Villa Restrepo CAPÍTULO 25 — LA SEGUNDA CASA
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CAPÍTULO 25 — LA SEGUNDA CASA

El miedo terminó agotándolos.

No desapareció.

Nunca llegó a desaparecer realmente.

Simplemente aprendieron a convivir con él.

Como se convive con la lluvia en Galicia.

Siempre presente.

A veces suave.

A veces insoportable.

Pero siempre ahí.

Las semanas pasaron.

Las noticias sobre Villa Restrepo prácticamente desaparecieron.

El detenido seguía en prisión preventiva.

La investigación continuaba abierta.

Y aun así los verdaderos nombres nunca aparecían en ningún sitio.

Ni en prensa.

Ni en rumores.

Ni en televisión.

Eso era precisamente lo que más inquietaba a Carol.

La sensación de que los importantes seguían fuera.

Intocables.

Observando desde lejos cómo otros cargaban con todo.

Mauro había cambiado muchísimo.

Seguía hablando demasiado, pero ahora lo hacía desde el nerviosismo.

Roi apenas aparecía ya.

Y Dani seguía repitiendo siempre lo mismo.

—No os confiéis.

Pero la vida, incluso con miedo, seguía avanzando.

Y entonces apareció la segunda casa.

La noticia llegó de la forma más absurda posible.

Un mensaje corto de Guille.

—Creo que encontré algo.

Carol leyó el mensaje varias veces.

Al principio pensó que hablaba de Villa Restrepo.

Pero no.

Era otra vivienda.

Otro lugar.

Otro principio.

O quizá otra trampa.

Quedaron aquella misma tarde.

La casa estaba perdida entre caminos secundarios y monte húmedo.

Mucho más aislada que Villa Restrepo.

Y completamente distinta.

No imponía.

No daba miedo.

Simplemente parecía olvidada.

El cierre rodeaba toda la finca.

El jardín estaba salvaje.

Y las ventanas llevaban años cerradas.

Pero aun así transmitía algo diferente.

Silencio.

Paz.

Como una vivienda abandonada de verdad.

—¿De quién es? —preguntó Carol.

Guille miró alrededor antes de responder.

—Del banco, supuestamente.

Carol frunció el ceño.

—¿Supuestamente?

—Eso dicen.

El comentario quedó flotando unos segundos.

Porque después de Villa Restrepo, nadie confiaba ya completamente en nada.

Mauro caminaba alrededor del cierre observándolo todo.

—Aquí no hay movimiento.

Y tenía razón.

No había cables raros.

No había zumbidos.

No había cámaras escondidas.

Ni coches sospechosos pasando lentamente.

Solo monte.

Y lluvia.

Dani había revisado parte de la información catastral.

Cuatro parcelas distintas.

Partes urbanizables.

Partes agrarias.

Un pequeño río atravesando parte de la finca.

Todo extraño.

Fragmentado.

Pero legalmente mucho más claro que Villa Restrepo.

—Esto lleva años muerto.

Carol observó la vivienda en silencio.

Y por primera vez en muchísimo tiempo sintió algo distinto al miedo.

Posibilidad.

Una vida nueva.

Un lugar donde empezar de cero.

Lejos de todo lo ocurrido.

Pero Villa Restrepo había dejado cicatrices.

Y por eso incluso aquella casa tranquila generaba dudas.

—¿Y si aparece alguien?

Guille negó lentamente.

—Nadie viene aquí desde hace años.

Mauro sonrió ligeramente.

—Perfecto entonces.

Carol lo miró.

Y por primera vez en meses vio algo parecido a ilusión en el grupo.

No obsesión.

No paranoia.

Ilusión real.

Esa misma tarde consiguieron entrar.

Sin puertas reventadas.

Sin gritos.

Sin armas.

Solo llaves viejas y silencio.

La vivienda estaba vacía.

Polvo.

Humedad.

Muebles cubiertos.

Pero también espacio.

Ventanas enormes.

Un jardín gigantesco.

Y sitio suficiente para empezar otra vez.

Carol caminó lentamente por el salón.

El suelo crujía bajo sus pasos.

Y aun así se sentía segura.

Segura de verdad.

Hacía muchísimo tiempo que no sentía eso.

—Aquí podríamos vivir.

La frase salió casi sin pensar.

Guille sonrió por primera vez en semanas.

Y entonces ocurrió algo pequeño.

Tan pequeño que cualquier otra persona habría ignorado.

Pero Carol no.

Porque Villa Restrepo le había enseñado a fijarse en todo.

Un coche.

A lo lejos.

Negro.

Detenido apenas unos segundos en el camino principal.

Después continuó lentamente.

Nadie más pareció darle importancia.

Pero Carol lo siguió con la mirada hasta que desapareció.

El corazón volvió a latirle demasiado rápido.

Porque el miedo seguía ahí.

Y quizá seguiría siempre.

Esa noche regresaron para limpiar un poco la vivienda.

Abrieron ventanas.

Movieron muebles.

Hablaron incluso de montar una piscina desmontable en verano.

Columpios.

Una vida normal.

Por primera vez en meses parecían personas intentando construir algo y no simplemente huir de algo.

Y aun así Carol seguía mirando constantemente hacia el exterior.

Hacia el cierre.

Hacia el camino.

Esperando.

No sabía exactamente qué.

Quizá nada.

Quizá simplemente el pasado.

Antes de marcharse, Carol se quedó unos segundos sola dentro de la vivienda.

El silencio era absoluto.

Fuera seguía lloviendo suavemente sobre el monte gallego.

Y por primera vez desde Villa Restrepo, todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Entonces escuchó algo.

