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Hay ocasiones en las que el destino, desde su más remota ubicación, se despista y de tanto imponer dificultades, sin ton ni son, a desafortunados corazones, se excede.
Y es en esas ocasiones en las que, en el último momento, en el límite de las fuerzas, se ve en la obligación de rectificar.
Aquel no tenía que ser el aciago día en el que dos inocentes perdieran la vida, no era el momento en el que Paola habría de ahogarse en la pena, no era tiempo de tensar más su resistencia.
Y debieron ser los hados los que, bajando la guardia, les dieron un respiro.
O quizá ese ángel de la guarda del que la abuela Carmen siempre hablaba, el mismo que extendía su manto para que, al caer, los niños no se hicieran daño.
La barca continuaba su rumbo con los pequeños que lloraban abrazados dentro.
Seguían a la deriva cuando, en un recodo, la embarcación se quedó atorada en la maleza que se acumulaba alrededor del tronco de un árbol caído.
Chocaron y los pequeños se precipitaron, golpeándose contra la madera del banco.
A pesar de las embestidas de la corriente, como si una mano protectora sujetara el bote, este no acababa de liberarse ni de volcar.
Manuel seguía su carrera agónica por la orilla, ciego, chapoteando en el agua, sin pararse a pensar el peligro de toparse con los guardias portugueses.
En el trato con el Manco se incluía el soborno a los vigilantes, pero no sabía hasta dónde podía desviarse ni cuánto tiempo.
No quería asumir la derrota, se negaba a aceptar la tragedia que se cernía sobre ellos y tenía que seguir avanzando hasta su último aliento.
Y entonces lo vio. El corazón le dio un vuelco y se salió aún más del agua para llegar más rápido hasta el tronco caído.
Sentía sus piernas ateridas por el frío, pero continuó marchando por la orilla hasta que rozó las cuadernas de madera empapada y sucia.
Carmencita se sujetaba a las ramas del árbol en un intento infantil de que la embarcación no siguiera su curso y Adrián, a su lado, se aferraba a sus faldas con la inocente convicción de que ayudaba a su hermana.
En el suelo, inconsciente o quizá muerto, el remero.
Sin pensarlo un instante, el miliciano les pidió que saltaran.
La niña soltó las ramas y empujó a su hermano, que se lanzó primero.
Manuel se lo colocó en la cadera y le ordenó que se agarrara bien fuerte.
Después saltó ella, la atrapó en el aire y la abrazó con fuerza, tal vez demasiada, pero no podía concebir mayor felicidad que tener en sus brazos a los dos niños, a los hijos de Paola, evitando el trágico final que les reservaba aquel ataúd flotante.
Los depositó a salvo en la orilla y después sacó los hatillos y la pistola.
La embarcación se iba lentamente desgajando de su celda de ramas, como si ya no fuera necesario permanecer más allí.
Entonces iniciaron el regreso, un regreso que se les hizo eterno. Nunca hubiera pensado el miliciano todo lo que había corrido por la orilla. Estaban muertos de frío, pero a salvo.
Cuando apareció con Carmencita de la mano y Adrián en brazos, Paola ya no sentía, no veía nada; de rodillas en el agua sollozaba destruida.
Ni siquiera había intentado levantarse ni llegar hasta donde sus vecinas esperaban intranquilas, simplemente se abrazaba a sí misma y se mecía en la corriente, a veces maldiciendo, a veces suplicando.
—¡Mamá! —llamó la niña al verla.
La mujer levantó la cabeza desorientada; entre las lágrimas no era capaz de distinguir nada.
Trató de localizar la voz de su hija en la oscuridad, asegurarse de que no era un engaño maldito de su mente, otro recodo cruel de su vida, y cuando definitivamente comprobó que era real, que eran sus hijos, se incorporó de un salto y, chorreando, corrió hacia ellos.
Carmencita se soltó de la mano de Manuel y también corrió hacia su madre.
Se fundieron en un abrazo imposible de describir en el que Paola, deshecha en llanto, trataba de comprobar si la niña estaba bien.
