Vientos de ira 44 #2
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—¡Será hija de puta! ¿Qué has hecho? —exclamó, los ojos desorbitados, las manos tratando de cortar la hemorragia, la voz sin aire.

Las vecinas y los niños estaban horrorizados y Carmencita se refugiaba en el pecho de Pili para no mirar. La barca se balanceaba peligrosamente y se deslizaba corriente abajo.

Matías, desconcertado, trataba sin éxito de vislumbrar en la oscuridad qué estaba pasando al otro lado de la embarcación, momento que aprovechó Manuel para sacar la pistola. Luego extendió el brazo y le colocó el cañón en la cabeza.

—No sabes en el lío que os estáis metiendo, cabrón. Con el Manco no se juega. —A pesar de sentir el frío del metal en su cabeza calva, seguía manteniendo el mismo aire de superioridad.

—Como tú has dicho, fin del trayecto —respondió el miliciano con voz firme, y, arrebatándole la navaja de la mano, la lanzó al río.

Justo entonces y para pasmo de todos, Matías soltó una carcajada, se tiró al agua antes de que Manuel pudiera reaccionar y desapareció en la oscuridad.

El movimiento que produjo en la embarcación al lanzarse hizo perder el equilibrio a Paola, que estaba dispuesta a rematar su tarea con las manos en alto y no pudo evitar acabar en el agua también, arrastrando en su caída al pequeño Adrián, que se había levantado al ver a su madre con el hacha en la mano.

Petra intentó con desesperación atraer al niño, pero se le escapó.

Manuel, preocupado, fue hasta la zona donde habían caído y llamó a Paola. La mujer contestó tosiendo. Había tragado agua en la caída, pero había conseguido ponerse en pie; el agua apenas le llegaba al pecho.

—¡También ha caído Adrián! —chilló.

En la barca, Petra había recogido el hacha y amenazaba innecesariamente con ella al otro hombre herido, que apenas se movía.

—¡Adrián! —gritó Paola desesperada, girándose a un lado y a otro—. ¡Adrián! ¡Hijo!

Empezó a caminar lo más rápido que le daban las piernas buscando a su alrededor el cuerpo de su pequeño. Petra y Pili saltaron también. Buscaron con denuedo, contrarreloj, sabiendo que un minuto era una eternidad, pero el niño no aparecía.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Aquí! Al final, el crío se ha venido conmigo —susurró una voz cargada de cinismo. Todos se volvieron.

Alguien los llamaba desde el agua, y Manuel, maldiciéndose por el descuido, se dio la vuelta y pudo ver el perfil de Matías contra la noche. Estaba al otro lado de la barca, Adrián en sus brazos.

—Si seguís armando ruido, tendremos aquí a todos los guardiñas portugueses, y esos se andan con pocas gaitas.

Paola había escuchado a Matías y caminaba a favor de la corriente rodeando la embarcación mientras las mellizas la sostenían para que no se deslizara sin gobierno.

—¡Dame al niño! —ordenó Manuel.

—No estás en posición de hacer muchos tratos, ¿eh? Yo te propongo uno.

—Te escucho —concedió mientras su mente trabajaba a destajo buscando una solución.

—Primero te recomiendo que dejes la pistola en el banco; son muy peligrosas y la oscuridad no ayuda. Podría haber un trágico accidente. Y después, que claves el remo para que no nos alejemos más.

El miliciano sacó la pala del escálamo y la clavó en el fondo con fuerza. Sintió la energía del agua tratando de llevarse la barca, pero estaban tan cerca de la orilla que pudo sujetarla con ambas manos.

—El trato es que saltes al agua tú también, yo me suba y después te lanzo al niño. Lo mismo que antes, pero más peligroso, tal y como habéis decidido. ¡Ah!, y quiero verle las manos a la loca de tu mujer todo el rato.

Estaba claro a quién se refería. Una vez que la barca se frenó, ella salió por detrás y, sujetándose, avanzó hacia el lado en el que estaba el guía.

