CAPÍTULO 2 — CATASTRO
Carol empezó a dormir peor desde que había descubierto Villa Restrepo.
No era miedo. Todavía no.
Tampoco era obsesión. O al menos eso intentaba repetirse a sí misma cada vez que abría el portátil a las dos de la mañana para mirar fotografías aéreas de una casa abandonada.
Pero la realidad era otra.
Había algo dentro de aquella finca que empezaba a arrastrarla lentamente.
Las noches siguientes se convirtieron en una rutina extraña.
Esperaba a que Guille se durmiese, preparaba un café aunque fuese tarde y abría el catastro como quien entra en un lugar prohibido.
Al principio solo miraba las parcelas.
Después empezó a ampliar imágenes.
Las referencias catastrales dejaron de parecerle números aleatorios.
1611.
1612.
1613.
1614.
Ya las recordaba de memoria.
Roi seguía respondiendo siempre.
No importaba la hora.
No importaba el día.
Parecía disfrutar de aquello exactamente igual que ella.
—Te estás viniendo arriba con la mansión, ¿eh? —escribió una noche.
—No es la mansión.
—Entonces ¿qué es?
Carol tardó varios segundos en responder.
Porque no sabía explicarlo.
Era simplemente la sensación de que las piezas no encajaban.
Cuatro parcelas distintas.
Una casa enorme aparentemente vacía.
Consumo eléctrico raro.
Y rumores contradictorios por todas partes.
Cuanto más intentaba entender la propiedad, menos sentido tenía.
Roi le envió entonces otra captura.
Era una vista aérea ampliada de la finca.
—Mira el río.
Carol amplió la imagen.
El pequeño riachuelo atravesaba parte de las parcelas antes de perderse entre árboles y maleza.
—¿Y?
—Que media finca es una mierda para vender.
Carol soltó una pequeña risa.
Roi tenía una forma muy poco elegante de explicar las cosas.
—La casa no.
—La casa sí. Pero el resto… es un marrón.
Durante casi una hora estuvieron hablando sobre fincas imposibles de vender, embargos, bancos y viviendas abandonadas.
Roi conocía historias de todo tipo.
Casas ocupadas durante años.
Herederos desaparecidos.
Subastas vacías.
Gente viviendo gratis durante décadas porque nadie quería comprar determinados problemas.
Y cuanto más hablaban, más normal parecía Villa Restrepo.
Quizá demasiado normal.
Eso fue precisamente lo que hizo que Carol empezase a inquietarse.
Porque si era una casa como tantas otras…
¿por qué no podía dejar de pensar en ella?
Al día siguiente volvieron a pasar por delante.
Ni siquiera lo planearon.
Simplemente acabaron conduciendo hacia O Pallote otra vez.
La lluvia había parado y por primera vez Carol pudo ver la finca con claridad.
El cierre parecía todavía más grande de día.
El portal oxidado seguía medio cubierto por maleza.
Y la casa permanecía completamente inmóvil detrás de los árboles.
—Da mal rollo —dijo Guille.
—Pero tú quieres entrar.
Guille sonrió sin negarlo.
Carol bajó ligeramente la ventanilla.
Olía a tierra mojada, a río y a eucalipto.
Todo parecía completamente normal.
Y aun así, algo seguía sin cuadrarle.
Fue entonces cuando se fijó en una cosa.
Las ruedas.
Había marcas recientes sobre barro cerca del cierre.
—Para.
Guille frenó unos metros más adelante.
—¿Qué pasa?
Carol miró hacia atrás.
Las marcas eran recientes.
Muy recientes.
—Alguien estuvo aquí.
—¿Y?
—Que se supone que nadie viene.
Guille permaneció en silencio unos segundos.
Después dio marcha atrás lentamente.
Las huellas desaparecían hacia el interior de la finca.
—Igual son viejas.
—No.
Carol estaba segura.
Y eso fue lo más extraño de todo.
No sabía por qué estaba tan segura.
Simplemente lo sabía.
Aquella noche Roi volvió a escribirle.
—Encontré algo más raro.
Carol sintió inmediatamente la descarga de adrenalina.
—¿Qué?
—La luz.
—¿Qué pasa con la luz?
—No me cuadran los consumos.
Carol se incorporó en la cama.
—¿Mucho consumo?
—Demasiado para una casa vacía.
Durante unos segundos ninguno escribió nada.
Y entonces Roi mandó otro mensaje.
—O ahí vive alguien…
El siguiente mensaje tardó casi un minuto en llegar.
—…o hay algo funcionando dentro.