Villa Restrepo CAPÍTULO 18 — LOS RUMANOS
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CAPÍTULO 18 — LOS RUMANOS

Carol empezó a mirar constantemente por el retrovisor incluso cuando iba sola.

Era automático.

Semáforos.

Gasolineras.

Rotondas.

Siempre comprobando si algún coche repetía demasiado.

Si alguien reducía velocidad cerca.

Si alguna mirada duraba más de lo normal.

Y lo peor era que sabía perfectamente cuándo había comenzado todo aquello.

La noche del parque.

Los coches.

La persecución.

La ventanilla bajando lentamente.

Desde entonces, el miedo ya no parecía una paranoia.

Ahora tenía forma.

Y precisamente por eso necesitaban respuestas.

Fue Guille quien mencionó a Dani.

—Necesitamos saber exactamente qué es Villa Restrepo.

Carol levantó la vista.

—¿Y cómo hacemos eso?

—Dani puede ayudar.

Dani.

El informático.

Carol ya había hablado alguna vez con él por temas pequeños.

Ordenadores.

Teléfonos.

Internet.

Pero todo el mundo sabía que Dani hacía mucho más que reparar portátiles.

Sabía buscar.

Y sobre todo sabía encontrar.

No importaba si eran referencias catastrales, empresas fantasma o datos perdidos entre páginas imposibles.

Si algo existía en internet, Dani terminaba localizándolo.

Quedaron aquella misma noche.

No en un bar.

No en una cafetería.

Sino en un pequeño local lleno de pantallas, cajas de componentes y piezas de ordenadores abiertas por todas partes.

El lugar olía a café frío y electrónica caliente.

Dani apenas levantó la vista cuando entraron.

—Bueno… ¿qué habéis liado?

Carol intercambió una mirada rápida con Guille.

No sabían exactamente cuánto contar.

Pero Dani pareció entenderlo inmediatamente.

—Vale. Entonces es gordo.

Mauro empezó a hablar demasiado rápido.

Como siempre.

La casa.

Los cables.

El olor.

Los hombres dentro.

El arma.

Los coches.

Y cuanto más hablaba, más serio se iba poniendo Dani.

Roi permanecía callado.

Sentado al fondo.

Como alguien que empezaba a arrepentirse de todo.

Cuando terminaron, Dani permaneció varios segundos mirando la pantalla del ordenador sin decir nada.

Después empezó a escribir.

Rápido.

Demasiado rápido.

Carol observaba cómo abría mapas, catastros y documentos como si llevase años estudiando Villa Restrepo.

—Decidme exactamente dónde está.

Guille le pasó la ubicación.

Dani amplió el mapa.

Y entonces sonrió ligeramente.

—Hostia.

Carol sintió inmediatamente la tensión en el estómago.

—¿Qué pasa?

—Esto es rarísimo.

Durante la siguiente hora, Dani fue encontrando piezas nuevas.

Parcelas separadas.

Embargos antiguos.

Cambios de titularidad extraños.

Empresas desaparecidas.

Movimientos raros alrededor de la vivienda.

Todo parecía desordenado.

Fragmentado.

Como si alguien hubiese intentado borrar parte de la historia de la finca.

—Aquí hay mucha mierda escondida.

Carol notó cómo el miedo empezaba a mezclarse otra vez con curiosidad.

Porque cuanto más investigaban…

más enorme parecía todo.

Dani abrió entonces una fotografía aérea antigua.

Y amplió lentamente la imagen.

—Mirad esto.

Había coches.

Varios.

No uno o dos.

Muchos.

Alta gama.

Entrando y saliendo de Villa Restrepo años atrás.

—Eso no es normal para una finca perdida en mitad del monte.

Roi respiró hondo.

—Os lo dije.

Pero Dani todavía no había terminado.

Abrió otro documento.

Después otro.

Y otro más.

—La casa estuvo años prácticamente desaparecida de todo.

—¿Qué significa eso? —preguntó Carol.

—Que alguien no quería llamar la atención.

El silencio cayó otra vez sobre el local.

Solo se escuchaban ventiladores de ordenadores y lluvia golpeando el escaparate.

Dani seguía escribiendo.

Buscando.

Relacionando datos.

Y entonces levantó lentamente la cabeza.

—Creo que esto no lo llevan cuatro fumados.

Nadie respondió.

Porque todos empezaban a pensar exactamente lo mismo.

Villa Restrepo parecía cada vez más una pieza pequeña dentro de algo mucho más grande.

Entonces Dani hizo una pregunta que dejó el ambiente completamente helado.

—¿Ellos os vieron la cara?

Carol sintió inmediatamente el corazón acelerándose.

Guille tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Dani dejó lentamente las manos sobre la mesa.

Y por primera vez parecía realmente preocupado.

—Entonces tenéis un problema.

El silencio posterior fue incómodo.

Pesado.

Real.

Porque hasta ese momento todos habían intentado pensar que quizá estaban exagerando.

Pero escuchar a alguien completamente ajeno decir aquello…

hacía que el peligro pareciese muchísimo más real.

Mauro intentó quitarle importancia.

—Tampoco saben quiénes somos.

Dani lo miró directamente.

—Tú no sabes cómo funciona esa gente.

Carol volvió a sentir el mismo miedo que la noche de la huida.

Porque empezaba a comprender algo.

Ellos habían descubierto Villa Restrepo.

