco habitual en esta era de los mensajes de texto.
Miré la pantalla para ver quién era: Andrew Baxter, viejo amigo de mi padre, abogado y albacea de su testamento, cuya herencia básicamente se resumía en la casa en la que yo vivía.
Gruñí. No sabía qué quería Andy de mí, pero era demasiado temprano para averiguarlo.
Dejé que saltara el buzón de voz y me terminé la tostada.
—¿Qué tal voy? —pregunté a Hera. No iba vestido con mi habitual uniforme de profesor sustituto, consistente en una camisa de vestir, un chaleco de punto y unos Dockers, sino que lucía mi mejor traje, que también era el único que tenía y el mismo que me había puesto para mi boda y durante el funeral de mi padre, y que no había sacado del armario entre ambas ceremonias.
En realidad, solo era la mayor parte de un traje porque, por lo visto, había perdido los zapatos durante la mudanza de vuelta a la casa de mi padre.
Los había sustituido por las Skechers negras que había calzado en el funeral de mi padre.
Nadie se había fijado en ellas ese día, y tenía la esperanza de que volviesen a pasar desapercibidas—.
¿Me soltarías un pastón si me vieras vestido así?
Hera maulló suavemente y parpadeó muy despacio para mostrar su aprobación. Por supuesto que aprobaba mi indumentaria. Al fin y al cabo, ella había escogido la corbata, la verde, sobre todo mediante el método de tumbarse sobre la roja cuando las había colocado sobre la cama para elegir entre ambas.
—Gracias —dije a la gata—. Como siempre, contar con tu aprobación es lo más importante para mí.
Satisfecha, Hera regresó a su cuenco de Meow Mix.
Eché un vistazo al reloj; tenía la reunión en veinte minutos. En tan solo veinte minutos iba a conocer el rumbo que iba a tomar mi vida durante los años siguientes. A diferencia del tío Jake, yo no necesitaba miles de millones de dólares para cumplir ninguno de mis objetivos vitales.
Me conformaba con un puñado de millones.
Belinda Darroll miró la pantalla del ordenador.
—Por lo que veo, señor Fitzer, solicita usted un préstamo empresarial por valor de... tres millones cuatrocientos mil dólares.