Lejano.

Un motor.

Carol se acercó lentamente a la ventana.

Y a lo lejos, detenido junto al camino entre árboles, volvió a ver el mismo coche negro.

Quieto.

Observando.

Y en ese instante comprendió algo aterrador.

Quizá nunca habían conseguido escapar realmente.

CAPÍTULO 26 — LA CALMA

Los primeros días en la segunda casa parecieron irreales.

No por lo que ocurría.

Sino precisamente por lo contrario.

Porque no ocurría nada.

No había coches siguiendo.

No había llamadas ocultas.

No había rumores nuevos sobre Villa Restrepo.

Solo silencio.

Un silencio extraño al principio.

Incómodo.

Como si todos estuviesen esperando que algo explotase de un momento a otro.

Pero los días siguieron pasando.

Y poco a poco comenzaron a relajarse.

Aunque nunca del todo.

La casa seguía oliendo a humedad antigua y madera cerrada.

Cada habitación parecía llevar años vacía.

Pero eso precisamente les gustaba.

No había pasado reciente allí.

No había sombras.

No había historias.

Solo abandono.

Y después de todo lo vivido, el abandono empezaba a parecer tranquilidad.

Carol dedicaba horas enteras a limpiar.

Abrir ventanas.

Sacar muebles viejos.

Intentar transformar aquella vivienda olvidada en un hogar de verdad.

Guille arreglaba pequeñas cosas.

Cerraduras.

Persianas.

El viejo portalón exterior.

Mauro aparecía casi todos los días.

Siempre hablando de ideas nuevas.

Una piscina desmontable.

Un cenador.

Columpios para el niño.

Y por primera vez en muchísimo tiempo las conversaciones dejaron de girar alrededor del miedo.

Al menos durante algunos ratos.

Porque Villa Restrepo seguía ahí.

Escondida dentro de todos.

Como un recuerdo imposible de apagar.

Dani continuaba investigando cosas por su cuenta.

Aunque ya hablaba mucho menos del tema.

Las noticias prácticamente habían desaparecido.

El detenido seguía siendo el único rostro visible de toda la operación.

Y los verdaderos nombres nunca aparecían.

Ni aparecerían.

Todos empezaban a entender eso.

Una tarde, mientras limpiaban el jardín trasero, Carol observó el pequeño río que atravesaba parte de la finca.

El agua bajaba tranquila entre maleza y piedras húmedas.

Galicia entera parecía construida alrededor de lluvia, barro y ríos pequeños como aquel.

—Nadie va a comprar esto jamás.

Mauro soltó una pequeña risa.

—Perfecto entonces.

Carol sonrió ligeramente.

Y por primera vez en meses sintió algo parecido a normalidad.

El niño corría por la finca mientras Guille hablaba de montar un pequeño parque infantil.

Parecía una escena sencilla.

Normal.

Una familia intentando empezar de nuevo.

Pero el miedo seguía escondido debajo de todo.

Siempre.

Carol seguía mirando constantemente hacia el camino exterior.

Escuchando motores.

Analizando coches.

Y algunas noches todavía se despertaba sobresaltada recordando Villa Restrepo.

Las luces.

El arma.

El grito.

NO POLICE.

Nunca conseguiría olvidar aquello.

Una noche quedaron otra vez en la casa.

Llovía suavemente fuera.

El salón apenas tenía muebles todavía, pero ya empezaba a parecer habitable.

Mauro había llevado comida.

Guille cerveza.

Y por unas horas consiguieron comportarse como antes.

Hablaron de tonterías.

De fútbol.

De música.

De la vida antes de Villa Restrepo.

Y precisamente eso hizo que Carol se diese cuenta de cuánto habían cambiado todos.

Roi apenas hablaba.

Seguía mucho más callado que antes.

Más serio.

Más desconfiado.

Como alguien que todavía esperaba que algo terrible terminase ocurriendo.

Y quizá por eso fue él quien rompió el ambiente de golpe.

—¿Y si aparecen aquí?

El silencio cayó inmediatamente sobre la mesa.

Mauro soltó una pequeña risa nerviosa.

—No van a aparecer.

Pero ni él mismo sonó convencido.

Roi miró directamente hacia la ventana oscura.

—Ellos saben dónde vivimos.

Nadie respondió.

Porque todos llevaban semanas intentando no pensar exactamente en eso.

Fuera seguía lloviendo.

El sonido del agua golpeando el cierre exterior parecía amplificar todavía más el silencio dentro de la casa.

Carol observó lentamente a cada uno.

Guille fingiendo tranquilidad.

Mauro intentando bromear.

Roi completamente consumido por el miedo.

Y ella misma.

Intentando desesperadamente convencerse de que podían volver a tener una vida normal.

Entonces ocurrió algo.

Unas luces.

Lejanas.

Moviéndose lentamente junto al cierre exterior.

Todos las vieron.

Y el ambiente cambió inmediatamente.

Guille se levantó despacio.

Mauro dejó de hablar.

Roi directamente palideció.

Las luces permanecieron quietas unos segundos.

Después siguieron avanzando lentamente.

Un coche.

Negro.

Carol sintió el corazón golpeándole el pecho.

Porque reconoció inmediatamente el modelo.

El mismo tipo de coche.

El mismo color.

El mismo silencio alrededor.

El vehículo continuó avanzando despacio por el camino exterior sin detenerse.

Y finalmente desapareció entre árboles y oscuridad.

Nadie habló durante varios segundos.

Hasta que Mauro soltó una frase en voz baja.

Casi un susurro.

—Nos encontraron.

Fuera, la lluvia seguía cayendo sobre la segunda casa.