Villa Restrepo CAPÍTULO 1 — EL PORTAL OXIDADO
2%
Villa Restrepo

Villa Restrepo

Por Carolina Millán Restrepo

© inepub.com

CAPÍTULO 1 — EL PORTAL OXIDADO

Carol vio la casa por primera vez una tarde de lluvia.

No fue una aparición cinematográfica ni una escena digna de una película.

No hubo relámpagos, ni música, ni una sensación sobrenatural recorriéndole el cuerpo.

Simplemente giró la cabeza desde el asiento del copiloto y la vio detrás de un cierre cubierto de maleza.

El coche avanzaba lentamente por una carretera secundaria de O Pallote, una de esas carreteras gallegas donde la humedad parece formar parte del asfalto y donde los árboles se inclinan tanto sobre la vía que da la sensación de conducir por dentro de un túnel verde.

—Ahí no vive nadie —dijo Guille sin darle demasiada importancia.

Carol siguió mirando.

El portal era enorme. Hierro viejo. Oxidado. Había zarzas creciendo alrededor y parte del muro parecía vencido por la humedad. Pero detrás de aquello se levantaba una casa demasiado grande para estar abandonada.

Tenía algo extraño. No sabía explicarlo. No era miedo exactamente. Tampoco curiosidad. Era otra cosa. Una sensación incómoda, como si aquella vivienda estuviese esperando a alguien desde hacía mucho tiempo.

—¿Quién vivía ahí? —preguntó finalmente.

—Ni idea. Dicen que un tío raro. Creo que la casa está embargada o algo así.

—¿Y nadie entra?

—Eso dicen.

Pero Carol sabía perfectamente que en Galicia “nadie” nunca significa nadie. Siempre hay un vecino que mira. Un primo que aparece en verano. Un heredero que vive en Suiza. Un cuñado que corta la hierba una vez al año. Una señora que todavía guarda una llave.

El coche siguió avanzando y la casa desapareció detrás de los árboles. Pero Carol continuó mirando por el retrovisor incluso cuando ya no podía verla.

—Te quedaste pillada con la mansión, ¿eh? —bromeó Guille.

—Es rara.

—En Galicia hay miles así.

Quizá tenía razón. Casas vacías había por todas partes. Casas construidas durante los años buenos. Casas heredadas. Casas que nadie quería. Casas que se caían lentamente mientras las familias discutían durante décadas.

Y aun así, aquella tenía algo distinto.

Cuando llegaron a casa, Carol siguió pensando en Villa Restrepo sin saber todavía que acabaría llamándola así.

Preparó la cena casi sin darse cuenta. Apenas escuchaba lo que decía la televisión. Afuera seguía lloviendo con fuerza y el sonido del agua golpeando las ventanas parecía acompañar constantemente sus pensamientos.

—Te lo juro, estabas mirando la casa como si quisieras comprarla —dijo Guille riéndose mientras abría una cerveza.

—No digas tonterías.

—Pues tenías cara de estar imaginando dónde pondrías la piscina.

Carol sonrió sin responder.

Porque, en realidad, sí había imaginado algo.

No una piscina. Ni vivir allí. Pero sí había imaginado la casa por dentro.

Y eso era lo extraño.

Había visto cientos de casas abandonadas durante su vida. Algunas mejores. Algunas peores. Pero nunca había sentido la necesidad de saber qué escondían.

Aquella noche, después de cenar, acabó haciendo algo que no pensaba hacer.

Abrió el portátil.

Primero fue solo curiosidad. Google Maps. Una vista aérea. Un zoom rápido.

Después llegó el catastro.

Y entonces apareció Roi.

Roi era el típico informático que parecía saber demasiado sobre demasiadas cosas. Arreglaba móviles, montaba ordenadores y recuperaba discos duros imposibles, pero lo verdaderamente peligroso era otra cosa: sabía buscar.

Cuando alguien necesitaba encontrar información que aparentemente no existía, acababan hablándole a él.

Carol le envió una captura de pantalla de la finca.

—¿Puedes mirar esto?

Roi tardó menos de veinte minutos en responder.

—Eso es raro.

Carol sonrió automáticamente.

Era exactamente lo que quería leer.

—¿Qué tiene de raro?

—Todo.

Durante la siguiente hora, Carol observó cómo Roi iba enviando capturas, referencias catastrales y mapas superpuestos.

Cuatro parcelas distintas.

Una residencial.

Dos agrarias.

Una urbanizable.

Pero el cierre era uno solo.

—Eso no tiene sentido —escribió Carol.

—En Galicia sí.

Roi le mandó entonces una captura más ampliada.

—Mira esto.

Carol frunció el ceño.

Había algo que no entendía.

—¿Qué estoy mirando?

—El contador.

—¿Y?

—Para una casa abandonada hay demasiado movimiento ahí.

Carol notó una pequeña descarga de emoción.

No era lógica. No tenía sentido. Pero empezaba a sentir que detrás de aquella finca había algo.

Y cuanto más pensaba eso, más difícil le resultaba cerrar el portátil.

Pasaron más de dos horas hablando sobre la casa.

Primero por mensajes. Luego por audios.

Roi parecía divertirse tanto como ella.

Hablaron sobre embargos, herencias, casas abandonadas y ocupaciones. Sobre gente que desaparecía dejando viviendas enormes vacías durante años. Sobre bancos incapaces de vender determinadas propiedades.

Y poco a poco, sin darse cuenta, Villa Restrepo empezó a convertirse en algo más que una casa.

Se convirtió en un misterio.

Los días siguientes Carol comenzó a fijarse en detalles absurdos.

Miraba la hora cuando pasaban por delante.

Se fijaba en si había barro reciente en la entrada.

Intentaba recordar si las persianas estaban exactamente igual que el día anterior.

Y cuanto más observaba, más convencida estaba de que allí ocurría algo.

Una noche incluso soñó con la casa.

En el sueño caminaba por dentro completamente sola. Todo estaba oscuro y húmedo. Había habitaciones vacías y pasillos interminables. Y en algún punto de la vivienda escuchaba una puerta cerrarse lentamente.

Se despertó sobresaltada.

Miró el reloj.

Las tres y media de la mañana.

Y lo primero que hizo fue coger el móvil y abrir otra vez el catastro.

Ahí fue cuando comprendió que algo empezaba a ir mal.

No con la casa.

Con ella.