CAPÍTULO 22 — LOS QUE NO CAEN
Las noticias siguieron creciendo durante días.
Primero fueron periódicos locales.
Después medios autonómicos.
Y finalmente comenzaron a aparecer imágenes en televisión.
Villa Restrepo dejó de ser una finca escondida en mitad de Galicia.
Ahora era un símbolo.
Una de las mayores plantaciones descubiertas nunca dentro de una vivienda.
Y cuanto más grande se hacía la historia…
más pequeño se sentía el mundo alrededor de Carol.
Todo el mundo hablaba del tema.
En bares.
En gasolineras.
En grupos de WhatsApp.
En redes sociales.
Y lo peor era que la versión real empezaba a mezclarse con rumores imposibles de controlar.
Que si hubo tiros.
Que si la Guardia Civil llevaba meses investigando.
Que si alguien había delatado la plantación.
Que si había una organización internacional detrás.
Cada nueva historia hacía que el miedo creciese todavía más.
Porque Carol sabía perfectamente cómo funcionaban los pueblos.
Y Galicia entera empezaba a parecer un pueblo demasiado grande.
El problema ya no era solo la prensa.
Era la calle.
La gente hablando.
Los conocidos preguntando.
Las miradas raras.
Y sobre todo una sensación constante.
La de que demasiadas personas empezaban a unir piezas.
—Ya saben cosas que no deberían saber.
Carol lo dijo en voz baja durante una reunión con Dani.
La nave estaba completamente cerrada.
Lluvia golpeando el tejado.
Café frío sobre la mesa.
Y el ambiente más pesado que nunca.
Dani levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué cosas?
Carol respiró hondo.
—Que estuvimos allí. Que conocíamos la casa. Que alguien tiró la puerta.
El silencio fue inmediato.
Porque todos sabían exactamente lo peligroso que era eso.
Mauro se movía nervioso en la silla.
—La gente habla demasiado.
—Ese es el problema —respondió Roi—. Que cuanto más habla la gente, más fácil es que les llegue todo a ellos.
Nadie necesitó preguntar quiénes eran “ellos”.
Ya no hacía falta.
Los rumanos.
La organización.
Los coches.
Las caras alrededor del parque.
Todo se había convertido ya en una única sombra enorme sobre sus vidas.
Dani seguía mirando noticias en el portátil.
Después giró lentamente la pantalla hacia ellos.
Una fotografía.
Un detenido.
Español.
Con antecedentes.
Carol frunció el ceño.
—¿Ese es el dueño de todo?
Dani negó lentamente.
—Ni de coña.
Y entonces dijo algo que dejó el ambiente completamente helado.
—Ese es el que va a pagar.
El silencio volvió a llenar la nave.
Porque todos entendieron inmediatamente lo que quería decir.
Los verdaderos responsables probablemente ni aparecerían.
Seguirían fuera.
Con dinero.
Con negocios.
Con contactos.
Y sobre todo con tiempo.
Tiempo para averiguar quién había provocado el desastre de Villa Restrepo.
Mauro empezó a caminar de un lado a otro.
Cada vez más nervioso.
—Entonces estamos jodidos.
Roi no respondió.
Simplemente permaneció mirando el suelo.
Como alguien completamente agotado.
Carol notaba el miedo creciendo otra vez dentro del pecho.
Porque había algo especialmente aterrador en aquella situación.
La sensación de que nadie había ganado realmente.
Sí, la plantación había caído.
Sí, la Guardia Civil había entrado.
Sí, las noticias hablaban de éxito policial.
Pero los que realmente movían el dinero seguían libres.
Y probablemente observando todo desde lejos.
Entonces Dani dijo algo que hizo que Carol sintiese un escalofrío inmediato.
—La gente peligrosa no suele reaccionar rápido.
Todos lo miraron.
Y Dani continuó hablando muy despacio.
—Primero desaparecen. Esperan. Observan. Dejan que el ruido baje.
El silencio dentro de la nave se volvió insoportable.
Porque todos entendieron perfectamente lo que venía después.
—Y cuando ya nadie está pendiente… entonces arreglan cuentas.
Carol sintió cómo el cuerpo entero se le tensaba.
Nadie habló durante varios segundos.
Fuera seguía lloviendo.
Galicia parecía atrapada en aquella humedad constante que hacía que todo resultase todavía más gris.
Y dentro de la nave todos empezaban a comprender una realidad incómoda.
Villa Restrepo no había terminado.
Solo había cambiado de forma.
Ahora ya no era una casa.
Ni una plantación.
Ni un misterio.
Ahora era miedo.
Un miedo que empezaba a acompañarlos a todas partes.
Antes de marcharse, Dani apagó lentamente el portátil.
Y dijo una última frase.
Tranquila.
Fría.
Como alguien acostumbrado a entender cómo funcionan ciertas personas.
—Lo peor de la gente que nunca cae…
Carol levantó la vista lentamente.
Y Dani terminó la frase mirándolos uno por uno.
—…es que siempre tienen tiempo para volver.