CAPÍTULO 24 — LOS QUE OBSERVAN
El miedo dejó de ser algo puntual.
Ya no aparecía solo por las noches.
Ni al recordar el arma.
Ni al ver coches oscuros reduciendo velocidad.
Ahora vivía dentro de Carol constantemente.
En silencio.
Como una sombra pegada al cuerpo.
Se despertaba con él.
Conducía con él.
Dormía con él.
Y lo peor era que empezaba a acostumbrarse.
Las noticias sobre Villa Restrepo seguían apareciendo.
Cada día una cifra nueva.
Más plantas.
Más dinero.
Más detalles sobre la instalación.
Sistemas de ventilación industrial.
Calefacción.
Extracción.
Enganches ilegales.
Todo descrito como si hablasen de una fábrica escondida en mitad del monte.
Y cuanto más leía Carol…
más imposible parecía creer que habían entrado allí casi por curiosidad.
El grupo de WhatsApp seguía vivo.
Pero ya no era el mismo.
Las conversaciones habían perdido completamente el tono de aventura.
Ahora solo quedaban nervios.
Y silencios largos.
Mauro seguía intentando aparentar seguridad.
Pero hablaba demasiado.
Demasiado rápido.
Como alguien intentando convencerse a sí mismo de que todo estaba bajo control.
Roi directamente había cambiado.
Ya casi no salía.
Contestaba poco.
Y cuando lo hacía, siempre terminaba diciendo lo mismo.
—Esto no ha terminado.
Carol odiaba leer aquella frase.
Porque sabía perfectamente que tenía razón.
Una tarde decidió salir sola a conducir.
Necesitaba despejar la cabeza.
Intentar pensar en otra cosa.
Pero terminó haciendo exactamente lo mismo de siempre.
Mirar retrovisores.
Analizar coches.
Buscar matrículas repetidas.
El miedo ya se había convertido en costumbre.
Cuando paró en una gasolinera cerca de Santiago, ocurrió algo pequeño.
Tan pequeño que cualquier otra semana lo habría ignorado.
Pero ahora todo parecía importante.
Un hombre la miró demasiado tiempo.
Solo eso.
Nada más.
Ni habló.
Ni se acercó.
Solo una mirada.
Fría.
Silenciosa.
Carol volvió inmediatamente al coche.
El corazón demasiado rápido.
Y mientras arrancaba sintió algo aterrador.
No sabía ya distinguir entre peligro real y paranoia.
Esa misma noche quedaron otra vez con Dani.
La nave seguía oliendo a café frío y electrónica caliente.
Fuera llovía.
Como siempre.
Galicia parecía atrapada en una lluvia eterna desde que Villa Restrepo había entrado en sus vidas.
Dani seguía investigando.
Leyendo noticias.
Buscando movimientos relacionados con la operación.
Y cuanto más descubría, menos tranquilo parecía.
—Han detenido a uno.
Carol levantó la vista.
—¿Solo a uno?
Dani asintió lentamente.
—Y probablemente será el único que caiga de verdad.
El silencio volvió inmediatamente.
Porque todos entendían ya cómo funcionaba aquello.
Los pequeños pringaban.
Los grandes desaparecían.
Mauro empezó a caminar nervioso.
—Entonces los demás siguen fuera.
—Claro que siguen fuera.
Dani habló sin apartar la vista de la pantalla.
—Y seguramente están intentando entender exactamente qué pasó.
Carol sintió un escalofrío inmediato.
Porque precisamente eso era lo que más miedo le daba.
La idea de que alguien estuviese reconstruyendo aquella noche igual que ellos.
La puerta.
La huida.
El coche rojo escapando por las pistas.
El parque.
Los rostros.
Todo.
Roi seguía completamente callado.
Y precisamente por eso todos terminaron mirándolo.
Porque cuando él callaba demasiado…
era porque estaba pensando algo peor.
Finalmente levantó lentamente la cabeza.
Tenía ojeras profundas.
La mirada cansada.
Como alguien que llevaba días sin descansar realmente.
—¿Sabéis qué es lo peor?
Nadie respondió.
Roi respiró hondo.
—Que ellos seguramente no saben exactamente quién habló con la Guardia Civil.
Carol sintió el corazón acelerándose otra vez.
Porque entendía perfectamente hacia dónde iba.
—Pero sí saben quién apareció aquella noche.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Irrespirable.
Porque todos volvieron mentalmente al mismo momento.
El coche.
La huida.
Las luces detrás.
Los hombres dentro de Villa Restrepo mirándolos.
Sí.
Los habían visto.
Y cuanto más tiempo pasaba…
más imposible parecía convencerse de lo contrario.
Dani cerró lentamente el portátil.
Después habló muy despacio.
Como alguien intentando ser frío y racional.
—Escuchadme bien.
Todos levantaron la vista.
—La mayoría de las veces esta gente desaparece y no vuelve a pasar nada.
Carol quiso agarrarse a aquella frase inmediatamente.
Pero Dani continuó hablando.
—Pero también os digo una cosa.
El silencio dentro de la nave volvió a endurecerse.
—Cuando pierden millones… a veces necesitan que alguien pague por ello.
Fuera seguía lloviendo.
Y mientras el sonido golpeaba lentamente el tejado metálico de la nave, Carol comprendió algo aterrador.
Ya no tenía miedo de Villa Restrepo.
Ahora tenía miedo de todo lo que seguía vivo fuera de ella.