Pero quizá Villa Restrepo también había empezado ya a descubrirlos a ellos.

CAPÍTULO 18 — LOS RUMANOS

Después de hablar con Dani, el miedo dejó de parecer una exageración.

Ya no era solo una sensación compartida entre ellos.

Ahora alguien desde fuera había confirmado exactamente lo mismo.

Villa Restrepo no era una simple plantación escondida en una casa abandonada.

Detrás de aquello había gente organizada.

Gente acostumbrada a moverse sin llamar la atención.

Y probablemente gente mucho más peligrosa de lo que querían admitir.

Carol empezó a fijarse todavía más en los detalles.

En coches.

En caras.

En movimientos extraños.

Cada vez que salía de casa miraba alrededor automáticamente.

Y cada vez que escuchaba un coche reducir velocidad cerca sentía un pequeño nudo en el estómago.

Intentaba convencerse de que estaba exagerando.

Pero después recordaba el arma.

Y el coche negro junto al parque.

Y entonces el miedo volvía otra vez.

El grupo de WhatsApp seguía activo constantemente.

Mauro hablaba sin parar.

Roi cada vez menos.

Guille intentaba mantener la calma.

Y Dani continuaba buscando información desde su ordenador.

Fue precisamente Dani quien mandó el mensaje que cambió todo.

Una captura.

Después otra.

Y finalmente un audio.

—Creo que ya sé quién se mueve alrededor de Villa Restrepo.

Carol abrió inmediatamente el mensaje.

—¿Quién?

El audio tardó unos segundos en descargarse.

La voz de Dani sonaba mucho más seria que otras veces.

—Rumanos.

El silencio dentro del grupo fue inmediato.

Porque aunque nadie quería decirlo claramente, todos llevaban tiempo pensándolo.

Los coches.

Las caras.

Los movimientos alrededor de la finca.

Todo apuntaba hacia lo mismo.

—No hablo de cualquiera —continuó Dani—. Hablo de gente que lleva años moviendo negocios turbios por toda la zona.

Carol sintió cómo el cuerpo volvía a tensarse.

Porque cuanto más real se volvía todo…

más difícil resultaba convencerse de que no corrían peligro.

Esa noche volvieron a quedar.

Pero ya no cerca de Villa Restrepo.

Ahora evitaban incluso pronunciar el nombre demasiado alto en lugares públicos.

Se reunieron en una pequeña nave donde Dani trabajaba algunas noches arreglando equipos.

El ambiente era completamente distinto al de semanas atrás.

Nadie bromeaba ya.

Nadie hablaba de aventura.

Ahora todos parecían personas intentando entender cómo salir de algo demasiado grande.

Dani conectó el portátil a una pantalla grande.

Y empezó a mostrar fotografías.

Coches.

Empresas.

Viviendas.

Nombres.

Muchos nombres.

Carol apenas entendía la mitad.

Pero una cosa sí quedaba clara.

Todo estaba conectado.

—Estos tíos llevan años aquí —explicó Dani—. Negocios de coches, alquileres, reformas… pero detrás hay mucho más.

Mauro observaba las imágenes completamente fascinado.

Roi cada vez parecía más incómodo.

—¿Y cómo sabes que Villa Restrepo es de ellos?

Dani amplió entonces una fotografía.

Un coche negro.

El mismo modelo que había aparecido junto al parque.

—Porque este coche aparece constantemente relacionado con propiedades y gente vinculada a ellos.

Carol sintió un escalofrío inmediato.

El coche.

El parque.

La persecución.

Todo volvía otra vez.

—¿Nos estaban buscando?

Dani tardó unos segundos en responder.

Después habló muy despacio.

—No lo sé.

Y volvió a mirar las imágenes.

—Pero sí sé una cosa.

El silencio llenó la nave.

—Si os vieron entrando o saliendo de esa finca… seguro que ya saben quiénes sois.

Carol notó cómo el miedo se volvía completamente físico.

Real.

Porque hasta ese momento todavía quedaba una pequeña esperanza de anonimato.

Pero escuchar aquello destruía completamente esa idea.

Mauro intentó mantenerse desafiante.

—Tampoco hicimos nada.

Dani lo miró directamente.

—Entrasteis en una plantación industrial manejada por criminales organizados.

Nadie respondió.

Porque escucharlo así hacía que todo pareciese todavía peor.

Roi se pasó ambas manos por la cara.

Agotado.

—Tenemos que desaparecer de esto.

Pero Carol sabía perfectamente que ya era demasiado tarde.

Porque Villa Restrepo seguía funcionando.

La plantación seguía allí.

Y ellos seguían sabiendo demasiado.

Entonces Dani mostró otra fotografía aérea.

Más reciente.

Se veía claramente movimiento dentro de la finca.

Furgonetas.

Coches.

Actividad constante.

—Esto mueve muchísimo dinero.

Carol observó la imagen en silencio.

Y por primera vez empezó a comprender realmente la dimensión de lo que habían descubierto.

No eran cuatro personas cultivando marihuana.

Era una organización.

Preparada.

Profesional.

Oculta en mitad de Galicia.

Y entonces Dani dijo algo que dejó el ambiente completamente helado.

—La pregunta ya no es qué había dentro de Villa Restrepo.

Todos lo miraron.

Y Dani terminó la frase lentamente.

—La pregunta es cuánto tardarán en querer saber quiénes sois vosotros.