—No le hagas daño, te lo suplico. —El llanto apenas le permitía hilar unas cuantas palabras—. Es solo un niño.

Matías sonrió y avanzó hacia ella. Adrián, aterrorizado, se agarraba a su cuello con firmeza y llamaba a su madre muy bajito.

—Reconozco que tienes cojones, pero...

Separó al niño de su cuerpo y lo sostuvo por el abrigo. El crío intentó gritar, pero la corriente lo convirtió en un muñeco que solo podía tragar agua. Paola lo oía toser y suplicaba. Por fin, Matías lo volvió a sujetar y lo sacó del agua medio asfixiado.

—La próxima vez lo suelto y dudo que volváis a verlo. ¡Te he dicho que bajes! —ordenó a Manuel, que aún se amarraba al remo.

Paola lo miró suplicante y él saltó sujetando la barca.

—¡Todos a la orilla! —ordenó el guía de nuevo—. Bueno, todos menos esa, que va a seguir controlando que la barca no se mueva hasta que me suba. Y cuidado con intentar cualquier cosa o mando al niño al infierno.

Y señaló a Petra que, al ser más bajita, tenía más dificultades para avanzar.

—¡Por favor! Deme al niño, por favor. Ya tiene lo que quiere —seguía sollozando y suplicando Paola.

—¡He dicho que a la orilla!

Pili la cogió de los hombros y, junto con Manuel, caminaron con cierta dificultad hacia la ribera, que era un mar de matorrales. Se pararon y se volvieron justo en el instante en que Matías lanzaba al niño, sin ningún miramiento, dentro de la barca, la sujetaba e indicaba a Petra que se largara.

—¿Y Carmencita? —gritó de pronto Paola, volviéndose hacia Manuel—. ¿Y mi hija? ¿Dónde está? ¿No ha saltado contigo?

—Pensé que se había tirado con vosotras cuando cayó Adrián —exclamó este, angustiado, mientras escuchaba los gemidos de esa madre desesperada y sola.

El silencio que llegó a continuación les golpeó con fuerza y los llenó de terror. En medio de la confusión, el miedo y la oscuridad, todos habían creído ver a la niña ponerse a salvo en algún momento, pero lo cierto era que seguía a bordo de la embarcación, con su hermano pequeño.

Matías ya estaba encaramándose a la embarcación cuando sonó el disparo.

Nadie más que Carmencita pudo verlo, porque en sus manos estaba la pistola del miliciano.

La bala le entró por la frente y el hombre, perdiendo la fuerza en los brazos, cayó hacia atrás y se perdió en la oscuridad de la corriente.

Después la niña soltó el arma, que se estrelló contra la madera con un ruido hueco, y llamó a su madre.

Manuel, que había visto a Matías caer, sin comprender qué había sucedido, salió corriendo hacia el centro del caudal; no podía permitir que la corriente arrastrara a los dos niños que aún permanecían en la barca.

Paola corría tras él, pero avanzaba más despacio a pesar de sus esfuerzos. Petra no lograba alcanzarla.

El agua les llegaba por la cintura, cada vez les cubría más y, para su desesperación, lentamente la barca se iba deslizando río abajo.

No lo conseguirían. Paola no sabía cómo continuar, el agua le llegaba al pecho y le impedía caminar. Aun así, con los dientes apretados, hundiéndose en el fango del fondo, no se rendía. Manuel también lo intentaba, pero sin convicción; sabía que habían perdido la partida.

—¡Mamá! —oyeron gritar a la niña cada vez más lejos.

Paola se paró, no podía seguir o perdería pie y el agua la arrastraría. Quiso morir en ese instante y por su mente vagó la dulce idea de dejarse ir, de terminar definitivamente de una vez con aquella angustia de vida. Pero no lo hizo, volvió sobre sus pasos con resignación.

Manuel giró y se acercó más a la orilla para seguir avanzando, no quería perderlos de vista, pero ni siquiera podía verlos en la oscuridad de aquel río que los devoraba.