Después llegó Manuel y le puso en los brazos a Adrián, que temblaba de frío y miedo.
El niño se aferró a su cuello y se acurrucó sin articular palabra.
—Gracias —acertó a decir Paola entre lágrimas de alivio.
Se reunieron con Petra y Pili, que al fin respiraron al ver a los niños sanos y salvos. Salieron todos de la maleza y dejaron el río atrás.
Estaban ateridos, empapados y agotados, con el miedo aún corriendo por sus venas.
Caminaron por el campo un buen trecho, aún asustados, tratando de explicarse cómo era posible que no los hubieran oído los guardias portugueses.
Tal vez había sido su día de suerte, tal vez había funcionado el soborno.
Cuando por fin creyeron estar a salvo, se pusieron ropa seca y continuaron su camino.
Una hora más tarde, aproximadamente, divisaron el perfil negruzco de unas casas a lo lejos. A su alrededor, luces intermitentes que se movían en la oscuridad.
Se aproximaron con prudencia y se escondieron en las sombras. Eran los mochileros haciendo su trabajo, los contrabandistas que esa misma noche volverían a cruzar el río cargados de productos; sería su sustento, lo que les permitiría sobrevivir en aquellos días de miseria.
Manuel dejó a todos escondidos y se acercó a las casas. Un idioma extraño y cantarín lo saludó, pero no entendía nada. Los mochileros llenaban sus bolsas, negociaban y se iban, hablaban bajito y se entendían por señas.
Cuando apareció el miliciano surgido de la noche, todo se paró. Las miradas confluyeron en aquel extraño y un hombre de mediana edad, patillas desmesuradas y prominente barriga, con una escopeta en la mano, salió de entre todos los que allí se agolpaban y le preguntó algo que no entendió.
—¿Quién eres y qué haces aquí? —volvió a preguntar, pero esta vez en un castellano cuyas vocales tintineaban con el mismo son del idioma que había escuchado al llegar.
—Me llamo Manuel. Vengo de España. He cruzado el río esta noche con mi familia y necesito un lugar donde dormir.
—Manoel..., belo nome —dijo el hombre, moviendo la cabeza como si afirmara. Lo miró con fijeza y no supo por qué, pero le creyó.
El sujeto bajó la escopeta e hizo un gesto con la mano para que lo siguiera. La maquinaria del contrabando volvió a ponerse en marcha sin reparar más en el recién llegado.
Entraron en un diminuto chamizo que aparentaba ser un almacén y allí, lejos de oídos indiscretos, el portugués lo interrogó.
Le preguntó de dónde venía, cuántos eran, cómo habían cruzado, qué buscaba.
Manuel trató de ser sincero, pero no mencionó el episodio de la barca y cuando le dijo que querían quedarse a vivir en Portugal a la espera de que mejorasen las cosas en España, el lusitano se rio.
Su gobierno, le comentó, no estaba muy dispuesto a soportar exiliados; de hecho, era aliado y amigo del régimen del dictador.
—Solo hay una posibilidad de que os dejen vivir en paz.
Manuel lo interrogó con la mirada.
—¡Pues qué va a ser! —volvió a reír el tipo—. ¡El dinero! ¿Tenéis dinero?
Manuel dudó.
—Algo —dijo al fin—, pero siempre podemos trabajar.
El portugués lo observó un instante con socarronería. Era capaz de leer más allá de las palabras y los silencios hablaban por sí solos.
—Los exiliados que llegan aquí terminan en Lisboa para coger un barco a México.
No sois muy bien recibidos, unas veces os deportan, otras os encarcelan y pocas os consienten.
El dinero es el que lo consigue todo. Si lo tienes, comprarás voluntades; si no, te pudrirás en tu tierra o en la mía, eso da igual.
—¿Y cuánto costaría comprar esas voluntades? —tanteó Manuel.
—Bastante. ¿Cuántos has dicho que sois?
—Cuatro adultos y dos niños.
El portugués se secó las comisuras de los labios y después se acarició la barba.