CAPÍTULO 24 — LOS QUE OBSERVAN
Con el paso de los días, Carol empezó a comprender que el miedo no siempre llega haciendo ruido.
A veces simplemente se instala.
Poco a poco.
En silencio.
Hasta que termina formando parte de la vida diaria.
Ya no necesitaba ver coches extraños para ponerse nerviosa.
Ahora bastaba una llamada desconocida.
Una mirada demasiado larga.
Un vehículo aparcado varias veces en el mismo sitio.
Todo parecía una señal.
Y lo peor era que nadie conseguía asegurarle que estuviese exagerando.
Las noticias sobre Villa Restrepo habían comenzado a desaparecer lentamente de la prensa.
Los titulares grandes dieron paso a pequeños artículos perdidos entre sucesos locales.
La gente empezó a hablar menos del tema.
Los bares volvieron a llenarse de conversaciones normales.
Y precisamente eso era lo que más miedo daba a Carol.
El silencio.
Porque recordaba perfectamente las palabras de Dani.
Primero desaparecen.
Esperan.
Observan.
Y cuando todo se calma…
entonces arreglan cuentas.
El grupo de WhatsApp seguía activo, aunque mucho menos.
Ahora nadie mandaba teorías.
Ni fotos.
Ni audios largos.
Solo mensajes cortos.
Casi siempre relacionados con lo mismo.
—¿Visteis ese coche?
—¿Alguien conoce a ese tío?
—¿Os ha pasado algo raro hoy?
Villa Restrepo había dejado de ser un lugar.
Ahora era paranoia compartida.
Una paranoia que poco a poco empezaba a consumirlos.
Mauro seguía siendo el que peor lo llevaba.
Hablaba demasiado.
Se obsesionaba con cada detalle.
Y cuanto más intentaba aparentar tranquilidad…
más evidente resultaba que estaba asustado.
Roi prácticamente había desaparecido socialmente.
No salía.
No iba a bares.
No quedaba con nadie.
Y cuando hablaba parecía alguien agotado por dentro.
Guille intentaba mantener cierta normalidad.
Pero Carol lo conocía demasiado bien.
Sabía reconocer cuándo estaba fingiendo.
Y llevaba semanas fingiendo.
Una noche quedaron otra vez en la nave de Dani.
La lluvia seguía golpeando el tejado metálico mientras el ordenador iluminaba parcialmente la estancia.
El ambiente era frío.
Tenso.
Como si todos estuviesen esperando algo.
Dani seguía investigando cosas por su cuenta.
Movimientos.
Empresas.
Nombres relacionados con la operación.
Y cuanto más buscaba, más incómodo parecía sentirse.
—No me gusta nada lo que estoy viendo.
Carol levantó la vista inmediatamente.
—¿Qué pasa ahora?
Dani giró la pantalla lentamente.
Fotografías.
Coches.
Locales.
Y nombres repetidos constantemente alrededor de Villa Restrepo.
—Todo conecta con la misma gente.
Mauro respiró hondo.
—Los rumanos.
Dani asintió lentamente.
—Y no precisamente los que salen en las noticias.
El silencio volvió a caer sobre todos.
Porque ya nadie creía que el detenido fuese realmente importante.
El problema eran los que seguían fuera.
Los que tenían dinero.
Negocios.
Contactos.
Y tiempo.
Mucho tiempo.
Entonces el móvil de Carol vibró.
Mensaje desconocido.
Solo una fotografía.
Nada más.
Carol sintió cómo el cuerpo entero se tensaba.
La imagen mostraba claramente su coche.
Aparcado frente a casa.
Nadie habló.
Porque todos vieron inmediatamente el miedo en su cara.
—¿Qué pasa?
Carol enseñó lentamente la pantalla.
El silencio dentro de la nave se volvió absoluto.
Roi levantó la cabeza lentamente.
Mauro dejó de caminar.
Y Dani cogió el móvil sin decir nada.
No había texto.
No había amenaza.
Solo la fotografía.
Y precisamente por eso daba todavía más miedo.
—¿Cuándo la hicieron?
Carol negó lentamente.
No lo sabía.
Podía ser de aquella tarde.
O de hacía diez minutos.
Dani amplió la imagen.
Después respiró hondo.
—Esto sí es una amenaza.
Nadie respondió.
Porque todos entendían perfectamente lo que significaba.
No necesitaban decir nada.
El mensaje era clarísimo.
Sabían dónde vivía.
Mauro empezó a ponerse nervioso inmediatamente.
—Tenemos que ir a la Guardia Civil.
Roi soltó una pequeña risa amarga.
—¿Y decir qué? ¿Que alguien hizo una foto a un coche?
El ambiente volvió a endurecerse.
Porque esa era precisamente la peor parte.
Todo resultaba ambiguo.
Sutil.
Lo justo para generar miedo sin dejar pruebas claras.
Dani seguía observando la fotografía.
Después habló muy despacio.
—Os están observando.
Carol sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
Porque en el fondo llevaba semanas sintiendo exactamente eso.
No era imaginación.
No era paranoia.
Alguien estaba pendiente de ellos.
Y cuanto más se enfriaba el caso de Villa Restrepo…
más presente parecía volverse aquella sensación.
Fuera seguía lloviendo sobre Galicia.
La nave permanecía casi a oscuras.
Y mientras observaba la fotografía de su coche en la pantalla del móvil, Carol comprendió algo aterrador.
La historia todavía estaba muy lejos de terminar.