—Puede ser una cantidad importante. Ahora mismo no te podría decir, pero tengo amigos que quizá...
Los siguientes meses fueron complicados para la familia.
Sebastião, el portugués que había recibido a Manuel la primera noche, había intuido con acierto que aquellos extranjeros tenían recursos y, como buen comerciante, quiso sacar su buena tajada del negocio.
Los alojó, por una módica cantidad, en una casa que tenía a unos kilómetros de allí, en un paraje boscoso y solitario al que no se acercaban ni los cuervos, y mientras, se encargó de mover los hilos de la corrupción, buscando la solución más adecuada a aquella atípica familia a la que, poco a poco, fue cogiendo cariño.
En aquellos parajes los días fueron pasando monótonos pero tranquilos, sin el miedo que los perseguía desde hacía tanto tiempo.
Una vez a la semana, la esposa de Sebastião, una mujerona jovial que no hablaba una palabra de español, les subía provisiones y les contaba un montón de cosas que ellos no entendían.
Preparaba café, un café denso y exquisito propio de la zona, y se sentaba a la mesa de la cocina a charlar en un monólogo absurdo del que nadie se enteraba.
Manuel y Paola ya no escondían su amor y disfrutaban cada noche de la paz de estar juntos, de dormir juntos, de disfrutar juntos, de sentirse a salvo.
Cuando llegaron los papeles legalizando su situación, todo se volvió más fácil; habían pagado una auténtica fortuna, pero valió la pena.
Se mudaron a un pequeño pueblo y se convirtieron en un matrimonio con dos hijos que se camufló entre sus habitantes, unas gentes humildes que los acogieron con hospitalidad.
Petra y Pili se instalaron en su propia casa como las hermanas que eran y volvieron a ser vecinas de Paola. De nuevo, se convirtieron en esa familia tan poco ortodoxa que habían sido en el pasado.
Pronto, Manuel comenzó a trabajar como chófer del hombre más rico de la zona, don João, que había comprado un coche que no sabía manejar y, al enterarse de que «el español conducía», no dudó en contratarlo.
Se paseaba por el pueblo para que todos lo miraran e iba a Évora a solucionar sus negocios, siempre pagado de sí mismo.
Pero a Manuel poco le importaba; la felicidad que le proporcionaba vivir a salvo y a la vista de todos con la mujer de su vida era mayor que nada que pudiera alterar este mundo.
Paola, en cambio, no podía alcanzar la felicidad completa; le faltaba su hija, la pequeña, esa que no pudo recoger aquel aciago día.
Quería creer que las cosas serían más sencillas para volver por ella ahora que tenían todos sus papeles en regla, pero nada más lejos de la realidad.
Había escrito a su familia, tratando de explicarles de forma críptica lo que había sucedido, pero no recibió respuesta.
Lo intentó varias veces, pero el silencio fue su única contestación.
Estaba preocupada por ese mutismo, pero Manuel la convenció de, que seguramente, la correspondencia no llegara hasta su remoto pueblo, como así era, y al final, rendida y agotada de tanto sufrimiento, dejó de escribir.
Y así la vida siguió su curso, invariable, rutinaria y segura por muchos años. La posibilidad de volver a España se fue complicando a medida que pasaba el tiempo, y el miedo a las represalias no acababa de abandonar los corazones.
Aunque Paola nunca olvidó a su pequeña, aprendió a convivir con aquella herida y el tiempo mitigó el dolor.
En su nueva casa, en su nuevo pueblo, con sus nuevos vecinos dejó olvidadas las penurias, los miedos, la violencia, las rencillas.
Todo quedó abandonado junto al río en el que estuvieron a punto de perderlo todo, en la casa cerrada en cuyo tejado escondieron a Manuel, en el hacha que ahora colgaba encima de la chimenea de su casa portuguesa, sin uso y sin recuerdo, en las camas bajo las que se ocultaban durante los bombardeos, pero, sobre todo, el mundo de Paola quedó dormido en el patio donde siguieron brotando, como cada primavera, las uvas de las parras.